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Lágrimas Negras.

José Martí y el presente [1]

Por Emilio Ichikawa

A la madre de mi amiga Wendy Guerra,
que se acaba de ir en una estrella habanera.

1. El presente

Agradecemos al Miami Dade College, en particular al profesor y artista Alfredo Triff, la realidad de un encuentro martiano en esta noche de abril. Abril que es el mes más cruel en nuestra tierra baldía ("April is the cruelest month, breeding" The Waste Land. T.S. Elliot-1922), estación de engendros y pariciones. La noche, segunda patria de José Martí; jardín donde le sedujeron dos versiones de lágrimas negras, tan negras como su vida:

1-Las lágrimas penosas del destierro.

2-Las lágrimas amables de una mujer cuando desvisten su transparencia al atravesar una frontera de rimel.

La adopción de la noche como patria fue certificada para mí no solo por las palabras escritas de José Martí: también por la voz del dramaturgo Abilio Estévez.

Hubo un instante en aquellos abriles habaneros, que no puedo precisar, en que tomé la decisión de no dormir jamás. El artista alucinado, el hijo de Ramona (la amiga de Nila), me leía este fragmento de su pieza La noche (La Habana, 1993), esquirla de un misterio herético en treinta episodios y tres finales posibles: "Voy a matarte. ¿Matarlo? ¿Podré acercarme sin que mis manos tiemblen? ¿Mirarlo sin sentir terror? ¡No! Bueno o malo es lo único que tengo. Demasiados años viviendo a su sombra para acabar de pronto con la sombra y que la luz me devore. Si lo matara, mataría mi historia, lo que soy. Perdónenme ustedes, los que tienen fe en mi odio. No voy a acabar con la creencia de toda una vida."

Martí es la sombra que nos permitió crecer un día, es el fresco, el punto de convergencia de todos nuestros rayos y cada uno de nuestros truenos; es el símbolo, el mito: el decimotercer apóstol según decreto de Gonzalo de Quesada y otros que testificaron acerca de sus milagros. Es paz. Y también guerra. ¿Será por todo esto el límite que nos contiene y que, por bien de nuestra libertad, debe ser roto?

2. El mito

El día 10 de octubre de 1889, durante un discurso pronunciado en el Hardman Hall de New York, el patriota Gonzalo de Quesada le dice "apóstol" a José Martí. Es decir, la percepción sacra de su figura comienza en vida1. De alguna manera, es también parte de la mirada que Martí derramaba sobre sí mismo (se llamó Cristo más de una vez) y que será potenciada "durante" y "después" de su muerte.

Digo "durante" pues la propia muerte martiana, en los Dos Ríos de su textura destinal, también está cargada de simbolismo.

Según muchos testimonios de la época, la presencia de Martí era de mucha intensidad.

Intentar un retrato hablado de su imagen oracular es contraproducente: casi nos propone un cuadro teratológico. Lo vieron despedir fuego por la boca, soltar estrellas por la frente, echar luces por los ojos y temblar como un manojo de nervios.

Todo indica que Martí agradecía esa percepción de sus contemporáneos; hasta el punto que cierto día, ante un generoso grupo que lo esperaba en Cayo Hueso, se atrevió a confirmar: "Yo traigo la estrella, y traigo la paloma", fe que después intercalará en célebres discursos.

Era extraordinario en el trato, capaz de gestos y expresiones por encima del tono, por lo que se fue tejiendo una suerte de consenso acerca de la sacralidad de su naturaleza. Nos habla de esto, por ejemplo, una observación de Enrique Trujillo publicada en El Porvenir el 20 de enero de 1892, refiriéndose a un discurso pronunciado por Martí en Cayo Hueso unos días antes, el 3 de enero: "Su discurso fue escuchado con religiosa unción, interrumpido a veces con aplausos ardorosos. Su palabra fácil y como arrullo de tórtola enamorada... En la tribuna tiene algo de evangélico y su palabra mucho de la que los cristianos ponen en boca del mártir divino del Gólgota." [2]

