Regresar a la página principal
Índice

Con todo el sol

Epígrafe: José Martí en campaña

Es la patria lo que se lleva por sobre la cabeza; es la esperanza de toda la vida [...] Los que están en el taller del sol, no tienen miedo a la nube [...] El Norte se cierra y está lleno de odios. Del Norte hay que ir saliendo. Hoy más que nunca cuando empieza a cerrarse este asilo inseguro, es indispensable conquistar la patria. Al sol, y no a la nube. Al remedio único constante y no a los remedios pasajeros [...] A la patria de una vez. ¡A la patria libre! JOSÉ MARTÍ (1893) [1]

Por LUIS TOLEDO SANDE

Evocar los escasos e intensos días que José Martí vivió en campaña armada por la independencia de Cuba -y esa es la finalidad de las presentes páginas- no puede hacerse sin que el corazón se llene de fuego y de tristeza. De fuego, por el estímulo abrasador que emana de una existencia consagrada con fuerzas y amor excepcionales a la consecución de la justicia; de tristeza, porque se asiste al tránsito final de una de las más extraordinarias vidas de que pueda enorgullecerse -sin límites de tiempo ni de espacio- el género humano.

Entre el 11 de abril y el 19 de mayo de 1895 le fue dada a Martí la posibilidad de estar en el campo de batalla, arma en mano, por la causa a cuya defensa se entregó cuando apenas rebasaba la niñez. Sin un acertado conocimiento del especial, íntimo significado que para él -ejemplo mayor de la espacie, como el revolucionario íntegro y cabal que fue- tuvo la consumación heroica de esa posibilidad, no se le llega al alma a la confesión que, en carta fechada 15 de abril, hizo a Gonzalo de Quesada Aróstegui y a Benjamín Guerra: "Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio."

Una vez iniciada la guerra necesaria el 24 de Febrero -en cumplimiento del plan insurreccional preparado por él al frente del Partido Revolucionario Cubano- Martí se aplicó febrilmente a ultimar todos los detalles que debía dejar concluidos antes de su entrada en la isla insurrecta. Entre ellos sobresalió la redacción del conocido Manifiesto de Montecristi, al cual dio el definidor título de El Partido Revolucionario Cubano a Cuba. Fechado 25 de marzo de 1895 en la localidad dominicana a la que debe el nombre con que habitualmente se le designa, este documento fue el programa de la etapa inicial de la contienda, y constituyó su primer pronunciamiento general. A tono con el carácter moderno de la gesta -iniciada con un levantamiento simultáneo en varias localidades del país que dignamente cumplieron el plan general, sin preeminencia de ninguna de ellas sobre las otras-, el Manifiesto sustituyó a los tradicionales Gritos conocidos hasta entonces en la historia del independentismo en nuestra América.[2] Terminada, como en un relámpago ininterrumpido, la redacción del Manifiesto, y dadas las orientaciones precisas para su eficaz distribución, Martí se dio a la tarea -contra numerosos obstáculos, frente a los cuales le ofrecieron solidaridad valiosos hijos de Santo Domingo y de Haití, y "el buen David, de las islas Turcas"- de trasladarse a Cuba, junto a Máximo Gómez y otros cuatro compañeros. Días después del intento del 1 de abril, frustrado cuando se hallaban ya en la colonia inglesa de Inagua, consiguieron que el vapor alemán Nordstrand, capitaneado por Heinrich Julius Theodor Löwe, los condujera desde Cabo Haitiano -a raíz del fracaso de Inagua, M.B. Barbes, cónsul haitiano en esa "isla infeliz y sin salida", les había otorgado los pasaportes- hasta las cercanías de Maisí, donde el 11 de abril, a las 8 de la noche, descendieron del mencionado vapor al histórico bote comprado en Inagua a Barbes. En ese bote desembarcaron por La Playita de Cajobabo los seis expedicionarios nombrados por el Maestro en su carta de fecha 15 de abril a Quesada y Guerra, que se ha venido citando en este párrafo: "el General Gómez, Paquito Borrero, Ángel Guerra, César Salas, joven puro y valioso de Las Villas, Marcos del Rosario, bravo dominicano negro, y yo". A bordo del Nordstrand, el 10 de abril, Martí escribió revelando a la familia Mantilla Miyares un grado y un modo de felicidad que nunca antes habían estado a su alcance: "Se ha de llegar. Lo que me rodea lleva la misma alma que yo. El riesgo común nos ha unido bien, con ayuda de mi servicio real y manso, y -por ahora- he dejado de sufrir."

Dicha grande

La llegada a Cuba insurrecta introduciría un verdadero clímax inicial en esa felicidad, que ilumina su Diario de campaña, monumento poético de la lengua. En la última anotación de su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano, fechada 8 de abril, dice haber estado leyendo sobre indios de nuestra América víctimas de la Conquista, y declara: "El verso caliente me salta de la pluma. Lo que refreno, desbordada." En las páginas que recogen las peripecias de la campaña, centellea una sobrecogedora combinación de autenticidad poética e intensidad testimonial, fundidas en una pieza expresiva donde el acabado apremiante lleva siempre el ímpe -tu alumbrador de1 rayo. Después de las prologales alusiones, de impulso versal, a los sucesos del 9 de abril -"Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos"- y del 10, que empata con la reseña del 11 -"Salimos del Cabo- Amanecemos en Inagua.- Izan el bote"- esa reseña tiene ya el sello de lo colmado e irruptor: -"Salimos a las 11. Pasamos(4) rozando a Maisí, y vemos la farola. Yo en el puente. A las 7 y ½, oscuridad. Movimiento a bordo. Capitán conmovido. Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. EI timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema segundo. Paquito Borrero y el General ayudan de popa. Nos ceñimos los revólvers. Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, La Playita (al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande. Viramos el bote, y el garrafón de agua. Bebemos málaga. Arriba por piedras, espinas y cenagal. Oímos ruido, y preparamos, cerca de una talanquera. Ladeando un sitio, llegamos a una casa. Dormimos cerca, por el suelo [...]"

En la concentrada y minuciosa información de ese pasaje, llaman la atención varios aspectos: entre otros, las dificultades del desembarco, realizado bajo chubascos, en medio de la oscuridad nocturna y con las confusiones propias de la ocasión, lo que se agrava por la equivocación momentánea del rumbo y la pérdida del timón; la vigilante atención que a todos los detalles presta Martí, quien pasó frente a Maisí en el puente del Nordstrand -eso le ayudó a ver mejor la naturaleza cubana, cuyo disfrute le había impedido su largo y forzoso destierro- y, si en el bote llevó el remo de proa, fue también el último en bajar a tierra, pues se quedó hasta el final vaciando la pequeña embarcación. Sobresale su inquebrantable optimismo, y la "dicha grande" que le proporciona pisar tierra cubana.

A partir de entonces predomina en su ánimo una felicidad que es, en sí misma, fuente de energía para la acción. Ningún esfuerzo físico en aquella vida en campaña, que afrontó con entereza y resistencia capaces de asombrar al fogueado guerrero Máximo Gómez, pudieron vulnerar esa felicidad. El 16 de abril escribe a la familia Mantilla Miyares, con inocultable placer: "Ya se me secan las ampollas del remo con que halé a tierra el bote que nos trajo", y líneas después, dirigiéndose expresamente a Carmen Miyares, añade: "Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza, y que el honor que en mis paisanos veo, en la naturaleza que nuestro valor nos da derecho, me embriaga de dicha, con dulce embriaguez. Sólo la luz es comparable a mi felicidad". A la niña María Mantilla, a quien quiso como a hija, le precisa en esa misma carta: "Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro en un gran tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros, y al pecho tu retrato."

Sin embargo, a pesar de tener una salud muy quebrantada, confiesa que nunca se sintió tan bien como en aquella ardua vida de campaña. Si en su Diario, el 14 de abril, anotó: "Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!", el 28 -casi con tono humorístico, infrecuente, como se sabe, en su obra- vuelve a escribirles a los Mantilla Miyares: "han de saber que me han salido habilidades nuevas, y que a cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete, y el corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más remedios que ropa, y no para mí, que no estuve más sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro del yodo".

