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José Martí 1895

Sumario: Tomada del libro de Juan Ramón Jiménez Españoles de Tres Mundos, esta semblanza de Martí muestra cómo ha impresionado el gran cubano -fenómeno impar en América-, la sensibilidad del gran poeta español. El autor de Platero y Yo, como Unamuno, Fernando de los Ríos y otros insignes escritores de la península supo ver en el Apóstol la insobornable raíz hispana y la proyección universal, unidas indisolublemente. El lector debe tener en cuenta las peculiaridades de expresión lingüística de Juan Ramón -su guerra implacable a la x y su devoción irrestricta por la j-, para aceptar sin protesta íntima las palabras "escelente", "esperiencias", "jeneral", "esquisita", y "esceso", que aparecen así escritas en este trabajo y no disminuyen en nada su valor intrínseco.

Por JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Hasta Cuba, no me había dado cuenta exacta de José Martí. El campo, el fondo. Hombre sin fondo suyo o nuestro, pero con él, no es hombre real. Yo quiero siempre los fondos de hombre o cosa. El fondo me trae la cosa o el hombre en su ser y estar verdaderos. Si no tengo el fondo, hago el hombre transparente, la cosa transparente.

Y por esta Cuba verde, azul y gris, de sol, agua o ciclón, palmera en soledad abierta o en apretado oasis arena clara, pobres pinillos, llano, viento, manigua, valle, colina, brisa, bahía o monte, tan llenos todos del Martí sucesivo, he encontrado al Martí de los libros suyos y de los libros sobre él. Miguel de Unamuno y Rubén Darío habían hecho mucho por Martí porque España conociera mejor a Martí (su Martí, ya que el Martí contrario a una mala España inconciente era el hermano de los españoles contrarios a esa España contraria a Martí). Darío le debía mucho, Unamuno bastante; y España y la América española le debieron en gran parte, la entrada poética de los Estados Unidos.

Martí, con sus viajes de destierro (Nueva York era a los desterrados cubanos lo que París a los españoles), incorporó los Estados Unidos a Hispanoamérica y España, mejor que ningún otro escritor de lengua española, en lo más vivo y más cierto. Whitman, más americano que Poe, creo yo que vino a nosotros, los españoles todos, por Martí. El ensayo de Martí sobre Whitman, que inspiró, estoy seguro, el soneto de Darío al "Buen viejo" en Azul, fue la noticia primera que yo tuve del dinámico y delicado poeta de Arroyuelos de Otoño. (Si Darío había pasado ya por Nueva York, Martí había estado.) Además de su vivir en sí propio, en sí solo y mirando a su Cuba, Martí vive (prosa y verso) en Darío, que reconoció con nobleza, desde el primer instante, el legado. Lo que le dio me asombra hoy que he leído a los dos enteramente. ¡Y qué bien dado y recibido!

Desde que, casi niño, leí unos versos de Martí, no sé yo dónde:
sueño con claustros de mármol / donde, en silencio divino / los héroes, de pie, reposan:/ ¡De noche, a la luz del alma, / hablo con ellos: de noche!
pensé en él. No me dejaba. Lo veía entonces como alguien raro y distinto, no ya de nosotros los españoles sino de los cubanos, los hispanoamericanos en general. Lo veía más derecho, más acerado, más directo, más fino, más secreto, mas nacional y más universal. Ente muy otro que su contemporáneo Julián del Casal (tan cubano, por otra parte, de aquel momento desorientado, lo mal entendido del modernismo, la pega) cuya obra artificiosa nos trajo también a España Darío, luego Salvador Rueda, y Francisco Villaespesa después.

Casal nunca fue de mi gusto. Si Darío era muy francés, de lo decadente, como Casal, el profundo acento indio, español, elemental, de su mejor poesía, tan rica y gallarda, me fascinaba. Yo he sentido y espresado, quizás, un preciosismo interior, visión acaso esquisita y tal vez difícil de un proceso psicológico, "paisaje del corazón", o metafísico "paisaje del cerebro"; pero nunca me conquistaron las princesas exóticas, los griegos y romanos de medallón, las japonerías "caprichosas" ni los hidalgos "edad de oro". El modernismo, para mí, era novedad diferente, era libertad interior. No, Martí fue otra cosa, y Martí estaba, por esa "otra cosa", muy cerca de mí. Y, cómo dudarlo, Martí era tan moderno como los otros modernistas hispanoamericanos.

