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El P. R. C. culminación de la ideología revolucionaria martiana

Sumario: La teoría martiana para la liberación nacional. Martí, Calixto García y la Guerra Chiquita. Carta a Gómez de 1884: La guerra para fundar un pueblo. Martí como estrategia antimperialista. La emigración y la fundación del P.R.C.

Pedro Pablo Rodríguez

Cuando en enero de 1892 la emigración cubana de Cayo Hueso aprobó en emotivo acto patriótico la creación del Partido Revolucionario Cubano, quizás no muchos participantes avistaron las diversas aristas y profundas sendas que se abrían con aquel acto. Pero con toda seguridad hubo, al menos, un hombre francamente consciente del alcance de tal hecho en aquella época histórica: el redactor de las Bases y de los Estatutos secretos y principal artífice del nuevo partido, José Martí.

El camino político e ideológico seguido por el Maestro, desde su incorporación a la lucha por la independencia en 1868 -que le valiera la prisión con trabajo forzado y el exilio- hasta su muerte en combate en 1895, es una marcha ascendente que lo lleva a ser el ideólogo y dirigente político de la liberación nacional de América Latina.

Para comprender ese proceso, en el que la creación del Partido Revolucionario Cubano marca el punto culminante del período en que Martí se apresta a comenzar su magna obra, y, por ello, el inicio de una etapa superior en su obra políticorevolucionaria, hay que considerar tanto algunos acontecimientos en la vida política del Maestro como la evolución de sus ideas; unos y otras en estrecha interdependencia.

Desde el comienzo de la Guerra de los Diez Años, el adolescente Martí testimonió con elocuencia su alineación política: "O Yara o Madrid" tituló a uno de sus primeros escritos, y de apóstata calificó al compañero de estudios incorporado al cuerpo de voluntarios españoles en carta que firmó con Fermín Valdés Domínguez y que lo llevó a proceso judicial y condena de seis años de presidio.

La actitud posterior de Martí en España y en los países latinoamericanos en que vivió hasta su regreso a Cuba en 1878, indican su permanencia en su filiación independentista, la que si no le impregnó el espíritu con las vivencias de la guerra en el campo de operaciones, sí le marcó el alma y además el cuerpo con las no menos terribles situaciones de la cárcel descritas en El presidio político en Cuba.

Pero su regreso al país es lo que le permite, mediante la participación directa en los trajines conspirativos, iniciar el análisis y comprensión de por qué la Guerra de los Diez Años no desembocó en la República independiente cubana sino en el Pacto del Zanjón.

Desde el punto de vista de la dirección, exclusivamente, la Guerra de los Diez Años no contó con una fuerza, órgano o institución que les diera una coherencia y unidad de actuación en todo momento a los combatientes por la independencia. Un cúmulo de razones lo explican; en síntesis se pueden englobar en la afirmación de que la nacionalidad cubana aún no se había logrado, y que precisamente la guerra fue el proceso que le permitió cuajar como tal. Como dijera Fidel Castro el 10 de octubre de 1968 en su discurso por el centenario:
"Hace cien años no existía esa conciencia, hace cien años no existía un pueblo con pleno sentido de un interés común y de un destino común".
La estructura de gobierno de la República en Armas creada por la Constitución de Guáimaro dio pie a las constantes fricciones entre la Presidencia, la Cámara de Representantes, la jefatura del Ejército y los distintos jefes militares.

Sabemos, por supuesto, que la Constitución no fue más que la expresión del estado de desarrollo de la conciencia nacional entre los diversos sectores sociales del país integrados a la lucha armada, y que también son consecuencia de ello las diferencias entre las instancias y jerarquías de gobierno y mando y entre los hombres que las ejercieron.

En otras palabras: un análisis marxista debe partir del conocimiento de las estructuras sociales (económicas, políticas, ideológicas, etc.) y de las contradicciones que enfrentan a las clases sociales para, sobre esta base, estudiar las formas mediante las que estas manifiestan tales antagonismos. En el caso de una sociedad colonial este esquema debe completarse con los elementos que explican la posición de cada grupo social ante las relaciones coloniales de dominación.

