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Los discursos de Martí

Por CINTIO VITIER

Vivió Martí en tiempos de auge para la oratoria en Europa y en América, y fue orador extraordinario, aparte de que una zona importante de su capacidad creadora en otros géneros -poesía, novela, crónicas, cartas-, estuvo siempre vinculada a su don de elocuencia. El fenómeno tribunicio, además, le interesó enormemente como objeto de estudio y como espectáculo: en Guatemala y en Caracas dio clases de oratoria, recordadas con admiración por sus discípulos, y son incontables, y siempre animadísimas sus caracterizaciones de los oradores españoles y norteamericanos que escuchó. El tema es tan persistente a través de su obra, que no sería difícil establecer una martiana "teoría del orador". No es ese nuestro propósito en estas páginas, pero sí queremos señalar algunos puntos esenciales para comprender la actitud oratoria en Martí.

De los elementos enumerados por Cicerón en sus Diálogos del orador, (1) parecen interesarle especialmente cuatro: conocimiento de las pasiones, instrucción universal, dominio del asunto y dignidad de la vida. Lo primero lo expresa en sus Notas sobre la oratoria con estas palabras: "Se tiene un involuntario respeto hacia el que penetra en nuestra alma". "El espíritu humano es la única Retórica que debe estudiar el orador". De la necesidad de una instrucción abarcadora, rica en enlaces y relaciones, dice: "Orador sin instrucción es palmera sin aire". "El orador necesita un conocimiento general de la Historia que prueba, de la Literatura que ameniza, de las artes que embellecen, de las ciencias políticas que fundan". Sobre el dominio del tema recuerda que "esa seguridad del asunto" es el "misterio y resorte del éxito e influencia verdadera de un discurso". En cuanto a la dignidad de la vida -la tesis clásica del vir bonus, acogida por Quintiliano (2) como requisito indispensable-, no hay que decir que de ella hacia Martí depender la virtud de la elocuencia. Así en el ensayo sobre Wendell Phillips escribe: "Un orador brilla por lo que habla; pero definitivamente queda por lo que hace". De Ignacio Agramonte dice: "Tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza de corazón". Y en su discurso del 10 de octubre de 1890: "Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están demás cuando no fundan".

Pero hay rasgos más específicos en su concepción: uno es el ardor, otro la elocuencia como arma del héroe. Ambos están, desde luego, ligados. En las Notas aludidas insiste en la condición ardiente de la expresión oratoria. Verdad que siempre el ardor es característico de su prosa y de su verso, que su palabra vive siempre en una temperatura muy superior a la común. Desde esa temperatura, normal en él, nos dice que la oratoria "es la ardiente manera de expresar", que el orador es "el hombre virtuoso, instruido que expresa ardientemente la pasión". De esta concepción procede la forma de los discursos de Martí. En vano buscaremos en ellos las partes que tradicionalmente se atribuían a la pieza oratoria: exordio, proposición, división, narración, confirmación, refutación, peroración. Sus discursos, mezcla de inmensos períodos y sentencias aforísticas, tienen la forma libre de la llama. No podrá alabarse en ellos la composición arquitectónica, ni el tipo de armonía, elegancia y majestad que alobó Sanguily en los discursos de Montoro,(3) su perfecta antítesis en política y en oratoria; pero siempre podrá decirse de su palabra lo que dijo él de Bolívar: "Quema y arroba". Y ese ardor, desde luego, no es un fin en sí mismo, quiere encender a los hombres con su fuego apostólico, porque brota del volcánico seno de una conmoción histórica, del agravio secular a la dignidad humana que en él hace crisis. En el ensayo sobre Wendell Phillips escribe: "La Tierra tiene sus cráteres; la especie humana, sus oradores. Nacen de un gran dolor, de un gran peligro o de una gran infamia". Y más adelante: "La fuerza oratoria, como la fuerza heroica, está esparcida acá y allá por los pechos de los hombres". He aquí ya establecido el vínculo que presentíamos: el sentido heroico y redentor de su oratoria, destinada, no a las lides parlamentarias y académicas, sino a la orientación de un pueblo en el destierro. Por eso dice Unamuno: "Su estilo era un estilo profético, bíblico, hablaba mejor, mucho mejor como Isaías que como Cicerón".(4)

Su primer arranque oratorio se produjo ante el tribunal militar que lo condenó a presidio. En España habló en reuniones y logias de Madrid y en el Teatro Principal de Zaragoza; en México, en un congreso obrero y en varias sociedades literarias, conservándose testimonios del efecto de su intervención, en un debate sobre espiritualismo y positivismo, ocurrido en el Liceo Hidalgo el 7 de abril de 1875. En Guatemala mereció el apodo de Doctor Torrente, por la afluencia y facundia que lo caracterizaban. Pero fue en La Habana, durante su estancia después del Pacto del Zanjón, donde pronunció los primeros discursos que entusiasmaron a los cubanos y lo descubrieron como un guía político y espiritual.

La calidad de su palabra, en efecto, se revela en el sepelio del poeta Alfredo Torroella, consagrándose en la velada que el Liceo de Guanabacoa dedica unos día después -el 28 de febrero de 1879- a la memoria del infortunado poeta. La índole de esta segunda pieza, única que se conserva, no aconsejaba la manifestación de criterios políticos. El discurso, sin embargo, está preñado de alusiones patrióticas y caldeado interiormente por una impaciencia, un fervor, un fuego cubano que no pasó inadvertido y fue sin dudas una de las causa del clamoroso éxito. Una semana después participa Martí en los debates que venían celebrándose en el Liceo sobre "El idealismo y el realismo en el Arte". El solo anuncio de su participación basta para colmar hasta el patio de la casona. Como dice Jorge Mañach, Martí "había estrenado en Cuba un modo de oratoria distinto del usual: una elocuencia nerviosa, brillante, difícil y embriagadora"(5)

Pero la pieza decisiva, la que abre como un rasgo incandescente su ejecutoria de orador político, es el brindis pronunciado en el banquete que el Partido Liberal ofreció el 26 de abril de 1879 al periodista Adolfo Márquez Sterling. Se trata de un acto de perfiles cívicos. Aquí no ha de ser inoportuna -aunque si temeraria, por la vigilancia española y el sesgo ideológico de los autonomistas que ofrecen el homenaje- la definición de criterios políticos. Y la definición es dramática, tajante. Si la política cubana ha de ser profunda, amplia, nacional, desinteresada, altiva y heroica, él brinda por la política cubana: Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas: si olvidamos, como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa de los labios; si hemos de ser más que voces de la patria, disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como de domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa; no brindo por la política cubana.

Aparte de la fuerza y la belleza del brindis, todo el acto tuvo un valor simbólico que los espectadores de aquella noche no pudieron apreciar, porque les faltaba un dato fundamental: saber quién era realmente José Martí, que se presentaba como un joven avasallador pero casi desconocido, sin representación visible de ningún partido, oscuro y febril, frente a la ya imponente figura, llena de reposo, armonía y prestigio, de don Rafael Montoro. Las dos grandes personas emblemáticas de la política y la oratoria cubanas, en plena juventud, se enfrentaban aquella noche de un modo inesperado e indescifrable para ellos mismos. Es este uno de esos raros momentos en que la realidad se detiene cargada de sentido y nos ofrece una ilustración viva, tanto más impresionante cuanto menos preparada y consciente, de la historia de las ideas y la batalla de los destinos.

