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Ante el imperio, frente al imperio, contra el imperio

Epígrafe: JOSÉ MARTÍ

Por RAMÓN DE ARMAS

De la época cuando estudió en España, durante su primera deportación, se conserva al menos un cuaderno de apuntes personales del joven José Martí. Se presume -y puede asegurarse sin un gran margen de error- que esas anotaciones daten del año 1871, cuando el futuro Héroe Nacional cubano tenía tan solo l8 años de edad. Su envío obligatorio a la Península había tenido como causa -sabido es- las activas posiciones independentistas que había asumido a partir de l0 de octubre de 1868. A su destierro había precedido un duro período de cárcel y de trabajos forzados en las canteras: en prisión había cumplido los 17 años de edad.

Parecería, a una mirada superficial, que su extrema juventud solamente le habría dado ocasión a una toma de partido -definitiva y certera- junto a las fuerzas anticolonialistas que habían iniciado en su patria la lucha armada contra el dominio español. Y, sin embargo, las reflexiones que recoge en aquel cuaderno de apuntes de l871 constituyen una muy convincente expresión de la notable agudeza que ya hacia la época había alcanzado no solo en la percepción de nuestras características peculiares como pueblo, sino -sobre todo- en la comprensión de la existencia de diferencias esenciales, entre nuestro pueblo y el de los Estados Unidos, así como de la necesidad de que nuestro camino hacia más altos niveles de desarrollo -hacia lo que él llamaría "prosperidad"- se diferenciara de manera esencial del que había recorrido el vecino país.

Así, anota en su cuaderno:
Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.-Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tengan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan? Imitemos. ¡No!-Copiemos. ¡No!-Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.-Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. (...) ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes? Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!

Insistimos en que se trata de anotaciones muy tempranas, hechas solo en 1871, cuando cuenta escasamente l8 años de edad. Pero denotan un rechazo absoluto y tajante -un rechazo que linda ya con la contraposición- en relación con la resultante histórica nacional de un determinado ordenamiento económico y social, acerca del cual es de presumir que aún no ha tenido ocasión de profundizarlo suficientemente. Y es además -debe señalarse- un rechazo que anticipa y prefigura las posiciones que José Martí habría pronto de asumir con respecto al conjunto de la sociedad norteamericana.

En síntesis: si en 1871 ya expresa su convicción de que somos diferentes -y esa convicción no es sino un primer momento en su paulatina y constante profundización en el conocimiento de la especificidad latinoamericana-, muy pocos años después, ya radicado en México, y fuertemente imbuido del formidable espíritu de defensa de aquel país ante las crecientes amenazas y agresiones norteamericanas,(1) irá quedando cada vez más claro para el joven revolucionario cubano que esas diferencias se expresan, además, en una relación de oposición en la cual el país que ha alcanzado con determinadas leyes y determinada organización social "el más alto grado de corrupción", es a la vez el agresivo victimario -por similar proceso de metalificación- de los otros países que se extienden al sur de la frontera.

Estamos -parece evidente- en un primer momento de lo que llegará a ser el antimperialismo martiano.

Ante el imperio

Desde luego, nadie puede llamarle aún imperialismo. Se trata solo de un proceso expansivo que -independientemente de los nuevos fenómenos que en el seno de la sociedad norteamericana van teniendo lugar- aún se confunde con las intenciones, los fines, los objetivos y los métodos del colonialismo tradicional. Pero, soterradamente, va surgiendo un nuevo tipo de imperio. José Martí aún no puede llamarlo por su nombre: solo intuye que ese proceso está lanzando al agresivo país a la conquista de los nuestros, y que el paso inicial parece serlo el objetivo inmediato de arrojarse sobre el pueblo mexicano. Va quedando claro a sus ojos que del mismo modo que la búsqueda de "prosperidad" llevó internamente a los Estados Unidos al más alto grado de corrupción, ahora los propios Estados Unidos parecen dispuestos a acometer sin escrúpulos, en pos de esa misma supuesta "prosperidad", sobre un pueblo libre de América, "sin más razón que su deseo, ni más objeto que el de ampliar sus plazas mercantiles". Aquellos que fomentan la agresión a México, ya alcanzan a llegar, dentro de los Estados Unidos, hasta la propia Cámara de Representantes. Allí, dice: "Ha ido a hacerse sentir la mano de los especuladores que desean de una manera rápida nuevo cuerpo donde ejercer su comercio y sus explotaciones". Y los criterios del joven revolucionario evidencian su creciente y generalizadora comprensión de los mecanismos que determinan la contraposición de nuestros pueblos y el vecino país del Norte: "La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de la imponente y tenaz voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material". Está claro para el sagaz analista que lo que perseguiría un ataque norteamericano a México sería la creación de "un mercado donde asegurar su vacilante potencia mercantil".