La vida de Martí está sujeta a las mismas fases del itinerario cristológico: peregrina ungido, su palabra tiene efectos sanatorios, realiza milagros. Ante la noticia de su muerte la primera reacción fue de rechazo, luego de resistencia e incredulidad; posturas que se conservan hasta hoy en el suspiro discipular que periódicamente pregunta: ¿qué hubiera hecho Martí ante tal situación?. La muerte martiana se distancia del atributo de la finitud cuando se acepta como fase de la resurrección eterna; de ahí que esa muerte haya llegado a constituirse en alba sacrificial de la nación cubana independiente, que advino en 1902, un 20 de mayo. Es decir, al otro día de su muerte física, ocurrida un 19 de mayo de 1895.

Cien años después, ante los intentos de revigorizar las merecidas veneraciones de Agramonte, Céspedes y otros patriotas cubanos, incluyendo a José Antonio Saco y Félix Varela, del cual se dijo la iglesia iniciaría el arduo camino hacia su canonización, Cintio Vitier, encargado de introducir una bibliografía martiana en la enseñanza cubana y su exegeta oficial, afirmó categóricamente: "Hace ya mucho tiempo que Cuba eligió a su apóstol".

Martí también realizó una intensa faena intelectual respecto a su propia muerte, la que adelantó y, de algún modo, proyectó. No son pocas las personas que interpretan en términos de suicidio su muerte en Dos Ríos. Llamó a la muerte "amada" y "amiga", calificando así para hacerse con todos los atributos que asigna a los referidos rangos: fuerza natural y redentora, sinceridad, veracidad, autenticidad. La muerte es también una posibilidad en la utopía martiana.

En un trabajo titulado Mi óbolo a Cuba, publicado en New York en 1897, Rafael Abreu afirma que José Martí murió "oportunamente".[3] ¿Cómo podemos interpretar esa "oportunidad" en el morir?. Se me ocurren al menos dos respuestas:

1-Que Martí murió de forma plena, con tiempo para haber realizado sus proyectos existenciales.

2-Que murió inmaculado, antes de que tuviera la oportunidad de opacar su imagen en el ejercicio de un poder burocrático y militar entre cubanos.

Es decir, que su muerte fue parte del ejercicio apostólico en una temporalidad dichosa. El mismo lo había previsto en un artículo de 1892 titulado Los Clubs: "Los muertos no son más que semillas, y morir bien es el único modo seguro de seguir viviendo."

La noticia de la "muerte oportuna" de José Martí provocó reacciones inmediatas; como anotamos, una de las más apasionadas fue la de resistirse a aceptar su misma posibilidad. En algunos círculos de emigrados llegó a difundirse el rumor de la aparición rediviva del héroe caído. Pero ya un año después, en un discurso pronunciado en el Chickering Hall de New York, Manuel Sanguily daba muestras de resignación y acatamiento de la pérdida. A cambio, exigía que se reconociera su martirologio y con ello su inmortalidad histórica. [4]

José Martí había muerto para convertirse, entonces sí, en inmortal. En los discursos políticos y en la literatura se le empezaron a otorgar atributos que, como la ubicuidad, habían imaginado los teólogos medievales en Dios. Su queredor W. Gálvez dijo en Ibor City, Tampa: "¿Dónde está? ¡En todas partes! ¿Acaso es Dios? ¡Quién sabe!". [5]

La vigilia y los advenimientos martianos serán recurrentes en la historia nacional. José Martí es el antídoto más socorrido para la soledad cubana y la ansiedad ante las coyunturas críticas; es la voz que auxilia y aconseja en las situaciones límites. "¡El Maestro está en pie y vela!", dice Enrique Median Arango el 11 de agosto de 1896". [6] Y en El Cafetal, Sancti Spíritus, un 11 de agosto de 1897, reza la voz de su amigo Fermín Valdés Domínguez: "¡Oh! Para nosotros no ha muerto el que en Dos Ríos buscó la muerte para enseñar a todos a ser puros y a ser grandes." [7]