A propósito de este encuentro con Montoro, siempre nos ha parecido notable, cuando no escandaloso, que en el estudio de Manuel Sanguily Los oradores de Cuba, publicado primero en La Revista Cubana (número de mayo, junio y julio de 1886) y recogido después en libro, solo figure la siguiente mención ocasional de José Martí: En tales circunstancias reapareció en Cuba el Sr. Piñeyro. Su primer conferencia fue pronunciada en el Liceo de Guanabacoa, donde habían ya hablado otros, y sobresalido el Sr. D. José Martí (que vive ahora en Nueva York) por su talento, su fantasía inagotable, su originalidad enfermiza, su estilo artificioso, y su lamentable cultismo.(6)

Dedicado a la oratoria cubana de 1868 a 1886, no hay ningún motivo válido para que no se estudie allí, siquiera provisionalmente, y aunque Sanguily no lo hubiese oído nunca en persona, al primer orador de la emigración, que en la fecha que cierra el estudio había publicado ya el discurso homenaje a Alfredo Torroella en el Liceo de Guanabacoa (1879) y la Lectura de Steck Hall (1880), sin contar sus discursos no publicados, como los de México y Guatemala, el del sepelio de Torroella, sus intervenciones en el debate sobre Idealismo y Realismo en el Arte, el brindis contra el autonomismo, el elogio del violinista Rafael Díaz Albertini, el discurso sobre los dramas de Echegaray y sus oraciones en el Club de Comercio de Caracas (1881), ciudad donde dictó inolvidables clases de elocuencia, todo lo cual ya le había dado fama de orador insólito y arrebatador, fama que no pudo ignorar Sanguily, tan atento a los avatares de la palabra pública, y en cuyo libro, por otra parte, no falta un solo abogado autonomista. Pero es precisamente el gusto de estos (que lo llamaron "metaforista delirante", "histérico pictórico", "desequilibrado" y "cerebral"),(7) el que lo lleva a calificar la originalidad de Martí de "enfermiza", su estilo de "artificioso" y de "lamentable" su cultismo.

Muchos años después, ya en la República según el testimonio de su hijo en el prólogo al citado libro, Sanguily se proponía completarlo con cinco capítulos, el primero de los cuales se dedicaría a Martí y el último a Antonio Sánchez Bustamante, su adversario en el famoso debate sobre el Tratado de Reciprocidad, a quien ya había calificado de "príncipe de la palabra". Por las declaraciones de su hijo, tenemos la impresión, tal vez inexacta, de que este último estudio sería el más importante de los añadidos, repitiéndose en Sanguily, frente al defensor de los intereses norteamericanos en Cuba, la fascinación que en él había ejercido el principal aliado de los intereses de España en Cuba. El propio don Manuel en un artículo publicado en El Teatro el 15 de diciembre de 1912, relatando una entrevista en la que Díaz Silveira le comunicaba impresiones personales de Martí, nos dice: "le acosé a preguntas sobre la voz, la manera de hablar, el acento, la expresión, cuánto pudiera hacerme evocar, como si dijéramos, al orador en acción, ya que había yo leído los discursos suyos, muy pocos en números, que en pequeños opúsculos se imprimieron en Nueva York" -haciéndome el efecto de que todavía buscaba el secreto de aquel hombre al que no pudo menos que admirar, pero al que nunca comprendió plenamente.

El caso se agrava cuando consideramos el ensayo que Sanguily dedicó a don Rafael Montoro en 1894, fecha en que ya se conocían todos los discursos magnos de José Martí, en opúsculos que, según acabamos de ver, don Manuel había leído oportunamente. Este ensayo se publicó primero en Hojas literarias y forma la segunda parte de Los oradores de Cuba en la edición de 1926. Nos asombramos de leer allí juicios como este: "Entre los mejore de España sería difícil asegurar que alguno le supera en absoluto, y mientras Cuba no ha producido otro de tan altas facultades, la América Latina no puede enorgullecerse con ninguno que se le compare". Es decir que en 1894 el autor de las piezas conmemorativas del 10 de octubre, de Con todos, para el bien de todos, de Los pinos nuevos, de la Oración de Tampa y Cayo Hueso y de los discursos sobre América, Heredia y Bolívar no podía siquiera "compararse" con el conferencista de La Música ante la Filosofía de Arte, cuya grandeza tribunicia, por lo demás, no pretendemos disminuir. A juicio de Sanguily, el párrafo final de esta disertación solo era parangonable con la de Enrique Piñeyro, Dante y la Divina Comedia. "Fuera de esta reminiscencia -escribe- no creo que nadie en lengua castellana haya pronunciado párrafo ninguno, no digo superior, que pueda siquiera comparársele airosamente."(8)

Pero no era solo la oratoria lo que Sanguily admiraba tan descomedidamente en Montoro. Era, también, a pesar de la discrepancia ideológica fundamental, la figura política y humana. Cuando, refiriéndose al período que se abre con el Pacto del Zanjón, escribe Sanguily: "¡ah! un hombre, no obstante, el único probablemente, ve a lo lejos el día de la gloría", y todo el ditirámbico párrafo que sigue, nos asombra comprobar que no está hablando de Martí sino de Montoro.(9)

De hecho Martí permaneció públicamente ignorado por los próceres del pensamiento y la palabra separatista hasta después de su muerte, y algún día habrá que estudiar todo el alcance de la escisión entre la Cuba isleña, dominada culturalmente por el signo autonomista y la Cuba de la emigración y de Martí. Después de su muerte cuando ya era evidente y abrumadora la grandeza de su obra revolucionaria, y al contacto íntimo con las emigraciones, surgieron los elogios póstumos de Manuel de la Cruz, Varona y Sanguily. En el discurso de este sobre Céspedes y Martí pronunciado en Chickering Hall el 10 de octubre de 1895, aunque habla de "su peculiar pero altísima oratoria" (elogio en que va la reserva) y declara que no ha podido leer la Oración de Tampa y Cayo Hueso "sin emoción extraordinaria", todo el fuego de su alabanza se dirige hacia la obra de Apóstol patriótico de Martí. Pronunciado a los pocos meses de su muerte en pleno fragor de la lucha, es comprensible que este discurso sea mucho más un arma de combate que un análisis integral de la figura. Y su evocación de las predicas de Martí en los aniversarios del 10 de Octubre nos compensa un poco la brevedad del espacio que en conjunto le dedica: "Cada nuevo aniversario -dice- volvían a congregarse los escasos iniciados para oír la palabra fortificante, como las primeras comunidades cristianas dispersas por la Siria para escuchar las admoniciones de su apóstol, y esperar y confiar. Y aquel cubano insigne, como el enérgico y ubicuo San Pablo, acudía a donde quiera que pudiese encontrar hombres fuertes que lo secundaran o desalentados a quienes fortalecer y reanimar, y después de peregrinar por el continente, siempre infatigable y siempre esperanzado, convocó a los más humildes para predicarles la buena nueva". Es muy significativo que incluso en este discurso, pronunciado en el seno de la emigración en octubre de 1895, el mismo año en que el Partido Autonomista se manchó definitivamente con su vergonzoso Manifiesto al pueblo de Cuba, apoyado en su indiscutible autoridad e integridad revolucionarias pero también en el enorme influjo cultural que en él y en otros separatistas de formación isleña ejercieron los hombres del Partido de Montoro, se atreva Sanguliy a declarar que "el factor más poderoso de la Revolución, bien que partiendo de principios opuestos a los que inspiraban a los conspiradores cubanos, y con tendencias muy diversas, el auxiliar más eficiente de la propaganda apostólica de Martí -y no os asombre como una novedad lo que testifican la razón y los hechos históricos- fue sin duda la constante y magnífica propaganda autonomista", y asegurar nada menos que: "Partido de oposición, el Partido Autonomista ha sido también y muy esencialmente un partido revolucionario".(10)

Por segunda vez, en su discurso José Martí y la Revolución cubana pronunciado en Chickering Hall el 19 de mayo de 1896, intenta Sanguily hacerle justicia, sin lograrlo cabalmente. Cierto que hay en su elogio pasajes de esta elocuencia: "Extendió la diestra débil y delicada en que no vibraba el acero teñido de sangre, y en el silencio y las sombras de la colonia vigilada e inerme, brotaron de la tierra, como los guerreros de la leyenda griega, legiones animosas de héroes resueltos al último combate. Quien parecía estar solo ha roto el equilibrio general del comercio, ha puesto en peligro una monarquía desdeñosa y opresiva"... etcétera. Sin embargo, la figura aparece como en el discurso anterior, limitada al aspecto político más inmediato y las palabras de Sanguily sobre la oratoria martiana, demasiado apresuradas e insuficientes, aunque retóricamente hermosas, dentro del gusto de la época, no pueden desde luego compararse con la minuciosa atención prestada a la oratoria de Montoro.

