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Martí y el socialismo de Cuba

Por Carlos Ripoll

ÍNDICE

Acaba de aparecer en La Habana un libro cuyo título dice buena parte de lo que trata: Martí y Marx en el socialismo de Cuba, no en Cuba, como se emplearía para referirse a la presencia de la doctrina en el país, sino de Cuba, como algo indígena, allí creado. No se habla, pues, en ese libro, como lo hicieron Blas Roca y el Che Guevara en los suyos, en 1946 y 1965 (Los fundamentos del socialismo en Cuba, y El socialismo y el hombre en Cuba), sino del socialismo de Cuba, del que allá han inventado.

Dos trabajos forman Martí y Marx en el socialismo de Cuba: el primero lleva el título “Martí y Marx, raíces de la revolución socialista de Cuba”, y lo firma Armando Hart, hasta hace unos años ministro de cultura, hoy director de una Oficina del Programa Martiano; el otro es de Raúl Valdés Vivó, de la vieja guardia estalinista, actual director de la Escuela Superior del Partido, y lo titula “Martí y Marx son nuestros”.

El propósito de ambos es el de acercar Martí a Marx y el de justificar los flirteos del socialismo cubano con doctrinas y figuras que poco o nada tienen que ver con él. En lenguaje común eso se llama oportunismo, en la jerga de la dialéctica materialista, revisionismo. El oportunismo consiste en supeditar los principios a las ventajas que se derivan de una conducta. En el Diccionario del Comunismo Científico, publicado en Moscú en 1984, se lee: “El revisionismo es una tendencia ideológica y política hostil al marxismo-leninismo… El revisionismo es una clase de oportunismo”.

Ese oportunismo es el que, después del colapso de la Unión Soviética practica el gobierno de Cuba para mantenerse en el poder: un socialismo apuntalado y deforme. La Constitución de 1976 proclamaba como guías únicos del país a “Marx, Engels y Lenin”, y luego, en 1992, reformaron la Constitución para aparecer “guiados” también “por el ideario de José Martí”. Este libro de Hart y Valdés Vivó viene a ser un anuncio de los cambios constitucionales que hacen, nuevas máscaras para tranquilizar la población y engañar a los críticos del extranjero. Las trampas que están manejando en el mundo de la ideas se insinúan aquí. El común denominador de los dos trabajos es la desfachatez, la mentira y la falsificación. Por separado se han de analizar para mejor entenderlos.

Martí, Marx y “la revolución socialista de Cuba”

Cuando en 1977 se creó el Centro de Estudios Martianos, Armando Hart, como ministro de cultura dispuso que la institución debía “esclarecer los vínculos profundos entre el ideario martiano y la revolución contemporánea… [y] exponer con información y datos concretos los lazos que unen el movimiento democrático revolucionario del Maestro con el ideario socialista de Marx, Engels y Lenin”. Por mucho que se trató desde entonces, aun recurriendo a la arbitraria interpretación de textos, jamás aparecieron esos “lazos” y “vínculos profundos” entre Martí y Marx. Ya hoy, ante el fracaso de aquel proyecto, sin renunciar la mentira, se siguen otros caminos para situar a Martí cerca del marxismo.

Hart trata de esconder el repudio de Martí a esa doctrina cuando habló de su fundador y, entre otras, le hizo esta crítica: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”. Para lograr su propósito crea entonces un Martí hipócrita al decir que no era válida su condena de la violencia marxista toda vez que “en esa misma época Martí preparaba la guerra necesaria contra el poder español… que traería también enfrentamiento, muerte y destrucción”. Martí siempre estuvo conspirando contra España, al habla con cubanos que querían la independencia, pero en marzo de 1883, cuando escribió sobre Marx, ni él, ni ninguno de los viejos soldados de la Guerra Grande “preparaba” un nuevo levantamiento: poco antes Máximo Gómez le había advertido: “No ha llegado la hora”. Tres años hacía del fin de la Guerra Chiquita y aún faltaban muchos para que Martí iniciara su activa campaña a favor de la guerra del 95. En los días de su escrito sobre Marx vivía Martí en Brooklyn junto a su esposa y su hijo, había invitado a su padre a pasarse con él una temporada y era empleado de las oficinas comerciales de Carranza y Compañía, hacía traducciones para la casa Appleton y escribía en La América.

Conviene, además, recordar que el escrito de Martí sobre Marx es sólo parte de una extensa crónica en la que habló, con no menos lujos de estilo, de la muerte del poeta John Payne, la del bandolero George Elliot y la del millonario Morgan; de la política honrada del gobernador de Massachusets, de la caridad de una inglesa que educaba niños en Londres y del baile de Vanderbilt, al que le dedica más espacio que a los funerales de Marx, y del que da detalles precisos, y no como en el otro asunto en que confunde nombres, lugares y fechas, por lo distante que estuvo de aquella reunión en el Cooper Union, de Nueva York. Sorprendería a Martí la importancia que se le ha dado a su reseña de aquel acto, y a los juicios que hizo del muerto. Con más información e interés escribió Martí sobre políticos, artistas y escritores americanos y europeos, y sobre exposiciones de cuadros y de caballos, que de Carlos Marx. Y no tiene comparación su interés por Marx con el que despertó en él, en junio de ese mismo año, la inauguración del Puente de Brooklyn: “Los puentes son las fortalezas del mundo moderno”, dijo; “Mejor que abrir pechos es juntar ciudades”.

Como si se tratara de un demagogo, Hart inventa un Martí “dirigente de los obreros tabaqueros de Tampa”, lo que nunca fue; habla de “la presencia, conocida y valorada por Martí de marxistas” en el Partido Revolucionario Cubano, la que nunca existió; y vuelve al mito de un Carlos Baliño marxista en tiempos de Martí, cuando lo cierto es que Baliño entonces era, y lo fue por muchos años después, un ferviente defensor de la anarquía.

Por otra parte presenta falsas, forzadas o necias coincidencias entre el “socialismo de Cuba” y (1) “el inmenso saber de la modernidad europea” de Varela y de Luz Caballero; (2) “la más pura tradición ética de raíces cristianas”; (3) “las ideas de la masonería en su sentido de universalidad y solidaridad humana”; (4) “el pensamiento y el sentimiento de la familia de los Maceo y Grajales”; (5) “la tradición bolivariana y latinoamericana”; (6) "las ideas y los sentimientos antiimperialistas”; y (7) “el pensamiento socialista de Marx, Engels y Lenin, tal como lo interpretaron Mella, Villena, el Che y Fidel Castro”.