Resulta aleccionador seguir los pasos, por la maraña vegetal y de acontecimientos, de un hombre cuyo físico hacía a algunos temer que no pudiera resistir los rigores de aquella hazaña. No sólo cumplía todos los requerimientos de la jornada sin el menor asomo de cansancio y con una voluntad férrea y eufórica -"Nos caemos riendo. A la hora de alarma, y las ha habido buenas, los seis rifles están juntos", cuenta a Quesada y Guerra en la carta de fecha 15 de abril-, sino que sobresale por su desvelo y por su labor personales, atendiéndolo todo, y preparando con celo y deleite todas y cada una de las orientaciones requeridas para el feliz desarrollo de la contienda. El 26 de abril escribe a Carmen Miyares y a los hijos de esta: "Llama a silencio la corneta: mi trabajo no me permite silencio", y el 9 de mayo: "Todos duermen a mi alrededor: velo."

En ese desvelo, se aúnan también su deseo de asegurarlo todo y entrar en acción -en la nota del Diario correspondiente al 17 de abril, confiesa: "Me entristece la impaciencia", y en la carta del 26 dirigida a Carmen Miyares, se pregunta: "¿pelaremos hoy?"- y su "sed de belleza" y la fascinación que sobre él ejerce la naturaleza cubana, que parece querer beberse con los ojos después de tanta forzosa ausencia de la patria. Ahí está en su Diario de campaña la nota del 18 de abril, que, por su ritmo, sus términos y su atmósfera, ofrece una suerte de figuración de la música cubana que entonces se gestaba: "La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea[3] y su coro le responde: aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinuda; vuelan despacio en torno las animitas; entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?"

La razón determinante de sus desvelos estriba, por supuesto, en los requerimientos de la guerra. En la citada carta del 26 de abril a Carmen Miyares -antes de expresar su ansiedad por entrar en combate-, narró los sucesos de la dura jornada que acababa de vencer: largo y difícil camino, incluso bajo balas enemigas y "sin descanso para comer de día ni de noche"; y agregó: "Yo me acosté a las tres de la mañana, curando los heridos. A las cinco en pie, todos alegres".

De su febril actividad personal en las horas del descanso de la tropa, dan cuenta las numerosas cartas que en aquellos días escribió a Quesada y a Guerra, quienes, secretario del Delegado del Partido Revolucionario Cubano y tesorero de esta organización, respectivamente, atendían en ausencia suya las tareas del Partido en la emigración. Asiduamente les instruía con precisión cómo mantener los trabajos del Partido, el periódico Patria y la propaganda en general, y, fundamentalmente, sobre lo que debían hacer en auxilio de la guerra: "Junten bien, y a constante altura, la acción de Vds. con la nuestra", les indica en la carta del 15 de abril. En lo que les instruye, no descuida ni el menor detalle: les señala minuciosamente hasta la manera de coordinar las expediciones y darles curso. En los textos destinados a comunicarles esas orientaciones, se aprecia la efectividad del plan movilizativo iniciado con el levantamiento simultáneo del 24 de Febrero. No sólo porque los veteranos -como informa el Maestro el 26 de abril a sus dos principales colaboradores en la emigración- "confiesan todos que jamás recibieron del país ayuda semejante", sino también porque a los mismos destinatarios les insiste en que la guerra no necesita, por el momento al menos, más hombres, sino armamento: "Lo definitivo e imperante es esto: armas y pronto, es lo único que aquí se necesita." En esa oportunidad les precisa: "Mausers, -y ya tenemos muchos- sólo alcanzaron para 5 batallones, y sólo 50 000 tiros". El día 30 les insiste en la idea de "crear una tripulación patriota" que garantice los envíos, y les asegura: "acá pueden armarse tantos hombres como armas lleguen". Todas las instrucciones transparentan el optimismo que nunca lo abandonó, y que en las condiciones de la campaña armada encontró expresiones argumentadas como esta de la carta del 25 de abril a Quesada y Guerra: "¿Pintaré el orgullo que rebosa de mis ojos, la calma y fe de estas fuerzas, su seguridad de la victoria?"

En una entrevista que en 1978 se le hizo en el escenario del histórico desembarco del 11 de abril, el compañero Fidel Castro, además de señalar que aquella hazaña debió ser particularmente dura para Martí -por el abrupto paisaje del lugar y porque ese desembarco fue el estreno de Martí en la vida de campaña-, afirmó: "Pero él mismo decía que precisamente de esas situaciones, de esa felicidad que el hombre encuentra cuando está realizando una tarea de esta naturaleza, es que saca fuerzas, y él sacó fuerza, y nunca se vio en todo el Diario de Martí, jamás se ve una queja, sino todo era optimismo, todo era entusiasmo, todo era orgullo. Él decía que había dejado las cadenas que lo habían acompañado durante toda su vida en la lucha por la independencia de Cuba. Yo creo que fue una proeza extraordinaria, y este lugar es un lugar sagrado".[4]

Condensando métodos

El mérito representado por ese estado de ánimo revela una extraordinaria entereza, porque Martí, hombre de superiores genio político y poder de valoración de la realidad, no idealizaba a base de euforia irreflexiva el espíritu de lucha que veía a su alrededor, sino que lo apreciaba en su justa medida heroica. No desconocía las complejidades subjetivas de aquellas circunstancias, que analiza hasta en los detalles más insignificantes. Así, por ejemplo, el 28 de abril, después de decirle a Carmen Miyares que había llevado consigo a la guerra "los milagros del yodo", añadió: "Y el cariño que es otro milagro: en el que ando con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma, y como finura en el sentir, que embellece, por entre palabras pícaras y disputas y fritos y guisos, esta vida de campamento".

No podía descuidar detalle alguno, pues su mayor tarea inmediata consistía nada menos que en la ordenación de la guerra. Siguiendo los métodos y principios democráticos impresos por él al movimiento revolucionario en concordancia con el pulso y las necesidades de su pueblo, se aplicaba febrilmente a lograr la celebración de la asamblea que debía dar eficaz forma orgánica a la contienda. Quince días después del desembarco por La Playita, dirige una carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, y les expresa la necesidad de cumplir ese paso, y su confianza en que ello se lograría: "En suma, voy condensando métodos, y ahora sólo indico. La campaña inmediata de ordenación parece que será realizada sin tropiezo, y de modo viable y satisfactorio."

La guerra -que desde su levantamiento simultáneo se planteó alcanzar una dimensión nacional adecuada a su carácter popular y a sus requerimientos de rapidez- debía entrar "pronto [...] en un plan general", como afirmó el Maestro a Antonio Maceo en carta del 12 de mayo, fecha en que también escribió a Bartolomé Masó en estos términos: "deben empezar a nacer las medidas de conjunto, para que ya está madura la revolución". Sobre esa idea sería aún más preciso en carta de tres días después, dirigida al propio Masó: "Ya debe y puede terminar, en este renuevo poderoso de la guerra, el primer período confuso de la agregación de las fuerzas."

El 26 de abril había fechado un documento que se conoce gracias al borrador que sobrevivió a las vicisitudes de la campaña, y cuya índole parece que apunta hacia la naturaleza de una circular. Allí, con las firmas del Delegado del Partido Revolucionario Cubano y del General en Jefe del Ejército -procedimiento seguido por Martí en los principales textos rectores de que dotó a la gesta-, se lee el siguiente llamamiento que, aunque sólo destinado, según aquel borrador, al teniente coronel Félix Ruenes, jefe de Operaciones de la Jurisdicción de Baracoa, lleva el signo del proyecto integral: "Los poderes creados por el Partido Revolucionario Cubano, al entrar éste en las condiciones más vastas y distintas en que le pone la guerra en el país, deben acudir al país y demandarle, como lo hace, que dé al gobierno que lo ha de regir formas adecuadas a las nuevas condiciones. // El Partido Revolucionario Cubano, acude, pues, a todo el pueblo cubano revolucionario visible, y con derecho e elección, que es al pueblo alzado en armas[5], y a cada comarca de él pide un representante, para que reunidos, sin pérdidas de tiempo, los de las comarcas todas acuerden la forma hábil y solemne de gobierno que en sus actuales condiciones debe darse la revolución."