Para lo que nos interesa en esta ocasión es suficiente establecer el significado de la ausencia de una dirección única y centralizada en el desenvolvimiento y fin de la Guerra de los Diez Años, problema que resultó evidente muy pronto para los propios combatientes, quienes asumieron posiciones críticas hacia una u otra de las jerarquías de decisión (Presidencia, Cámara, Ejército). Es por eso, pues, que "el problema de la dirección" estará constantemente sobre el tapete de las discusiones entre los revolucionarios cubanos en los años siguientes a 1878.

Es claro que no podemos pedirles a los criterios vertidos en aquellos años una comprensión como la que se puede ofrecer en nuestros días como resultado de investigaciones asumidas con la metodología del marxismo. Pero sí se trata, en el caso de Martí, de entender cómo, a través de una práctica histórica y de una aprehensión de su realidad que se apartó en mucho de los puntos de partida teóricos del momento, se llegó a resolver este "problema de la dirección" del movimiento revolucionario cubano, al alejarse de los razonamientos que quedaban en la epidermis de la cuestión.

En el orden de la práctica histórica hay que estimar la participación martiana en la conspiración y organización de la Guerra Chiquita. Situémonos en el momento -1879- y comprendamos cómo tiene que haberse desarrollado aquel joven recién llegado del exilio, sin experiencia militar en la contienda terminada a poco y que solo cuenta en su aval revolucionario con la estancia en el presidio. Martí, activo conspirador en La Habana durante el año 1879, deportado a España y muy pronto fugado de la misma, se convierte en Estados Unidos en un elemento activo y de importancia en las tareas cotidianas de preparación de la expedición que dirigirá el general Calixto García, como jefe del movimiento, en apoyo de los que ya se han alzado en la Isla. Sin lugar a dudas que este período señaló un salto en su estatura política: realizó labores conspirativas de diversa índole y asumió responsabilidades de importancia en las esferas de la dirección política del movimiento revolucionario cubano.

Es eso lo que le permite la agudeza que se observa en el párrafo que sigue de la Proclama escrita a nombre del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, donde se anuncia la llegada de Calixto García a Cuba:
"Con el general García ha ido a Cuba la organización militar y política que nuestra patria en lucha requería; con el hombre en armas ha ido un hombre de deberes; con la espada que vence, la ley que la modera; con el triunfo que autoriza, el espíritu de la voluntad popular que enfrena al triunfador. A vencer y a constituir ha ido el caudillo, no solo a batallar. No a abarcar en sus manos un poder omnímodo, cualesquiera que puedan ser las razones que para ello le dieren los amigos de semejantes soluciones. A prepararnos para la paz, en medio de la guerra, sin debilitar la guerra: a esto ha ido."
Nótese cómo en esta ocasión -1880-, Martí, al referirse al arribo a Cuba de Calixto García, habla de organización militar y política y cómo la idea se aclara con las frases que le siguen. ¿No es una manera delicada y sutil de comparar con lo sucedido en la guerra anterior al decir que esa organización era lo que la patria en lucha requería? ¿Acaso no hay una crítica que se desliza suave y cuidadosamente porque Martí no puede ni quiere enfrentar a los hombres que han sostenido la Guerra de los Diez Años? ¿Y qué frases más directas cuando habla de que el caudillo ha ido a más que batallar a vencer y a constituir, a prepararnos para la paz en medio de la guerra?

En el texto se observa ya una preocupación que se irá acrecentando en el Maestro en el curso de los años, a medida que aumente su experiencia política, su trato con los hombres del 68, su conocimiento de las situaciones cubanas y su percepción de los fenómenos que indicaban el paso a una nueva época histórica: la del imperialismo.