Varela, Luz, el cristianismo, la masonería, los Maceo, Bolívar, el antiimperialismo, Marx, Engels, Lenin, Mella, Martínez Villena, el Che y Fidel Castro, y ante tan intrépida mezcla recurre Hart a la comparación que hizo Fernando Ortiz de la cultura cubana con el ajiaco, aunque no de mucho rango, el plato nacional, y concluye: “Hoy podríamos decir que en el orden de las ideas filosóficas tenemos un ajiaco”. Bien por la confesión, pues así se entera el lector de lo que en verdad es el “socialismo de Cuba”: un ajiaco. Esta palabra, como se sabe, está formada por el vocablo “ají”, el fruto que lo condimenta, y el sufijo “aco”, que se usa para indicar lo despreciable, como en “libraco”, o lo extravagante, como en “pajarraco.” De esa manera, siguiendo la definición del antiguo ministro de cultura, igual que del latín verres (cerdo) salió la palabra “verraco”, ese autóctono y repleto “socialismo de Cuba”, para distinguirlo de los otros que no son del país, podría llamarse “socialism-aco”.

Luz y Caballero

Para justificar la mezcla de tan distintas doctrinas dice Hart: “Nos orientamos por el método electivo de la tradición filosófica cubana y el postulado de Luz y Caballero: ‘Todas las escuelas y ninguna escuela: he ahí la escuela’”. Es imposible negar que esas palabras en boca de Don Pepe, hubieran sido un sólido apoyo para justificar la mezcolanza del “socialismo de Cuba”. Pero eso no fue lo que dijo Luz: su aforismo es éste: “Todos los sistemas y ningún sistema: he ahí el sistema”. No habló de “escuelas”, sino de “sistemas” que es algo muy distinto: “sistemas” lo empleó, de manera correcta, como las reglas de que se vale un análisis, mientras que “escuela” es el espacio limitado de una doctrina. Con la palabra “sistema” reprodujo ese aforismo José Ignacio Rodríguez, con el número LXXVI, en la biografía de su maestro, publicada en Nueva York en 1874; y así está, con el número 607, en el libro con los Aforismos de Luz que compiló Roberto Agramonte en 1945 para la Universidad de La Habana.

El más elemental conocimiento de la historia de las ideas en Cuba hace ver que era imposible que Luz hubiera dicho “Todas las escuelas y ninguna escuela: he ahí la escuela”. Fue eso lo que combatió en el eclecticismo de Victor Cousin, que proponía un sospechoso programa de paz a las tendencias que en su época se debatían en Francia: revolucionarios del 89, bonapartistas, jacobinos, liberales, monárquicos, la aristocracia, la burguesía, el clero; dijo en el libro Du Vraie, du Beau, du Bien (1836), de su eclecticismo, que “venía a proponer a todas las escuelas un tratado de paz puesto que la práctica de excluir no había triunfado y era necesario probar el espíritu de conciliación” (“Il vient proposer à toutes les écoles un traité de paix. Puisque l’esprit exclusif nous a si mal réussi jusqu’à présent, essayons de l’esprit de conciliation”).

El repudio de Luz y Caballero no era a la conciliación de lo que se podía conciliar, a lo que llamó “legítimo eclecticismo”, y así dijo en su refutación del de Cousin, en el Diario de La Habana, el 31 de octubre de 1839: “Conciliemos, norabuena, lo que admita conciliación. Si el eclecticismo se hubiera limitado a esta buena obra no habría tenido opositores… Es ecléctico el venerable señor [Félix] Varela, el verdadero Descartes de nuestro suelo”. Y en el número 183 de su “Elenco de 1840”, recogido en la Vida de Don José de la Luz y Caballero, de José Ignacio Rodríguez, dijo: “Tuvimos pues razón en afirmar que, por do quiera que se mire este malhadado sistema de M. Cousin, cerrando las puertas del porvenir, acaba con toda especie de ideal”. Luz se daba cuenta del peligro que en aquel momento significaba para Cuba esa tendencia al llegar a lo político, y la combatió con energía, como puede verse en su Impugnación de las doctrinas filosóficas de Victor Cousin, publicada también en 1840 y que reprodujo la Universidad de La Habana en 1946 y 1948 en su Biblioteca de Autores Cubanos.

Lo mismo que en Francia y en otros países europeos, llevaba la aplicación de esa filosofía a aceptar el status quo, en Cuba iba a justificar el despotismo español. Y es curiosa coincidencia que aparezca ahora en Cuba una defensa de esa especie de eclecticismo funcional, teñido de un laxismo casuístico, trasnochado ecumenismo, como si se quisiera con él ahogar las voces que se oponen al gobierno.

Dijo Francisco González del Valle en su libro José de la Luz y Caballero como educador (1931): “Victor Cousin hizo propaganda del llamado eclecticismo en momentos en que en Francia convenía inculcar la idea de que no debían introducirse cambios en la organización política, sino mantenerse lo existente”. Medardo Vitier, en La Filosofía en Cuba (1948), creía que “lo que más incitó a José de la Luz a combatir la filosofía de Cousin fue el optimismo histórico en que se resuelve su visión de las ideas y el progreso. Esa justificación de todo en la Historia era, no hay duda, una teoría que pronto se trasladaba de la filosofía a la política”; Vitier basaba su juicio en estas palabras del propio Luz y Caballero, que antes había trascrito: “Uno de los motivos de que el eclecticismo hallara eco en Francia fue la aplicación que de él se hizo a la política: a un pueblo cansado con la lucha de opiniones, fue alucinarle con un calmante al hablarle de conciliación”. Sobre el mismo asunto Enrique Piñeyro, alumno predilecto de Luz, concluía en su libro Hombres y Glorias de América (1903) que el eclecticismo de Cousin fue “la última, la más abigarrada, aunque la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII… Los desequilibrios de la política francesa y el régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se estableció al impulso de la insurrección de 1830, convirtieron a Cousin en una especie de pontífice”. Y Félix Lizaso se preguntaba en su Panorama de la cultura cubana (1949): “¿Por qué se alarmó Luz y Caballero y combatió con tanto enardecimiento la doctrina del eclecticismo de Cousin? Porque esa filosofía derivaba hacia la política, y dadas las circunstancias que prevalecían en Cuba, viviendo bajo un régimen arbitrario y despótico, tal teoría significaba la aceptación de ese régimen”.