La reiterada nostalgia (o desamparo) contenida en la expresión "¡Si Él viniera!", la inseguridad de esta inquisición contra fáctica: "¿qué hubiera hecho Martí?", o el más resuelto pretexto: "¡cómo quería Martí!", son ejes de la vida civil y política cubanas, y este hecho rebasa cualquier intento de deconstrución intelectual de los rituales: ya sea por la vía de la comedia, del ejercicio racional o incluso del sano sentido común. Esa constancia es la primera señal que debemos considerar en el replanteamiento del futuro cubano.

A lo largo de nuestra historia republicana José Martí fue, más que un tema, un estado de la cultura; una apelación constante para legitimar las obras, para dar soporte moral a los empeños. La historiografía tradicional ha postulado una tesis referida al "olvido de José Martí" en la República: es falsa. Ese olvido era una convicción, por ejemplo, de la Dra. Hortensia Pichardo, quien compiló una valiosa información sobre nuestra historia en los conocidos volúmenes titulados Documentos para la historia de Cuba. [8] Desde la misma inauguración republicana, el 20 de mayo de 1902, José Martí fue una constante en la imaginación política.

Lo mismo puede decirse de la la época inaugurada por la revolución castrista de 1959: Martí ha sido un pretexto de cuanto gesto ideológico se ha emprendido en ese tipo de sociedad que finalmente ha emergido tras las escaramuzas anti-batistianas. Como se comprenderá, no estoy discutiendo si ha sido peor o mejor utilizado, lo que refiero es que su uso constante desmiente la tesis del olvido. Aunque nos pese, el trajín con la martianidad rebasa todos nuestros hastíos y lo veremos repetirse en cualquiera de los futuros posibles. Propongo una actitud de "pietas" ante ese hecho: aunque parezca cuestionable, es lo más sólido que tenemos para aliviar ese vacío mitológico de nuestra cultura que hace vacilar en el aire, o escurrirse en arenas, a todas las fundaciones cubanas.

Tampoco fue casual que la República haya nacido un 20 de mayo. La propuesta de una Cuba resurrecta como sucesión de una Cuba insurrecta estuvo concientemente planificada desde los centros "diseñadores" del poder. Y ese rejuego con el imaginario martiano se mantuvo con intensidad hasta nuestros días. La intencionalidad de la fecha escogida debe ser investigada como parte de la exhibición del montaje de nuestra ritualidad política, que no es tan ingenua como a veces creemos. Ese estudio debería formar parte de una historia de la publicidad en Cuba; capítulo indiscutible de la misma sería una indagación sobre el marketing político. Por lo pronto podemos considerar que un día antes de la fundación republicana, precisamente el 19 de mayo de 1902, el periódico La Discusión proponía: "La república que empieza mañana es la obra de Martí... asociemos el día que comienza la patria con la fecha de su muerte gloriosa." [9]

Un dato curioso: si la fecha de asunción presidencial debía ser, por definición, el 20 de mayo, es decir, el día siguiente al de la muerte de José Martí, por qué el segundo presidente cubano, José Miguel Gómez, asume la presidencia en fecha distinta. Pues precisamente por una exigencia del "martianismo" de nuestra formalidad política.

Como todos sabemos, ante las revueltas provocadas por las irregularidades de las elecciones, el Pte. Tomás Estrada Palma solicitó, al amparo constitucional, una segunda intervención norteamericana en la isla. Una historia del "papelazo" político en Cuba tendría que recoger ese evento. Resulta que, efectivamente, los americanos intervinieron ante el reclamo de Estrada Palma, pero apoyaron a su contrario. El fraude y, lo que es peor, el capricho político en querer adjudicarse de todas maneras un triunfo en Las Villas, debió escandalizar a los propios norteamericanos.