Después de referirse a algunos momentos cruciales del periplo martiano -su prisión, su destierro, el episodio de la carta de Collazo, la fundación del Partido Revolucionario, su muerte-, se enfrasca Sanguily en una larga disquisición sobre las causas de la guerra contra España, que ocupa más de la mitad del discurso, y en el que por cierto no predominan las ideas ni mucho menos el tono de Martí, quien nunca hubiese hablado del pueblo español, como de "un pueblo fetichista y estúpido" (muy por el contrario dijo: "el sobrio y espiritual pueblo de España"), ni seguramente hubiese compartido el juicio de que "ni con un solo libro grande y original ha contribuido el esfuerzo mental de los españoles al acervo común de la cultura humana", ni el desdén con que se refiere Sanguily a la "lengua de Cervantes, que no escribió más que versos y novelas" o a la "lengua de Calderón que no fue un poeta místico y verboso", ni desde luego el autor del Manifiesto de Montecristi hubiese pronunciado nunca en la tribuna cubana, precisamente por serlo, estas palabras, de indudable elocuencia: "Porque en castellano nos han martirizado y en castellano los maldecimos", ni hubiese dicho del soldado español que constituía "una fauna prehistórica de bestias carniceras",(11) sino que en cada caso hubiese puntualizado, encauzando la ira a través de la justicia. Estos desaforados juicios, que se llevaron al terreno de la crítica literaria sistemática, de lo que es máximo ejemplo. La sensibilidad en la poesía castellana de Nicolás Heredia, pueden justificarse por la pasión enconada de aquellos años, pero no puede decirse que exista en ellos ni una gota de influjo martiano, aunque sus mantenedores no llevasen en el cuerpo desde la adolescencia, como Martí, las cicatrices causadas por la infamia española. Por lo demás, en el caso de Sanguily, tanto odio a España en la carne de su pueblo ignorante y en el alma de sus mayores glorias literarias, no se compadece con tanto respeto y devoción hacia el más típico fruto del Ateneo de Madrid, don Rafael Montoro. ¡Qué lejos, toda esta ferocidad oratoria del espíritu martiano!

En cuanto al discurso de Sanguily pronunciado el 12 de agosto de 1901 en el Teatro Nacional como ofrenda a la madre de Martí, en función de beneficencia, da la impresión de una pieza retórica de compromiso, de la que solo retenemos, como líneas de fuego, estas nobles, exactas y siempre oportunas palabras: "él, que vivo hizo más, con su palabra y con su ejemplo, que todos nosotros, y que muerto vale más y es más en justicia que cuantos le hemos sobrevivido".(12)

¡Bravo don Manuel, en fin de cuentas! ¡Quizás solo él, tan huraño en el fondo, tan reacio a entregarse a los de su misma cuerda (Manuel de la Cruz o José Martí), hubiese podido encontrar semejante sentencia: "que muerto vale más y es más en justicia que cuantos le hemos sobrevivido". Lo que nos recuerda la frase de Eduardo Dolz, quien resumiendo la opinión de Montoro, Figueroa, Fernández de Castro y los demás jóvenes diputados autonomistas, le decía a Julio Burell en Madrid: "Ese pobre Martí es un hombre muerto".(13) ¿No lo diría el propio Martí: "yo que vivo, aunque me he muerto"? Muerto para el mundo razonable de los autonomistas, muerto para la felicidad, muerto para el odio, vivo solo para el sacrificio que lo llevaba inexorablemente a la muerte, qué profunda intuición la de Ezequiel Martínez Estrada cuando nos dice: "Parecería, durante el itinerario de Montecristi a Dos Ríos, que Martí hubiese olvidado su misión, sus preocupaciones obsesivas; parecería que sus afanes han concluido, que obtuvo su aspiración, y es porque está realizando lo que juzgó casi imposible -un sueño- ¿o porque está muerto?" Y cuando añade: "Esta es la impresión que muchas veces, intencionalmente, nos comunica el Diario. Por ejemplo: la recepción en casa de don Jesús, de noche, llena la casa de flores y adornadas con ellas las hijas, como en una capilla ardiente; y la procesión nocturna, con hachones y con velas".(14) Sí, hubo siempre en él intensificándose en los finales, esa condición que despectivamente le atribuían los autonomistas, de hombre muerto, y por eso la palabra de sus discursos tiene esa fuerza sobrehumana que nos llega como desde otro plano, y por eso, porque vivió, habló y actuó tan prodigiosamente como si estuviese muerto, en la muerte vale y es, como dijo don Manuel Sanguily, en justicia, más que nosotros.

Poco después de su llegada a Nueva York en enero de 1880, inició Martí su labor revolucionaria entre los emigrados, con el discurso de Steck Hall. Este discurso, que en realidad fue una lectura de dos horas de duración, es el primer examen a fondo de las causas y objetivos de la guerra que se prepara. No resulta difícil imaginar el asombro y el entusiasmo que produjo, por la penetrante claridad de sus razones y la tumultuosa belleza de su forma. Pero seguramente más aun por el tono arrasador, profético y apostólico de aquel predicador que venía "a animar con la buena nueva la fe de los creyentes". En primer término, interesa a Martí establecer la continuidad profunda con la guerra del 68: halago noble a los veteranos de la emigración y creencia suya en las leyes de la justicia histórica, que en él tiene dimensión trascendente, pues abarca los reinos de lo visible y lo invisible. Así exclama: "¡Ni era posible que muriesen, de tan oscura muerte, tales hombres y sucesos tales!" O bien: "Tales recuerdos no podían morir". Y después, como resumen sobrepasador de toda mera casualidad histórica, esta frase tremenda: "Y los muertos entonces cobran forma". No es ya solo, como dirá años más tarde a propósito de los estudiantes fusilados, que "los muertos son las raíces de los pueblos, y, abonada con ellos la tierra, el aire nos lo devuelve y nutre de ellos", sino que la coherencia de la acción heroica les impide regresar a lo informe, a lo inútil y sin sentido. La búsqueda de la forma, de la coherencia, del sentido, es lo que centralmente aporta Martí a la oscura inquietud de las fuerzas que se mueven en Cuba y en la emigración. Por eso este discurso no es solo una prédica exaltada, sino también -y de aquí su carácter híbrido- una primera configuración política, y aún filosófica, del hecho revolucionario cubano. Por eso, junto al reiterado ataque a la "urbana y financiera manera de pensar" de los autonomistas, junto a la exaltación de las energías radicales y puras del país, llega en seguida el reclamo de la unidad de los pobres y los ricos, de los blancos y los negros, la unidad inclusive de las potencias enemigas que batallan en el hombre: la reflexión y el entusiasmo; y no tarda en subir, sin esfuerzos, al plano de las grandes intuiciones morales: "Creemos y sabemos que la naturaleza humana, mala por accidente y por esencia noble". Lo que pudiéramos llamar su optimismo doloroso y trascendente, síntesis de los contrarios que trabajaron su alma hasta el final, se manifiesta ya con lucidez en este discurso: la fe en la naturaleza humana, que tanto lo hizo sufrir; la utilidad de la virtud: "Solo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio"; el sentido compensatorio del sacrificio: "A muchas generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires". Incluso apunta su constante idea de que la vida buena nos salva de la serie purgativa de las vidas, al decir: "¡Se sale de la tierra tan contento cuando se ha hecho una obra grande!". En la crónica sobre Emerson dirá: "Va a reposar, el que lo dio todo de sí, e hizo bien a los otros. Va a trabajar de nuevo, el que hizo mal su trabajo en esta vida".