En su deseo de acomodar con simplezas a los fundadores de la conciencia cubana con el marxismo, agrega Hart:

La tradición intelectual anterior al Apóstol nos planteó a su vez el método electivo que comporta una elección a favor de la justicia que Luz y Caballero caracterizó como el sol del mundo moral. Para la cultura cubana esto no resulta antagónico con el pensar materialista dialéctico de Marx, muy al contrario, se complementa, a partir de asumir el ideal de redención del hombre en la tierra, el más alto desde el punto de vista ético.

Con semejantes comparaciones “el pensar materialista dialéctico de Marx” va a coincidir con cualquier religión o ideología política pues todas ellas de alguna manera se proponen redimir al ser humano.

La Philosophia Electiva (1797) del presbítero José Agustín Caballero, como luego la “ecléctica” del padre Varela, está basada en la idea de Santo Tomás, que le llega de la filosofía antigua, de que era posible seguir caminos diversos en busca de la verdad, puesto que algo de ella podía haber en distintas lugares. Es sabido que “ecléctico” y “electivo” son sinónimos y tienen la misma raíz griega: eklektikos, electiva: ek (??), fuera, y legein (???e??), escoger.

Pero la selección excluía cuanto tuviera que ver con la Iglesia: como dijo Roberto Agramonte en su José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana (1952): “Ejecuta [Caballero] la defensa de la libertad del hombre… en las cosas humanas, ya que no en las divinas, en que tal libertad está para él limitada”. Igual le sucede a Félix Varela con la Philosophie Ecclecticae (1812), también restringida por el dogma religioso: “A pesar de su recomendación del libre examen [Varela] detiene el razonamiento cuando puede peligrar la fe, ateniéndose entonces al principio divino”, como observa Rosario Rexach en El pensamiento de Félix Varela y la formación de la conciencia cubana (1950).

La fe para aquellos sublimes sacerdotes, como luego le pasó a Luz y Caballero, era “intocable”, "irreversible", como se afirma ahora del marxismo-leninismo en Cuba, pero, a diferencia de aquellos días en que se gestaba la nacionalidad, en los que mucho se podía hacer, y se hizo, aun con esa limitación, hoy es ridículo pensar en el progreso y la felicidad del pueblo cubano mientras exista ese socialismo "irrevocable", "irreversible" o “intocable” que reduce y condiciona al hombre. Es por eso una ironía advocar lo que sería un sano eclecticismo donde alguien posee la verdad. Es como si en los tiempos de Caballero, Varela y Luz se hubiera mantenido en todo el reinado de Aristóteles, y se hubiera declarado la escolástica también como algo “intocable”, que anula toda posibilidad de ajuste.

Las fiestas del Primero de Mayo

Uno de los más poderosos argumentos en contra del “socialismo” en Martí se encuentra en su carta de 1894 a Fermín Valdés Domínguez. Su repudio allí es concluyente. A ella va Armando Hart con el fin de restarle fuerza. Y es algo que escribió a menos de un año de su muerte, por lo que no sirve la excusa de algunos intérpretes marxistas, de que Martí estaba “en tránsito” hacia el socialismo.

Preparaban los exiliados en Cayo Hueso una fiesta para celebrar el Día de los Trabajadores, entonces el primero de mayo. Serafín Sánchez escribió un artículo para Patria el cual, según sus palabras a Gonzalo de Quesada, Martí no lo quiso publicar, porque hablaba de Robespierre y lo había escrito “con tinta roja [que] destila sangre”. Por su parte Valdés Domínguez, el gran amigo de Martí, parece que estaba en los preparativos de la fiesta y también le ofreció un escrito para Patria. De todos esos papeles sólo se conoce la respuesta de Martí, que dice de lo que aquí interesa:

Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos que, para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados... El caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla.

Y comenta Hart: “Obsérvese que Martí concreta los peligros de las ideas socialistas, como tantas otras, en la incultura y la maldad humana, es decir, en los factores subjetivos”. Y uno se pregunta, ¿en qué reduce eso el juicio severo de Martí? Pero para mayor claridad de lo que allí quiso decir debe leerse lo que escribió en Patria dos semanas antes de aquel primero de mayo, como para enterar bien a todos de sus ideas:

Otro peligro social pudiera haber en Cuba: adular, cobarde, los rencores y confusiones que en las almas heridas o menesterosas deja la colonia arrogante tras sí, y levantar un poder infame sobre el odio o desprecio de la sociedad democrática naciente a los que, en uso de su sagrada libertad, la desamen o se le opongan. A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio… Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución. Con equidad para todos los derechos, con piedad para todas las ofensas, con vigilancia contra todas las zapas, con fidelidad al alma rebelde y esperanzada que la inspira, la revolución no tiene enemigos.

“Martí y Marx son nuestros”

Así dice Raúl Valdés Vivó en la segunda parte del libro. Pero ni Marx ni Martí son de ellos. Con esa profusión de doctrinas y programas, el “socialismo de Cuba” no es ni marxista ni, por supuesto, martiano. Si se asomara hoy Marx a la realidad política, social y económica de Cuba, tendría que repetir, aunque por otros motivos, el juicio que hizo en 1882 al ver la torpe interpretación de sus ideas en Francia: “Lo que sé es que yo no soy marxista”, le confesó a Engels. Su yerno, Paul Lafargue, oriundo de Santiago de Cuba, acomplejado y resentido, según el propio Marx, hijo de un terrateniente con propiedades cercanas a la Sierra Maestra, difundía en París un marxismo que repugnaba a su fundador.

Al ver la formación de nuevas clases en Cuba, la explotación de los trabajadores por el Estado, los privilegios de la moneda dura y de los dirigentes, los intentos de conciliar el marxismo con ideas que le son hostiles y las concesiones al capitalismo extranjero (hoteles, empresas, casas de apartamentos, cultivos, minas, transportes, comunicaciones) Marx sería el más severo crítico del “socialismo de Cuba”: había dicho con Engels, en 1848, en el Manifiesto Comunista, de manera terminante y sin espacio para excepciones: “Los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada”. Pero no es aquí el lugar para discurrir sobre esa apostasía que, aunque ha enriquecido a tantos inversionistas de España, el Canadá, México e Italia, ha arruinado al país y mantiene en el poder a los herejes.