Inmediatamente aparecen instrucciones sobre el modo de asignar la representación que debía enviar Baracoa insurrecta a la que, aún entonces en proyecto, Martí nombra Asamblea de Delegados[6]. Pero no se trataba de crear lo que en la tradición política cubana -a partir de la fundadora e imperfecta Constitución de Guáimaro- se entendía por "gobierno civil", como podría inferirse de la nota al pie, aportada por la redacción editorial de Obras completas, en dicho documento. El propio Martí, conocedor de las costosas contradicciones militarismo-civilismo padecidas por el movimiento independentista cubano, lejos de definir en aquellos términos la dirección que la revolución debía darse durante la contienda, acudió a otras precisiones. En carta del 30 de abril a Quesada y Guerra, por ejemplo, habla de "la citación para la Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible, para elegir el gobierno adecuado a las condiciones nacientes y expansivas de la revolución"; y añade el acuerdo a que ha logrado llegar con el general Gómez, en quien "ha ido cuajando el pensamiento natural, que es el de reunir representantes de todas las masas cubanas alzadas, para que ellos sin considerarse totales y definitivos, ni cerrar el paso a los que han de venir, den a la revolución formas breves y solemnes de república, y viables, por no salirse de la realidad, y contener a un tiempo la actual y la venidera".

En los mensajes dirigidos a Ruenes y a Quesada y Guerra, se evidencia la atención de Martí a las necesidades inmediatas de la gesta, pues "todo el pueblo cubano visible" está integrado en la Isla -en aquellas circunstancias bélicas, y para ellas- por "las masas cubanas alzadas". Al mismo tiempo descuella la orientación democrática del proceso planeado por él, lo que se aprecia en los propios términos de Asamblea de Delegados, representantes y masas. Por otra parte, se observa el peso determinante de su jerarquía dentro de aquel proceso democrático y real. En la misma carta a sus colaboradores en la emigración, sostiene que son "el Delegado y el General en Jefe, en su carácter y obligación de representantes del pueblo cubano", quienes "convocan la Asamblea de Delegados". Con sus méritos -entre ellos su autoridad de máximo dirigente del Partido Revolucionario Cubano-, escribió al 3 de mayo al glorioso general Antonio Maceo: "De gobierno, he cumplido por mi parte mi deber, de modo que la revolución se dé el que le parezca, que puede ser sencillo y salvar todo lo esencial, sin peligro de choque. Ante la Asamblea depondré, ya en esta nueva forma, la autoridad que ante ella cesa. Y ayudaré a que el gobierno sea simple y eficaz, útil, amado, uno, respetable, viable. Va la citación. ¿Necesitaré encomiarle, por tantas razones, que envíe muy en seguida, a que nos vean pronto la cabeza, el representante de las fuerzas de esa zona? Demoras son derrotas."

Invencible esplendor

Pero ninguna empresa grande, y menos si se trata de una revolución verdadera, puede hacerse sin discrepancias y contradicciones, a veces costosas. La cohesión de fines y sacrificios convenció muy pronto a Martí -y ello fue para él una de las mayores fuentes da estímulo que tuvo en aquellos días heroicos- de la unidad que predominaba entre las voluntades congregadas en las tropas mambisas. Ya se ha visto lo que le escribió el l0 de abril, aún a bordo del Nordstrand, a la familia Mantilla Miyares, a la cual el día 26, desde "cerca de Guantánamo" y ya en medio de numerosos combatientes, reiteró: "el alma es una". El 30 hablaría así a Quesada y Guerra: "Ni se nota divorcio de mentes, ni agrio de almas, ni gocé nunca de tanta paz y dicha."

La primera amarga contradicción, en campaña, la tuvo Martí en La Mejorana el 5 de mayo, y con nadie menos que con el magnífico Antonio Maceo. El desembarco de Martí y Gómez juntos, el 11 de abril, constituyó una sólida prueba más de la victoria, protagonizada por el primero, en el empeño de unir a todas las fuerzas dignas para luchar por la independencia de Cuba: por La Playita llegaron a la guerra el Delegado del Partido Revolucionario Cubano y el General en Jefe del Ejército, ambos electos democráticamente. Martí, quien desde muy temprano abrazó la causa de Yara -lo que le costó un brutal presidio y deportación, sin que ello desviara en modo alguno, sino acendrara aún más, si cabe, su consagración a la defensa de la patria-, encarnaba, sobre todo, la nueva y acertada orientación necesitada por la contienda independentista, mientras que el general Gómez constituía un ejemplo cimero del heroísmo armado del 68. La entrada de ambos, juntos, en la acción del 95, cuyos preparativos dirigió el primero, corroboró la unidad revolucionaria mucho más allá de lo simbólico, por muy perdurable que pueda ser el símbolo, como lo es en este caso.

Pero la misma década gloriosa de 1868 a 1878 fraguó, a la vez, prestigios y prejuicios de fuerza bastante para dificultar la ordenación requerida por la revolución durante la guerra. Es evidente que con Gómez le fue posible a Martí llegar más lejos que con Maceo en cuanto al convencimiento de lo necesario que resultaba dotar a la Revolución de los nuevos métodos organizativos y estratégicos. El bravo Titán adunó a su prestigiosa y merecida autoridad mambisa, a su justa reputación de combatiente epónimo -vencedor de quién sabe cuánta tristeza motivada por la discriminación racial que sufrió-, persistentes aprensiones con respecto a la ordenación política de la contienda. En esos imprescindibles pasos tendió a ver, más que la sabia eficacia aportada creadoramente por Martí, el peligro de que se prolongaran los inadecuados métodos que contribuyeron al fracaso de la Guerra de los Diez Años. A ello habrá que añadir la conocida fricción que se produjo entre él y Martí cuando este, por acuciantes imperativos de la guerra, se vio en la necesidad de poner en manos de otro héroe, Flor Crombet -de cuya temprana muerte en campaña les escribiría a Quesada y Guerra el 30 de abril: "Ya no hay Flor, de un balazo en el pecho"-, el mando de la expedición en que el 1 de abril, desde Costa Rica, también llegó Maceo, como subordinado -sólo durante la travesía- de Crombet, quien responsablemente aceptó asumir esa importante misión con los recursos que en esos momentos podía ofrecer para ello el Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

Ahora bien, seguramente que el veedor Martí, estudioso de las glorias de la patria, y acostumbrado a calar profundamente en la realidad -incluidas en especial las peculiaridades humanas- había comprendido, desde antes de verse en la necesidad de tomar aquella decisión, que en Maceo podía hallar dificultades a la hora de procurar que acatara los nuevos métodos de dirección revolucionaria indispensables para impedir de veras la repetición de los errores padecidos por la Guerra Grande, y para alcanzar una victoria segura y sana. No debe desconocerse 1a discrepancia -en la cual la historia vendría a darle también la razón- que en 1884 el Maestro tuvo con los principios organizativos del Plan Gómez-Maceo, aunque apreciaba la nobleza de fines de ambos promotores. Todo ello permitirá comprender lo dramático que para Martí debió ser tomar la resolución que, fundamentada y conscientemente, adoptó al confiarle a Flor Crombet la jefatura de la mencionada expedición. En la estupenda -y, como suya, ejemplarmente justa- semblanza que dedicó a Maceo en el número de Patria correspondiente a1 6 de octubre de 1893, llamó la atención sobre la virtud que menos se le reconocía entonces al bravo guerrero, virtud que demoraría mucho tiempo en reconocérsele en el grado en que Martí lo hizo: la hondura de su pensamiento. "Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo", afirmó entonces con su extraordinaria capacidad valorativa. Pero en ese mismo texto añadió lo que -si pensamos en la sabiduría política del Maestro- parece, además de un acto de justicia, un llamamiento al deber ser. Después de referirse a la inquebrantable fidelidad de Maceo a la Patria -no descansa, "buscándole caminos"-, sostiene: "Su columna será él, jamás puñal suyo. Con el pensamiento la servirá, más aún que con el valor."