El defecto de este primer discurso en los Estados Unidos, es precisamente su exceso, la plétora de asuntos, ideas y sentimientos. Se ve que Martí quería volcar en una sola pieza el cúmulo de meditaciones que había atesorado en sus años de destierro; que quería decirlo todo de una vez: lo que pensaba de los autonomistas, de España, de Cuba, de América, de Estados Unidos, de la necesidad de encauzar las fuerzas violentas de la Revolución, de las diferencias de clase y de raza, del llamado "peligro negro", contra el que se alzó enérgico y amoroso; lo que pensaba, en fin, de los temas eternos del hombre: la consistencia moral, el sentido del sacrificio. Y todo ello en un acto cuyas pretensiones no iban más allá de la propaganda para una guerra destinada al fracaso, por la mala organización económica y militar, pero, sobre todo, por La insuficiente preparación ideológica del país. Cuando ya el fracaso es inocultable, cuando el general Núñez, último en rendirse, reclama instrucciones del Comité de Nueva York, Martí le escribe una carta, en la que se trasluce la experiencia que de todo este episodio ha sacado, la experiencia de la inmadurez y la impreparación en que no es posible reincidir, la lección, también, de las intrigas y ruindades que durante 15 años tendrá que batallar.

De todos modos la Lectura de Steck Hall, a más de un discurso de enorme aliento y pasajes bellísimo, es un documento político donde se bosquejan las ideas maestras que van a ser fijadas en el Manifiesto de Montecristi. Aunque se trataba de "dar matiz y forma a un movimiento que no era posible ya impedir", Martí hecha también las bases ideológicas del movimiento definitivo con que sueña. Esas bases pueden sintetizarse así: Revolución popular, democrática, sin distingos rencorosos de clases ni raza, enemiga por la raíz de la violencia oscura y desbordada tanto como del caudillismo militar o político, pues "el pueblo, la masa adolorida es el verdadero jefe de las revoluciones". Cuando, cuatro años más tarde, Gómez y Maceo inician otro movimiento insurreccional de rasgos militaristas, y sin fundamento bastante en el país, Martí ya tiene suficiente experiencia y autoridad para negarles su concurso. Escribe entonces la memorable carta de 20 de octubre de 1884 al general Gómez: "Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento".

Firme en su actitud, un año después declina la invitación que le hacen los emigrados de Filadelfia para conmemorar el 10 de Octubre. No podemos comentar aquí esa importantísima carta a I. A. Lucena, en la que brillan conceptos perennes sobre el sentimiento cubano y americano de libertad. La recordamos ahora sólo para que se vea cuán inflexibles, a la vez que matizados, eran los escrúpulos de Martí. Se niega a pronunciar la oración patriótica "porque reunidas en una la conmemoración del 10 de octubre y el acto político que en estas circunstancias va envuelto en ella, parecería hoy parecerá mañana que yo había aprobado con mi presencia en él aquello mismo que por la salud de mi patria condeno. O si tomase parte en él, tendría que explicar esta posición personal mía, lo que sería indigno de la majestad del acto". ¡Cuántos miramientos, cuánta respetuosa y minuciosa delicadeza, sin mengua de la virilidad de una actitud que pudo costarle a Martí, de triunfar los planes que en aquellos momentos fraguaban Gómez y Maceo, la exclusión de un suceso capital en la historia de Cuba: es decir, nada menos que la frustración de su destino!

Después de varios años de retraimiento, al fin se dirige Martí a los cubanos en la conmemoración de 10 de octubre de 1887, en el Masonic Temple de Nueva York. Y éste si es ya un discurso típico suyo, sin mezcla ni exceso de asuntos, concebido como en un rapto y de una sola pieza, en torno a la idea obsesiva de la patria. El sustento ideológico, depurado en sus líneas esenciales, procede entero de su temor a las acciones prematuras, al caudillismo sin freno y a un nuevo peligro que ya se perfila, el de las "esperanzas cobardes de ayudas extrañas -peligrosas e imposibles". Sobre esta renovada amenaza del anexionismo su opinión es concluyente. Refiriéndose a la experiencia de veinte años de emigración, exclama: ¡Aquí en el conflicto diario con el pueblo de espíritu hostil donde nos retiene, por única causa, la cercanía a nuestro país, hemos amontonado, y son tantas que ya llegan al cielo, las razones que harían odiosa e infecunda la sumisión a un pueblo áspero que necesita de nuestro suelo y desdeña a sus habitantes!

Exalta las virtudes de la emigración, pero no para deprimir las del pueblo de la Isla, sino para que todos se sientan hermanos, incluso los tibios o indecisos, incluso los que no piensan como él pero son capaces de servir a la patria "con aquel supremo sentido de la justicia que puede únicamente equilibrar en lo futuro tenebroso el resultado natural de las injusticias supremas". Siempre el equilibrio y la previsión en medio de la llama. ¿Quién más apasionado que él? ¿Y quién más equilibrado en sus juicios, en la mirada que quiere siempre, ávida y justa, abarcar todos los factores? En mil formas advierte: "Precipitar ¿cuándo fue salvar?" Encarece los beneficios de la espera, de la maduración histórica.

No se ocupa él en llevar a Cuba "invasiones ciegas, ni capitanías militares, ni arrogancias de partido vencedor, sino en amasar la levadura de República que hará falta mañana". Su tarea no es agitar ("agitar, lo pueden todos") sino encauzar y prever. Su obra es "la recomposición de los elementos históricos" de la Isla, "la preparación de la guerra posible", el enfrentamiento de los impacientes y temerarios, la obediencia, sobre todo, a la voluntad del país. Con exquisita ponderación advierte que no basta que el país "necesite" la conmoción, "sino que la desee". En esta actitud de servicio, de desprendimiento absoluto, llega a decir: "si otra solución política fuera superior a la nuestra". "¡Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz!" Toda la pieza esta dedicada a rendir tributo de adoración a la idea, el sentimiento y la imagen de la patria; y aunque nos habla de las virtudes del estadista -y es lo cierto que él las tuvo en alto grado, y en este propio discurso se evidencian- la patria aquí se nos aparece como la revelación de un visionario, de un hombre que se halla poseído por el rapto poético y sagrado.

"Sus ojos -dice- como los ojos de un muerto querido, nos siguen por todas partes". Y enseguida el pasaje bellísimo: Cuando el sol brilla para todos, menos para nosotros; cuando la nieva alegra a todos, menos a nosotros; cuando para todos menos para nosotros, tiene la naturaleza cambios y fragancias, -un aire sutil viene por sobre el mar, cargado de gemidos, a hablarnos de dolores que todavía no han logrado consuelo, de vivos que desaparecen en el misterio, de derechos mutilados, más tristes de ver que los mismos hombres muertos. El alma no duerme, ni sabe del día: ásperos, y como soldados sin armas, salen de la mente, llenos de vergüenza, los pensamientos. ¿Qué importa el sol? ¿Qué importa la nieva? ¿qué importa la vida? La patria nos persigue, con las manos suplicantes: su dolor interrumpe el trabajo, enfría la sonrisa, prohíbe el beso de amor...

Y al final, cogido otra vez por la misteriosa música, en uno de los arranques más imponentes y desgarrados de su oratoria: Dicen que es bello vivir, que es grande y consoladora la naturaleza, que los días, henchidos de trabajos dichosos, pueden levantarse al cielo como cantos dignos de él, que la noche es algo mas que una procesión de fantasmas que piden justicia, de mejillas que chispean en la oscuridad, de hombres avergonzados y pálidos. Nosotros no sabemos si es bella la vida. Nosotros no sabemos si el sueño es tranquilo. ¡Nosotros no sabemos sacarnos de un solo vuelco el corazón del pecho inútil, y ponerlo a que lo guíe, a que lo aflija, a que lo muerda, a que lo desconozca la patria!