De esta manera, al finalizar la intervención, el caudillo villareño José Miguel Gómez gana la presidencia. Pero no se podía esperar hasta el 20 de mayo para pasarle el poder pues el presidente norteamericano debía dejar las cosas listas para la sucesión. La amenaza de no poder completar el ritual martiano de la política conducía directamente a esta pregunta: ya que no podemos esperar hasta mayo, ¿cuál es la fecha martiana más cercana al comienzo del año que podemos evocar?.

El hallazgo no se hizo esperar: el 28 de enero de 1909, día del nacimiento de José Martí, el Vice-Presidente de la República Alfredo Zayas comenzaba así su discurso de investidura: "La República resurge un día memorable: el día en que vio la luz el Apóstol de nuestra redención José Martí..." [10]

3. The open road

Martí fue un escritor sin par, un gran poeta con metáforas tan crípticas que hacen una aventura riesgosa la visita de sus Versos libres. Cuando hizo política, la hizo también con poesía. Es por ello que sus discursos están plagados de metáforas vívidas en constante movimiento significativo; lo que hace una quimera el tratar de apoderarse de una supuesta clave última de su escritura.

Preguntas como: ¿qué quiso decir exactamente Martí cuando dijo...?, son harto pretenciosas; y las repuestas a que incitan, en términos de "Lo que quiso decir fue...", califican entre la desmesura y la ingenuidad. El texto de Martí es polisémico. En ocasiones contradictorio y ambiguo; aunque siempre esplendoroso. En su controversial libro sobre Martí dice Jorge Mañach:

"El lenguaje de Martí, así el oral como el escrito, se traicionaba a veces por la misma riqueza de sus implicaciones y la profundidad de sus incisos, que lo dejaban a merced del simplismo." [11]

Ese tipo de estudio martiano forma parte de la legitimación argumental que los políticos cubanos se vieron obligados a ofrecer como ingrediente de una política que trataba de ser moderna. En esa oportunidad, donde la nación cubana se cobijaba en una forma estatal moderna, se buscaba un referente capaz de aglutinar un proyecto. Y ese referente fue un Apóstol, que para el caso cubano era más concertante que el mismo nombre de Dios.

Martí es la sombra que nos permitió crecer un día, es el fresco, el punto de convergencia de todos nuestros rayos y cada uno de nuestros truenos; es el símbolo, el mito: el decimotercer apóstol según decreto de Gonzalo de Quesada y otros que testificaron acerca de sus milagros. Es paz. Y también guerra. ¿Será por todo esto el límite que nos contiene y que, por bien de nuestra libertad, debe ser roto?

Los motivos de esa elección constituyen también un tema agudo de la historia cubana; ¿por qué precisamente Martí en calidad de símbolo aglutinador y no otro cubano?, ¿qué había en él?, ¿qué faltaba en otros?. Las respuestas a estas preguntas, se sobrentiende, no solo deben indagar en el plano de los argumentos racionales. La acogida, casi sin reservas, de la figura de José Martí obedece también a la existencia de una voluntad y vocación mesiánicas, tanto en el pueblo como en el propio mártir elegido.

Tras su muerte, y quizás por estar precisamente muerto, José Martí, quien fuera herido en vida por el recelo y el "enemigo rumor" de muchos compatriotas suyos, fue re-imaginado como una figura aglutinante. Discrepar de su legado empezó a ser considerado poco menos que inmoral, y se sabe que ser el "sucesor de Martí" en el Partido Revolucionario Cubano, fue la más convincente credencial que exhibió Tomás Estrada Palma en su campaña política.

En una reunión constituyente en el Teatro Irigoa (después Teatro Martí), en 1901, el joven delegado Enrique Villuendas propuso la expulsión de Eliseo Giberga por atreverse a hacer un comentario desfavorable al Apóstol de Cuba. Había sido no más que una opinión expresada fuera de las sesiones oficiales. La construcción de esta imagen inapelable de José Martí, por efecto compensatorio, convierte en escandalosas algunas observaciones críticas que le hicieron sus contemporáneos, o algunos juicios suyos más vinculados a una biografía humana que a un ser ideal prendido a un destino apostólico.