Cuando abandona el territorio mexicano al finalizar 1876 -y ello ha sido destacado en el ya citado trabajo de Ibrahim Hidalgo Paz- su más perentorio alerta ante el peligro del creciente imperio seguiría girando alrededor de México, pero ya estará referida al conjunto de nuestros países. Es más: puede afirmarse que desde entonces está expresada en Martí la definida oposición entre las dos partes ya para él claramente diferenciadas del continente americano:
México crece. Ha de crecer para la defensa, cuando sus vecinos crecen para la codicia. Ha de ser digno del mundo, cuando a sus puertas se va a librar la batalla del mundo. ¿Qué va a ser América: Roma o América, César o Espartaco? ¿Qué importa que el César no sea uno, si la nación, como tal una, es cesárea?

¡Abajo el cesarismo americano! Las tierras de habla española son las que han de salvar en Am. la libertad, las que han de abrir el continente nuevo a su servicio de albergue honrado. La mesa del mundo está en los Andes.
No puede hablarse aún -repetimos- de imperialismo. Pero este oponerse al surgimiento neoimperial que atestigua, y alcanzar precisiones concretas en relación con la especificidad latinoamericana, constituyen, sin lugar a dudas, aspectos de importancia mayor -aunque no los únicos- en esta etapa fundamental del desarrollo de sus ideas. A ello hay que añadir que inmediatamente después de radicarse en Guatemala (1877) dejará importantes evidencias no solo de su plena conciencia del mestizaje de nuestros pueblos de América, sino de que constituimos una "raza nueva" y un conglomerado social distinto. Allí le llamará "mi América" al conjunto de nuestros países, y buscará su unión:
Puesto que la desunión fue nuestra muerte, ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para lo que no se buscan soluciones prácticas.
Aún no es posible afirmar que se trate de una unión defensiva. Pero lo será muy pronto.

Está iniciándose un segundo momento en el surgimiento del antimperialismo martiano. De una etapa de constatación pasará a una etapa de resistencia, que lo sitúa en una nueva posición

Frente al imperio

Efectivamente, los últimos años de la década del 70 y los primeros de la década del 80 corresponden a un período de muy rápida evolución en el calado del pensamiento de José Martí en relación con la situación continental. En 1878 aún está una parte del año en Guatemala, pero a mediados de año se habrá trasladado a Cuba, donde inicia una etapa conspirativa que le conduce a que en junio de 1879 sea nombrado subdelegado del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York. Pocas semanas después de comenzada la llamada Guerra Chiquita, es deportado nuevamente a España. Antes de terminar el año, escapa hacia Francia, y de allí viaja a Nueva York. En esta ciudad permanece durante todo el año 1880, hasta que en enero de l881 se radica en Caracas. El 28 de julio de ese año se ve obligado a abandonar Venezuela. A partir de entonces, se establece definitivamente en Nueva York.

Han sido -no puede dudarse- años de muy intenso bregar y de muy profundo aprendizaje. La ampliación de su experiencia latinoamericana le ha hecho ahondar su conciencia de la urgencia de la unión para nuestras tierras. En ello insiste con frecuencia una vez iniciada la década del ochenta. Y un elemento determinante vendrá a dar concreción a la visión que va configurando del conjunto del continente: ahora, a medida que conoce por dentro la misma sociedad norteamericana que ya ha visto como agresora de México y de la cual ha tenido criterios certeros desde 1871, se va precisando su lucha activa por un doble objetivo: Primero, por hacer ver a nuestros pueblos la necesidad de esquivar el tránsito por el mismo camino recorrido por el vecino del Norte; segundo, por propiciar que nuestras tierras generen los elementos defensivos que les permitan resistir a la agresiva convivencia, y sobrevivir a ella.