Por su parte la obra toda de Martí es extraña a ese “socialismo de Cuba” que defienden. Sus denuncias de los abusos del capitalismo y de los pujos imperialistas de los Estados Unidos, que vio amenazaban a la América Latina, ponen a Martí del lado de la justicia, pero no junto a ninguna doctrina particular que también maneje esas ideas, y menos aún si taimada las maneja para encubrir actos y programas contrarios a su pensamiento.

Bastan estos tres ejemplos para mostrar la manera absurda que emplea Valdés Vivó para unir a Martí con Marx; véase esta perogrullada: “Su afirmación [de Martí] de que la manifestación primera del hombre es su imaginación, madre del idealismo, coincide con el aserto de Marx de que la diferencia entre el hombre y el animal, incluso el que parece trabajar, como la abeja, es que el hombre es el único ser de la naturaleza que imagina el resultado del esfuerzo mental y físico que constituye su trabajo…”; y esta tontería: “La marcha paralela del pensamiento de Marx y Martí se demuestra en la universalidad de sus respectivos análisis”; y esta mentira: “Es notable coincidencia tanto Marx como Martí siempre rechazaron las ideas anarquistas”: Marx y Engels sí atacaron furiosos al anarquista fundador, Mijail Bakunin, pero Martí no pensaba así, su relación con Carlos Baliño anarquista niega validez a esa comparación.

En muchos lugares la obra de Martí se opone a los principios que iban a dar base al marxismo-leninismo. Fue por eso que Juan Marinello dijo en 1935, aunque hoy le ocultan en Cuba esas palabras, que Martí era “un gran fracasado”, “abogado de los poderosos”, motivo por el cual había que “dar la espalda de una vez a sus doctrinas”; y otro comunista notable, Ángel Pinto Albiol en su libro de 1946 El pensamiento filosófico de José Martí y la revolución cubana, lo califica de “pequeño burgués” cuya obra “está impregnada de un eclecticismo oportunista” que lo hizo “fundamentalmente anticomunista”.

En algunos de esos lugares de la obra de Martí, en que se ve su rechazo al marxismo, entra Valdés Vivó armado con bisturí y cortinajes, para sajar y esconder cuanto le estorba: 1) otra vez en los comentarios de Martí por la muerte de Marx; 2) en el Prólogo de los Cuentos de hoy y mañana, de Castro Palomino; y 3) en su juicio sobre una obra de Herbert Spencer.

“Karl Marx ha muerto”

El juicio de Martí sobre el “abestiamiento de unos hombres en provecho de otros” por el marxismo se le hace aquí aparecer como si Martí estuviera denunciando la explotación del obrero por el capital. Valdés Vivó sabe que en Cuba nadie puede acusar de mentiroso a un funcionario del gobierno, y no tiene reservas al mentir; las palabras de Martí sobre Marx son las siguientes:

Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante.

La “bestia” y el “abestiamiento” de que habla Martí, no se refiere, como pretende Valdés Vivó, a los capitalistas que abusaban del obrero, sino al obrero airado por las injusticias del capitalismo, por lo que, “en forzoso abestiamiento”, del proletariado, a Martí le “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, y concluye que se debe “de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia [en el obrero] cese, sin que se desborde, y espante”.

Y también le objetó Martí a Marx, en ese mismo escrito, el que anduviera “de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa”. Y por eso concluye:

¡No son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para el martillo fundador!

Con la misma falta de pudor con que tuerce esa crítica a Marx, Valdés Vivó trata de restarle validez haciendo de Martí un demagogo toda vez que sus “dudas” sobre el marxismo, dice, “respondían a la necesidad de unir todas las fuerzas para hacer en Cuba una guerra independentista victoriosa y crear una república con todos y para el bien de todos, en choque con los ricos egoístas”. Es decir, que Martí mintió en 1883, cuando habló de Marx, preparando lo que habría de serle útil en la guerra en 1895.

Con referencia al manido escrito de Martí sobre Marx no se puede decir más, ni menos, que lo que dijo, Medardo Vitier en su Martí Integral (1954), uno de los mejores libros, y más completos, sobre Martí:

La posición que adopta [al hablar de Marx] confirma dos modos suyos subrayados en este libro: su resuelta defensa de los desposeídos y a la vez su cautela en cosas donde juegue papel la masa. No oculta su simpatía por Marx como pensador que percibió el dolor de los humildes y describió males de la sociedad. Se detiene, prudente, ante las fórmulas marxistas, es decir, ante el remedio que preconizaba. Hasta ahí llegó y no pasó a más.

Y enseguida concreta su juicio Vitier; y agrega:

Todas las líneas ideológicas de su formación lo hubieran llevado a rechazar el comunismo. Que posteriormente hubiese abrazado un socialismo moderado, el que prácticamente se implanta hoy acá y allá, al menos en la creciente intervención estatal, eso pertenece a la conjetura… La explicación materialista de la historia, no; los medios de redención social, mucho menos; pero buena parte de los motivos de piedad humana que contiene el marxismo, ya los levantó a la luz de la conciencia el cristianismo hace dos mil años… No se trata sino de mantener sin mengua la dignidad humana. Organizar toda una tesis de catástrofe universal en nombre de la reorientación, ya eso es otra cosa. Y ante eso retrocedió aterrado Martí.

El mito de Carlos Baliño

Desde Fidel Castro hasta el último mequetrefe que allá se ocupa de acercar Martí a Marx, destacan su amistad con Carlos Baliño. Siguiendo lo escrito por Armando Hart; aquí dice Valdés Vivó:

Martí decía anhelar una República de trabajadores, elogiando en Carlos Baliño, dirigente de los obreros tabaqueros emigrados a Estados Unidos, a uno de sus heraldos. Al unirse a Mella para fundar el primer Partido Comunista de Cuba, Baliño demostróser merecedor de los elogios martianos.

Son también esas palabras un tejido de disparates y mentiras: jamás Martí dijo que quería “una República de trabajadores”, y jamás fue Carlos Baliño “dirigente de los obreros tabaqueros emigrados a Estados Unidos”, y menos “uno de sus heraldos”; y decir que el aprecio de Martí por Baliño, cuando éste era un fervoroso anarquista, lo merecía porque treinta años más tarde, renegado de sus ideas, se unió a Mella para fundar el primer partido comunista de Cuba, no es menos que una tontería.