Martí no hablaba sin estar convencido de la veracidad de sus palabras; pero seguramente comprendía, también, hasta dónde diez años de actitud heroica, de grandes obstáculos y mayor resistencia, podían endurecer la voluntad, y el tesón de mando, en un guerrero capaz de protagonizar aquel gesto superior de decoro, la Protesta de Baraguá, que él -y así lo expresó a Maceo en carta del 25 de mayo de 1893- apreciaba como "de lo más glorioso de nuestra historia".

De todas formas, las anotaciones del 5 de mayo en su Diario de campaña revelan hasta qué punto fueron duras para él las palabras que entonces le dedicara Maceo, en las cuales se mezclaron la tristeza personal y la oposición a la forma de gobierno propuesta por el Delegado del Partido Revolucionario Cubano: "Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, -y una Secretaría General:- la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: "Pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?" Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Lo veo herido- "lo quiero -me dice- menos de lo que lo quería" -por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros."

Pero Martí sabe que el terreno en que se mueve pone en juego la garantía del triunfo y la seguridad de los principios democráticos de la Revolución, y que, por tanto, no puede ceder sino a riesgo de sacrificar esas necesidades sagradas de 1a patria: "Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere [Maceo] que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: "dentro de 15 días estarán con Vds.-y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí".-" Y aún durante la comida resurge el tema: "En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar." Frente a la incomprensión, el Maestro ratifica su verticalidad: "Mantengo, rudo: el Ejército, libre,-y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir." Tales sucesos fueron los únicos que provocaron en Martí durante la campaña una real tristeza. Al final, apunta: "así, como echados, y con ideas tristes, dormimos."

Siempre será aleccionador comprobar que el Maestro fue ajeno a rencores y resentimientos. Tuvo el 5 de mayo, con Maceo, aquella seria discrepancia, y el bravo guerrero llevó al diálogo un asunto que a él lo hería y le repugnaba. Pero para la persona del glorioso héroe de Baraguá, para su condición de indoblegable defensor de la patria, sólo tuvo admiración y respeto. Así, el 9 se dirigió en estos términos a la familia Mantilla-Miyares, con motivo de otro encuentro, al día siguiente del ocurrido en La Mejorana, con el Titán: "venimos de Maceo. ¡Qué entusiasta revista la de los 3 000 hombres de a pie y caballo que tenía a las puertas de Santiago de Cuba! [...] ¡Qué lleno de triunfos y de esperanza Antonio Maceo!" Y el 12 le escribió al propio Maceo, como a "general y amigo", una carta en que, acerca de ese mismo encuentro y de algunas noticias sin confirmar, le dice cosas como esta, llena de estímulo y respeto: "Tengo mi pena, y es creer que aún no está bien encendido el espíritu que la pujanza de Vd. infundirá en todas partes de un solo paseo.-¿De qué heridos numerosos nos hablan por aquí? ¿De alguna acción brillante de Vd., el día en que lo vi rodeado de aquellas filas que juzgo invencibles?" E inmediatamente añade su perenne preocupación por la necesidad de ordenar la contienda revolucionaria: "Eso es lo que me preocupa: que entre pronto la guerra en un plan general,-que ofenda, y ocupe el país, antes que el enemigo aún insuficiente, perezoso y aturdido,-que nos pongamos pronto en marcha para el revuelo final, que -si no dejamos condensarse al enemigo-puede ser cercano". Sólo entonces es que dice todo cuanto pudiera tomarse como alusivo a los sucesos del 5 de mayo: "Vea eso en mí, y no más: un peleador: de mí, todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea.-"

Nada podía contra la honradez y el optimismo solares que guiaban a Martí en la confianza, justificada, con que asumía la empresa fundadora a la cual se consagraba. En la propia historia revolucionaria del país encontraba lecciones capaces de encender el ánimo. No de otra cosa habla el hecho de que, en las anotaciones del 7 de mayo -frescas aún en la memoria las amargas discrepancias del día 5-[7] reprodujera lo que Gómez le trasmitió de un discurso que, acerca de Carlos Manuel de Céspedes, recordaba haberle escuchado a Eduardo Arteaga en la Guerra de los Diez Años: "El sol, dijo [Arteaga, según el testimonio del Generalísimo], con todo su esplendor, suele ver oscurecida su luz por repentino eclipse; pero luego brilla con nuevo fulgor, más hirviente por su pasajero oscurecimiento: así ha sucedido al sol Céspedes."

Vivir para servir

Martí se hallaba en su pleno esplendor cuando cayó -es decir, se irguió para todos los tiempos- el 19 de mayo. Ese combate le dio la oportunidad de ratificar -incluso frente a maliciosos y descreídos- la disposición de luchar, arma en mano, por la independencia de Cuba. En la citada carta del 25 de marzo a Federico Henríquez y Carvajal, expresó: "Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador". Ahora bien; véase que habló de morir pegado "al último tronco, al último peleador: morir callado", es decir, cuando ya no quedara otra cosa que hacer sino dejar a su patria y al mundo el ejemplo del coraje y el holocausto; no mientras hubiera otro servicio que cumplir. Si después de lo antes citado fue que sostuvo: "Para mí, ya es hora", añadió categóricamente: "Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas", aserto sobre el cual hemos de volver.

En sus autobiográficos y maduros Versos sencillos (1891), al recordar haber visto en su infancia distintas escenas de la esclavitud en el campo de Cuba, y particularmente el cuerpo de un esclavo muerto / Colgado a un seibo del monte -no se ignore que el concepto de esclavitud se ensanchó en él hasta abarcar, en su conjunto, las desigualdades de 1as que todavía en su tiempo no se había librado pueblo alguno-, afirmó que ya entonces juró / Lavar con su vida el crimen. No dijo sólo con la eventualidad de la sangre, como transcripciones erróneas hacen leer en ese pasaje. El hombre que ejemplifica en grado excepcional la verdadera modestia -lo que le permite afirmarle en diciembre de 1893 al aguerrido general Antonio Maceo: "Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz"-, en julio de 1878, premonitoriamente y con honradez, le confiesa a su amigo mexicano Manuel Mercado: "¿He de decir a V. [...] que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad?"

Cuando balas enemigas segaron su vida, estaba plenamente entregado a la tarea de ordenar la revolución en la cual a su persona, insustituible, le correspondía brindar un servicio supremo "a este único corazón de nuestras repúblicas". En su carta de fecha 15 de abril a Quesada y Guerra -apenas cuatro días después del desembarco por La Playita-, recuerda: "General me llamaba nuestra gente desde que llegué, y muy avergonzado con el inmerecido título, y muy querido y conocido, me hallé por cierto entre estos inteligentes baracoanos". Líneas después les informa que "Gómez, como General en Jefe, había acordado, en consejo de Jefes, a la vez que reconocerme en la guerra como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, nombrarme, en atención a mis servicios y a la opinión unánime que lo rodea, Mayor General del Ejército Libertador. ¡De un abrazo, igualaban mi pobre vida a las de sus diez años!"