Martí no deja de reflejar, de alguna forma, la fascinante atracción que en la época aún ejerce el ordenamiento democrático originario -de parcialmente sostenida vigencia- de la sociedad republicana norteamericana. Pero la medida del contenido altamente crítico de sus posiciones vendrá dada, sobre todo, por la fuerte censura a que es sometida su función de corresponsal de periódicos tan importantes como La Nación, de Buenos Aires, y La Opinión Nacional, de Caracas. Aunque son conocidos estos incidentes, debemos hacer referencia a las situaciones que en 1882 se crean alrededor de los reportajes o crónicas desde los Estados Unidos escritos por José Martí. En efecto, en mayo de 1882, Fausto Teodoro Aldrey, uno de los propietarios de La Opinión Nacional, le plantea, en relación con los criterios que acerca de los Estados Unidos Martí hace llegar a sus lectores latinoamericanos:
Hágole además una recomendación muy encarecida, a saber: que procure en sus juicios críticos no tocar con acerbos conceptos a los vicios y costumbres de ese pueblo, porque esto no gusta por aquí, y me perjudicaría.
A su vez, el director de La Nación, de Buenos Aires, en septiembre de ese mismo año, le plantea, con motivo de haberle censurado parte de una crónica:
Sin desconocer el fondo de verdad de sus apreciaciones y la sinceridad de su origen, hemos juzgado (...) su esencia, extremadamente radical en la forma absoluta en las conclusiones (...) La parte suprimida de su carta, encerrando verdades innegables, podía inducir en el error de creer que se abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico.
Estos episodios no hacen sino ratificar que hacia los primeros años de la década del 80, las posiciones de José Martí eran extremadamente críticas con respecto a la sociedad norteamericana, y denotaban su plena oposición a los resultados históricos de su evolución nacional.

Eso, en lo interno. En lo relativo a la coyuntura continental, a su visión cada vez más perfilada de la situación gravísima del continente, resultante de la relación entre ambas secciones del mismo, sus posiciones son de extraordinaria elocuencia. En 1881, clama porque sepamos defendernos, por "hacernos dueños de nosotros, y prepararnos de manera que no sirvamos ciegamente a sombrías intenciones o a vergonzantes intereses". Y en fecha que hemos podido precisar como inmediatamente posterior a julio de 1882, Martí apuntaba -en relación con el proyecto de construcción de una vía ferrocarrilera en una sección del sur del continente:
¡Que la Inglaterra (...) ha obtenido ya la concesión de la mitad de la vía! -Pues lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos a ser bastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación, y la garantía de nuestra independencia, están en el equilibrio de potencias extranjeras rivales.- Allá, muy en lo futuro para cuando estemos completamente desenvueltos, corremos el riesgo de que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines, -(Inglaterra, Estados Unidos): de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros, -de naciones diversas y desemejantes, y de intereses encontrados, -en nuestros diferentes países, sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna, aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir que haya, una preponderancia aparente y accidental, de algún poder, que acaso deba ser siempre un poder europeo.
Desde luego: no puede Martí rehuir la relación comercial con los Estados Unidos ni con otros países de fuerte desarrollo industrial. La época ni se lo exige, ni se lo permite. Pero a la vez que propugna relaciones que puedan hacer más viable el avance económico y social de nuestros pueblos, está denunciando las tendencias de absorción ya claramente perceptibles en el gigante que crece al norte del continente. Y tan temprano como en enero de 1883 advierte sin rodeos acerca de los peligros implícitos en la política que en los Estados Unidos da por supuesto "que un poder continental, en suma, tiene que acumular capitales, y atraerse fondos de repuesto para vaciarse en la hora precisa sobre el continente".