El aprecio de Martí por Baliño se debía a lo que entonces era, no a lo iba a ser. Y conviene recordar que sólo en una ocasión publicó Martí algo de Baliño en Patria: fue su discurso del 10 de Octubre de 1892 en el que citó con elogio, fiel a sus creencias, a Dyer Lum, confidente de Robert Parson, ajusticiado con los otros anarquistas de Chicago; al anarquista español Pedro Estévez y al alemán Justus H. Schwab, fundador del Club Revolucionario de Nueva York, semejante al de August Spies en Chicago; a Giuseppi Fanelli, el anarquista italiano que fundó en España la Alianza Internacional de Trabajadores; y al más importante de todos, al ruso Bakunin, fundador del Movimiento Anarquista Internacional.

En tiempos de Martí, dos Clubs fundó Baliño, de los que fue presidente, y llevaban el nombre de conocidos anarquistas: el “Fermín Salvoechea”, por el activo sedicioso de Cádiz que en la época en que nacía en Cayo Hueso el Partido Revolucionario Cubano tomó la ciudad de Jerez auxiliado por los campesinos anarquistas de Andalucía, y el “Enrique Roig”, el más prestigioso anarquista de Cuba, propietario y dirigente del periódico El Productor. Y cuando en 1894 se constituyó Martí City, en la Florida, cerca de la ciudad de Ocala, por unos treinta cubanos que allí se establecieron, Baliño, no logró la alcaldía, ni el cargo de secretario, o de tesorero, o de alguacil, sino que tuvo que conformarse junto a otros cuatro que fueron elegidos, con el cargo de concejal (Alderman).

También con otros veinticinco cubanos de Cayo Hueso, Baliño estuvo en la Asamblea en que se discutieron las Bases del Partido Revolucionario Cubano a principios de 1892. Y, a pesar de las tres o cuatro veces que Martí habló en Patria con elogio de Baliño, no se sabe que tuvieran mayor contacto después de abril de 1893. Y a pesar de las valentonadas de Baliño antes de esa fecha, estuvo perdido en 1895 y no fue a la guerra.

Cuentos de hoy y mañana

Como casi todos los que por uno u otro motivo hablan del Prólogo de Martí a ese libro de Rafael de Castro Palomino, se ve que tampoco Valdés Vivó ha leído los cuentos que lo forman. Sólo a la luz de ellos se comprende el alcance de los juicios de Martí en relación con los problemas sociales; afirma Valdés Vivó:

Consecuente a sus propósitos de luchador por la dignidad humana, Martí puso en la picota, sin negar la buena voluntad de sus candorosos promotores, el comunismo premarxista, utópico, ajeno y hostil a la ciencia, que distintos grupos de emigrantes ensayaron en territorio de Estados Unidos.

No es verdad. Lo que Martí “puso en la picota” no fue “el comunismo premarxista utópico, ajeno y hostil a la ciencia”. Lo que Martí “puso en la picota” fue al marxismo tal como entonces se conocía, no muy lejano a como se desarrolló después; dice en su Prologo a los Cuentos de hoy y mañana:

Con tacto desusado, y con sereno juicio, ni a los ricos adula el autor de este libro, ni a los pobres increpa: ni a aquéllos oculta la urgencia de acatar el derecho del hombre a una vida remunerada y noble, ni a éstos esconde cuánto tendría de adementada y sangrienta la tentativa de imponer a una masa rica y fuerte, soluciones confusas o antihumanas, con las que se encrespa a veces... cuanto de volador y soberano encierra el admirable espíritu del hombre.

Y ¿qué es eso “volador y soberano” que “encierra el admirable espíritu del hombre”? Es la libertad de pensar, de inquirir, de soñar. Martí vio como indigno el acatamiento de un sistema que propusiera tales límites, “soluciones confusas o antihumanas”, los llama, y agrega:

Antes serán los árboles dosel de la tierra, y el cielo pavimento de los hombres, que renunciará el espíritu humano a sus placeres de creación, abarcamiento de los espíritus ajenos, pesquisa de lo desconocido, y ejercicio permanente y altivo de sí propio. Si la tierra llegara a ser una comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutas, que de rebeldes gloriosos el patíbulo.

El primer cuento de Castro Palomino narra la velada de unos personajes simbólicos que exponen sus ideas en una cervecería de Nueva York: el capital, el proteccionismo, el imperialismo militarista, el trabajo, el anarquismo y el marxismo; consultan con quien representa la sabiduría, Mr. Wisdom, hasta que, al final, quedan con éste sólo el capital y el trabajo. Les explica la importancia que cada uno tiene en la sociedad, y propone “una distribución más justa y equitativa de la riqueza”, con la que se ha de lograr, dice, “por una evolución natural de la sociedad”, el momento en “que el capital y el trabajo, hoy antagonistas, se unan y auxilien mutuamente”.

El otro cuento, “Del caos no saldrá la luz”, trata de dos individuos que llegan a los Estados Unidos después de haber participado en la Comuna de París. Conviene recordar que más de la tercera parte de los miembros elegidos en 1871 para el gobierno de la Comuna pertenecían a la rama francesa de la Primera Internacional, fundada en Londres siete años antes, cuyos líderes fueron Marx y Engels, por lo que ambos tuvieron elogios para ella, como después el propio Lenin.

Uno de los personajes es un joven idealista francés, y el otro un “comunista radical” alemán. En una mina de carbón del Estado de Pennsylvania crearon una colonia comunista siguiendo las normas de la Comuna francesa, pero fracasaron. El cuento se centra en la reunión que tienen diez años después, ya “ricos y felices”, con un tal Mr. Truth, abogado de Boston que se interesa en saber por qué no había prosperado el experimento. Tanto el francés como el alemán vivían convencidos de aquello había sido una locura, y dicen:

Lo que sucedía era natural que sucediera: nuestro entusiasmo y el deber que nos habíamos impuesto, por poderosos que fueran, no bastaban a apagar por completo nuestros sentimientos naturales de hombres, y el interés empezó a manifestarse… También habíamos suprimido la libertad, puesto que obedecíamos a leyes inflexibles de uniformidad grosera... sufriendo constantemente una inquisición perpetua, insoportable.

