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José Martí: del antiesclavismo a la integración racial. Mis negros

Autor: Carlos Alberto Más Zabala
Fuente: CUBARTE | 25 de Octubre 2010

En los apuntes de José Martí, aparece un soñado proyecto de libro que al parecer titularía “Mis negros”. Hay en él, evidentemente, la idea de una importante empresa, cuando anota: “La raza negra –Su constitución, corrientes y tendencias. Modo de hacerla contribuir al bien común, por el suyo propio”. (Martí, 1991, T18: 284)

Apuntes al fin, sin la precisión que caracterizaría a sus más elevados trabajos, no nos permiten introducirnos a fondo en cuanto habría de proponerse, pero son anunciadores de una riqueza que desbordaría seguramente cuantos estudios y rastreos pudieran realizarse de su ideario. Como cuando señala: “Me desperté hoy, 20 de Agto, formulando en palabras, como resumen de ideas maduradas y dilucidadas durante el sueño, los elementos sociales que pondrá después de su liberación en la Isla de Cuba la raza negra. No las apariencias, sino las fuerzas vivas”. (Martí, 1991, T18: 284)

Las obligaciones que como organizador de la revolución contrajo, empeño al que dedicó sus mejores desvelos, le impidieron acometer ésta y otras muchas ideas, que a juzgar por la hondura de sus trabajos, la riqueza de su pluma y el cariño que profesaba por el género humano sin distingos de razas, nos habrían legado un caudal excepcional.

En cambio, utiliza en estos apuntes formulaciones y giros que más adelante se ocupará de perfilar y modificar. Tal es el caso de la pasividad y de la subordinación implícitas en la expresión “hacerla contribuir al bien común”, en que menoscaba los factores endógenos capaces de determinar tal tendencia sin necesidad de que “desde fuera” se le dicten, o cuando al referirse a los “varios espíritus o fuerzas” presentes entre los cubanos de la raza negra se cuestiona “…si no es cierto como parece, que en ella misma, en una sección de ella, hay material para elaborar el remedio contra los caracteres primitivos que desarrollarán por herencia, con grande peligro de un país que de arriba viene acrisolado y culto…” (Martí, 1991, T18: 284)

Sin embargo, a lo largo de numerosos escritos, cartas, discursos, crónicas, semblanzas, poemas incluso, se aprecia en la obra martiana un recurrente énfasis en las virtudes y cualidades que observaba entre los negros, muchas de las cuales afloraban justamente en el contexto de lo que para Martí constituía el propósito mayor, independentista, y otras que ocuparían su merecido espacio en el sistema de valores del Apóstol, eticidad que permea toda su obra y le infunde aliento y espiritualidad.

Como señala con agudeza Schulman: “en el negro descubre Martí bondades y virtudes raigales como las del indio, y lo vincula con la naturaleza, modo martiano de afirmar su innata superioridad humana y su acendrado espiritualismo”. (Schulman, 1981, 139-152)

Para el Maestro existe una estrecha interrelación entre diversas características de los negros con su virginal naturaleza, aunque sería muy lamentable ver en ellas una forma de legitimar la idea de la existencia de razas. Baró significa que “…esa ´virginal naturalidad´ observable en los negros no es más que la particular posibilidad que tienen de expresar determinados rasgos humanos presentes también en otros grupos humanos,…y que por causas socioeconómicas, históricas y culturales son más observables en ellos”.

Se trata entonces del descubrimiento de rasgos que la “civilización” no ha alcanzado a podar, rasgos que denomina “naturalidad brutal” o “caracteres primitivos”, términos en los que no hay asomo peyorativo. En esa contraposición entre rasgos naturales primigenios y socialización eurocéntrica superpuesta se percibe toda una fundamentación filosófica del pensamiento martiano. Reconoce los valores que el desarrollo de la humanidad le ha ido incorporando al género humano, pero pone al desnudo cuanto de hipocresía y de subestimación de esos otros valores entrañan.

Pudiera afirmarse que su aproximación a este crucial dilema se produce “desde fuera”. Y efectivamente, Martí no formaba parte, genéticamente, de ninguno de los grupos étnicos preteridos que se empeñó en defender hasta con su vida, como tampoco su origen clasista se correspondía exactamente con los grupos poblacionales a los que consagró su empeño de transformación social, aunque le resultaran afines, de padre y madre, los intereses de los sectores más humildes. En tal caso la aproximación “desde fuera” antes que limitante se convierte en virtud.