Salta a la vista la humildad de Martí, pero también es natural que le regocijara el nombramiento que -por iniciativa de Gómez, subordinado, como jefe del ramo de la guerra, al Partido Revolucionario Cubano, cuyo máximo dirigente era Martí- confirmaba que su guía era aceptada por los bravos veteranos del 68 alzados nuevamente para defender a la patria, y ya en un plan organizado y dirigido por él. Lo más importante era, en sí misma, esa aceptación, esa "opinión unánime". Por ello les dice a Quesada y a Guerra: "Me apretaron largamente en sus brazos. Admiren conmigo la gran nobleza. Lleno de ternura veo la abnegación serena, y de todos, a mi alrededor." No recibió con igual entusiasmo, sin embargo, el que le llamaran Presidente. El 28 de abril, aludiendo a sus intensas ocupaciones en el campamento, escribió a Carmen Miyares: "está serena afuera la noche de este día en que no vi el sol sino cuando las fuerzas formadas quisieron oír hablar al que, con un cariño que en esto rechazo, llaman 'el Presidente'. Mi alma es sencilla. En vez de aceptar, siquiera en lo íntimo de la conciencia soberbia, este título con que desde mi aparición en estos campos me saludaron, lo pongo aparte, y ya en público lo rechacé, y lo rechazaré oficialmente, porque ni en mí, ni en persona alguna, se ajustaría a las conveniencias y condiciones recién nacidas de la Revolución."

El propio nombre de ese cargo se asociaba, en la historia de Cuba, con los inconvenientes sufridos por la República en Armas durante la Guerra de los Diez Años, y esa mera asociación podía ser, de suyo, nociva. A ello habría que añadir los males padecidos en nuestra América por los países que ya habían alcanzado la independencia y tenían formas de gobierno tradicionales encabezadas por presidentes. Señales del influjo que tales realidades podían tener en la mentalidad de muchos combatientes cubanos las tuvo Martí no sólo con los sucesos del 5 de mayo, sino también cinco días más tarde -según consta en su Diario de campaña-, cuando Gómez se opuso a que el Delegado del Partido lo llamaran Presidente: ""Martí no será Presidente mientras yo esté vivo"; y enseguida, "porque yo no sé qué le pasa a los Presidentes, que en cuanto llegan ya se echan a perder, excepto Juárez, y eso un poco y Washington".-" Pero Martí, en lugar de consumirse lastimado por la expresión de Gómez, tenía en cuenta la nobleza de principios que alentaba al viejo mambí.

Y aquí, no cabe sino preguntarse: bien orientada la Asamblea de Delegados, ¿habría privado a las fuerzas revolucionarias de la dirección más sabia, eficaz y acertadamente renovadora con que podía contarse desde lo inmediato hasta 1as futuras necesidades republicanas? ¿Habría confiado los destinos de la nación a otra persona que no fuera el hombre a quien -desde su llegada a Cuba insurrecta- las masas alzadas llamaban General y Presidente? A Martí su carácter revolucionarlo y profundamente democrático podía hacerle preferir otra designación para el máximo cargo de la República en Armas, como había escogido el elocuente de Delegado para el más alto cargo del Partido Revolucionario Cubano; pero ello no podía ser, en modo alguno -sino todo lo contrario-, causa para que no asumiera la jefatura de la Revolución cuando se la ofrecieran en la Asamblea de Delegados los representantes del pueblo cubano visible, los representantes de las masas cubanas alzadas, para emplear sus propios términos.[8] Esa jefatura, de hecho, la ejercía desde su elección como Delegado del Partido Revolucionario Cubano en abril de 1892. Por otra parte, si rechazaba el titulo de Presidente, no lo hacía para que otro lo aceptara, pues claramente dijo a Carmen Miyares que ni en él, "ni en persona alguna, se ajustaría a las conveniencias y condiciones recién nacidas de la Revolución".

Servir al corazón de nuestras repúblicas

Desde mucho antes de 1895, y ya, sobre todo, en la guerra necesaria que él mismo preparó, para Martí tenía que haber pasado a ser una madura convicción el hecho de que había llegado el momento en el cual hasta de un soplo suyo podía depender 1a libertad de su pueblo, todavía entonces infeliz. Recordemos las conocidas palabras que agregó después de decirle a Henríquez y Carvajal que aún podía servir al "único corazón de nuestras repúblicas": "Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo." Con ello se vincula directamente la confesión destinada, el día antes de morir en Dos Ríos, a su entrañable amigo Manuel Mercado, a quien le reveló -y nunca estará de más rememorarlo- cuál entendía él que era su deber primordial: "ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber-puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América." Todo ello se corresponde con mucha declaración personal de Martí desde varios años antes del estallido insurreccional del 24 de Febrero, y, particularmente, hace pensar en la carta donde, a finales de 1889 y en relación con el Congreso Internacional de Washington iniciado en ese año, le habló a Quesada, con suma claridad acerca del plan, "más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos", que ya entonces maquinaban los imperialistas estadounidenses: precipitar a Cuba a la guerra "para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella", tras lo cual añadió el Maestro: "Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría". Tales preocupaciones remiten, asimismo, al Manifiesto de Montecristi -programa inicial de la guerra necesaria-, cuyas cautelosas formulaciones al respecto se esclarecen plenamente con aquellos argumentos explícitos. Así, por ejemplo, en el Manifiesto se lee que la emancipación de Cuba se emprendía también "para bien de América y del mundo", y que "la guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en el plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno qué el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de la naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo".

Si la guerra necesaria tenía ante sí, en primer término, la tarea de vencer y arrancar de Cuba al colonialismo español -contra el cual inició precozmente Martí su vida revolucionaria- la víspera de su muerte el héroe pudo añadir a aquellas palabras sobre su deber de combatir contra las ambiciones estadounidenses, esta categórica declaración: "Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso." La aparente imprecisión revela una honda y fundamental sabiduría: ya para entonces el enemigo mayor de la independencia de Cuba no era el colonialismo ocupante, sino el nuevo "sistema de colonización" que amenazaba desde el Norte a toda nuestra América.[9] Por esa razón, mucho más que por optimismo estimulante, e1 25 de abril -aunque España podía concentrar su poderío en Cuba- Martí escribió en estos términos al general Masó: "tardemos poco en vencer, con una guerra enérgica y respetable, a un enemigo que ni en la Isla ni afuera tiene elementos suficientes para el largo sostenimiento de sus largas y costosas campañas, no ya para la victoria."

Realmente -sin entrar a contraponer sus diversos contenidos- ese "Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso", sugiere una comparación con la conocida frase de Marx según la cual la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. En esta formulación, más que ponerse a pensar en los valiosos aportes de los estudios antropológicos posteriores a Marx -después de todo, el autor de El manifiesto comunista y de El capital estaba lejos de ignorar los principales caminos seguidos por la formación de la sociedad-, el lector ha de ver el peso determinante que, con sobrada razón, concedía Marx en la historia a la vasta época marcada por la lucha de clases. Algo similar ocurría a Martí, quien dedicó largos años a combatir el colonialismo español, cuando valoraba la importancia decisiva que ya a finales del siglo XIX le correspondía a la lucha revolucionaria contra el naciente imperialismo; en particular, contra el estadounidense.

La prédica antimperialista de Martí fue pública y amplia, y surgió ante la misma formación del imperialismo en los Estados Unidos. Sin embargo, convencido como estaba -sobre todo a partir de 1889- de las ambiciones estadounidenses, y específicamente de sus planes de apoderarse de Cuba, no podía dar igual publicidad al hecho de que la gesta que estalló el 24 de febrero de 1895 no estaba ya primordialmente dirigida al objetivo inmediato, e ineludible, de expulsar de la Isla al poder español, sino a impedir la consumación del proyecto yanqui. A ello, y no a otra cosa, se refiere con esta frase de su carta póstuma a Mercado: "En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin."

Su convencimiento de que los imperialistas estadounidenses aprovecharían cualquier ocasión para intervenir en la guerra, le hacía intentar -y así lo dijo en 1893- que esta fuera "breve y directa como el rayo", en lo cual también se piense al leer la citada carta del 25 de abril de 1895, o sea, en campaña, al general Masó, a quien le expone cuáles son "los dos caracteres que salvarán la guerra y la harán corta:-la actividad y la nobleza. Y el sumo cuidado y enérgica repulsa de los ardides con que quisiera acorralar o perturbar la guerra el enemigo". La radicalidad de la expresión es más poderosa que el propio hecho de que entonces sólo se refiere, explícitamente, al enemigo español, contra el cual se combate en lo inmediato.