Pero por suerte para los que estaban en aquel lugar, no había fronteras vigiladas y, como era natural, empezó el éxodo: “Las deserciones fueron en aumento”, dijo el francés, “y en poco tiempo quedó reducida la colonia a unos cuantos ilusos sin criterio alguno”. Y concluía:

La sociedad sólo puede regenerarse por la reorganización de sus partes, y no es posible obtener mejora alguna por sistemas que sustituyan la acción individual por la dirección de un centro, cualquiera que éste sea. En vano se empleará la restricción para realizar lo que sólo puede hacerse por la libertad.

Y el otro comensal, Mr. Truth, con palabras de profunda sabiduría y visión del futuro, resume así el resultado de aquella experiencia:

La organización social no podrá soportar cambio alguno que trastorne las leyes naturales de la humanidad: cuando éstas se desprecian, la reacción es inevitable, y si esos cambios se imponen se necesitaría una fuerza coactiva para mantener el orden, porque los hombres no son ángeles... [y] esta fuerza formaría al fin un gobierno mucho más fuerte, mucho más tiránico que el que se destruyera... Los más fuertes se constituirían, por su valor u otras causas, en jefes absolutos, y sólo imperaría la ley de la fuerza... el principio de la tiranía. Ciegos e infructuosos serán todos los esfuerzos: la libertad económica sólo podrá adquirirse por la libertad política.

Bien le puso el título Castro Palomino a sus Cuentos, porque lo que imaginó en sus días, se hizo realidad en los nuestros: verdades “de hoy y mañana”. “Libro sano, libro generoso, libro útil”, lo llamó Martí en su Prólogo, y añadía: “La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente. Y este libro que enseña todo esto, es más que un buen libro, es una buena acción”.

Herbert Spencer

Sobre el tratado “La futura esclavitud”, que analiza Martí, comenta Valdés Vivó:

Por odio a la revolución de nuestros trabajadores, campesinos y estudiantes, los confabulados con el amo yanqui destronado en Cuba aspiran a regresar al pasado, acuden a falsificar el pensamiento de Martí. Ilustran a plenitud sus groseras tergiversaciones las que hacen con un artículo suyo sobre un libro de Herbert Spencer.

Y con el propósito de destruir tergiversaciones trae las suyas que consisten en destacar sólo una parte en el análisis de Martí, o manejarlo a capricho. Tergiversar es eso, del latín tergum y versare, volver al revés, y así los juicios falsos no son más que lo contrario de la verdad: en lugar del conjunto de cuanto llega al observador, se prefiere lo que conviene a quien lo cita. Y Martí advierte ese peligro en el mismo escrito sobre Spencer, pues le censura que “de fijarse mucho en la parte [el peligro socialista], se le han viciado los ojos de manera que ya no abarca con facilidad natural el todo [que debe incluir la justicia social]”. Al mentiroso le basta “la parte”; la verdad exige “el todo”.

Poco afortunada ha sido, entre las grandes virtudes de Martí, su honradez intelectual. Ella lo llevó a decir sin disimulo cuanto su inteligencia descubría, lo bueno y lo malo de las ideas, de los hombres y de las cosas. Y es por esa noble cualidad que en él no necesita lupa la trampa para callar su hambre: con mala voluntad, de lo suyo saca lo más cercano a su opinión el tramposo.

Conviene saber cómo llegó a manos de Martí ese tratado de Spencer. “The Coming Slavery” se titula, y es el segundo de los cuatro capítulos de su libro The Man versus The State, publicado en Londres en 1884. Martí tradujo el título con cierta libertad como “La futura esclavitud”, alejándola en el tiempo, y no como quiso decir Spencer según su escrito, la esclavitud que se acerca, o quizás la llegada de la esclavitud. En el mismo número de La América donde apareció el trabajo de Martí, cuenta cómo supo de la obra de Spencer. La encontró en The Popular Science Monthly que publicaba la casa Appleton, para la que en esos momentos hacía traducciones. Desde ese anuncio deja ver la dirección su juicio; dijo:

El número de abril del Mensuario de Ciencia Popular viene tan sólidamente hecho, que pesa como una biblioteca, y deja tanto fruto como ella… Ahora, en un solo número de periódico, un pensador, Herbert Spencer, señala el riesgo que ciertos pueblos modernos corren de caer en un degradante socialismo.

“La futura esclavitud” era pues, para Martí, producto de “un degradante socialismo”, y con parecida opinión empezó su ensayo: “Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección de los pobres, a un estado socialista que sería a poco un Estado corrompido, y luego un Estado tiránico”.

Se debe ir al original de “The Coming Slavery” y cotejar lo que Martí glosó de Spencer y lo que hay de su propia cosecha. El inglés vivía obsesionado con la creciente intervención del Estado en la sociedad. La edición de 1994 de The Man versus The State, de Cambridge University Press, cita una carta de Spencer, de poco antes de la publicación del libro, en la que le confiesa a un amigo su exasperación por el progreso del comunismo (“For some time past I have been getting more and more exasperated at the way things are drifting towards Communism, with increasing velocity”).

Lo primero que sorprende al leer los comentarios de Martí es ver cómo reaccionó de manera tan comedida ante algunas de las torpes opiniones de Spencer, él, que el primero de setiembre de ese mismo año escribiría para La Nación, de Buenos Aires, al ver los niños pobres en Nueva York: “Digo que éste es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado”.

Podría explicarse la discreta reacción de Martí ante Spencer por los intereses que tenía Appleton en la obra del inglés, tan famoso en sus días como Darwin, por lo que reprodujo The Man versus The State en libro tal como había aparecido en The Popular Science Monthly. Pero parece que el tiempo no disminuyó el aprecio, el respeto, al menos, de Martí por Spencer: en poder de sus alumnos pobres de La Liga andaban obras de Spencer, y en el discurso ante los delegados hispanoamericanos a la Conferencia Internacional de 1889, puso Martí a Spencer como símbolo del pensamiento junto a Bolívar representando la acción: “Nuestra América de hoy heroica y trabajadora a la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer de otro”.

A continuación, sólo como ejemplo, se transcriben pasajes del escrito de Spencer con sus ideas sobre la pobreza y sobre la intervención de Estado para remediarla; dijo de los pobres y de quienes los defendían:

Those whose hardships are set forth in pamphlets and proclaim in sermons and speeches which echo throughout society, assumed to be all worthy souls, grievously wronged, and none of them are thought of bearing the penalties of their own misdeeds… They are simply good for nothings, who in one way or other, live on the good for something, vagrants and sots, criminals and those on the way to crime.