Sin embargo, su sensibilidad trasciende sentimientos que considera primitivos, tales como la lástima y la conmiseración. Se trata de solidaridad e identificación lo que emerge desde la intimidad de su ideario. En su contexto no es sorprendente que destaque en aquellos hombres y mujeres de tez oscura valores que han resultado inadvertidos para muchos. No lo hace de forma unilateral, ni cegado por consideraciones puntuales de carácter político, aunque en el terreno afectivo su total identificación pudiera haberlo conducido por esos caminos y en el fragor del apasionado debate se hubiera justificado perfectamente. Acude para su defensa a la integración de naturaleza y sociedad, significando con regocijo cuanto de riqueza humana se atesora en ellos: “¡Tal parece que alumbra a aquellos hombres de África un sol negro! Su sangre es un incendio, su pasión, mordida; llamas sus ojos; y todo en su naturaleza tiene la energía de sus venenos y la potencia perdurable de sus bálsamos”. (Martí, 1991, T11: 72)

De un trazo logra el Apóstol darnos una impresión abarcadora acerca del espíritu de los “hombres de África”. Destaca la virilidad nativa e indómita, rodeada de una aureola mística y desconocida, en la que sobresale su elevada valoración acerca de la pasión irrefrenable, despojada de las inhibiciones y amarras propias del “cultivo del espíritu”: “Pero tiene, más que otra raza alguna, tan íntima comunión con la naturaleza, que parece más apto que los demás hombres a estremecerse y regocijarse con sus cambios”. (Martí, 1991, T11: 73)

Martí destaca lo que desde su punto de vista condiciona en el africano esa voluptuosidad espiritual. Por un lado le atribuye una capacidad de estremecimiento determinada por lo que denomina “íntima comunión con la naturaleza”. Por el otro, si bien resalta el componente pasional para caracterizar reacciones que pudieran malinterpretarse como excesivas, exageradas, incapacitadas de ser reguladas por la acción del intelecto, subraya también aquella especial sensibilidad “porque el hombre que nace en tierra de árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo oscuro y su cueva en la roca”. (Martí, 1991, T18: 357)

Tengamos presente que basa muchas de sus apreciaciones en la detallada observación del comportamiento humano en medio de una tragedia provocada por un desastre natural –el Terremoto de Charleston-, lo que le permite justipreciar la reacción de los hombres en su más auténtica puridad, despojada de aquellos elementos -como la educación y la cultura- que en otras circunstancias “normales”, determinan una conducta más comedida y ajustada a las convenciones. A juzgar por sus metáforas descubre Martí en los “caracteres primitivos” que se manifiestan en aquellos hombres y mujeres sus precedentes en la naturaleza: “Hay en su espanto y alegría algo de sobrenatural y maravilloso que no existe en las demás razas primitivas, y recuerda en sus movimientos y miradas la majestad del león: hay en su afecto una lealtad tan dulce que no hace pensar en los perros, sino en las palomas: y hay en sus pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a las de los rayos del sol”. (Martí, 1991, T11: 73)

Empero no es filogenético el examen, no trata de encontrar en los nacidos en África o descendientes de aquellos la persistencia atávica de atributos de los animales inferiores. Su mirada nos conduce al reconocimiento en un grupo humano –que hasta entonces ha recibido menos que otros las influencias de la civilización europea o que ha logrado protegerse de aquella mediante un singular proceso de hibridación, y por tanto su condicionamiento conductual es más dependiente de su propio desarrollo que de ajenos elementos, propios de un modelo de socialización aceptado como único – de virtudes que sólo en el hombre pueden confluir y que se encuentran aisladas y dispersas en la naturaleza. Registra y exalta atributos que entremezclan naturaleza y humanidad, al ubicar tales valores en un punto intermedio –no necesariamente equidistante – entre aquellos que se nos muestran en su expresión natural y los que se hacen perdurables como resultado del cincelado social.

No es un juicio apologético y parcial el que prima en Martí. Aunque, en efecto, muchas de sus referencias a los negros se producen en un tono defensivo, como consecuencia del predominio en su época de criterios racistas y etnocéntricos. Tampoco se reducen a un condicionamiento táctico, como lo han querido ver algunos, por la necesidad de sumar a la guerra necesaria a esta población en nuestra isla. Muy bien señaló Armando Guerra que “no es la emoción del momento, el recurso del que se abusa para conquistar elementos de una raza lo que se desprende de los párrafos sentidos de sus discursos”. (Guerra Castañeda, 1947, 20)

Predomina en sus relatos y crónicas la referencia a determinados componentes virtuosos de los negros, en su similitud con sus pariguales en el reino animal o en la naturaleza inanimada. Martí vislumbra el diamante bruto que requerirá esmerada destreza en el pulido, justamente para que no pierda sus afilados ribetes y suscribe que tales virtudes no tienen que verse necesariamente asociadas con el cultivo del espíritu del que han estado marginadas, y mucho menos juzgadas a partir de patrones que guardan muy poca relación, si no ninguna, con los propios.