En campaña tuvo también la oportunidad de dirigirse expresamente a los Estados Unidos en las páginas de The New York Herald, al cual le ofreció, con fecha 2 de mayo, una extensa comunicación -que días después publicó el periódico- firmada por él como Delegado del Partido Revolucionario Cubano y por Gómez como General en Jefe del Ejército, procedimiento que daba a sus palabras todo el peso de una proclamación de principios y lineamientos de la guerra necesaria. Ello se afirma, además, en el comienzo mismo del texto, donde el autor señala que quienes suscriben son los "representantes electos de la Revolución, vigentes hasta que ella elija los poderes adecuados a su nueva forma". Los criterios que Martí emite para el Herald confirman su extraordinaria sagacidad política, pues el comunicado se ha de ver no sólo en su naturaleza de mensaje dirigido al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos, sino también, y sobre todo, en su condición de texto destinado a la publicidad y escrito entre las drásticas confesiones hechas por el autor el 25 de marzo y el l8 de mayo, respectivamente, a Henríquez y Carvajal y a Mercado. En el comunicado al Herald expresó que Cuba se había "alzado en armas [...] para emancipar a su pueblo inteligente y generoso, de espíritu universal y deberes especiales en América". Después de señalar que Cuba sería un "crucero amigo", sostuvo: "Los cubanos reconocen el deber urgente que les imponen para con el mundo su posición geográfica y la hora presente de la gestación universal."

A la médula de los intereses económicos determinantes del expansionismo estadounidense, va Martí con agudeza política: "A la boca de los canales oceánicos, en el lazo de los tres continentes, en el instante en que la humanidad va a tropezar a su paso activo con la colonia inútil española en Cuba, y a las puertas de un pueblo perturbado por la plétora de los productos de que en él se pudiera proveer, y hoy compra a sus tiranos, Cuba quiere ser libre, para que el hombre realice en ella su fin pleno; para que trabaje en ella el mundo, y para vender su riqueza escondida en los mercados naturales de América donde el interés de su amo español le prohíbe hoy comprar."

Tenía el lúcido convencimiento de que a los Estados Unidos les interesaba que en Cuba se fomentara, precipitadamente, una guerra desordenada que les diera pretexto para intervenir en ella y apoderarse de la Isla. ¿Podrán acaso olvidarse los numerosos textos en que Martí combatió calumnias que en los Estados Unidos se difundían al servicio de semejantes propósitos, y dio a conocer a nuestros pueblos las entrañas del monstruo norteño? Bastaría citar Vindicación de Cuba (1889) y La verdad sobre los Estados Unidos (1894). Con esa sabiduría afirmó, en el comunicado dirigido al Herald -donde, además, precisó claramente que su patria llevaba a cabo una "guerra culta"-, que la "composición del carácter del hijo de Cuba explica su capacidad para la independencia, que le respetará todo pueblo honrado que la conozca, y un apego tal a su emancipación, que no sería justo desdeñarlo u ofenderlo". Después de referirse a la invasión de México por Francia, lo que, de paso, no podía sino hacer pensar en los saqueos de la patria de Juárez por los Estados Unidos, añadió: "Una república sensata de América jamás contribuiría a perpetuar así, con el falso pretexto de incapacidad de Cuba, el alma de amo que la sabiduría política y la humanidad aconsejan extirpar en un pueblo puesto por la naturaleza a ser crucero pacífico y próspero de las naciones."

Tales llamados a la cordura y a la honradez traen a la memoria el modo como en 1873 había retado a la República española entonces instaurada a probar que ella era capaz de conservar su honra, su dignidad, reconociendo el derecho de Cuba a 1a plena independencia. Similar función tiene el desafío, a la vez incisivo y cauteloso, que les planteó a los Estados Unidos en las páginas del Herald: "No es en los Estados Unidos ciertamente donde los hombres osarán buscar sementales para la tiranía." El valor de la dura imprecación atrincherada en esa frase, sólo se puede apreciar si se tiene en cuenta la clara comprensión con que Martí enjuició el carácter conquistador y voraz impreso a los Estados Unidos por los intereses allí dominantes, en una historia de formación nacional hecha a base de saqueos y genocidios. Si el héroe cubano y universal apreciaba las virtudes del pueblo estadounidense, y especialmente las encarnadas en hombres como Wendell Phillips y Emerson, quienes sostenían pensamiento y actitudes opuestos al sistema imperante en el país norteño, ya en 1883 definió con suma precisión aquel carácter conquistador y voraz, fomentado allí, hasta hacer que el interés por la vida humana se reduzca a su posible utilidad al servicio de dicho carácter. Claramente afirmó entonces a propósito del asesinato del presidente Garfield: "en este pueblo, que es ejército en marcha, no hay tiempo de contar los muertos. Ni el muerto les parece árbol arrancado de su jardín, sino ido a hermosear de antemano el jardín en que han de vivir luego. ¡Y aun en el recordarlos, la vida es demasiado exigente, para que 1a memoria sea bastante fiel.!"[10]

En 1893, la crisis que -como anuncio de lo que después, por encima de todo paliativo y esplendor, devendría mal permanente del sistema capitalista- padecía entonces la economía estadounidense, fue circunstancia adecuada para que el Maestro fortaleciera su propaganda política y antimperialista en las mismas entrañas del monstruo. A propósito de esa crisis y de los deberes que ante ella le crecían al Partido Revolucionario Cubano, escribió el texto al cual pertenecen los fragmentos que la presente evocación lleva como epígrafe. En él aparecen conceptos dirigidos a dicha confirmación ideológica y, también, a sacar de su equivocación a posibles confundidos por la opulencia material del monstruo norteño: "Mientras más sea la agonía en la tierra extranjera, más se ha de trabajar por conquistar, pronto, la tierra propia. El Norte ha sido injusto y codicioso; ha pensado más en asegurar a unos pocos la fortuna que en crear un pueblo para el bien de todos [...]: del Norte, como de tierra extranjera, saldrán en la hora del espanto sus propios hijos. En el Norte no hay amparo ni raíz [...] El Norte se cierra y está lleno de odios. Del Norte hay que ir saliendo [...] A la autoridad del suelo en que se nace, y no a la agonía del destierro, ni a la tristeza de la limosa escasa, y a veces imposible", a lo cual añadió su drástico llamamiento: "A la patria de una vez. ¡A la patria libre!"

Con la masa creadora

Frente a tan graves peligros, Martí no podía tener mayor aspiración que la de estar presente en la guerra, sirviendo a la patria con el ejemplo de su participación en la lucha armada, y con la atención directa que -aportada por él- contribuyera a la seguridad de la victoria y a la buena conducción del país después del triunfo. Desde luego, ello implicaba el riesgo de la muerte, que para Martí era una realidad previsible hasta por los quebrantos de salud que padecía. Incluso, es sabido que tenía un carácter y un temperamento muy distantes de sentir temor por la muerte, la cual, además, fue objeto frecuente de sus meditaciones, en las que se aprecian sus perspectivas filosóficas y un pensamiento cuya orientación le hacía asumir la posible eventualidad del fin de la existencia, por lo general, como un hecho que estaba lejos de ser aborrecible. Pero quien en 1879 -en la terminación de su discurso de homenaje póstumo al poeta Alfredo Torroella, fallecido pocos días antes- invocó a la "¡Muerte, muerte generosa, muerte amiga!", y le dijo de manera categórica: "¡ay! ¡nunca vengas!", era consciente, desde mucho antes de 1895, por supuesto, de todo cuanto aún le correspondía hacer en la histórica misión de guiar los destinos de la patria. Por otra porte, si no temía a la muerte, amaba profundamente -eso sí, sin el menor asomo de egoísmo- la vida.