He aquí ya, junto al pathos visionario y apostólico, la vocación prometeica que rompe los bordes armoniosos del discurso y lo lanza a otra dimensión trágica, como a la playa abrupta del sacrificio.

Pero este discurso, como los otros que pronunció en sucesivas conmemoraciones del 10 de Octubre, renovando siempre el prodigio de su catártica elocuencia, es todavía un discurso de prédica y avivamiento, no de llamada inminente a las filas. Como en torno a una hoguera en medio de la nieve, que concentraba en sus nocturnas, ávidas, alucinantes llamas toda la luz y el calor de la isla añorada, se reunían anualmente los cubanos emigrados, a pesar de las intrigas y ruindades, con el instinto de los desdichados que buscan el sentido de su dolor y de su invencible esperanza, en torno a las oraciones patrióticas y sacras de Martí. Evitar la dispersión y el desaliento, mantener vivo el fervor, articular las altivas y confusas aspiraciones en un credo republicano de profundas raíces morales: tales eran los objetivos básicos de aquellos discursos, que además tenían la virtud de despertar a muchos hombres y mujeres, humildes o pudientes, a lo mejor de su naturaleza.

A aquellos discursos de asunto específicamente revolucionario es preciso sumar otros que, como el dedicado a Heredia y el dirigido a los delegados de la Conferencia Internacional Americana, ambos de finales de 1889, están preñados de alusiones al destino de Cuba y América. En el de Heredia quisiéramos destacar uno de los más hermosos ejemplos del anticausalismo, de la fuerza de irrupción y salto poético, típicos de la ideación y el estilo martiano. Mientras el evolucionismo dialéctico de Montoro se refleja elocuentemente en las formas armoniosas y progresivas de la oratoria, el separatismo, el independentismo radical de Martí está presente en el pathos del impromptu y rapto de sus discursos, fundados en una movilidad espiritual incesante, en una originalidad absoluta, en una invención perenne. Así en el homenaje a Heredia, pieza en que se funden la justicia y la misericordia, en medio de la bellísima evocación de los estudios infantiles del poeta, dirigidos sabiamente por su padre, cuidados amorosamente por su madre, tan distintos de aquellos que hicieron los que, según dice Martí aludiendo quizás a su propia infancia, "han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice", de pronto hay un cambio de tono, de registro en la voz y la intención, y ya no son el padre y los amigos del niño Heredia los que se preguntan estupefactos "quién era aquél, que lo traía todo en sí", sino el propio Martí, que enfrentándose al prodigio como en un ámbito poético, como en una escena imaginaria, simbólica y fabulosa, le pregunta directamente y sin transición lógica: "Niño ¿Has sido Ossián, has sido Bruto?" Y cómo olvidar la semblanza del que fue llamado por su mejor amigo, en el trance amargo de la claudicación política, "ángel caído", y al que Martí levanta, sin un reproche, de la antesala de un alguacil habanero, alzándolo en sus piadosas palabras como a un hermano vencido por la enfermedad y el infortunio: "y allí estaba, sentado en un banco, esperando su turno, transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas".

Ligada a la prédica revolucionaria estaba la exaltación de nuestro primer poeta civil, porque "todo el que sirvió, es sagrado". Pero Heredia no era sólo para Martí el poeta de Cuba sino también el primer poeta de América, y en su profundo acierto crítico, en su intuición de lo herédito -"ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese período que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real", pero sobre todo ese "modo de disponer como una batalla la oda"- descubre la raíz americana y bolivariana de la poesía de Heredia, que supo poner en sus versos, mejor que Olmedo -aunque éste cantó mejor a Bolívar- "la sublimidad, pompa y fuego de la naturaleza". Y la prédica revolucionaria de Martí no puede entenderse cabalmente si no se la sitúa en el contexto de su concepción de la historia y el destino de América. Fuerza es, pues, referirnos también al discurso pronunciado en la Sociedad Literaria Hispanoamericana el 19 de diciembre de 1889, dirigido a los delegados de la Conferencia Internacional, sobre la que tan lúcidas, previsoras y amargas crónicas escribió, y de cuyas angustias y agonías continentales iba a saltar, como una chispa de oro consolador, el milagro de los Versos sencillos.

Este breve, intenso, sintetizador, fulminante discurso, es uno de los prodigios de su palabra: no ya específicamente de su oratoria, sino de su palabra, pues en él se funden indisolublemente el estilo del discurso y el estilo de la crónica. La capacidad de imaginización, de resolver en rápidas imágenes y escenas inolvidables la historia paralela de las dos Américas, la maestría y gracia verbal, llegan en esta página a un grado incomparable. Si la cita de un pasaje cualquiera no es arrasadora para el lector o el oyente, el comentario nada puede añadir. Veamos el memorable resumen que hace Martí del proceso histórico de la formación de los Estados Unidos, desde el Mayflower hasta Lincoln: Viene, de fieltro y blusón, el puritano intolerante e integérrimo, que odia el lujo, porque por él prevarican los hombres; viene el cuáquero, de calzas y chupa, y con los árboles que derriba, levanta la escuela; viene el católico, perseguido por su fe, y funda un Estado donde no se puede perseguir por su fe a nadie; viene el caballero de fusta y sombrero de plumas, y su mismo hábito de mandar esclavos le da altivez de rey para defender su libertad. Alguno trae en su barco una negrada que vender, o un fanático que quema a las brujas, o un gobernador que no quiere oír hablar de escuelas; lo que los barcos traen es gente de universidad y de letras, suecos místicos, alemanes fervientes, hugonotes francos, escoceses altivos, bátavos económicos; traen arados, semillas, telares, arpas, salmos, libros. En la casa hecha por sus manos vivían, señores y siervos de sí propios; y de la fatiga de bregar con la naturaleza se consolaba el colono valeroso al ver venir, de delantal y cofia, a la anciana del hogar, con la bendición en los ojos, y en la mano la bandeja de los dulces caseros, mientras una hija abría el libro de los himnos, y preludiaba otra en el salterio o en el clavicordio. La escuela era de memoria y azotes; pero el ir a ella por la nieve era la escuela mejor. Y cuando, de cara al viento, iban de dos en dos por los caminos, ellos de cuero y escopeta, ellas de bayeta y devocionario, a oír iban al reverendo nuevo, que le negaba al gobernador el poder en las cosas privadas de la religión; iban a elegir sus jueces, o a residenciarlos. De afuera no venía la casta inmunda. La autoridad era de todos, y la daban a quien se la querían dar. Sus ediles elegían, y sus gobernadores. Si le pesaba al gobernador convocar el consejo, por sobre él lo convocaban los "hombres libres". Allá, por los bosques, el aventurero taciturno caza hombres y lobos, y no duerme bien sino cuando tiene de almohada un tronco recién caído o un indio muerto. Y en las mansiones solariegas del Sur todo es minué y bujías, y coro de negros cuando viene el coche del señor, y copa de plata para el buen Madera. Pero no había acto de vida que no fuera pábulo de la libertad de las colonias republicanas que, más que cartas reales, recibieron del rey certificados de independencia. Y cuando el inglés, por darla al amo, les impone un tributo que ellas no se quieren imponer, el guante que le echaron al rostro las colonias fue el que el inglés mismo había puesto en sus manos. A su héroe, le traen el caballo a la puerta. El pueblo que luego había de negarse a ayudar, acepta ayuda. La libertad que triunfa es como él, señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombres de una raza esclava, que antes de un siglo, echa en tierra las andas de una sacudida; ¡y surge, con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos, entre el estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados!