Desde la fundación republicana hubo una gran producción intelectual en torno a la divinidad martiana. Luis Rodríguez Embil nos habló de él como "el santo de América", y Jorge Mañach, en su libro impresionista, recrea con sugerencia mesiánica su visita a Tampa: "Ese último día quiso Martí ganarse aún más a los humildes. Visitó los talleres, los chinchales, las casas pobres. Acercábanse los cubanos obscuros a estrecharle la mano con gesto reverencial, y él les ponía la suya en el hombro, les besaba al hijo desarrapado, hallaba al punto la frase de cariño y de interés, como si les hubiera conocido de toda la vida." [12]

Rozando la frontera de lo cursi, Emilio Maza Rodríguez trata de establecer el significado de su sacrificio: "La coronación de su obra fue el martirologio sublime de Dos Ríos donde la naturaleza asistió temblorosa y muda a la escena que recuerda el Calvario... su hermano vive en la leyenda, su hermano es Jesucristo". [13]

A Martí lo elogiaron por igual el Cardenal Manuel Arteaga que el franciscano Ignacio Biain, pero además su santidad se estableció en la frontera y más allá de los límites de la cristiandad. [14] Benjamín Heler, presidente de las Comunidades Israelitas de Argelia dijo que "Él alcanza en la acción a nuestros auténticos profetas..." Ch. Lehrman, arqueo sinagogo del Gran Ducado de Luxemburgo, dijo por su parte: "Martí ha ejecutado la profesión de fe judía".

También lo reclamaron los musulmanes. Syed Husain Uraiken, Imán de Ahmedadbad, escribió después de leer los pensamientos martianos: "... esto es precisamente lo que el Gran Profeta del Islam predicó hace 1375 años a un mundo inquieto, inestable y combativo".

Los budistas no se excluyen de elogios y cercanías. Por sus virtudes humanas, por irradiar paz y felicidad en derredor, W. Sangharakkhita Maha Thero, Jefe Monje Presidente de la sociedad Budista Duta de la India, lo celebra como uno de los suyos.

Y lo que es más difícil aún ya que se trata de cubanos, a Martí lo pretenden autonomistas e independentistas, revolucionarios y evolucionistas, liberales y conservadores, intervencionistas y anti-intervencionistas, ateos y santos; y hoy, como todos sabemos, castristas y anti-castristas, dialogueros y condottieros, paseantes de Lincoln Road y devotos de fin de semana, astrólogos y profesores.

A todos nos acomoda José Martí, su artística palabra, su significado amplio, los registros tan variables de su biografía, las tantas zonas vacías de una vida que la tornan continente de cualquier vida posterior, le adjudicaron un destino significador, y le restaron humanidad en la medida en que se hacía políticamente adecuado. Siguió sirviendo a Cuba después de muerto, hemos usado hasta su recuerdo, por lo que no es errado decir que sigue muriendo en su tumba incierta. En 1911, ante la Cámara de Representantes, Fernando Freyre de Andrade decretaba el fin definitivo de la humanidad martiana: "Porque Martí no fue un hombre, sino un símbolo".

Para entender cabalmente el proceso de establecimiento de la memoria martiana habría que estudiar la arquitectura que ha producido, su implementación en elementos de nuestro urbanismo, su influjo en nuestro arte. Fue su figura quien sustituyó en 1905 a la de Isabel II en el Parque Central, lo que provocó grandes debates, profusión de proyectos y toda una legislación sobre el patrimonio nada más comenzar la República. En cuanto al rescate de su legado escrito, cuyo mayor celador fue su discípulo Gonzalo de Quesada, baste decir que entre 1901 y 1919 se publicaron 15 tomos de su obra.

Aunque se postuló también un Martí excluyente, utilizando, por ejemplo, aquella frase suya que dice: "Sólo tendrán asiento en el banquete de la República los que hayan contribuido a pagar su cubierto", lo cierto es que triunfó el Martí congregador, el de "la patria de todos y para el bien de todos".