Si analiza para el público latinoamericano un proyecto de tratado entre México y los Estados Unidos, destaca los peligros: lo califica de "acontecimiento de gravedad mayor para los pueblos de nuestra América Latina", y señala:
El tratado concierne a todos los pueblos de la América Latina que comercian con los Estados Unidos. No es el tratado en sí lo que atrae a tal grado la atención; es lo que viene tras él. Y no hablamos aquí de riesgos de orden político (...) Hablamos de lo único que nos cumple, movidos como estamos del deseo de ir poniendo en claro todo lo que a nuestros intereses afecta: hablamos de riesgos económicos.
Sí comenta, en 1884, la necesidad de comercio entre ambas partes del continentes, pone énfasis en alertar:
Hay provecho, como hay peligro, en la intimidad inevitable de las dos secciones del continente americano. La intimidad se anuncia tan cercana, y acaso por algunos puntos tan arrolladora, que apenas hay el tiempo necesario para ponerse en pie, ver, y decir.
Aún no ha expresado cómo oponerse al imperio que está viendo surgir. Aún -incluso- su utilización del término "imperialistas", que es solamente un empleo casual al inicio de la década del 80, carece de las connotaciones que llegará después a tener, y sigue muy de cerca la utilización que da al concepto la propia prensa norteamericana de la época. Pero ya se ha erguido frente al fenómeno cuya evolución testimonia, y denuncia con agudeza no solo sus peligros, sino también sus mecanismos.

Es lo que sucede, por ejemplo, con los convenios que Estados Unidos ha estado preconizando en la época, y cuya función como mecanismos de dominación y penetración económica Martí ha captado de manera cabal. Así lo demuestra, por ejemplo, su crónica a La Nación, de Buenos Aires, fechada 15 de enero de 1885. Sus palabras no dejan lugar a dudas de que ha calado muy hondo en el sentido de las transformaciones que se están operando en los Estados Unidos, y en las consecuencias directas e inmediatas que ello puede implicar para el resto de América. En Estados Unidos -dice- se está "en el momento de un grave cambio histórico, de trascendencia suma para los pueblos de América". Se trata "de un conjunto de medidas que implican el cambio más grave que desde la guerra han experimentado acaso los Estados Unidos". Mediante los convenios que han firmado, fundamentalmente, con Santo Domingo y (a través de España) con Cuba y Puerto Rico, prevé Martí que "cuanto acá (en Estados Unidos) sobra, y no tiene por lo caro donde venderse, allá entrará sin derechos, como acá los azúcares. Y vendrán los Estados Unidos a ser, como que les tendrán toda su hacienda, los señores pacíficos y proveedores forzosos de todas las Antillas".

No escapa a su sagacidad analítica -y sabemos la importancia que ello tiene como expresión de su aguda penetración en la comprensión del fenómeno que atestigua- que "alentado el crédito en la Isla (se refiere a Cuba) y aguzada por la penuria la natural perspicacia de sus habitantes, se establecerán con capitales americanos acaso, múltiples empresas que ocasionarían demanda extraordinaria de artículos de único mercado donde tendría la Isla crédito y dinero".

Insistimos en la fecha (enero de 1885) porque pensamos que es precisamente al iniciarse la segunda mitad de la década del ochenta que ya podemos hablar de una oposición consciente de Martí a cada avance de aquel imperialismo en formación, en la misma medida en que se van haciendo perceptibles nuevas manifestaciones del mismo en la relación entre las dos secciones opuestas del continente.

Solo dentro de esta óptica nos parece posible analizar sus posiciones y sus principios en relación con un tema de gran actualidad: una deuda de México a acreedores norteamericanos. Es, dentro de la evolución de pensamiento que estamos analizando, un muy destacado momento en que Martí deja planteada -como veremos- la urgente necesidad de oposición a la relación de sometimiento que aspira a lograr el naciente imperio.

En efecto, hacia el mes de julio de 1885, el gobierno mexicano se ve en la necesidad -muy de acuerdo con los intereses nacionales del hermano país- de suspender el pago de las subvenciones conveniadas con un grupo de compañías norteamericanas.