¡Cuántas cosa hay, además del prodigio total, en esta visión por donde van pasando, como en un sueño, los siglos y los territorios! Cada vez que leemos aquello de "suecos místicos, alemanes fervientes, hugonotes francos", recordamos el Canto a la Argentina de Rubén Darío, escrito en 1910; toda la poesía de la emigración europea en América está latente aquí. Lo que hemos llamado, no imaginación, sino imaginización, es el eje del discurso, y nos basta poner un ejemplo mínimo y encantador: en las mansiones del Sur, dice Martí, lanzándonos desde los bosques salvajes hacia la inmensa nostalgia de la noche -"todo es minué y bujías"-. En lugar de nombrar a Washington, presenta una escena patriarcal, emblemática: "A su héroe, le traen el caballo a la puerta". Y para el retrato absoluto de Lincoln en cuerpo y alma no le hacen falta más de cinco breves palabras, que lo levantan del polvo como hubiera podido hacerlo Velázquez: "el leñador de ojos piadosos".

No menos calidad artística, y más amor entrañable, hay desde luego en la evocación de los orígenes de la América española, siempre en ese estilo visionario y sintetizador, de remate aforístico: "del arado nació la América del Norte, y la Española, del perro de presa". Y otra vez el pathos de la irrupción, que ahora revela su profunda causa americana, pues hay para Martí en la esencia de América una capacidad misteriosa de salto, de ruptura del causalismo histórico, de originalidad y libertad que surgen de sí mismas, como surgió, en su visión, la gesta bolivariana de las entrañas telúricas del continente, y esa capacidad de súbito arranque y transfiguración está en su palabra, y se ejemplifica ahora en uno de los pasajes más deslumbrantes de su obra: ¿Qué sucede de pronto, que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? ¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido! Libre se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo aclaman y publican. ¡A caballo, la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores. Hablándoles a sus indios va el clérigo de México.

Con la lanza en la boca pasan la corriente desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo en brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van los negros cantando, detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las bolas, van a escape de triunfo, los escuadrones de gaucho. Cabalgan, suelto el cabello, los pehuenches resucitados, boleando sobre la cabeza la chuza emplumada. Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el cuello los araucos, con la lanza de tacuarilla coronada de plumas de colores; y al alba, cuando la luz virgen se derrama por los despeñaderos, se ve a San Martín, allá sobre la nieve, cresta del monte y corona de la Revolución, que va, envuelto en su capa de batalla, cruzando los Andes. ¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo se levanta. Sola pelea, Vencerá, sola.

Así quería él que luchara y venciera Cuba, para completar "la última estrofa del poema de 1810" y para asegurar "el equilibrio del mundo"; pero no pudo ser.

Por los años de estas piezas de conmemoración y homenaje, Martí no vislumbraba todavía la posibilidad de una acción inmediata. Cuando esto comenzó a ocurrir, el súbito giro de las circunstancias se refleja nítidamente en los discursos, a partir del primero de Tampa: Con todos, para el bien de todos, pronunciado en el Liceo Cubano de aquella ciudad, el 26 de noviembre de 1891.

La prédica entonces se contagia de inminencia; la hora de la acción ya se aproxima; es preciso organizar rápidamente -sobre las bases echadas en los años anteriores-, antes que el ejército visible, las fuerzas ideológicas y espirituales que constituyen la osatura del movimiento. De una parte, en este discurso, las ideas profusas, encendidas, ambiciosas, cuajan en doctrina sustantiva y frugal, como en código viviente y abreviado que se lleva en la mochila; de otra, el estilo visionario y metafórico tiende a comprimirse en grandes símbolos resumidores, que la intuición popular puede asimilar sin análisis. La función que más tarde, en la oratoria política del siglo XX, han de llenar las consignas, la cumplen aquí los símbolos. La consigna se dirige solo a la voluntad: si toca otros resortes, es para que ellos la muevan en el sentido previsto. El símbolo es siempre una apertura, una irradiación, que mueve, sí, pero no solo a la fuerza táctica y militante de la masa, sino a la totalidad poética y sobreabundante de la persona.

En cuanto a doctrina, mucho son los ejemplos de síntesis ideológica que pueden citarse. Recordemos solo la majestuosa sentencia: "yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre" y la famosa disyuntiva, que debe siempre sopesarse palabra por palabra: O la República tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la República no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos.

La guerra no se hará para cambiar de apariencia, sino de espíritu, y ese nuevo espíritu a de crear de sí propio nuevas formas originales, fundadas en "la esencia y realidad de un país republicano nuestro". Cambio de "meras formas" sería "La perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui": exactamente lo que ocurrió a partir de 1902. Cambio de "meras formas" sería caer en la dictadura de la demagogia: "aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella". Prevé con claridad al demagogo, y la infamia del egoísta que lo hace posible, y exclama: ¡Clávese la lengua del adulador popular, y cuelgue al viento como banderola de ignominia, donde sea castigo de los que adelantan sus ambiciones azuzando en vano la pena de los que padecen u ocultándoles verdades esenciales de su problema, o levantándoles la ira: -y al lado de la lengua de los aduladores, clávese la de los que se niegan a la justicia!

Sin empecinada injusticia ni habría demagogia posible. ¿Y cuál es el antídoto, el exorcismo de la demagogia? La balanza, la equidad. Insiste pues en la idea matriz de su concepción política: la idea del equilibrio, de la compensación de fuerzas, del juicio abarcador de todos los lados del problema, aún a riesgo de no parecer bastante radical o revolucionario. Pero él sí es un radical, porque va a la raíz humana, y no solo el esquema teórico: él sí es un revolucionario, porque quiere que el mundo, contra su gravitación de siglos, gire en torno a la justicia "ese sol del mundo moral", como había dicho su admirado José de la Luz.

Oigámosle: No juzgue de prisa el de arriba, ni por un lado: no juzgue el de abajo por un lado ni de prisa. No censure el celoso el bienestar que envidia en secreto. No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera, coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que tienen los hijos de los otros por el mundo. ¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!

Esa es la idea clave de todo el discurso, y de toda su concepción del problema social. Ella ha de servirle para rematarlo en forma inolvidable: Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva esta fórmula del amor triunfante: "con todos, para el bien de todos".

Insiste también en una convicción suya central: la autoctonía, que en otros sitios defiende como ley estética, debe ser igualmente sustancia de la política, de los credos e instituciones que ha de adoptar el país. Por eso dice: "Hombre somos, y no vamos a querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde de nuestro país".

¿Peligros? Muchos hay, sin dudas, y uno especialmente grave, al que alude con palabras parecidas a las que utilizará Enrique José Varona en plena República. "La colonia -dirá Varona- se nos viene encima". Y Martí, ya en 1891: "...la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la República". En la previsión nadie lo aventajó. Pero también se agitan falsos peligros, temores infundados, y a rebatirlos dedica Martí la segunda mitad del discurso, la que comienza preguntando: "¿A qué es, pues, a lo que habremos de temer?" y va pasando revista, y descabezando con un "¡Mienten!" que debió señalar un crescendo electrizante en la noche del delirio cubano en Tampa, los argumentos falaces del escepticismo, del realismo, de los pusilánimes, de los racistas, de los enemigos cerriles del español, de los anexionistas, y en fin, de los "lindoros, olimpos y alzacolas". El efecto de esta tirada, cuya simple lectura quita el aliento, debió ser arrebatador. Hoy sin embargo, en la relectura, hay siempre un pasaje que es el que más nos detiene y enamora, porque toca los centros más entrañables y trágicos de Martí en su relación con lo hispánico, y es el que empieza: "¿Temer al español liberal y bueno, a mi padre valenciano, a mi fiador montañés, al gaditano que me velaba el sueño febril", hasta que exclama: "A los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos ¡Mienten!" Conclusión realmente inaudita, por el salto lógico que solo podía dar la temeridad del amor. ¿Qué era entonces un cubano para Martí? Ya el había hablado de "la fuerza gloriosa de las islas, que parecen hechas para recoger del ambiente el genio y la luz"; ahora advierte que hay en Cuba "una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí, del juego de la tierra y de las penas que ve, y de su idea propia y de su naturaleza altiva". El cubano, entonces, en su concepción, es un ser especialmente dotado para todo lo que signifique apertura, independencia, libertad; pero no solo libertad política, sino esa "libertad original que cría el hombre en sí", anterior y superior a todas las leyes, ley ella misma del ser, y de la cual el deseo de independencia política es una manifestación. Libertad ontológica, en suma, ligada al genio y la luz de la naturaleza en que ha nacido.

