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Cómo vieron a Martí algunos de los que lo conocieron


Sumario: Un racimo de testimonios personales, brotado de un grupo selecto de contemporáneos de Martí, que lo conocieron en los momentos más intensos y estremecedores de su existencia, cuando estaba en la forja del instrumento para intentar la real independencia de Cuba. En todas estas evocaciones escritas cuando ya era estrella de luz fija en la historia lo que fue el ascua martiana, late la misma impresión: en el filósofo Varona, el guerrero Máximo Gómez, los mambises Collazo y Plochet, el poeta Rubén Darío, al igual que en Juan Gualberto Gómez y María Mantilla, trasciende la imagen espiritual del hombre más hondo, generoso y humano que jamás conocieran. Aquí radica el valor de homenaje de estas evidencias

JOSÉ MARTÍ
Por MÁXIMO GÓMEZ


Fue José Martí muy poco conocido de sus compatriotas, los cubanos, en el verdadero, esplendoroso apogeo de su gloria. La verdad sea dicha: yo no he conocido otro igual en más de treinta años que me encuentro al lado de los cubanos en su lucha por la independencia de la Patria.

Martí fue cariñosamente admirado en la tribuna, donde flageló siempre a la tiranía y se hizo amar del pueblo cuyos derechos defendía con tesón incansable. Desde allí, al decir de muchos criollos y extraños, se hizo un hombre notable.

Supo buscar en el libro y en el periódico los mejores y más cariñosos factores poniéndolos al lado del obrero cubano en el taller de trabajo para que se instruyera, principalmente en el amor a las cosas de la Patria, y se sintiera después bien hallado con la nueva sociedad que debía venir; creándose de ese modo la República por le pueblo y para el pueblo. Predicó la escuela como la panacea que curaría todos nuestros males como consecuencia de una vida anterior de atraso crudísimo, de privilegio y oscurantismo.

Aún siendo niño se encaró contra el poder usurpador de los derechos de su Patria, y por eso vagó llevando un grillete al pie, pues buen cuidado había que tener la tiranía de apagar en Cuba toda lámpara que, como Plácido, pudiese dar algún destallo de luz.

Siempre lo fue Martí, en suma: activo, rebelde, contra todas las tiranías y usurpaciones.

Enhorabuena, todo eso es espléndido y edificador, sublime si se quiere; pero Martí no debió tener necesidad de hacer grandes esfuerzos para llenar esa misión que él mismo se había impuesto. Para aquel cerebro dotado de sorprendentes recursos intelectuales y para aquel hombre de gran corazón, debemos presumir que no era una empresa que ofreciese grandes dificultades que vencer.

El atrevimiento era mesurado, se tenía que contar con el tiempo y esperar que la semilla fructificara nuevamente después de tantos fracasos. La esperanza no había muerto en el corazón del pueblo, y Martí, hombre de penetración, comprendió eso y en esa grande y sólida base apoyó el extremo de su palanca.

Pero llegó un momento para Cuba en que Martí debía completarse y se completó, y he aquí donde yo lo he visto grande y hermoso y donde muy pocos tuvieron la ocasión de contemplarlo, consumando el mayor de los sacrificios: franco, sencillo y resuelto, y sin que pudiese esperar, halagado, el aplauso: porque en la guerra todo es duro y escueto. Frente a la muerte no se puede mentir, hasta allí no se puede llegar sino desnudo de ficciones.

Yo vi a Martí entero y sin decaimiento cuando el tremendo fracaso de La Fernandina, en donde lo perdimos todo, quedándonos sin recursos y sin crédito como premio doloroso de algunos años de ímprobo trabajo. ¡Qué días tan amargos aquellos que nos tenía preparados el destino! Al lado de la terrible contrariedad que sufrían unos hombres preparados con entusiasmo para una gloriosa empresa, ese fracaso no solamente dejaba comprometida aun la vida, sino también algo más grande, el honor. Preciso era en lance tan desesperado jugarse el todo por el todo, y vi entonces a Martí, sin miedo y resuelto a correr los azares de una suerte por demás incierta, cuando para cumplir la palabra empeñada con la propia conciencia y con la Patria, nos lanzamos a la mar en débil barquichuelo, llevándoles en vez del elemento de guerra a los compañeros combatientes ya, la dolorosa noticia del fracaso. Los hombres de honor que sepan apreciar aquella desairada situación nuestra, sobre todo para Martí, que era el director de las cosas de fuera, han de pensar, junto conmigo, que era preciso poseer una gran dosis de entereza para no sentirse desconcertado ante tamaño infortunio, y muy bien pudiera apreciarse de manera distinta para la vehemencia de la opinión pública, desesperada por ver realizada la empresa con tanta insistencia anunciada. El pueblo, y sobre todo los eternos enemigos de la Revolución, podrían decir con sobra de razón: "He aquí el parto de los montes".

Después de eso vi a Martí resuelto y entero, cuando no contento el destino con la desgracia con la cual acababa de fustigarnos, dispuso fuésemos traicionados y abandonados en el mar por los mismos que se habían comprometido, mediante una retribución adelantada, a conducirnos a la tierra amada.