Martí narra con detalles -en una crónica suya a La Nación, el ya mencionado periódico bonaerense- los antecedentes de este endeudamiento. Explica que fue "libremente, sin intervención alguna del gobierno de los Estados Unidos, y estipulando que en caso alguno que resultara de su convenio acudirían a él", que ciertas compañías ferrocarrileras norteamericanas contrataron con el gobierno mexicano la construcción de vías férreas en y desde México. En los convenios se acordaba que este país apoyaría económicamente las construcciones mediante el pago de grandes subvenciones a las compañías contratantes.

Fue el gobierno mexicano el que, "calculando mal los ingresos futuros del erario, ofreció de gobierno a contratante particular estos subsidios". Pero para Martí estaba claro que las compañías contratantes "bien pudieron ver", como veía todo calculador juicioso, que México no había de poder, a los pocos años, pagar las subvenciones ofrecidas".

Según lo conveniado, los ferrocarriles fueron construidos. Sin embargo, a la vuelta de muy corto tiempo, al arribar al poder un nuevo gobierno, "halló a la nación en quiebra": tenía un fuerte déficit en el presupuesto anual; tenía contra sí altísimas obligaciones legales. La deuda se había convertido en impagable: México "ni cubrir su presupuesto podía, cuánto más pagar esa deuda enorme".

Tan altas eran las subvenciones ofrecidas -afirma Martí- que, de pagarlas, "consumirían todas las entradas naturales" de la nación. Y entonces, "¿de qué viviría el país?" Dejaba ya de ser un problema financiero, para convertirse en un grave problema político: estaba en peligro la propia vida del país, y había que evitar las consecuencias terribles de un colapso de la economía nacional.

Es evidente que la situación por la que atravesaba México no hacía sino prefigurar precozmente la que más tarde afectaría al conjunto de los países de nuestra América y del llamado Tercer Mundo. Y las posiciones de principio que Martí asumía ante la suspensión de los pagos, hurgaban con acierto en las raíces de la crisis. No escapaba del agudo observador que los compromisos habían sido contraídos por un gobierno que llegó a caracterizarse -como después otros muchos del continente- por la malversación y el malgasto, por "los abusos que hicieron pública granjería del erario mexicano". Pero si bien podía considerarse que acaso el gobierno en cuestión no debió ofrecer las subvenciones que ahora el país adeudaba, la culpabilidad esencial real Martí la atribuía a los acreedores norteamericanos: "¿por qué, libres los contratantes para observar y prever, las aceptaron?" Y afirmaba: "Como cien millones de pesos emplearon los norteamericanos en ferrocarriles en México. A ciegas no pudo ser ni sin prever y estudiar sus consecuencias".

El nuevo ejecutivo mexicano actúa con decisión y "afronta enérgicamente la situación desesperada": reduce los gastos del gobierno, suspende el pago de las subvenciones. Lo hace -Martí lo destaca- "provistos de amplios poderes por el Congreso". Es un acto que recibe todo el apoyo político y moral de José Martí: un acto que "está conforme a la ley y necesidad". Para el cabal revolucionario es -puede afirmarse- un caso de libre ejercicio de la soberanía, en un contexto en el cual los Estados Unidos niegan a México (y sabemos que no solamente a él) sus derechos de nación independiente. Así, denuncia el Maestro:
No parece que (los Estados Unidos) reconocen el derecho de México a hacer, sino que le permiten que haga. Apenas México afirma con un acto desembarazado, y siempre hábil y correcto, su personalidad de nación, acá (en los Estados Unidos) se toma a ofensa y se ve el caso no por el derecho de México de ponerlo a su interés, sino por el deber de México de no hacer cosa que no sea primeramente en el interés de los Estados Unidos.
Para Martí, no hay reclamación posible por parte de los acreedores: la decisión de suspender los pagos de aquella deuda "pudo y debió ser prevista por los que se expusieron libremente a ella". Pero no solo los condena moralmente, sino que va mucho más allá y busca en los propios mecanismos de la sociedad norteamericana -en la necesidad de expansión y dominación de aquel naciente imperialismo- el verdadero trasfondo y las intenciones reales que pudieron haber movido a la firma de tales convenios. Dice, en relación con las pretensiones de los acreedores norteamericanos:
Si estos entraron a correr este riesgo, a pesar de él, o tal vez por tener ocasión en él de cosas mayores, o porque este riesgo que se preveía pudiera dar a algún político ambicioso ocasión de conquista, merecido tienen por su deslealtad o su codicia el apuro que pudieron prever o acaso desearon.
Ni por razones económicas, ni por razones políticas, ni por razones morales, se podía continuar haciendo efectivos los pagos de aquella deuda. El país -para Martí- estaba en el derecho pleno de suspenderlos y defender a su pueblo de una crisis que afectaba a la vida misma de la nación. Y Martí dejaba clara y sólidamente definidos sus principios en relación con esta suspensión de pagos que constituía, en realidad, un acto de soberanía de la nación afectada.