Por eso "no hay palabra que se asemeje más a la luz del amanecer... que esta palabra inefable y ardiente del cubano!". Genio de la luz, apertura, amanecer. "Cubano" se convierte entonces, a sus ojos, en el signo de una categoría del espíritu: la del hombre vocado esencialmente a la vida de la libertad. Por eso los españoles que la aman son otros tantos "cubanos". Por eso las diferencias de raza no significan nada, por eso "no hay razas", porque frente a esa vocación común se desvanecen, y él sabe que el negro "está poniéndose de columna firme de las libertades patrias". Por eso, en fin, se levanta al nivel de la prosa poemática para decirnos de la palabra "cubano": Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza!

Volviendo a la función resumidora del símbolo, que a partir de este discurso -en el que ya no se habla de "la guerra posible" sino de "la guerra inevitable"- cobra caracteres de imperiosa gráfica, los ejemplos acuden enseguida. Recordemos algunos que rápidamente se grabaron en el alma popular: "Yo traigo la estrella, y traigo la paloma en mi corazón". "Las palmas son novias que esperan". "Es preciso, en cosas de pueblos, llevar el freno en una mano, y la caldera en la otra".

Iván A. Schulman ha señalado el proceso por el cual el tropo "pino" utilizado desde un período que puede situarse entre 1878 y 1880, se incorpora el simbolismo martiano en el discurso llamado de Los pinos nuevos y en otros textos posteriores.(15) Este discurso lo pronuncia al día siguiente del anteriormente comentado, también en el Liceo Cubano de Tampa, con motivo de la conmemoración del fusilamiento de los estudiantes el 27 de noviembre de 1871. Entre uno y otro media el acuerdo logrado por Martí de preparar las bases organizativas del Partido Revolucionario Cubano. Toda la breve oración está recorrida por las ideas maestras de su optimismo trascendente: "Otros lamenten la muerte necesaria; yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida". "¡Así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!" "Por lo invisible de la vida corren leyes magnificas". Y hasta la evocación de la escena trágica se le transfigura aquella noche en una visión de la paz, y ligereza, y dicha del sacrificio, en uno de los pasajes más venturosos de toda su obra: ¿Quién, quién era el primero en la procesión del sacrificio, cuando el tambor de muerte redoblaba, y se oía el olear de los sollozos, y bajaban la cabeza los asesinos; quién era el primero, con una sonrisa de paz en los labios, y el paso firme, y casi alegre, y todo él como ceñido ya de luz? Chispeaba por los corredores de las aula un criollo dadivoso y fino, el bozo en flor y el pájaro en la alma, ensortijada la mano, como una joya el pie, gusto todo y regalo y carruaje, sin una arruga en el ligero pensamiento: ¡y el que marchaba a paso firme a la cabeza de la procesión, era el niño travieso y casquivano de las aulas felices, el de la mano de sortijas y el pie como una joya!

Esos son sus "cubanos", los que no se meten "en la sangre hasta la cintura", los que no viven "como el chacal en la jaula, dándole vueltas al odio", los que suben sonriendo llenos de aire y luz, ingrávidos, y erguidos, al sacrificio. Y como en la muerte se esconde el triunfo de la vida, como aquel sacrificio le da fundamento y savia a la esperanza, termina la fulminante oración con el súbito símbolo, natural, afortunado, elocuentísimo: Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí el centelleo de la luz súbita, vi por sobre la hierba amarillenta erguirse en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Esos somos nosotros: pinos nuevos!

Los tabaqueros de Tampa, las gentes sencillas que oyeron de viva voz aquel final deslumbrante -¿cuándo se habló con tanto primor a los humildes?- no eran seguramente capaces de discernir sus elementos artísticos, estudiados hoy por la filología, pero les llegó la honda poderosa del amor, el impulso del símbolo iluminando sus vidas con un rayo de belleza.

De regreso a Nueva York, pronuncia Martí, en Hardman Hall, el 17 de febrero de 1892, la llamada Oración de Tampa y Cayo Hueso, porque en ella, resume, con el júbilo de quien viene de confirmar la intuición del prodigio, sus impresiones del viaje a aquellas dos ciudades. Si antes oyó, y dijo, "el himno de la vida", ahora canta el aleluya de las virtudes de la emigración: Lo que tengo que decir, antes de que se me apague la voz y mi corazón cese de latir en este mundo, es que mi patria posee todas las virtudes necesarias para la conquista y el mantenimiento de la libertad.

A los escépticos se dirige, y a los menguados de corazón... Pero es imposible glosar ese discurso rapsódico, sin puntos de soldadura ni enlace, todo él una oda enteriza, como de un solo aliento gigantesco, a las virtudes de su pueblo. Para dar una idea de su calidad literaria, de su impulso poemático recordemos solo este pasaje: En la niñez, cuando le nace al corazón ingenuo la flor primera de la maravilla, y la educación necia nos aparta, en Cuba como en todas partes, de la joyería viva del jardín, y en el templo grave y solemne de la naturaleza postrase el alma de admiración y poesía al oír en la iglesia, que rehuirá después, resonar, por entre las arañas que remedan los luminares del cielo, y las cortinas que imitan los caprichos que borda en las nubes el sol, las notas que parecen cernerse por las naves pomposas como bandadas de alma. Y el viajero, sorprendido por la puesta de la luz en la cumbre del monte, olvida atónito un momento el afán y el pecado de la vida y rodeado de llamas se sumerge en el himno glorioso de la naturaleza: -pues digo que jamás tuve un goce tan puro, y de tan íntima majestad, como entre los mismos, entre mis cubanos, entre mis guerreros y mis ancianos y mis trabajadores: -jamás, ni en la iglesia de niño, ni en la cumbre del monte!

Para terminar este repaso de la oratoria martiana, quisiéramos siquiera aludir al último gran discurso que se conserva de Martí, el pronunciado en honor de Bolívar el 28 de octubre de 1893, oración breve, a la vez que descomunal y delirante. En ella debemos subrayar tres ideas rectoras del pensamiento martiano: la absoluta originalidad de la América que el concebía, expresada de nuevo en la categórica exclamación: "¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América sino de sí misma!"; la combinación de equilibrio y expansión en que para él consistía el secreto de la libertad política, por lo que dice de Bolívar: "buscó en la sujeción, odiosa al hombre, el equilibrio político, solo constante cuando se fía a la expansión"; y su idea del mundo como Pasión: "suma de la divinidad que asciende ensangrentada y dolorosa del sacrificio y prueba de los hombres todos".

Muchos discursos de Martí se han perdido, conservándose de algunos de ellos versiones y fragmentos. La lectura de estos borradores, quizás por ofrecernos como el hervor aún no fraguado de su palabra, nos aviva una impresión que difusamente nos acompaña en la lectura de sus discursos. Hay en ellos todo un ideario político perfectamente articulado. La sintaxis, aunque generalmente compleja y personalísima siempre, si se le desmontan los resortes, revela una fábrica también perfecta. Martí es un escritor y un orador cenital, en todo momento lúcido, dominante, que tiene en el puño la rienda de sus ideas, de sus sentimientos, de sus imágenes, aunque la cuadriga sea naturalmente impetuosa y ávida. Pero hay en sus discursos -y en los fragmentos, al faltar la articulación lógica, lo sentimos con mayor claridad- un soterrado elemento "pítico" que es el que les da lo que llamaríamos la desmesura cualitativa, la sobrecarga de intensidad, el halo de alucinación -como hay en toda su obra solar una sabia onírica, de raíz erótica delirante y nocturna-.