Fue esta la frase que esgrimió Hilario Brito cuando el Centro de Veteranos le pidió al Pte. José Miguel Gómez, en 1910, que expulsara de sus cargos en el gobierno a aquellos que habían sido autonomistas o simpatizado con el autonomismo. Dijo: "Martí entendía que el perdón y el olvido eran bastante para la convivencia de todos en la Patria"." [15]

La misma lectura conciliadora hizo José Antonio González Lanuza, quien dijo el 19 de mayo de aquel año ante la Cámara de Representantes: "... un hombre animado de un amor sin límites a la humanidad y de una benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen y por errados que estuvieran..." [16]

El punto más interesante es el referido al uso de Martí para aclarar los términos cubanos de una relación con los Estados Unidos. En este punto, como en los demás, se pueden encontrar en el arca de la palabra martiana argumentos para un lado y otro. Respecto a la primera intervención norteamericana, que alguna vez se ha calificado como una "ejemplar transición", el periódico La Discusión, que se autodefinía como "Diario cubano para el pueblo cubano", publicó esta opinión editorial: "... las costas de los EE.UU. nos enviaron al inspirador de la Revolución. La misma gran República deja sobre los arrecifes de nuestra Patria la enseña por la cual sucumbió el gran Martí. Dios eligió un 19 de mayo para segar la vida del Apóstol. La América del Norte elige un 20 de mayo para proclamar nuestra República. ¡Gratitud a la tierra del honor y la libertad: Los Estados Unidos!". [17]

Pero en sentido contrario aparecía también la postura anti-yanquista que ha sido uno de los prejuicios compensadores de nuestra cultura política en algunos momentos. En 1913 Julio César Gandarilla, quien tenía apenas 6 años cuando la guerra del 1895, escribía (usando la segunda persona del singular) en un trabajo titulado precisamente Contra el yanqui: "... la ancha República, celosa y compacta es un delicado mito de tu bella mente idealista...", "...el hipócrita del norte... engañó a tus compatriotas con el villano elogio de la zorra al pobre cuervo de la fábula..." Y reclamaba:

"¡Oh! Martí, resucita, levanta a tu pueblo a la rebeldía contra el tirano..." [18]

Martí es la "patria nueva", la "república virtuosa", la "encarnación del pueblo", la "libertad", la "justicia" y la "paz pública". Es evocado como símbolo movilizador y como argumento legitimante de la práctica política. Un "Martí traicionado" será a partir de entonces una especie de código para entender la historia de la subversión en Cuba y la representación de una República asociada a su nombre quedará situada siempre un poco más allá de lo real. El desespero que provoca una meta que se escapa en la misma medida en que se consigue, un destino centrado en un perpetuo recomenzar, tiene a los cubanos aún sumidos en la circular faena de Tántalo.

Como todos sabemos, ante las revueltas provocadas por las irregularidades de las elecciones, el Pte. Tomás Estrada Palma solicitó, al amparo constitucional, una segunda intervención norteamericana en la isla. Una historia del "papelazo" político en Cuba tendría que recoger ese evento. Resulta que, efectivamente, los americanos intervinieron ante el reclamo de Estrada Palma, pero apoyaron a su contrario. El fraude y, lo que es peor, el capricho político en querer adjudicarse de todas maneras un triunfo en Las Villas, debió escandalizar a los propios norteamericanos.

4. Presente, futuro y cansancio clásico

Dicen que existió una carta liminal de Aristóteles en que confiesa con cierto abatimiento: ni Platón ni yo hemos podido nada contra los mitos de nuestros vecinos. ¿Por qué, en virtud de qué misionismo intelectual, se creyó el sabio de Estagira ("based in Atenas") elegido para cuestionar el mundo imaginario de sus vecinos? No sé, vanidad quizás, necesidad de ubicarse en lo ordinario a través de un ejercicio oportunista de la trasgresión. Violación infiel de una cláusula oracular revelada desde Delfos a Sócrates: "Conócete a ti mismo. Y nada en demasía".

