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Dimensión Visual de Martí

A través de la instantánea fotográfica, el escritor y consagrado martiano Arturo R. Carricarte se empeñó de presentar a José Martí de un modo distinto, desde la imagen que pudo ser y que no fue.

Axel Li | La Habana

Finalizaba el año 1933 cuando el escritor y consagrado martiano Arturo R. Carricarte desde las páginas del Diario de la Marina dio a conocer un artículo bastante revelador sobre la recepción de la iconografía martiana. La misma persona que ocho años antes había dirigido el primer proyecto compilador de todas las fotografías de Martí hasta entonces conocidas proponía otro tipo de mirada hacia este hombre inmortal que cada día se esforzó por la alianza múltiple de su tierra amada. No agotadas para Carricarte las posibilidades de conocerlo físicamente, a través de la instantánea fotográfica, se empeñó de presentarlo en esta oportunidad de un modo distinto, desde la imagen que pudo ser y que no fue.

Él tuvo la dicha de poder dialogar con otro cubano que sí había cultivado la amistad del Maestro. Lo que en la actualidad ya es un imposible real, en las primeras décadas del siglo XX todavía era normal el trato con individuos que habían visto y conversado con el Martí andante. Del testimonio evocador de Ángel Peláez Pozo fue como este otro martiano supo del hecho de unas fotos que no pudo realizarse en Cayo Hueso el Maestro.

Enterado Carricarte de los pormenores de este suceso en la vida de Martí hizo lo que otros martianos han realizado cuando se ha presentado una oportunidad de este tipo: perpetuar la oralidad en historia. Gracias a su escritura es posible saber que un buen día “(...) pensó Peláez que cierto fotógrafo residente en aquella población podía hacer a Martí un retrato múltiple, de esos que nos presentan en seis u ocho posiciones por un precio reducidísimo, e invitó al Apóstol a acudir al taller del artista. Martí que era siempre complaciente, accedió sin hacerse de rogar (...) Acudieron Martí y Peláez a la fotografía y ocurrió que el artista no se encontraba en el taller; había ido de excursión o se hallaba enfermo, y quedó frustrado el intento (...)”.[1]

De existir hoy día estas fotografías la colección con su imagen sería un poco más amplia y tendríamos el rostro de perfil del Maestro tan añorado por varias generaciones de cubanos. Los escasos dibujos que lo presentan en este ángulo no suplen a la veracidad de toda fotografía. Cuando Carricarte publicó su iconografía martiana aún se desconocían algunas fotos de Martí. Con los años, tras aparecerían. Y fue así cómo se hicieron familiares en la década del cincuenta del siglo XX, por ejemplo, la fotografía del Martí escolar que porta en su pecho una medalla; aquella en donde sonríe porque está acompañado por su hijo; y quizás una de las más importantes de sus fotos colectivas, esa en la que está de perfil.

Aquel que revise la iconografía de 1985 se cansará de buscar esta última foto, pues en sus páginas no fue incluida. ¿Cómo explicar que la misma persona que la dio a conocer en 1957 no la tomase en cuenta para su propuesta iconográfica del Apóstol, publicada sesenta años después de la primera obra de este tipo? ¿Acaso Gonzalo de Quesada y Miranda con los años dudaría del tono afirmativo con que hizo público ese retrato de José Martí en la revista Carteles? ¿Su repentina muerte, cuando todavía trabajaba en esta nueva iconografía del Maestro, pudo desorientar a quienes siguieron con la labor por él iniciada? Solo me atrevo a pensar que los Gonzalo de Quesada, en general, se llevaron a sus tumbas varias incógnitas relacionadas con Martí. Y esta pudiera ser una de ellas.

Quienes hemos releído la extensa obra martiana, por su valor y trascendencia, de igual manera hemos hojeado más de una vez las dos iconografías martianas que existen —complementarias ellas mismas— para ver a Martí en su real condición de ser humano. Inmóvil y taciturno, solo o acompañado, son las maneras que nos legó de su persona. A veces nuestros ánimos tal vez puedan exigir otros retratos suyos, los cuales con seguridad, no llegaron a realizarse nunca. Nos cuesta aceptar que haya sido así.

Cualquier esperanza por encontrar una fotografía desconocida del Maestro prácticamente es innecesaria. Si esta(s) existiera(n), sería una tarea demasiado difícil poder encontrarla(s).

Tenemos que conformarnos con las que lograron salvarse para la historia y, aceptar la línea final del texto que acompaña a un retrato suyo de 1895, en donde se le ve acompañado de Manuel Mantilla: “Hasta ahora parece ser el último retrato de Martí en vida”[2]. Pero después de muerto también se le retrató, y estas imágenes son tan o más impactantes que todas las que conocemos de él. El solo verlas nos llena de tristeza; pero la curiosidad es mucho más fuerte y nos hace apreciarlas con firmeza, porque ese también es Martí. Su esencia más humana está concentrada en estas, mas su otra esencia existe en toda esa papelería que conocemos como Obras completas. Retratar su cadáver putrefacto y aquel instante en el que fueron exhumados sus restos era una necesidad histórica[3]. Aún tengo el recuerdo de cuando vi, hace muchos años por primera vez, esas imágenes indescriptibles. Ese día entendí verdaderamente cuánto había significado su pérdida física para la causa cubana. Eran unas fotografías bastante desgarradoras; pero verídicas, capaces de despertar una emoción muy intensa en un joven que entonces desconocía numerosas cosas del Maestro. Nunca las olvidé, porque además eran el complemento de la visualidad martiana, que con su muerte vino a enriquecerse paulatinamente por medio del arte fotográfico y el pictórico. Visualidad que de por sí refuerza a toda la labor que iniciara su primer albacea, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, con el cuidado y rescate de la papelería personal del cubano genuino.

La dimensión visual de Martí es rica por todo cuanto de él existe y, de igual manera, es interminable. En manos de los artistas recae esta misión infinita. Ellos pueden hacer posible lo inimaginable. Su imagen seguirá además presente, para suerte de todos, gracias al arte: sublime actividad humana que siempre será la compensación de las fotografías martianas que (nunca) pudieron ser.


Relación de notas.

[1] Arturo R. Carricarte: “Un retrato de Martí que no se hizo”, Diario de la Marina, La Habana, 5 de diciembre de 1933.[No consigno la página del artículo pues hice uso de la colección de “Recortes de Martí” de la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional]
[2] Cfr. Iconografía martiana. Editorial Letras Cubanas y Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, Cuba, 1985, p. 90.
[3] Cfr. Iconografía del Apóstol Martí. Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1925, lámina 43. Y El Fígaro, La Habana, Año XXIII, no. 9, 3 marzo 1907, p. 105; respectivamente.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2003/n096_03/096_01.html Subir
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