Más aún: como testimonio de su aguda comprensión de las realidades del continente, de su temprana previsión de males que habrían de generalizarse en nuestras tierras, Martí concluía su análisis y postulaba -en afirmación que se proyecta audaz hacia nuestra propia contemporaneidad:
Así queda, briosamente sentado en México, y en hora todavía oportuna, el problema de mayor interés que presenta acaso la política continental americana.
Estas posiciones son importantes no solo por su evidente actualidad y porque definen los principios martianos ante fenómenos de tanta trascendencia como la suspensión de los pagos en cuestión, sino porque demuestran su desvelo por destacar y divulgar toda repuesta que pudiera resultar ejemplar y útil a la hora de abordar la cuestión de las relaciones entre nuestros países y los Estados Unidos; a la hora de enfrentar, por parte de nuestros pueblos, ese que Martí consideraba "el problema de mayor interés que presenta a caso la política continental americana".

Debe señalarse: en el período, todavía se confunden los viejos mecanismos de dominación con las nuevas vías de penetración económica que van surgiendo. Todavía la propia época no permite percibir de manera clara y evidente cuáles serán los que -ya decantados- habrán de caracterizar y hacer posible el nuevo tipo de dominación que se inicia. Convenios y tratados, exportación de capitales y búsqueda de pretextos para agresiones directas aún se mezclan -y se mezclarán por mucho tiempo- en la política continental contemporánea a José Martí. Pero pensamos que a partir de estos años -y muy en particular, a partir de 1885- ya el cubano no solo propone resistir el peligro de sojuzgamiento, sino que va buscando manera eficaz de hacerle oposición. A la altura del momento histórico de que hablamos, parece prudente considerar que ya se perfilan la mayoría de los elementos que le llevarán, a la vuelta de muy pocos años, a la aplicación exitosa de una estrategia revolucionaria continental de diáfano sentido antimperialista. Se trata, en nuestra opinión, de un tercer momento: ha comenzado a definir cómo actuar: cómo oponerse al avance del imperio.

Contra el imperio

La comprensión de las posiciones que ha visto desarrollar en los Estados Unidos en relación con Cuba será un elemento determinante en la configuración y elaboración definitiva de la estrategia revolucionaria y antimperialista que para el conjunto del continente ya ha comenzado a concebir.

Así, en mayo de 1886 -y haciendo referencia a una entrevista sostenida al menos un año antes, o sea, en 1885- Martí desentrañaba el sentido de esas posiciones de Estados Unidos con respecto a Cuba, a la vez que se describe a sí mismo en la función que ha venido realizando: "quien ha vivido en ellos (en los Estados Unidos), ensalzando sus glorias legítimas, estudiando sus caracteres típicos, entrando en las raíces de sus problemas, viendo cómo subordinan a la hacienda la política, confirmando con el estudio de sus antecedentes y estado natural sus tendencias reales, involuntarias o confesas: quien ve que jamás, salvo en lo recóndito de algunas almas generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más que posesión apetecible sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñable; quien lee sin vendas lo que en los Estados Unidos se piensa y escribe desde la odiosa carta de instrucciones de Henry Clay en 1828", ese -señala Martí más adelante- "ve con duelo mortal" las intenciones anexionistas de los Estados Unidos, y sabe que "tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas".

