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El anillo de hierro

LUIS GOMEZ Y AMADOR

Posted on Mon, Jun. 13, 2005

De las cartas que le escribiera a Martí su madre, doña Leonor, se atesoran 19 originales en total. En ellas predominan marcadamente dos temas: sus quejas porque su hijo no le escribía con la frecuencia que ella deseaba y su persistente deseo de que él se deje sus quimeras patrioteras y el periodismo y regrese a La Habana para vivir con la familia y la ayude con su trabajo. Dice Ezequiel Martínez Estrada que "la más grande y punzante pena que sobrelleva Martí en los 25 años de alejamiento de Cuba fue la angustia que provocó en la madre su determinación de sacrificarlo todo, incluso su vida, a la libertad de su país. Sacrificaba, lo sabía bien, la tranquilidad y el bienestar de todos y de la madre más que de nadie". "Te acordarás, le dice en una carta, de lo que desde niño te estoy diciendo, que todo el que se mete a redentor sale crucificado, y que los peores enemigos son los de su misma raza, y te lo vuelvo a decir, mientras tú no puedas alejarte de todo lo que sea política y periodismo, no tendrás un día de tranquilidad" (1881). "Qué sacrificio tan inútil, hijo de mi vida, el que estás haciendo de tu tranquilidad y de la de todos los que te quieren. No puedes figurarte el dolor de mi alma al saber lo poco agradable de tu situación, y Dios te dé fuerzas para llevar la carga que te has echado encima sin estabilidad en nada, yo creo, hijo que mientras tú no sueltes los papeles de los periódicos, tu suerte no variará. Y siempre le pido a Dios te dé otro elemento de vida, en que se aprovechen mejor los años'' (1882). ''No comprendes que yo no puedo mirar con sangre fría esa resolución tuya de seguir viviendo ahí [Nueva York, se entiende] hasta sabe Dios cuándo; sí que estoy convencida de que no harás más que quebrantar tu salud y gastar tu vida estérilmente, pues no comprendo qué idea tiene ya tu peregrinación, hoy que toda persona de juicio confiesa que sólo el tiempo y la mucha prudencia con algo de inteligencia pueden remediar algo esta situación, y convencidos de esto llegan cada día personas a mirar por su porvenir y no por consecuencias vanas con los que en la hora de desgracia en vez de auxiliarlos, los critican" (1882).

Lo que esta actitud de doña Leonor afecta al Apóstol hay numerosas referencias en los escritos de él: "...recibí [le dice a Manuel Mercado, su gran amigo mexicano], con la última de V., la injusta y amorosa carta de mi madre. Realmente, cree que yo las he sacrificado a mi bienestar. Mi madre tiene grandezas y se las estimo, y la amo. U. lo sabe, hondamente, pero no perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad, mis opiniones sobre Cuba. Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por más malo. Me aflige, pero no tuerce mi camino [...] Pero es duro, muy duro, vagar así la tierra, con tanta angustia en el alma, y tanto amor no entendido en el corazón, ellos no saben lo que es vivir manando sangre".

De las cartas que le escribió Martí a su madre, sólo se conservan seis. Desde 1870 hasta 1895, exceptuando su corta estancia en México, La Habana y Nueva York, gran parte de su vida la vivió separado de su progenitora. Se supone que fuera más abundante la correspondencia en los primeros años de esa ausencia, pero ella, en acto de ira le escribió: "Yo guardaba tus cartas con la esperanza de que algún día tendríamos tranquilidad para repasarlas juntos y reír o llorar con ellas, pero viendo que esto se alarga mucho, que yo puedo morir, y ellas ir a parar a manos extrañas, determiné romperlas y no me pesa, pues rara era la que no tenía un ramalazo que no me hubiera gustado que otro la leyera".

Con el fallecimiento de su padre en febrero de 1887, el Apóstol convenció a su madre para que viniera a Nueva York a pasar las Navidades juntos. En noviembre de 1887 ya estaba con su amado hijo, a pesar de estar ya casi ciega. A finales de enero del siguiente año regresó a La Habana. A Mercado le escribe que ha llegado su madre "que procuré cuando tuve un peso libre [...] Está hermosa y con el alma ya entrada en majestad." De la estancia de su madre, añade: "Es ésa sin duda la salud repentina que todos me notan" y que eso le basta para sentir menos frío en las manos, "y volver cada mañana con más estímulo a la faena". Durante la visita, dice Ramiro Valdés (José Martí, sus padres y las siete hermanas, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 2002, p. 64): "se produjo un acontecimiento de gran envergadura e influencia en la vida de Martí. Se trata de la entrega que le hizo su madre del anillo hecho de un eslabón de los grilletes que llevó en la cárcel con la grabación en letras grandes de la palabra Cuba".

Ese suceso, después de las duras críticas y consejos que le diera Leonor a su hijo, puede considerarse como la aprobación tácita de sus luchas revolucionarias por parte de ella, lo cual debe haber estimulado espiritualmente a Martí. Por eso expresó en uno de sus fragmentos (por cierto que en inglés): "Yo uso un anillo de hierro y tengo que realizar proezas de hierro. El nombre de mi país está grabado en él, y he de vivir o morir por mi país". Martí llevó el anillo que le puso al dedo su madre hasta su muerte en Dos Ríos: más de siete años. Años después de la caída mortal del Apóstol, en carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, Jiménez de Sandoval, coronel que mandaba las tropas españolas en Dos Ríos, le decía: "Respecto a la sortija de hierro que dice que llevaba Martí, debió serle quitada cuando le despojaron del revólver, reloj, cinto, polainas, zapatos y papeles".


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