¡“Los pobres de la tierra!”, de Martí. Y Spencer repudia la forma en que el Estado quiere combatir la miseria, en lo que descubre el peligro socialista:

The current assumption is that there should be no suffering, and that society is to blame for that which exists. The services of each will belong to the aggregate of all; and for these services, such returns will be given as the authorities think proper… “But why is this change described as ‘the coming slavery’”? Is a question which many still ask. The reply is simple. All socialism involves slavery… The final result will be a revival of despotism. A discipline army of civil officials like an army of military officials give supreme power to its head… It would need but a war with an adjacent society, or some internal discontent demanding forcible suppression, to at once transform a socialistic administration into a grinding tyranny like that of ancient Peru.

Martí, que coincide con Spencer en condenar los métodos del “degradante socialismo”, le reprocha al inglés su insensibilidad ante la pobreza, y comenta:

No señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Cuando conviene a su interés, Valdés Vivó destaca partes del análisis de Martí sobre esta obra de Spencer, por ejemplo: su critica al aristócrata para quien contaba poco “la gente baja”; su condena de “los juegos corruptores de la bolsa”; su protesta por “el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones”; pero duda si las reservas de Martí ante el socialismo de que habla Spencer son del inglés o de Martí, y se pregunta ante ellas: “¿Pensaría así Martí?” Y Martí como que contesta desde su mismo escrito con estas palabras:

Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría éste de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera… Con cada nueva función [del Estado] vendría nueva casta de funcionarios… De ser siervo de sí mismo pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre.

Martí suscribe cuanto dice Spencer, “no sin fundamento”, sobre el Estado limitando los derechos individuales. Basta cotejar lo escrito por Martí con lo que escribió el inglés para saber lo que es suyo. Cuando Martí cita las palabras del otro las pone entre comillas, y hay juicios e ideas de Martí que no están en el tratado de Spence

Otra vez en el análisis de “La futura esclavitud” aparece su visión sobre los problemas sociales: ¿La insensibilidad de Spencer ante la pobreza? No. ¿El socialismo de Estado que Spencer condena? Tampoco. Él quiere toda la justicia al amparo de la libertad toda, y tergiversa su pensamiento quien esconde o tuerce una en beneficio de la otra.

Conmueve esta recomendación de Martí al final de su escrito: “Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra”. Pero sin consuelo, sino con más dolores, como lo probó la historia, jamás habría disculpado Martí el marxismo-leninismo; ni el yerro (como el hierro que se le ponía al esclavo) del “socialismo de Cuba”, también sin consuelo y cuajado de sufrimientos y fracasos.

Del “ajiaco” y de otros asuntos

No deben quedar sin comentario otros asuntos de esta parte del libro. Al igual que hizo el antiguo ministro de cultura, busca Valdés Vivó refugio para sus ideas en grandes figuras de nuestra historia. No es menos que una falta de respeto recurrir a los patriotas cubanos, para apoyar ese “socialismo de Cuba”, además de “irreversible”, lleno de contradicciones y de crímenes; dice:

Como también piensan ahora los revolucionarios de todas partes, los de Cuba consideran indispensable unir la ideología consustancial al internacionalismo de la clase obrera, elaborada en lo fundamental por Marx, Engels y Lenin, con las prédicas de los diferente héroes nacionales.

Es curioso, aunque lamentable, ver ahora a representantes del “socialismo de Cuba” buscando amparo a la sombra de aquéllos cuyo espíritu asesinaron para entregarse al internacionalismo soviético; dijo Martí sobre semejante infamia: “Honrar en el nombre lo que en la esencia se abomina y combate, es como apretar en amistad un hombre al pecho y clavarle un puñal en el costado”.

Por lo que hasta aquí se ve, el “socialismo de Cuba”, en el mundo de las ideas, no pasa de ser una chochera como la que padece su máximo líder. El sesgo del mundo, junto a los fracasos del gobierno de Cuba, lleva a sus dirigentes también a recurrir a las cumbres de lo que despreciaron como vestigios burgueses, y van con la pandereta limosnera a pedirles ayuda para mantenerse en el poder, como “jineteando” van tras el dólar del turista, del extranjero que invierte o del cubano que envía dinero a sus familiares en la isla.

Así de nuevo se le echa mano a Luz Caballero, pero la incapacidad de Valdés Vivó, le hace confundir las palabras de Martí sobre Luz y mezcla como lo llamó en Patria, en 1894, “el silencioso fundador”, con lo que de él había dicho en El Economista Americano, en 1888, “Sembró hombres”, y así aparece como el “silencioso sembrador de hombres”; y queda fuera lo de “fundador”: el que crea, el que instituye, el que erige; eso fue Luz y su colegio, “el espíritu del país”, como dijo su alumno Manuel Sanguily en su Estudio Crítico sobre José de la Luz Caballero (1890): “Cuando en medio del aparente y universal reposo, se sintió temblar el suelo [por la Guerra de los Diez Años], al sonar angustiosamente una hora solemne de prueba, aquella santa casa [el colegio El Salvador] se quedó vacía”.

Al “ajiaco” trae también Valdés Vivó a Tony Guiteras, a quien Marinello, en el mismo escrito de 1935 en el que calificó a Martí de “abogado de los poderosos”, llamó al fundador de la Joven Cuba, y a los “nacionalistas, apristas y menocaleros” que se oponían al comunismo, “jóvenes reaccionarios… ubicados en la burguesía [y] servidores del mundo en putrefacción”.

Y tras Guiteras, acabado de mencionar a Lázaro Peña y a Jesús Menéndez, porque anhelaba “el adecentamiento de la vida pública”, trae también a Eddy Chibás, el látigo de mayor prestigio en la República contra el comunismo criollo, desde el 14 de mayo de 1939 en que publicó en la revista Bohemia su memorable artículo “¡Yo acuso a Blas Roca de traidor!”, hasta su muerte en 1951.