En 1884 Martí pasa por un momento difícil, posiblemente uno de los más en su nada fácil carrera política. En Nueva York se encuentran los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo: el héroe de la invasión a Las Villas, maestro de jefes y brillante estratega, y el valiente, disciplinado e intransigente jefe de la Protesta de Baraguá. Son la historia viva -y de la mejor- de la guerra y de la patria. Están uniendo opiniones, colectando recursos, preparando una nueva guerra, porque a pesar del Pacto del Zanjón no han cejado en sus esfuerzos independentistas.

"Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento...". Así escribió Martí a Máximo Gómez el 20 de octubre de 1884. La brillantez de la imagen ha llevado a repetirla con frecuencia cuando se habla del asunto; pero se ha olvidado un tanto comprenderla dentro de la totalidad de la misiva. Más difícil es aún concebir que esa carta nos indica el camino por el que avanza Martí en sus concepciones sobre cómo dirigir la guerra por la independencia.

"¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después en él?"

Y más, adelante, Martí niega su apoyo "... a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente honrado el que la capitanee; -a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; -a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y terribles fines, cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito..."

¿A qué niega Martí su concurso? A la manera lógica de responder situándose en uno de los opuestos -la dirección del movimiento revolucionario centralizada absolutamente en el jefe militar supremo- que pueden ofrecer los que han sufrido la "tiranía del poder civil" de la Cámara, como se le llegó a decir inclusive. Entonces, ¿Martí es un "civilista"? ¿Responde en 1884 como han hecho ya algunos de los participantes "civiles" de la gesta heroica, defendiendo a capa y espada las normas establecidas en Guáimaro y los organismos ejecutores de las mismas?

Muchas veces se ha respondido que sí.

Léanse de nuevo las citas. Póngase atención en algunas ideas claves: campaña intentada como un servicio al país, tentativa armada para poner en manos del país las libertades públicas.

No se trata de contraponerse irreflexivamente a una afirmación frecuente. Es preciso ver cómo el Maestro enfrenta opiniones de los generales Gómez y Maceo, quienes estiman imprescindibles plenos poderes y mando absoluto en todo sentido para el jefe del movimiento (Gómez), sin pedir un órgano legislativo o instituciones "civiles" que limiten a aquel. Martí emplea términos vagos como el país, el pueblo a fundar, sin precisar quién, quiénes o cuáles formas representan al país, pero dan lugar a pensar en las formas rechazadas por los generales.

De quedarnos con el texto de 1884 podríamos afirmar quizás, que hay imprecisión, pero cuando leemos las Bases y los Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano, constatamos que en los años que corrieron de 1884 a 1892 se conformaron precisiones conceptuales decisivas en Martí.

¿Cómo y por qué llega Martí a concebir la creación de un partido político? La Revolución Cubana ha reclamado reiteradamente el pensamiento de José Martí como una de sus fuentes ideológicas y teóricas y ello nos ha permitido iniciar un conocimiento más cabal de su figura. En la actualidad no caben dudas de que Martí comprendió algunos aspectos relevantes del naciente imperialismo norteamericano y de que se lanzó a una veloz y desigual empresa desde finales de la década de los ochenta del pasado siglo (siglo XIX, n. de la R.): impedir la expansión imperialista de Estados Unidos hacia el sur del continente, levantando en Cuba una "república nueva" tras la independencia de España. Sin detenernos a describir de un modo acabado las ideas del Maestro sobre este asunto, es necesario recalcar que su concepción sobre el partido es un elemento -y de notable importancia- dentro de su estrategia político-revolucionaria.

Si por ahora resulta difícil precisar un momento exacto, se puede aseverar que ya desde unos años antes de crear el Partido Revolucionario Cubano, Martí elaboró el objetivo primordial de su actuación política:

"...impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América". Basta para ello una simple lectura de sus trabajos Madre América, discurso pronunciado en la Sociedad Literaria Hispanoamericana en diciembre de 1889; Nuestra América, publicado por primera vez en un periódico mexicano en enero de 1891, y de sus crónicas periodísticas sobre la Conferencia Internacional Americana celebrada entre 1889 y 1890 y la Conferencia Monetaria Americana de 1891 en la que participó como delegado de Uruguay.