Es así que dignifica en los descendientes de africanos valores que relaciona directamente con un origen natural, como cuando enaltece su bondad, valor primigenio de muy alta significación en su ideario: “Tiene el negro una gran bondad nativa, que ni el martirio de la esclavitud pervierte, ni se oscurece con su varonil bravura”. (Martí, 1991, T11:72).

O cuando destaca la gratitud: “Ungido traen el rostro, más por el agradecimiento al Norte que peleó por ellos, que por la libertad de que en él gozan”. (Martí, 1991, T 10:86)… “Los soldados negros… vitoreaban al que fue su enemigo, y… celebraban… el olvido de aquel mal entendimiento de ha veinte años…”. (Martí, 1991, T10:170-171)

Bondad y gratitud que le Apóstol sintetiza en: “La raza negra es de alma noble… El júbilo de las almas se les desborda por el rostro: quien no ha visto luz de alma, aquí la vea… Si se toca a sus ojos, de seguro responden las lágrimas”. (Martí, 1991, T 10:86)

La utilización del término nobleza para generalizar un conjunto de valores que aprecia en la raza negra adquiere entonces una doble significación. Por un lado porque muy bien conoce el Apóstol cuán ficticio y ajeno a su etimología es el uso del término entre los que se vanaglorian de poseerlo por razones de sangre o por haberlo adquirido en no siempre elegantes lides. Por otro, porque entre los negros sí encuentra virtudes –ajenos a la doblez que caracteriza a las cortes europeas y a sus referentes miméticos del otro lado del Atlántico – que a su juicio debieran ser los elementos determinantes en la escala nobiliaria si esta necesariamente tuviera que existir.

Al destacar aquellos rasgos, entre los que incluye también la humildad, Martí fundamenta lo que pudiéramos denominar su taxología moral: “Vuelven los negros humildes, caído el fuego que en la hora del espanto les llameó en los ojos, a sus quehaceres mansos y su larga prole” (Martí, 1991, T 11:76)

En su obra se reitera la humildad en una doble acepción, la que expresa cierta conformidad con una vida sencilla, de carencias inclusive, y la que la ubica como antípoda de nobleza, como “bajeza de origen”. Valga recordar sus referencias a que su madre era una mujer humilde, que su padre era un soldado y que su hijo sería un trabajador. Se refiere con frecuencia a los “negros humildes” y con frecuencia también suscribe la unidad entre los negros y los blancos humildes, para signar dicha virtud con una consideración muy apreciada en su escala de valores, puesto que “todo lo justo y lo difícil” empieza “por la gente humilde…” (Martí, 1978, 34)

Nos lleva además el Maestro de la mano a otras consideraciones, de gran actualidad aún hoy, a partir de un rasgo presente en las comunidades negras, aunque no exclusivo de ellas, que relaciona con la pobreza y con el desarrollo de las capacidades intelectuales: “Y crecen: porque los ignorantes y los pobres, privados de los goces finos del espíritu, son padres fecundos”. (Martí, 1991, T 11: 238)

Sin embargo de forma cariñosa y bella, Martí justifica las razones que determinan la fecundidad de los negros a partir de una síntesis que junta el menosprecio a que se ven sometidos con su capacidad de amar, como quien descubre en ellos un cariño potencial que precisa encarnarse en otros, que requiere volcarse en los demás y que a falta de la “compañía que les niega el mundo” (Martí, 1991, T 12: 335) no tienen otra alternativa que creársela: “se reproduce con la fecundidad de los infelices, que buscan en su mujer el goce y compañía que el hombre venturoso halla en más de una fuente, y no sólo en la alcoba”. (Martí, 1991, T 12: 324)

Más, en su enjuiciamiento se aparta de la justificación estrictamente racial, toda vez que generaliza entre los “ignorantes y pobres” las causas de la prolija descendencia.

Con ello realiza una notable contribución sociológica respecto a la estrecha relación entre fecundidad y niveles de desarrollo. Sabido es que tal determinismo –y Martí lo registra con acierto – guarda relación con otros factores de muy diversa naturaleza, entre los que no deberían faltar los de carácter cultural y religioso, los relacionados con el concepto predominante de familia, a los que se suman los dependientes del acceso a la protección de la salud y a la educación, para darnos una aproximación de la calidad de vida y de las expectativas que con maestría sintetiza en la expresión “goces finos del espíritu”.

Igualmente interesante es su definición de las vías para solucionar ese agudo problema que aún persiste hoy, al expresar que “El hombre ha de crear: ideas o hijos”. (Martí, 1991, T 12: 335) Belleza y síntesis se juntan para darnos una excepcional lección.

