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Martí y la universidad

Por Luis Toledo Sande

El Diablo Cojuelo (I:29-36)1, que, por la efímera «libertad de imprenta» en que nació, tuvo un solo número, fechado 19 de enero de 1869, tomó por nombre y voz literaria el título y el protagonista de la novela del autor español Luis Vélez de Guevara. El periódico trasluce el ambiente habanero marcado por el inicio el 10 de octubre anterior, en la zona oriental de la Isla, de nuestra primera guerra de independencia. José Martí, que estaba por cumplir dieciséis años y cursaba el bachillerato, escribió el artículo de fondo, y condiscípulos suyos —según indicios— las gacetillas, que entre otros asuntos aluden al estado de la universidad en Cuba y reclaman «una ley de libertad de enseñanza».

La justicia primero

Martí, quien se guió a lo largo de su vida por los ideales y la práctica de la justicia, venció brillantemente los niveles de instrucción hasta graduarse en la Universidad de Zaragoza en 1874, durante su primera deportación, 0de licenciado en Derecho Civil y Canónico y en Filosofía y Letras. Pero, lector voraz, fue autodidacta ante todo, y ningún texto le resultó más atractivo que la vida. Puede aplicársele uno de sus elogios al pensador estadounidense Ralph Waldo Emerson en la semblanza que le dedicó en 1882: «Para él un árbol sabe más que un libro; y una estrella enseña más que una universidad.» (XIII:22) En ello, acaso más que en su conocida falta de dinero para pagarlos, puede pensarse ante el hecho de que muriese sin los títulos que en Zaragoza probó ampliamente merecer.

En su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano, que cubre esa etapa de la trayectoria que siguió para incorporarse a la «guerra necesaria» que él había concebido y preparado, hallamos un raigal rechazo a «las carreras liberales […] como aún se las entiende […] son odioso, y pernicioso, residuo de la trama de complicidades con que, desviada por los intereses propios de su primitiva y justa potencia unificadora, se mantuvo, y mantiene aún, la sociedad autoritaria […], aquella basada en el concepto, sincero o fingido, de la desigualdad humana, […] mero resto del estado bárbaro» (XIX:203-204).

Acumuló un pasmoso caudal informativo que puso en práctica para bien del espíritu y de los actos de transformación. No vio en el conocimiento un lujo, sino una herramienta vital. Echó su suerte con los pobres de la tierra, y en el prólogo a Cuentos de hoy y de mañana (1883), de Rafael de Castro Palomino, expresó: «De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia» (V:101).

Sin vendas ni ambages

El 19 de marzo de 1892 publicó en Patria «Los estudiantes de La Habana» (I:339-340), en apoyo del reclamo de que la universidad en Cuba tuviera un derecho que la metrópoli le negaba: otorgar el doctorado, «aunque», dijo refiriéndose al sabio Tranquilino Sandalio de Noda, compatriota autodidacta, «la tierra que da Nodas, puede pasar sin doctores!»

La necesidad de enfilar los planes de estudios por caminos ajustados a las condiciones propias fue una preocupación cardinal para él, no solamente en el caso cubano. En «Nuestra América» (VI:15-23), ensayo publicado al romper 1881, sostuvo: «El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella».

En la misma página declaró: «Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria.» No pedía ignorar la historia del resto del mundo, sino que se enseñara la propia, aunque no pudiera enseñarse aquella. Al inicio del texto repudió la actitud del «aldeano vanidoso» que «cree que el mundo entero es su aldea», y se pierde así la posibilidad de advertir y enfrentar los peligros que se ciernan sobre su país.

Al reclamar que la educación tuviera carácter científico, no sugería descuidar la producción artística y literaria, sino atender la urgencia de bracear con las fuerzas de la naturaleza en beneficio del ser humano, sin lastimarla con daños evitables. También pedía carácter científico para el estudio del arte y la literatura. Con esa orientación integradora llevó a cabo entre 1883 y 1884 una intensa labor en la revista La América, publicada en Nueva York en español, pues se dirigía especialmente a los pueblos hispanoparlantes del Continente. En «Escuela de electricidad», artículo aparecido en el número de noviembre de 1883, planteó: «Al mundo nuevo corresponde la universidad nueva» (VIII:281).