Nos formamos en un contexto cultural, el de la Cuba de este último medio siglo, donde la martianidad hizo metástasis. Llegó a ser demoledora, impúdica: la maldita circunstancia de José Martí por todas partes: en las recetas de Villapoll, en los discursos del Comandante, en las pinturas de los artistas famosos, en las letras de los trovadores, en la escuela, en la calle, en las ropas."

Tanta efusividad martiana nos provocó una suerte de saturación que se tradujo en hastío, "cansancio clásico", aburrimiento, estado plasmático del espíritu que se expresaba activamente como irritación y rechazo de la demagogia política en nombre de Martí. De ahí emergió una meta descomunal, una meta que rebasaba nuestras mismas posibilidades intelectuales pues ya no se trataba solo, ni fundamentalmente, de una cuestión del intelecto. Se habló entonces, a la luz del paradigma epistémico constructo-relativista, de destruir el mito martiano, de "deconstruirlo", para usar el galicismo que puso de moda Jacques Derrida y discípulos.

Hoy podemos decir lo mismo que Aristóteles en la referida nota epistolar: no hemos podido nada contra el mito martiano. La gente sigue creyendo en él, es una clave, una imagen de la convivencia cubana. Y es bueno que así sea; cuando menos, es inútil tratar de revertir el proceso, a no ser que se quiera conquistar la admiración que otorga la irreverencia en un círculo muy reducido de intelectuales y profesores.

Sí, es cierto, la manipulación de Martí por la propaganda castrista nos ha colmado, pero suspender esa simpatía o, lo que es más radical, emprender su oscurecimiento es un gesto fútil. Lo es, aún cuando al sacar sus manchas digamos que en el fondo tratamos de humanizar su figura. Cuba habla en "martiano", su obra es ya parte de nuestra jerga y sus versos elementos de una liturgia secular que nos permite ejercitarnos civilmente.

De todos los José Martí que he conocido, me quedo con el que produjo la llamada "generación Mariel": el Martí respetado y trajinado con familiaridad, el intenso Martí que responde con una mirada cómplice y picarona a las revelaciones del mundo. El Apóstol grácil y sonriente del Diario de campaña, el diablo cojuelo, el de la herida fértil y la lágrima feliz. [19]

El último número de la Revista Mariel, fechado en el invierno de 1985, está dedicado a José Martí. Había homenajeado antes a Lezama Lima, Virgilio Piñera, Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, José Manuel Poveda y Gastón Baquero. Otro cierre y resurrección en nombre de Martí. ¿Cómo se gestó esta decisión? Habrá que investigarlo, muchos de los protagonistas son hoy figuras consagradas de nuestra cultura y es nuestro deber rescatar esa memoria ubicada, por intención o intuición, al centro de las convenciones fundacionales cubanas.

La felicidad de ese Martí, aún en su muerte, resuena en la visión agridulce que nos lega un ensayo de Carlos Victoria aparecido en la referida publicación. Que las palabras de este querido amigo sirvan para concluir esta charla en nuestra noche de abril, patria de regresos, aro de aguas negras: "En sus últimos días Martí redescubre su tierra, pero esto es solo un breve pasaje, ya que en el fondo él persigue encarar el tránsito a la verdadera libertad, la que nadie podía quitarle. Su voluntad fue deshacerse del paje, de las miserias políticas y de su doble destierro. Había tomado en serio las exigencias de la estrella". [20]

La canción Lágrimas negras, un bolero-son escrito por Miguel Matamoros en 1931 e interpretado por su trío de manera magistral, es una metáfora de la cubanidad; en consecuencia, de la propia vida de José Martí. Un poema que empieza con la preposición "aunque", una condicional que aspira a perdonarlo todo, una lealtad que recuerda el diálogo que, balsa por medio, sostuvieron el Apóstol y La Avellaneda en el estrecho de La Florida (según imagina Arenas en El color del verano). En el diálogo ella le protege y él se le confiesa: Lo siento, soy ahora un cristo sin cruz que sabe donde los ojos pone. Un Apóstol con más llagas que fama. Me voy al pueblo que le sabotean el mar a entregarle una sencilla ofrenda: el par de costas que le faltan, un sincero manantial y, por supuesto, mis Dos Ríos como altar.