En su obra reitera “…la imaginación tempestuosa de los negros… (Martí, 1991, T 11: 68) “tan sentidores de lo noble y tan capaces de lo intelectual como nosotros…”. (Martí, 1991, T 4: 204) Años antes se había referido al mismo tema con su proverbial agudeza y no sin cierta agresividad hacia los racistas de Norteamérica, a la par que criticaba la marginación a que se ven sometidos nuestros hermanos de origen africano: “Y no quieren ver los negrófobos… las listas que los diarios están publicando estos días de negros ricos, que han hecho fortunas sin contratos de ayuntamiento ni concesiones de ferrocarriles, y negros actores, que los ha habido famosos, y tan buenos en las tragedias como en la caricatura, y negros autores, que van siendo ya muchos, y se distinguen en el periódico y en la teología, acaso porque en ésta hallen un tanto de la piedad y el consuelo que les niega el mundo”. (Martí, 1991, T 12: 293)

Como cuando registra: “Hoy es un negro que se lleva en la Universidad de Harvard el premio de oratoria; y mañana un cadete del Sur, que saca diez puntos en la academia de West Point a los yanquis más hábiles…” (Martí, 1991, T 12: 425)

A la vez que manifiesta un decidido reconocimiento a los valores morales e intelectuales que aprecia entre los negros, demuestra una ilimitada confianza en sus capacidades: “Trae cada raza al mundo su mandato, y hay que dejar la vía libre a cada raza, si no se ha de estorbar la armonía del universo, para que emplee su fuerza y cumpla su obra, en todo el decoro y fruto de su natural independencia…”.(Martí, 1991, T 11: 72)

Entre las virtudes y bondades que apreció el Apóstol en ese fundamental componente de nuestra nacionalidad, destaca sobremanera la valentía, el espíritu indoblegable, el coraje, y especialmente la lealtad. Son frecuentes sus referencias al espíritu guerrero con que se defendieron los africanos de las potencias europeas. No pocas veces lo denominó “indómito”, ya que “… ni la esclavitud que apagaría al mismo sol, puede apagar completamente el espíritu de una raza…” (Martí, 1991, T 11: 73)

A la par que determina las raíces íntimas que sirven de fundamento a la valentía y el apego a la razón, el Maestro vaticina las consecuencias que necesariamente tendrá la lucha por la defensa de sus derechos: “A muchas generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires”. (Martí, 1991, T 4: 189)

Por ello no vacila Martí en su artículo “Mi raza” en igualar a blancos y negros en la lucha por la libertad de la patria que los vio nacer. Y junto al espíritu de lucha, a la abnegación de que hacían gala, a la entrega y la destreza en el cumplimiento de su sagrado deber, junto a la lealtad significa el Maestro su sentido del honor y de la disciplina: “Allí no tiene el cubano negro escuelas de ira, como no tuvo en la guerra una sola culpa de ensoberbecimiento indebido o de insubordinación”. (Martí, 1991, T 4: 97)

En fin, Martí logra descubrir en los negros los valores que muchos de sus contemporáneos les negaban o no les querían ver. Desentraña en sus dolores la energía de su indomable coraje y la potencialidad para las luchas futuras. Juzga sus excesos en acertado equilibrio con los odios que los engendraron. Y destaca su excepcional capacidad de amar, apreciaciones todas que encuentran en su “Lectura de Steck Hall” brillante proyección: “Pero a los que han estudiado en sus hogares su capacidad para el sacrificio y la virtud: a los que han adivinado en sus corazones el perdón de todas las ofensas y el olvido de todas las injurias; a los que en horas de común angustia han sabido estrecharlos a su pecho; a los que han abierto sus heridas para poner, donde había veneno, bálsamo, a los que han tenido amor bastante para afrontar a su lado sus problemas, y virilidad sobrada para unir al blando consejo el severo raciocinio en la represión de sus exaltaciones naturales; a estos, los aman”. (Martí, 1991, T 4: 204)


Referencias bibliográficas:
  1. Guerra Castañeda, Armando: Martí y los negros. Imp. Arquimbau, La Habana, 1947
  2. Martí, José: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales; La Habana, 1991.
  3. “Para las escenas”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, No.1, 1978
  4. Poey Baró, Dionisio: Comunicación personal al autor Schulman, Ivan A.: “Desde los Estados Unidos: Martí y las minorías étnicas y culturales”, revista Los ensayistas, No. 10-11, marzo 1981, pp.139-152 Fuente: Más Zabala
  5. Carlos Alberto: José Martí: del antiesclavismo a la integración racial, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1996
Fuente: Cubarte Subir
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