Junto a la ignorancia anda aquí la guataquería, que es una manera de esconder con ésta la otra, y dice Valdés Vivó de Fidel Castro: “Su obra de gobierno de cuatro decenios representa más que lo logrado por Cuba en cuatro siglos”, y allá, en el otro plato de la balanza, vencidas por el genio del comandante en jefe, quedan la vida y la obra de José Agustín Caballero, Félix Varela, Luz, Saco, Céspedes, Agramonte, los Maceo, Enrique José Varona, ¡Martí! y la de todos los mártires de la independencia, y de los muchos cubanos que sirvieron con dignidad y pureza a la República.

Una curiosa cuestión salta a la vista en esta parte del libro, donde, sin venir al caso, dice el director de la Escuela Superior de Estudios: “Así como la Revolución cubana siempre ha rechazado la tortura, incluso al combatir a los más perversos torturadores, también ha sido opuesta a toda mentira”. Pero, ¿por qué de manera fortuita y sin explicación se trae un tema tan ajeno al libro? Al leer esas palabras vienen a la memoria las denuncias de los prisioneros de guerra americanos que fueron torturados en Vietnam por agentes castristas. Los acusaron buen número de exprisioneros según consta en el libro Honor Bound de S. I. Rochester y F. Kiley, publicado en 1998; allí se describen las torturas que se llevaron a cabo con el fin, parece, de entrenar a los cubanos o para que los presos les sirvieran como conejillo de Indias y así probar técnicas nuevas de dominación (“Whether to give the Cubans training as intelligence officers or as experimental fodder for testing new domination techniques”). Y en un reportaje de El Nuevo Herald a raíz de hacerse pública esa información se lee: “Otro de quien se sospecha como miembro del trío de torturadores es el entonces embajador de Cuba en Vietnam, Raúl Valdés Vivó, viejo militante comunista”. ¿Podría explicarse esa protesta sobre la tortura, aquí traída por los pelos, por un complejo de culpa del actual director en La Habana de la Escuela Superior del Partido? ¿A qué viene ese descargo inoportuno en este lugar? Un proverbio legal latino afirma que cuando alguien proclama su inocencia en lugar donde no se le acusa es prueba evidente de que tiene culpa: “Excusatio non petita accusatio manifesta”.

Epílogo

A toda luz deja ver Martí y Marx en el socialismo de Cuba la preocupación oficial con Martí. Hace poco se quejaron airadas las autoridades por un folleto que circuló en La Habana con cincuenta pensamientos de Martí, sin una palabra que no fuera de él. Lo temen, y tienen motivos para ello. Martí es la más autorizada voz de todos los tiempos en Cuba, y, lo mismo que en su momento fue la negación de cuanta maldad y miserias tuvo la República (el abuso del poder, el peculado, el egoísmo, la injusticia social, la limitación de la soberanía, la discriminación y el materialismo dinerista), ha sido en los últimos tiempos el dedo acusador de la apostasía de Castro, el azote de ese régimen totalitario que ahora llaman “socialismo de Cuba”. En acatamiento hipócrita no dejan hablar a Martí más que a retazos, o por boca de quienes lo falsifican, y controlan la exégesis de su doctrina, o se la opacan con una hojarasca de trivialidades.

Por último es de notar que ninguno de los dos autores de Martí y Marx en el socialismo de Cuba menciona un libro que Martí tenía en su biblioteca y que mucho dice de sus ideas sobre las doctrinas sociales. Se trata del Contemporary Socialism, del historiador y economista John Rae, publicado en 1887 en Nueva York, cuya frecuente consulta por Martí se conoce por lo que copió de él a la letra en su Cuaderno de Apuntes, por los comentarios que escribió en los márgenes y por las coincidencias de sus juicios con los de ese autor sobre Henry George, Spencer, Marx, Bakunin, Marlo, Proudhon y Herzen. Ese silencio es otra de las pruebas del miedo que le tienen. No dejan ver al público ese ejemplar del libro, y lo mantienen secuestrado en las Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, al que sólo tienen acceso incondicionales esbirros de la tiranía.

Los juicios de Rae son devastadores para el régimen de La Habana. Rae, al igual que Martí, condenaba el totalitarismo de Estado, al que califica de “mandarinato socialista” (“socialist mandarinate”), el cual iría a detener el progreso y la producción, aumentando los sufrimientos del obrero y obligando al Estado a “recurrir al látigo y volver a la esclavitud industrial”. Y agrega: “Aún otro motor importante del progreso ha de destruir el socialismo: la libertad”, sobre la que concluye el tratadista escocés: “La libertad, por supuesto, es un elemento integral y directo de todo noble ideal humano, porque es condición indispensable para el progreso social... En un régimen socialista, la libertad tendrá que ser ahogada”, por todo lo cual advierte que “el socialismo tendrá que implantar el gobierno más vejaminoso totalitario y absolutista que se haya inventado jamás...” (“Socialism would introduce, indeed, the most vexatious and all-encompassing absolutist government ever invented”).

Cabe también destacar aquí la opinión de Rae sobre el marxismo, la que resume de manera admirable en este profético juicio: “El comunismo lleva a todo lo contrario de lo que pretende alcanzar: busca igualdad y concluye en desigualdad, busca la supresión de los monopolios y crea un nuevo monopolio, busca aumentar la felicidad humana y con frecuencia la reduce. Es una pura utopía”, y, “¿por qué es una utopía?” se pregunta, y responde: “Porque... la mayor igualdad y la mayor libertad posible sólo pueden lograse juntas” (“Communism thus conducts to the opposite of everything it seeks. It seeks equality, it ends in inequality; it seeks the abolition of monopoly, it creates a new monopoly; it seeks to increase happiness it usually diminishes it. It is a pure utopia, and why? Because… the greatest possible equality and the greatest possible freedom can only be realized together”).

Sólo unas pocas palabras se conocen de lo que escribió Martí en su ejemplar del libro de Rae; entre ellas están unas con las que terminan estos comentarios: no son más que una nueva condena de Martí al marxismo y a ese “socialismo de Cuba” antidemocrático, totalitario y unipartidista; dicen: “Democracia no es el gobierno de una parte del pueblo sobre otra, porque eso es tiranía”.

¿Martí y Marx en el “socialismo de Cuba”? Imposible. Sólo se podrán juntar, y en imagen, a fuerza de tijera y goma, como han hecho allá en la cubierta del libro.


Editorial Dos Ríos
Nueva York, 2002

Fuente: http://eddosrios.org/marti/Article-34/socialismo.htm

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