Relación de notas.

[1] Conferencia en el Tower Theatre, Miami, Florida. Abril 6-2004.
[2] Quesada, Gonzalo de. "Discurso 10 de Octubre de 1889 en el Hardman Hall". NY. El avisador hispano-americano, NY. 1896, p. 8.
[3] Trujillo, Enrique. Apuntes históricos. Tipografía de "El Porvenir", NY. 1896, p. 84.
[4] Abreu, Rafael. Mi óbolo a Cuba. Imprenta Patria. NY. 1897, p. 14.
[5] Sanguily, Manuel. "José Martí y la Revolución Cubana", Discurso pronunciado en el Chickering Hall, NY. 19 de mayo de 1896. En: Manuel Sanguily.
Discursos y Conferencias. Tomo II, Imprenta de Rambla, Bouza & Cía. La Habana, 1919
[6]. Gálvez, W. Impresiones de emigrado. Ibor City, Tampa, Establecimiento Tipográfico Cuba. 1897, p. 116.
[7] Median Arango, Enrique. "Carta a Rafael Serra", Cayo Hueso, 11 de agosto de 1896. En: Rafael Serra. Ensayos políticos. Tercera Serie, NY. 1899.p. 12.
[8] Valdés Domínguez, Fermín. "Carta a Rafael Serra". Sancti Spíritus, 11 de agosto de 1897. En: Rafael Serra. op. cit. p. 18.
[9] Durante un tiempo trabajamos en este tema junto a los profesores Marial Iglesias y Sergio López, de la Universidad de La Habana. He utilizado aquí
material obtenido en aquellos tiempos. Desde que salí de Cuba, nuestra colaboración terminó.
La posición de Hortensia Pichardo sobre el olvido martiano puede encontrarse en: Pichardo, Hortensia. Documentos para la historia de Cuba. Edit. de
Ciencias Sociales. La Habana, 1973. t. III. p. 29.
[10] La Discusión. La Habana, 19 de mayo de 1902, p.2.
[11] Cuba Congreso. Senado. Diario de sesiones. Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza & Cía. La Habana, 1910.
[12] Mañach, Jorge. Martí el apóstol. Espasa-Calpe. Argentina, 1942, p. 177.
[13] Ibid. p. 106.
[14] Maza Rodríguez, Emilio. "Significado de José Martí". Revista Bimestre-XLI, pp. 277-281.
[15] Los datos que se manejarán a continuación fueron tomados de: Ortiz, Fernando. "La fama póstuma de José Martí". Revista Bimestre-LXXIII, 1957.
[16] Brito, Hilario. Suum Cuique (a cada cual lo suyo). Imprenta Rambla, Bouza y Cía. La Habana, 1910. p.7.
[17] República de Cuba. Cámara de Representantes. Discursos y trabajos del Dr. José Antonio González Lanuza en la Cámara de Representantes
precedidos por su biografía. Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cía. La Habana, 1919.
[18] La Discusión, La Habana, 19 de mayo, 1902, p.1.
[19] Ver: Gandarilla, Julio César. Contra el yanqui. Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 1973.
[20] He hablado de este Martí en: "Los límites de la irreverencia. (Idolatrías en El color del verano de Reinaldo Arenas)". En: La Jornada Literaria. New
Brunswick, Rutgers University, Otoño MMIII
[21] Victoria, Carlos. "Nota sobre una estrella que ilumina y mata". Mariel, invierno, 1985. p. 8.


Fuente: http://www.eichikawa.com/Ensayos/lagrimas.html

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