En Versos sencillos -donde ratificó su estoicismo revolucionario al referirse a la posibilidad de morir, incluso aún sin patria, y expresó claramente su preferencia por la muerte heroica sobre la muerte oscura: No me pongan en lo oscuro / A morir como un traidor: / Yo soy bueno, y como bueno / Moriré de cara al sol- afirmó: De mi desdicha espantosa / Siento, oh estrellas, que muero: / Yo quiero vivir, yo quiero / Ver a una mujer hermosa. Ya en medio de la dicha grande que le producía estar en los campos de Cuba insurrecta, el deseo y la responsabilidad de vivir tenían que ser aún más exigentes, a pesar de los riesgos y de su disposición a entregar la vida cuando fuera necesario. No es casual que, cercana ya su incorporación a la guerra, este hombre ejemplar, consagrado por completo a la liberación de su patria, le escribiera a María Mantilla -presumiblemente en marzo y desde Cabo Haitiano- y le hablara de París y, consciente de las dificultades que le esperaban, añadiese: "de ese París, que veremos un día juntos, cuando los hombres me hayan maltratado, y yo te lleve a ver mundo antes de que entres en los peligros de él".

No podía menospreciar la importancia de su vida el dirigente político que sabía cuánto esfuerzo y cuánta sabiduría necesitaba de él la conducción de la lucha revolucionaria, en condiciones difíciles y de especiales cambios en Cuba y en el mundo, y en medio de los enfrentamientos que aún habría de requerirse contra los mezquinos intereses que, dentro y fuera de Cuba, encarnaban graves peligros para la Revolución. La gesta iniciada el 24 de Febrero fue concebida por Martí de acuerdo con las mejores aspiraciones de su pueblo, como una guerra que habría de unir en la lucha por la libertad -y de hecho los unía, como él testimonió en sus escritos de campaña- a cubanos y españoles, a blancos y negros, a pobres y ricos dispuestos a sacrificar sus bienes materiales en la continuación superadora de la campaña desatada por Céspedes. En la encrucijada de finales del siglo XIX, urgía mantener una intransigente y sagaz vigilancia frente a los traidores y a los autonomistas -que a menudo eran una misma cosa-, frente a todos aquellos a quienes el Maestro se refería al asegurar en el comunicado al Herald: "De la justicia no tienen nada que temer los pueblos, sino los que se resisten a ejercerla."

En su carta del 15 de abril a los principales representantes del Partido Revolucionario Cubano en la emigración, afirmó que la guerra nacía "desde sus arranques con tal carácter de gobierno y durabilidad, y con tal e igual respeto a las exigencias del culto y a la justicia con el humilde, al ideal intacto y a la realidad que lo logra", que sólo con "asesinato verdadero o inútil, y deshonroso para los asesinos", podrían los cubanos, "y sobre todo los que se precien de revolucionarios", dejarla abandonada. El lenguaje de la cita es, de suyo, elocuente y sugeridor. No ha de olvidarse que en el Patria del 24 de octubre de 1894 -en un artículo que significativamente debe su título a "Los pobres de la tierra", con quienes el autor había decidido echar su suerte, como se lee en Versos sencillos- había hablado de "la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos". Inevitablemente se piensa en la anotación del 3 de marzo en el Diario donde reseñó su trayectoria de Montecristi a Cabo Haitiano. Allí, tras objetar "la satisfacción de las necesidades sin el esfuerzo original que desata y desenvuelve al hombre, y lo cría, por el respeto a los que padecen y producen como él, en la igualdad única duradera", se refirió a "la paz sólo asequible cuando la suma de desigualdades llegue al límite mínimo en que las impone y retiene necesariamente la naturaleza humana". Inmediatamente añadió: "Es inútil, y generalmente dañino, el hombre que goza del bienestar de que no ha sido creador: es sostén de la injusticia, o tímido amigo de la razón, el hombre que en el uso inmerecido de una suma de comodidad y placer que no está en relación con su esfuerzo y servicio individuales, pierde el hábito de crear, y el respeto a los que crean."

Estamos ante meditaciones que constituían zonas medulares de la integral preocupación de Martí por los rumbos de la guerra y el futuro de la nación. La experiencia histórica había probado que en Cuba los más ricos eran -en bloque y a pesar de las dignas excepciones individuales- un obstáculo para la Revolución, y de entre ellos surgieron las cabezas más representativas del anexionismo y del autonomismo. Desde antes de 1895, el desinterés de los Estados Unidos por anexarse a Cuba como un Estado más, había decrecido ostensiblemente, dada la posibilidad que perseguían de adueñarse de ella como colonia, y ello restó peso, realidad, a la tendencia anexionista entre los secuaces con que contó dentro de la Isla; pero, por el contrario, el autonomismo creció como la vocación propia de quienes, temerosos de la independencia plena, por lo que ella podía representar de riesgos para sus propiedades y de estímulo para los más humildes, abrazaban crecientemente aspiraciones autonomistas que, en gran medida, se emparentaban incluso con el anexionismo. Tanto los unos como los otros oponían a la Revolución martiana cuanto obstáculo estuviera a su alcance, y desplegaban una campaña propagandística frente a la cual, y él lo sabía perfectamente bien, se necesitaba la radical e iluminadora dirección independentista de Martí.

Es un hecho altamente expresivo el que, en la misma carta póstuma donde le expuso a Mercado el primordial sentido antimperialista de su heroica misión, el Maestro confirmara la orientación y la base sociales de su empeño. A propósito de su entrevista con el corresponsal de The New York Herald, le habló a Mercado "de la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes", y, sobre todo, "de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,-la masa, hábil y conmovedora, del país,-la masa inteligente y creadora de blancos y negros". Esta carta explica la significación y el peso de las preocupaciones de Martí sobre la cuestión social en Cuba, y ratifica el carácter -sobre el cual ya aquí se ha hablado- de táctica advertencia, de barricada ideológica, apreciable en sus declaraciones a los lectores estadounidenses del Herald, incluidas en primer lugar, por supuesto, las autoridades gubernamentales de ese país.

Entre dichas declaraciones se encuentra -inmediatamente antes de aquella imprecación atrincherada en una frase que ya se citó- esta otra, cuyo contenido se ofrece plenamente a la luz de las cartas a Mercado y a Henríquez y Carvajal: "Los Estados Unidos [...] preferirían [deben preferir, para bien de su honor ya dudoso y lastimado, se leerá al descifrar adecuadamente, bajo aquella luz, las señales del mensaje] contribuir a la solidez de la libertad de Cuba, con la amistad sincera a su pueblo independiente que los ama, y les abrirá sus licencias todas, a ser cómplices de una oligarquía pretenciosa y nula que sólo buscase en ellos el modo de afincar el poder local de la clase, en verdad, ínfima de la Isla, sobre la clase superior,-la de sus conciudadanos productores."

Con él, con su luz

Todo corrobora la decisiva importancia que tenía la presencia guiadora de Martí en la guerra necesaria que él preparó y desató, y subraya el valor del optimismo y la felicidad que el héroe protagonizó desde que le fue posible estar en los campos insurrectos de la patria. La desbordante dicha que experimentó durante sus días en campaña, da pruebas de la inmensa satisfacción que le producía ver cómo alcanzaba intensidad cenital la utilidad de su consagración a la lucha revolucionaria. Ese estado de ánimo ilumina su Diario, sus cartas de entonces, y ni siquiera se le enturbió por la necesidad de redactar las circulares de guerra en que debió ser drástico y terminante no sólo con respecto a la radicalidad combativa frente al enemigo, sino también en lo relativo a la intransigencia frente a la propaganda que este hacía -a la cual Martí velaba que no se le hiciera la menor concesión-, y a las debilidades de los equivocados, para quienes dejaba abierta la posibilidad de la rectificación. En esas circulares dictó asimismo las medidas necesarias para impedir el acceso de abastecimientos a las ciudades, con lo que, a la larga, se aseguraba la rapidez de la guerra y, por tanto, un menor costo en vidas.