Sentimos que el borbotón de su elocuencia a ratos bordea lo incoherente. Repasamos el texto: no hay ningún desajuste lógico ni sintáctico. La impresión persiste. Unas veces esto ocurre porque, al cabo de una vehemente acumulación de efectos emotivos y tropológicos, cuando esperamos que la tensión se alivie, irrumpe otra imagen inesperada y sobrecogedora, como cuando dice: "Por el portón del muelle oscuro, henchido de cabezas, salía como una virgen, el estandarte patrio". Sabemos que este hecho ocurrió en el cayo, pero la imagen queda desprendida y como flotando en un sueño. Otras veces es lo súbito y apretado del leguaje simbólico lo que le da al pasaje un aspecto sibilino, como cuando exclama: "¡La armadura se veía bajar del cielo, y el ritual lo leía la patria en la sombra...!" Otras veces, en fin, es la reunión en un rapto, de cosas tan heterogéneas como una turba, un arca, un tahalí, un arenal, juntadas mágicamente por el frenesí de la elocuencia: "¡Esta es la turba obrera, el arca de nuestra alianza, el tahalí, bordado de mano de mujer, donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica, se perdona, y se prevé y se ama!"

De que Martí estaba poseído por el delirio verbal, en el sentido en que esto puede decirse de los grandes poetas y profetas, no cabe duda. A este propósito es del mayor interés una anécdota relatada a José de la Luz León por César Zumeta, que fue de los fascinados por el discurso del Club de Comercio de Caracas y asistió a las clases de oratoria de Martí en aquella ciudad. "Me contaba -dijo Zumeta a Luz León- que el orador más elocuente que había conocido fue un zapatero cubano que estaba en España. Hubo un alboroto y este zapatero se encaramo en la caja de betunes y comenzó a arengar al público. Le faltaba léxico, no tenía acervo completo de palabras; inventaba un disílabo, un trisílabo para el ritmo, y a pesar de que eran palabras que acababa de inventar se comprendía perfectamente lo que quería decir". "Fue el orador, decía Martí, que más me impresionó".(16) La raíz sibilina, de Pitia verbal y rapsódico entusiasmo, está patente en esta anécdota. Lo que impresionó a Martí fue el borbotón de la elocuencia natural, incontenible, que poseía pintorescamente aquel hombre inculto, cuyo instinto le dictaba la importancia del ritmo en la elocuencia, la continuidad mágica de un sentido que se apoyaba en palabras inventadas, esa médula de incoherencia supralógica, de mensaje oracular esencialmente misterioso, con que se hacen los grandes discursos. A esa fuerza catártica solo puede llegar el sentimiento primigenio, remontado a las fuentes originales y sagradas del corazón humano. ¿No dijo él una noche que su elocuencia era la de la Biblia "que es la que mana, inquieta y regocijada como el arroyo natural, de la abundancia del corazón?" ¿No habló de una "extraña oratoria, rebosante y soberbia", de una "oratoria de llama y sentencia", que no era la de los modestos oradores de Tampa y el Cayo a la que entonces se refería, sino la suya propia? ¿No confesó que quería "encender a los hombres"? Y en sus juveniles Notas sobre la oratoria había escrito: "calienta la lengua una especie de fuego sibilítico; truécase el hombre en numen, y anonada, convence, reivindica, destruye, reconstruye, exalta, quema". En esa celeridad alarmante de los verbos con la avidez del incendio que se propaga, está su elocuencia. "¡Oh, oratoria, león encendido!", escribe al final de su examen de los oradores norteamericanos. Y sus discursos, tan lejos de la blandura, pulimento y redondez académica, tan lejos del armonioso oleaje de Montoro como de la voluptuosa opulencia de Castelar, hijos íntegros del sacrificio de su ser, son precisamente del linaje de aquellas "benéficas oraciones" que él añoraba, "que quedan por largo tiempo visible y suspendidas en el aire, como aquellos escudos de los caudillos que levantados por los nervudos brazos servían como de punto de reunión y signo de victoria a las cohortes desbandadas".

Hoy vemos el escudo vibrante, ígneo, indivisible, milagrosamente en el aire; pero vemos solo la mitad del milagro, porque no vemos ni oímos al sustentador de esos cuerpos gloriosos del idioma. Y quienes lo vieron y oyeron, ¿qué nos dice? Los testimonios pueden multiplicarse. A Varona, en su juventud, lo deslumbró. A Darío, en su madurez, lo colmó de admiración. Juvenal Anzola, que fue su discípulo en Caracas, dice comentando el discurso sobre el pueblo de Israel, que se ha perdido: "su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel espíritu"...(17) Pero aún más nos interesa el recuerdo de los humildes. Un mambí exclama: "¡No lo comprendíamos, pero estábamos dispuestos a morir por él!" Otro asegura: "Me glorifico de haber nacido, tan solo por el placer de haberlo oído". Un tercero, capitán del Ejército Libertador, declara: "Su verbo era prodigioso, sus palabras parecía que venían de un ser sobrenatural". Y recuerda las sentencias finales de una de las últimas arengas improvisadas, ya en los campos de la Revolución: "Tendremos -dijo- tanta pólvora y tantos rifles como palos tienen nuestros montes; y llegaremos victoriosos hasta las puertas de la capital del crimen".(18) No llegó él, pero sí su palabra incesantemente fundadora.

Relación de notas.

Cintio Vitier (Cayo Hueso, Florida, EE.UU., 1921). Residió primero en Matanzas y en 1937 se trasladó a La Habana. Poeta, crítico, ensayista. Lúcido intérprete del pensamiento martiano. Premio Nacional de Literatura (1988). Traducida a varios idiomas, su obra extensa lo acredita como una de las cumbres de la cultura cubana del siglo XX. Entre sus textos fundamentales figura Lo cubano en la poesía (1958)

(1) Marco Tulio Cicerón, Diálogos del orador, traducidos por Marcelino Menéndez Pelayo. Libro Primero, Buenos Aires, Emecé, 1943.
(2) M. Fabio Quintiliano, Instituciones oratorias, traducidas por Ignacio Rodríguez y Pedro Sandler. t. II, Libro duodécimo, Capítulo primero, Madrid, 1911-1916.
(3) Manuel Sanguily, Los oradores de Cuba, La Habana, A. Dorrbecker, 1926. pp. 215-281. (Obras, t. III).
(4) Miguel de Unamuno, Sobre el estilo de Martí, Archivo José Martí, La Habana, ene-dic. 1947, p. 12.
(5) Jorge Mañach, Martí el Apóstol. Madrid, Espasa-Calpe, 1933, p. 138.
(6) Manuel Sanguily, ob. cit. pp. 180-181.
(7) Manuel de la Cruz, Literatura cubana. Madrid, Saturnino Calleja, 1924, p. 416
(8) Manuel Sanguily, ob. cit. p. 228.
(9) Ob. cit. p. 232
(10) Manuel Sanguily, Discursos y conferencias, t. I. La Habana, Rambla, Bouza y Co. 1918, pp. 403-437.
(11) Manuel Sanguily, ob. cit. pp. 47-99.
(12) Manuel Sanguly, ob. cit. t. II, pp. 165-282.
(13) Julio Burell, Martí. Revista Cubana, "Los que conocieron a Martí". La Habana, jul. 1951-dic.1952, pp. 416-417
(14) Ezequiel Martínez Estrada, Martí revolucionario. La Habana, Casa de las Américas, 1962, p. 380.
(15) Iván A. Schulman, Símbolo y color en la obra de Martí. Ma-drid, Gredas, 1960. pp. 64-68.
(16) José de la Luz León, "Lo que de Martí me dijo su amigo Zu-meta". Archivo José Martí, La Habana, jul-dic. 1945, p. 278.
(17) Juvenal Anzola, José Martí, Revista Cubana, "Los que conocieron a Martí", La Habana, jul. 1951-dic. 1952, p. 165.
(18) Manuel Ferrer Cuevas, "Ante los restos de Martí", Revista Cubana, cit. pp. 464-465.

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