Poco había leído yo entonces de Martí; lo suficiente, sin embargo, para entenderlo en espíritu y letra. Sus libros, como la mayoría de los libros hispanoamericanos no impresos en París, era raro encontrarlos por España. Su prosa, tan española, demasiado española acaso, con esceso de jiro clasicistas, casi no la conocía. Es decir, la conocía y la gustaba sin saberlo porque estaba en la "crónica" de Darío. El Castelar de Darío por ejemplo, podía haberlo escrito Martí. Solo que Martí no sintió nunca la atracción que Darío por lo español vistoso, que lo sobrecojía fuera lo que fuera, sin considerarlo él mucho, como a un niño provinciano absorto. Darío se quedaba en muchos casos fuera del "personaje", rey, obispo, jeneral o académico, deslumbrado por el rito. Martí no se entusiasmó nunca con el aparato esterno ni siquiera de la mujer, tanto para Martí (y para Darío, aunque de modo bien distinto). El único arcaísmo de Martí estaba en la palabra, pero con tal de que significara una idea o un sentimiento justos. (Este paralelo entre Martí y Darío no lo hubiera yo sentido sin venir a Cuba). Y no pretendo, cuidado, disminuir en lo más mínimo, con esta justicia a Martí, el Darío grande, que por otros lados, y aun a veces por los mismos, tanto admiro y quiero, y que admiro, quiso y confesó tanto (soy testigo de su palabra hablada), a su Martí. La diferencia, además de residir en lo esencial de las dos existencias, estaba en lo más hondo de las dos experiencias, ya que Martí levaba dentro una herida española que Darío no había recibido de tan cerca.

Este José Martí, este "Capitán Araña", que tendió su hilo de amor y odio nobles entre rosas, palabras y besos blancos, para esperar al destino, cayó en su paisaje, que ya he visto, por la pasión, la envidia, la indiferencia quizás, la fatalidad sin duda, como un caballero andante enamorado, de todos los tiempos y países, pasados, presentes y futuros. Quijote cubano, comprendía lo espiritual eterno, y lo ideal español. Hay que escribir, cubanos, el Cantar o el Romancero, de José Martí, héroe más que ninguno de la vida y la muerte, ya que defendía "exquisitamente", con su vida superior de poeta que se inmolaba, su tierra, su mujer, y su pueblo. La bala que lo mató era para él, quién lo duda, y "por eso". Venía como todas las balas injustas, de muchas partes feas y de muchos siglos bajos, y poco español y poco cubano no tuvieron en ella, aun sin quererlo, un átomo inconciente de plomo. Yo, por fortuna mía, no siento que estuviera nunca en mí ese átomo que, no correspondiéndome, entró en él. Sentí siempre por él y por lo que él sentía lo que se siente en la luz, bajo el árbol, junto al agua y con la flor considerados, comprendidos. Yo soy de los estáticos que cree en la gracia perpetua del bien. Porque el bien (y esto lo dijo de otro modo Bruno Walter, el músico poeta, puro y sereno, desterrado libre, hermano de Martí y, perdón por mi egoísmo, mío) lo destrozan "en apariencia" los otros; pero no se destroza "seguramente", como el mal, a sí mismo.

27 de enero de 1967

GV/YB/cpl

Relación de notas.

Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, España, 1881 - Puerto Rico, 1952). Una de las relevantes figuras de las letras hispanas . Premio Nobel de Literatura (1952). Su obra poética se inició en 1900 con los libros Ninfeas y Almas de violeta. Algunos críticos consideran que uno de los puntos más altos de su creación está en Estación total, escrito entre 1923 y 1936, pero publicado en 1946. Tras estallar la Guerra Civil Española en 1936, residió en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. Subir
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