No importa que en relación con las formas políticas de la absorción, Martí aún se refiera aquí a la anexión: el propio naciente imperialismo mantuvo esa hasta entonces única variante como propósito y como proyecto, hasta que la propia práctica de la ocupación militar de Cuba (1898-1902) le demostró la posibilidad de someter económica, cultural y políticamente al país sin necesidad de recurrir a la incorporación directa. Martí intuye -y es lo más importante- que las vías de penetración que los Estados Unidos ya han comenzado a utilizar pueden llegar a convertirlos -ya lo hemos visto- en "los señores pacíficos y proveedores forzosos de todas las Antillas". Y tanto lo uno como lo otro denota la clara conciencia que ya en la época ha alcanzado de los verdaderos objetivos finales de la estrategia que en relación con Cuba está tomando cuerpo en los Estados Unidos. Este sería un primer punto a destacar en el análisis de este tercer momento en la evolución de su pensamiento antimperialista.

Ello está teniendo lugar, por otra parte, en un contexto que ya ha dado inteligibles evidencias del papel entreguista que en la relación entre las dos secciones opuestas del continente desempeñan las propias burguesías de los países latinoamericanos. Martí lo ha percibido, y en enero de 1885 -con la discreción a la que ya sabemos que le obligan sus artículos de prensa- ha emitido sus criterios al respecto: para él, "de las revoluciones y pobrezas que (...) han agitado nuestros países de América, ha venido a los hombres activos de ellos un inmoderado deseo, saludable y urgente cuando se encierra en naturales límites, de desarrollar, a costa aún de la libertad futura de la nación, sus riquezas materiales.

Esos criterios, unidos al análisis de las posiciones de Martí en relación con la política cubana, nos darán la clave para comprender su urgencia -que quedará expresada de manera evidente a partir de l887- por arrancar de las manos de los aliados cubanos del naciente poder (no solo de los anexionistas de Cuba, sino de los autonomistas que representan los intereses de la entreguista burguesía azucarera del país) la posibilidad de controlar el movimiento armado que ya la situación colonial de Cuba y su situación interna hacen inevitable. Será su urgencia -dicho con las propias palabras de Martí- por "emplear el tiempo que nos queda, en impedir, con una conducta enérgica y previsora que la revolución que ya se viene encima fracase por precipitación o mala dirección nuestra, como ya esperan nuestros astutos enemigos, o caiga por no haberla sabido dirigir nosotros en un grupo de cubanos egoístas, que no la han deseado jamás, ni comprenden su espíritu, ni llevan la intención de aprovechar la libertad en beneficio de los humildes, que son los que han sabido defenderla". Y este sería, entonces, el segundo punto que requiere especial destaque en el análisis de este tercer momento -momento de acción contra el imperio- en el desarrollo del antimperialismo martiano.

Haber llegado a tales convicciones en estos años cruciales de l886 y 1887 en relación con la urgencia de sacar a Cuba de manos del expansionismo norteamericano y de sus aliados cubanos, e insertar esas convicciones en el fondo previo -que ya hemos visto- de la denuncia constante del peligro que se cierne sobre la parte nuestra del continente, constituyen, en nuestra opinión, las premisas básicas que permitieron a José Martí no solo elaborar y concebir, sino tener lista en el momento preciso, la respuesta revolucionaria que el continente en su época exigía; es lo que permitirá poner de inmediato, en cuanto la situación lo reclama, la puesta en práctica de una estrategia antimperialista continental que resumiera de manera genial el día antes de su muerte: "impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América".

No se trata, desde luego, de que Martí tuviera definidos y presentes todos los elementos que habrían de intervenir en esta estrategia, ni de que pudiera -mucho menos- anticiparse a su propia intensa práctica revolucionaria de 1889-1895. Ese sería, desde luego, el período de mayor enriquecimiento de sus concepciones, a partir de los apremiantes requerimientos de la acción. Pero creemos posible afirmar que, en lo esencial, la concepción de la independencia de Cuba (y de Puerto Rico) como valladar a la expansión imperialista está ya lograda en Martí en el momento en que los Estados Unidos declaran llegado el momento de lanzarse, en agresivo y generalizado vertimiento, sobre la parte nuestra del continente.

Este momento llegó, sin lugar a dudas, con la convocatoria y el inicio en Washington, en octubre de l889, de la Conferencia Internacional Americana. Martí la identificará públicamente como "el planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de América", y la calificará de "primera tentativa de dominio".