Allí añadió: «no está la reforma completa en añadir cursos aislados de enseñanza científica a las universidades literarias; sino en crear universidades científicas, sin derribar por eso jamás las literarias; en llevar el amor a lo útil, y la abominación de lo inútil, a las escuelas de letras; en enseñar todos los aspectos del pensamiento humano en cada problema, y no,—con lo que se comete alevosa traición,—un solo aspecto;—en llevar solidez científica, solemnidad artística, majestad y precisión arquitecturales a la literatura» (282).

Enseñanza y poder

Sabía que los intereses dominantes, calzados con el poder político, torcían el saber y la enseñanza. En una de sus crónicas de tema europeo, dedicada a saludar la erección en Moscú de un monumento a Pushkin (XV:416-423, traducción), afirmó con respecto a la Rusia de entonces: «Las universidades eran los ayudas de cámara intelectuales del zar.» Aunque centrado en aquella sociedad, el juicio se percibe nutrido por su conocimiento de otras, como los países de nuestra América, en algunos de los cuales residió, y, sobre todo, los Estados Unidos, donde se hallaba a la sazón y se fraguó para sí, como pensador y como dirigente revolucionario, una visión antimperialista que hoy sigue siendo rectora.

A lo dicho sobre las universidades como escuderas del zarismo, agregó: «La posesión de un libro extranjero era un crimen», y mostró que en ese entorno y en otros semejantes, basados en un funcionamiento sociopolítico similar, incluso una relativa apertura llevaría el signo autocrático: «Nicolás ascendió al trono. Con la mano que abrió las universidades al pueblo y la frontera a los libros, firmó el perdón de Pushkin.» Al «hombre que abrió el camino hacia la libertad rusa» el anterior zar lo había desterrado, como al libertador cubano lo desterró la dictadura colonialista impuesta en su patria por la Corona española.

Otro camino de los poderosos para capitalizar la enseñanza estaba en el contubernio con jerarquías religiosas. Hijo de un mundo colonial donde la metrópoli española tuvo un poderoso aliado en la cúpula católica, Martí denunció los peligros que esa alianza tenía en las escuelas en general, y particularmente en las universidades. Frente a esa realidad la educación emancipadora debía cumplir una función vital. En otro artículo de La América, «Educación científica» (VIII:277-278), narró con respecto a Nueva York: «El orador en una fiesta de Universidad, de esas muy animadas con que los colegios celebran en junio su apertura de cursos, dijo, con palabras que han recorrido entre aplausos toda la nación, algo semejante a esto: en vez de Homero, Haeckel; en vez de griego, alemán; en vez de artes metafísicas, artes físicas. // Y esta demanda es hoy como palabra de pase, y contraseña de la época, en todo diario bueno y notable revista».

El agudo periodista no limitaba su mirada al ámbito hispánico y a la jerarquía católica. En una de sus crónicas estadounidenses, fechada 9 de febrero de 1885, se lee: «ahora crece y prospera […] otra iglesia distinta que apoyada en los temores de los incultos a quienes aterra con el anuncio de la penitencia eterna y atrae con las solemnidades del rito, y en los mayores y distintos miedos de la gente poderosa, que empieza a ver con recelo la libertad política […], cunde y se enseñorea, atrae a sí las sectas más autoritarias y, por tanto, abandonadas del culto protestante, crea universidades de teología, prepara, para echarlo por sobre la nación como una red, un sistema de enseñanza religiosa, y echa al cielo impasible, rodeada de palacios, una catedral de mármol, más frecuentada y rica que todas las que proclaman el uso legítimo de la razón libre» (X:155-156).