De acuerdo al objetivo antimperialista, el Maestro no piensa en la independencia de Cuba siguiendo únicamente los dictados de su amor patrio manifestado continuadamente desde los 16 años, sino que sus actos trascienden los marcos alcanzados durante la Guerra de los Diez Años por los dirigentes independentistas del pueblo cubano y exigen una definición de cómo impedir esa extensión norteamericana por las Antillas hacia Nuestra América. Por tanto, Martí explicará que se constituirá una "república nueva" donde no se repitan las situaciones de las repúblicas latinoamericanas, que en su interior poseen factores que pueden sustentar las nuevas formas de colonialismo imperialista.

Pero es claro que para esa "república nueva" cubana hay que comenzar por obtener la separación política de España. O sea, mediante la "guerra necesaria" hay que lograr la independencia, pues no hay otra salida del dominio español, para Martí, que la lucha armada.

Aquí es donde cobra todo su valor la concepción martiana sobre el partido. Se trata de que toda su estrategia comienza por buscar los modos más naturales de llegar a la guerra por la independencia, paso inicial e insoslayable dentro de la misma. Ya hemos visto la experiencia política anterior con que cuenta Martí: la Guerra de los Diez Años y el irresoluto "problema de dirección".

Se trata, entonces, de buscar formas que puedan salir del bache ideológico "militarismo-civilismo", que hacen ver el asunto como un problema de hombres y de formas institucionales contrapuestas y que ha impedido, desde 1878, entre otras cosas, la unión de las fuerzas social e ideológicamente alineadas en la corriente a favor de la independencia.

La agrupación de elementos en una organización vertebrada en jerarquías e instancias de decisión permite a Martí, además, ir promoviendo una participación política que desde su principio no aparezca viciada por el regionalismo y el caudillismo, de manera de ir preparando la República desde la guerra. Y si es cierto que el caudillismo es considerado un mal de las repúblicas de América Latina, Martí no pretende sustituirlo por fórmulas de gobierno alejadas del país, que den lugar en definitiva, como dice sagazmente en su ensayo Nuestra América, a ese caudillismo como lógica respuesta del "hombre natural" al europeizante y colonizado que pretende hacer valer esquemas de gobierno y de política propios de situaciones diferentes.

¿Acaso algo de esto, salvando las distancias históricas, no se revela en las polémicas y rencillas de nuestra Guerra de los Diez Años?

Por otra parte, no se puede pasar por alto la experiencia de "mundo moderno" vivida por Martí, tanto en Europa como en América Latina y, sobre todo, en la república norteamericana, es una instancia social en la que las cuestiones se dirimen sobre la base de las agrupaciones partidarias. Hasta en la propia Cuba, colonia política de España, después de 1878 se fundan partidos políticos legales que modernizan las mediaciones políticas entre algunos de los diferentes sectores sociales del país y sus representantes. ¿Cómo, pues, el partido de la independencia no se va a estructurar como tal? ¿Cómo no va a asumir las formas superiores de la política de su tiempo, cuando sus contrincantes autonomistas e integristas así lo han hecho?

En otro orden de cosas, para ubicar en su justo lugar la concepción sobre el partido en Martí, hemos de considerar, aunque no lo desarrollemos en esta ocasión, el propio grado de desarrollo organizativo alcanzado por la emigración cubana. Ella influye en las ideas del Maestro por dos vías: una, la existencia de numerosos clubes y asociaciones de emigrados en Cayo Hueso, Tampa, Nueva York y Filadelfia, con amplia experiencia en las labores patrióticas y de apoyo a los que luchaban dentro de Cuba cuando la guerra; otra, la influencia numérica mayoritaria de trabajadores, sobre todo tabaqueros, en tales organizaciones.