No nos referiremos -son suficientemente conocidos- a sus imperiosos llamados, con motivo de la Conferencia, en pos de la unidad latinoamericana y en contra de las aspiraciones del imperio. Recordemos solamente su urgencia por "decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia".

Pero sí es necesario destacar que alrededor de la Conferencia se busca por los Estados Unidos -de manera velada e indirecta, y mediante planes que tienden a disimular el resultado final- el apoyo de los países de nuestra América a una virtual absorción de Cuba por aquel país. Y en dos cartas fechadas en Nueva York el l6 de noviembre de 1889, pocas semanas después de iniciadas las actividades de la Conferencia, Martí hace referencia directa a la nueva situación que se ha creado para Cuba y para el continente.

En la primera, dirigida a Serafín Bello, de Cayo Hueso, explica que se trata "de un Congreso de naciones americanas donde, por grande e increíble desventura, son tal vez más las que se disponen a ayudar al gobierno de los E. Unidos a apoderarse de Cuba, que las que comprenden que les va su tranquilidad y acaso lo real de su independencia, en consentir que se quede la llave de la otra América en estas manos extrañas. Llegó ciertamente para este país (los Estados Unidos), apurados por el proteccionismo, la hora de sacar a plaza su agresión latente, y como ni sobre México ni sobre el Canadá se atreve a poner los ojos, los pone sobre las islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre nosotros. Podríamos impedirlo, con habilidad y recursos (...)". Y añade: "En la soledad en que me veo (...) lo he de impedir".

En la segunda, dirigida a Gonzalo de Quesada, escribe: "El interés de lo que queda de honra en la América Latina, -el respeto que impone un pueblo decoroso- la obligación en que esta tierra está de no declararse aún ante el mundo un pueblo conquistador -lo poco que queda aquí de republicanismo sano- y la posibilidad de obtener nuestra independencia antes de que le sea permitido a este pueblo por los nuestros extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a todos: -he ahí nuestros aliados, y con ellos emprendo la lucha".

Estas parecen ser las dos primeras veces que deja expresada, por escrito, su estrategia. Pero, en realidad, la Conferencia ha sido, tan solo, la declaración de la guerra. De sus propias palabras se hace evidente que se trata de una estrategia y de elementos de acción ya concebidos previamente. En efecto, desde tiempo atrás ha intentado, incluso, fundar un periódico donde divulgar, con urgencia, esas ideas. Y dice: "Yo sé lo que haría, y lo que puedo hacer, y cuán pronto lo haría. Y lo que pueda, lo haré. Ya estaría el periódico publicado, por Cuba y por nuestra América, que son unas en mi previsión y mi cariño, si pudiese decidirme yo a aceptar ayuda de los que, en público o en secreto, no comparten por entero mi modo de pensar". Pero ahora se han iniciado -son sus palabras- "estos meses de combate". Y afirma: "Lo haré, como pueda, porque es preciso".

Lo hizo. Tomó tiempo. Y fue muy duro -particularmente para él- el recorrido. Mucho pudiera decirse, pero mencionaremos solamente que logró organizar y dar inicio a la primera guerra antimperialista: la vía para lograr el primer paso de su estrategia revolucionaria continental.

Lo demás -después de su muerte, después de frustraciones y posposiciones- ha quedado en nuestras manos, y se está haciendo.

Parecía justo -como homenaje modesto en un nuevo aniversario de su nacimiento- tratar de precisar algunos de aquellos tan tempranos momentos en que José Martí comenzó a abrir el camino hacia el presente.

24 de enero de 1986

RC/VM/cpl
Ramón de Armas (1939-1987). Historiador. Fue investigador del Centro de Estudios Martianos. Autor del libro La revolución pospuesta, acerca de la guerra del 95.

Relación de notas.

(1)"Por el norte un vecino avieso se cuaja", importante trabajo de Ibrahim Hidalgo Paz acerca de este período de la vida de Martí, fue presentado como ponencia (Edición mimiografíada) al IV Encuentro de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe efectuado en Bayamo en julio de 1983. En él nos apoyamos para el análisis de esta etapa. Subir
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