Pensar y obrar sin hipocresía

Con su anticlericalismo, procuraba Martí librar a la humanidad del dominio de lo que en otro texto llamó «religiones ventrudas» (V:468), y fomentar en general la libertad de pensamiento, sujeta en su ideario a las exigencias de la dignidad individual y el bien colectivo. No intentaba sustituir formas teocráticas de funcionamiento social por un extremo similar a ellas: la ateocracia. Ni quedó atrapado en las estrecheces del positivismo. Este podía aportar luces frente a la escolástica, pero no bases para la plena utilidad de la virtud: lejos de abonar la espiritualidad, generaba el pragmatismo que convenía a las clases dominantes, dueñas de los medios de producción, del mercado y de las ganancias, y practicantes o aliadas del colonialismo, aunque no fuese más, ni menos, que en lo cultural.

Martí sabía las limitaciones de ciertas ideas «científicas» que pululaban en su entorno, y ante ellas sostuvo en su semblanza de Emerson: «El espíritu, sumergido en lo abstracto, ve el conjunto; la ciencia, insecteando por lo concreto, no ve más que el detalle» (XIII:25). En uno de sus cuadernos de apuntes se refirió a «la inutilidad de la ciencia sin el espíritu» (XXI:382), o sea, sin los valores y las aspiraciones morales que estimulan en los seres humanos el afán de superación como especie.

Hoy, un mundo devorado a la vez por la crisis del capitalismo y por el poderío que ese sistema conserva, reafirma la vigencia de las ideas de Martí, cuya orientación ética perdura como brújula para quienes asuman la necesidad de transformar emancipadoramente la sociedad. Las concepciones que el imperio del capital promueve al servicio de su reino mercantil, se refuerzan con la pérdida de espiritualidad y el auge de la desfachatez, males que pueden permear incluso contextos opuestos al capitalismo. Basta para ello que se resquebrajen las normas y los valores necesarios para un funcionamiento social en el que instrucción y conducta se fundan en actitudes plenamente culturales, inseparables de la buena educación, sin adjetivos que, como «formal», le mengüen el alcance.

Útiles y virtuosos

Cada etapa del devenir humano, cada estadio social, tiene la posibilidad, cuando no el deber, de revalidar un concepto estampado en Lucía Jerez, novela de Martí publicada por entregas en 1885. Refiriéndose a la ciudad hispanoamericana, imaginaria, donde ocurren los hechos, la voz narradora expresa: «Las universidades parecen inútiles, pero de allí salen los mártires y los apóstoles» (XVIII:245).

Eso es algo que la historia de nuestro país confirma, aun en sus momentos más difíciles. Así fue en aquellos durante los cuales brillaron luchadores como Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y el propio Martí, o devinieron símbolos contra la opresión jóvenes como los estudiantes de Medicina asesinados el 27 de noviembre de 1871, y, más acá en el tiempo, una República neocolonial que dio sitio al ejemplo de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y la dirección, encabezada por el entonces joven abogado Fidel Castro, de la generación del centenario martiano. La universidad y las fuerzas sociales todas deben latir en función de un ideal que Martí quiso transmitir a su hijo en la dedicatoria de Ismaelillo (XVI:17), un ideal ya mencionado en estas notas y que, lejos de perder validez, constituye cada vez más una necesidad humana fundamental, y fundadora: la utilidad de la virtud.


Relación de notas.

[1] Con números romanos indico el tomo y con arábigos la paginación de las citas en las Obras completas de José Martí publicadas entre 1963 y 1966 por la Editorial Nacional de Cuba, y reimpresas en 1975 y en 1991 por la Editorial de Ciencias Sociales, que en 1973 añadió un tomo, el 28, no reproducido luego. Sin él, esas Obras completas circulan también en soporte digital, con auspicios del Centro de Estudios Martianos.


Fuente: http://www.almamater.cu/sitio%20nuevo/paginas/universidad/2011/marti.html

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