Es obvio que quien en 1891 había señalado en "Nuestra América" como causa fundamental del fracaso del liberalismo en las repúblicas latinoamericanas la no integración a partir de sus esquemas políticos del "hombre natural" -el indio, el negro-, se solidarice con tales elementos "naturales" de su propio pueblo. De hecho, se observa ya desde fines de la década del 80 una verdadera "toma de partido" por Martí hacia los sectores más explotados de la población cubana (negros, campesinos, trabajadores), que se evidencia en su labor magisterial en la asociación de emigrados La Liga, en Nueva York. Pero decisivo fue, indudablemente, fundar el Partido Revolucionario Cubano sobre las organizaciones predominantes obreras de la emigración cubana en Estados Unidos: la profundización en la problemática social de Cuba se agudiza en sus trabajos de Patria entre 1892 y 1895, al mismo tiempo que su acercamiento a diversos sectores trabajadores se hace más explícito.

No se piense que se presenta aquí un Martí líder del proletariado. Se trata de señalar un acercamiento a los grupos populares del país, sostén fundamental de su programa político de transformaciones sociales en la "república nueva", pero sin llegar a considerar a Martí expresión únicamente de una clase social entonces muy débil en cuanto a su desarrollo en Cuba.

Por eso, el Partido Revolucionario Cubano será, para Martí, sumar y hasta sus propias estructuras parten de y mantienen como célula de base a las asociaciones y clubes de los emigrados. Por este camino, la creación y actuación posterior del partido significan también el ascenso de Martí como dirigente político de los emigrados cubanos primero y de todo su pueblo después. Con lo cual se reafirma su línea de acción dirigida hacia la liberación nacional de Cuba y de Nuestra América al enfrentar los primeros pasos del imperialismo norteamericano en formación.

Una organización política partidaria sirve para solucionar un conjunto de aspectos diversos, por lo que es perfectamente natural que Martí escoja esta vía para dar los pasos iniciales hacia la consecución de sus propios objetivos políticos.

Es en este sentido que la creación del Partido Revolucionario Cubano es la culminación de la ideología revolucionaria martiana en tanto y en cuanto de ese modo se concretan de manera práctica sus objetivos, a la vez que abre una nueva etapa en su vida y sus ideas: la del dirigente de hombres enfrascados en la materialización de sus ideas.

Hasta 1892, Martí había anunciado y alertado desde la prensa y la tribuna los peligros que acechaban a Nuestra América. Con el Partido Revolucionario Cubano comienza la obra de unión de diversos intereses y sectores del pueblo cubano en torno al objetivo inmediato: la independencia de Cuba.

El 5 de enero de 1892 los emigrados cubanos de Cayo Hueso aprobaron la creación del Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril de 1892 también en Cayo Hueso se anunció la proclamación oficial del partido: se iniciaba así la primera campaña contra el imperialismo norteamericano en América Latina. 24 de enero de 1975

RECUADRO 1

Las bases del Partido Revolucionario Cubano son la concreción en síntesis de las ideas políticas martianas y constituyen un verdadero programa pues en ellas se definen: RECUADRO 2

Los partidos suelen nacer, en momentos propicios, ya de una mesa de medias voluntades, aprovechada por un astuto aventurero, ya de un cónclave de intereses más arrastrados y regañones que espontáneos y unánimes, ya de un pecho encendido que inflama en pasión volátil a un gentío apagadizo, ya de la terca ambición de un hombre hecho a la lisonja y complicidad por donde se asegura el mando. Puede ser un partido mera hoja de papel, que la fe escribe, y con sus manos invisibles borra el desamor. Puede ser la obra ardiente y precipitada de un veedor que en el ansia confusa del peligro patrio, congrega las huestes juradas, en su corazón flojo, al estéril cansancio. Pero el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió en la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible; sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la República, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.El P. R. C. culminación de la ideología revolucionaria martiana. El P. R. C. culminación de la ideología revolucionaria martiana Patria, 3 de abril de 1892

RC/VM/cpl

Relación de notas.

Pedro Pablo Rodríguez (La Habana, 1946). Investigador del Centro de Estudios Martianos. Actualmente está al frente de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí. Subir
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