Es una verdadera gran pena que no se transcribieran sus alocuciones en los campos insurrectos, donde pronunció más de un discurso en que, cualquiera que fuera su extensión -y es de suponer que fueron breves, dadas su costumbre y las circunstancias-, seguramente resplandeció con especial fuerza su capacidad de ardoroso convencimiento. En la carta de fecha 15 de abril a Quesada y Guerra les dijo a estos con respecto a la tropa de mambises comandada por Félix Ruenes, la primera con que se encontraron él, Gómez y los cuatro compañeros de expedición después del desembarco: "El general les habló en fila, y yo, y les quedó el alma contenta"; y en la anotación del 28 de ese mes, en su Diario, apuntó algo que va más allá de la mera circunstancia climática: "Yo hablo, al sol."

Ese será precisamente el signo distintivo de sus textos de entonces: la iluminada dicha solar que los anima. Para todas sus páginas de los días en que sentía haber llegado a su plena naturaleza, incluso para aquellas escritas de noche y en las circunstancias que el 26 de abril reseñó a la familia Mantilla-Miyares -"escribo en mi hamaca, a la luz de una vela de cera, sujeta junto a mis rodillas por una púa clavada en tierra"- están destinadas, como un símbolo definitivo, estas palabras que se leen en carta de diez días antes a los mismos destinatarios: "Escribo con todo el sol sobre el papel." La luz que su existencia legó al mundo, y en particular la que lo hizo resplandecer de manera tan especialmente aleccionadora durante los escasos días que le fue dado vivir en campaña, son y serán siempre una señal inapagable. En su última carta a Mercado -después de expresar, con respecto a la Asamblea de Delegados, que él sólo habría de defender lo que tenía "por garantía o servicio de la Revolución"- dejó claramente dicho: "Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.-Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros." Con él, con su luz, sigamos hoy obrando.

17 de mayo de 1985
Luis Toledo Sande (Velazco, Holguín, 1950). Investigador, ensayista. Trabajos suyos sobre tema martiano han aparecido frecuentemente en BOHEMIA. Subdirector de la revista Casa de las Américas.

Relación de notas.

[1] José Martí: "La crisis y el Partido Revolucionario Cubano", Obras completas, La Habana. 1963-1973, t. 2, pp. 367 y 368. El presente artículo se basa, fundamentalmente, en los textos escritos por Martí al final de su vida, sobre todo entre el 11 de abril y el 19 de mayo de 1895 y en los días inmediatamente anteriores a ese período. Los fragmentos empleados -y cuando ello no ocurre así se hace la indicación correspondiente- pueden localizarse en la citada edición de Obras completas (O.C. en lo sucesivo), y en sus reimpresiones posteriores, con la guía de las referencias inmersas en el texto. En lo que atañe a la principal base de esta evocación, la fuente corresponde al tomo 4, salvo los diarios de Montecristi a Cabo Haitiano y de Cabo Haitiano a Dos Ríos, que se leen en el 19, y las cartas a María Mantilla y a los familiares de esta, que están agrupadas en el 20. Amplia información historiográfica acerca de la vida de Martí a partir de 1892, y especialmente desde el 11 de abril hasta el trágico 19 de mayo, la ofrece Gerardo Castellanos García en su libro Los últimos días de Martí, La Habana, Úcar, García y Cía., 1937.
[2] A la historiadora Hortensia Pichardo se deben dos documentados trabajos acerca de los hechos que ocurrieron como parte de ese levantamiento simultáneo: "24 de Febrero de 1895: inicio de la guerra de Martí", Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 7, 1984; y "24 de Febrero de 1895", Bohemia, 22 de febrero de 1985. De quien suscribe, el periódico Granma incluyó en su número del 21 de marzo de 1985 un núcleo interpretativo sobre el tema: "José Martí y la guerra necesaria: la simultaneidad del alzamiento".
[3] En una revista de México leí un artículo acerca de un lagarto que en ese país -tan querido y conocido por Martí- produce un sonido gutural, como golpes en la puerta; y recientemente, durante una inolvidable visita a La Playita de Cajobabo, el maestro e historiador Pedro Rodríguez Abad, apasionado conocedor de aquella zona cubana, me aseguró que allí hay lagartos cuya "voz" se escucha de noche. Me limito a consignar ambos datos, ante la insistencia con que se ha sostenido que todos los lagartos son mudos.
[4] Fidel Castro: "Un respeto extraordinario por este lugar" (fragmentos de un entrevista realizada por Santiago Álvarez en La Playita el 5 de noviembre de 1976 para la película La guerra necesaria), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, No. 4, 1981, pp. 17-18; y José Martí, el autor intelectual, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editora Política, 1983, p. 218.
[5] En O.C. (t. 4, p. 135), y en la edición de Obras completas al cuidado de Gonzalo de Quesada Miranda y publicada por la Editorial Trópico entre 1936 y 1948 (t. 8, p. 221), se lee: "que en el pueblo alzado en armas"; pero el sentido autoriza a sustituir en por es. Parece estarse ante un error de transcripción, o tal vez ante un lapsus del propio Martí al redactar e1 borrador, cuya pérdida -hasta hoy al menos- ha imposibilitado a quien suscribe hacer la conveniente revisión del original. (La nota al pie sobre la cual se habla en el presente artículo, aparece también en la edición de Trópico.)
[6] Sobre el hecho -y sobre las circunstancias de ello derivadas- de que Martí, al morir, se dirigía a la Asamblea de Delegados que habría de celebrarse en Jimaguayú, Camagüey, se deben importantes contribuciones, desde 1948, a Manuel Isidro Méndez, quien más tarde publicó enriquecidamente su aporte en el cuaderno Acerca de La Mejorana y Dos Ríos, La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1954; y en fecha más cercana, y con nuevos esclarecimientos, a Jorge Ibarra, quien trata el tema en el cuarto capítulo de su libro José Martí, dirigente político e ideólogo revolucionario, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1980.
[7] El extravío, deplorable cualesquiera que hayan sido las causas, de los folios del Diario de campaña de Martí correspondientes al 6 de mayo, ha dado lugar a especulaciones, incluso delirantes: "suposiciones impropias", las llamó el benemérito martiano Manuel Isidro Méndez en su obra antes citada. Sobran razones, sin embargo, para sospechar que las anotaciones del día 6 no concernían a Maceo, pues fácilmente se aprecia que Martí, quien no era hombre de cocinar rencores, cerró el mismo día 5 sus observaciones sobre las discrepancias manifestadas en La Mejorana. En descargo del propio Maceo, además, es justo insistir en que, al otro día de sus intemperancias del 5 procuró resarcir a Martí y a Gómez con una buena acogida en su campamento. Particularmente provechoso resulta conocer la carta -citada por Méndez (p. 11)- donde el 14 de julio de 1895 Maceo le expresa a Bartolomé Masó: "Si bien es verdad que a la llegada del general Gómez y Martí creí un lujo prematuro la formación del Gobierno, también lo es el que lo crea hoy de imperiosa necesidad como prestigio y conveniencia de la Revolución ya desenvuelta, hecho que pide toda la gente de esta provincia."
[8] Quien suscribe, oyó al historiador Sergio Aguirre expresar lúcidamente la certidumbre de que, de haber vivido Martí al celebrase la Asamblea de Jimaguayú, a nadie más que a él se le habría confiado la máxima responsabilidad al frente de la Revolución.
[9] En uno de los artículos donde puso al desnudo y combatió las voraces ambiciones con que los Estados Unidos llevaban a cabo el Congreso Internacional de Washington, expresó Martí en defensa de nuestra América: "¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?" (O.C., t. 6, p. 57).
[10] J.M.: "Cartas de Martí", O.C. t. 9, p. 336.

Subir
Índice