Momentos angustiosos fueron aquellos, capaces de meter miedo a los espíritus más fuertes y mejor templados y a los hombres como Martí no acostumbrados a los azares de la guerra. Extraño contraste, habíamos principiado con la más horrenda derrota, para obtener después, como se ha visto, la más espléndida victoria. Así ha sido Cuba y seguirá siéndolo.

Al fin vencimos de tantos trastornos y de tantas infamias y a costa de sacrificios sin cuento, y yo vi entonces también a Martí, atravesando las abruptas montañas de Baracoa con un rifle al hombro y una mochila a la espada, sin quejarse ni doblarse, al igual de un viejo soldado batallador, acostumbrado a marcha tan dura a través de aquella naturaleza salvaje, sin más amparo que Dios. Después de todo este martirizante calvario y cuando el sol que alumbraba las victorias principió a iluminar nuestro camino, yo vi a José Martí -¡qué día aquel!- erguido y hermoso en su caballo de batalla, en Boca de Dos Ríos. Como un venado, jinete, rodeado de aquellos diestros soldados, que nos recuerda la Historia, cubiertos de gloria en las pampas de Venezuela.

Allí, en Boca de Dos Ríos, y de esa manera gloriosa, murió José Martí. A esa gran altura se elevó para no descender jamás, porque su memoria está santificada por la Historia y por el amor, no solamente de sus conciudadanos, sino de la América toda también.

(Carta a Francisco María González, 1902)

MARTÍ Y YO
Por JUAN GUALBERTO GÓMEZ


La Habana ha rendido a la memoria inmortal del egregio José Martí, un espléndido homenaje en este aniversario de su natalicio. Es seguro que en la Isla entera todos los corazones cubanos se habrán sentido igualmente emocionados al evocar el recuerdo del día feliz en que Cuba viera nacer al hijo que, con su laboriosa constancia y su esfuerzo genial, reunió los elementos valiosos y unificó las voluntades necesarias para que su país de nuevo se lanzara a la conquista de su libertad y de su independencia. Cómo vieron a Martí algunos de los que lo conocieron.

Amigo y compañero de Martí en el trabajo revolucionario, viene en este día glorioso a mi mente el recuerdo de dos circunstancias que jamás olvidé, porque viven en mi espíritu como características emocionantes de mis relaciones con aquel glorioso compatriota. Cómo vieron a Martí algunos de los que lo conocieron.

1


Martí y yo nos conocimos hacia el final de 1878. El Pacto del Zanjón nos había sorprendido a ambos en el extranjero: a él por una de las repúblicas de Centro América, y a mí en México. Fue en el bufete del célebre jurisconsulto, elocuente orador y exquisito amante de las letras, don Nicolás de Azcárate, donde nos vimos por vez primera. Don Nicolás de Azcárate también había tenido que emigrar a México, donde nos hicimos amigos, perseguidos por la intransigencia colonial. En su bufete encontró Martí su primera ocupación, y allí le fue presentado por don Nicolás, y allí nació entre los dos una relación íntima, que estrechó y fortaleció la identidad de nuestras opiniones respecto a los destinos de nuestra Patria. Los dos estimábamos el Pacto del Zanjón, que no aprobábamos, no como el desenlace natural y definitivo de la Revolución de Yara, sino como una tregua, inesperadamente surgida, y que Cuba debía romper tan pronto como pudiera. Para llegar a esta finalidad, todos los que en la Isla pensaban de ese modo empezaron a conspirar a fin de reunir recursos y voluntades para emprender de nuevo la guerra libertadora. Yo pertenecía como secretario a un club revolucionario, secreto, desde luego. Martí pertenecía a otro.

Del bufete de Azcárate pasó luego Martí al del licenciado Miguel Viondi, otro excelente cubano. Todas las tardes nos reuníamos Martí y yo en el despacho que tenía en la oficina de Viondi, quien se daba cuenta de lo que hacíamos, pero nos miraba con simpática benevolencia y caballerosa discreción.

La labor de los que conspirábamos dio su fruto. En 1879 estalló la que se conoce en el vocabulario separatista con el nombre de la Guerra Chiquita, no porque careciera de empuje o de importancia, sino porque tuvo poca duración. En Oriente y en Las Villas, el movimiento armado logró impresionar fuertemente al gobierno español. Para ayudar a los alzados en armas, para provocar nuevos alzamientos, los clubes habaneros estimaron conveniente unificar su acción; y a este efecto se convocó una junta de los presidentes y secretarios de esos clubes, que se celebró una noche, en la vecina población de Regla. En esa junta se creó un comité central, cuya presidencia asumió Martí.

La idea pareció excelente, puesto que desde ese momento, el entusiasmo aumentó, y con él, el crecimiento de los recursos en armas, municiones y dinero, para ayudar a los alzados de Las Villas singularmente, y preparar un alzamiento en la misma provincia de La Habana. Pero, al cabo, la idea resultó funesta. Mientras los clubes trabajaban aisladamente, al Gobierno le era difícil conocer la existencia de todos y medir la importancia de su labor. Desde la reunión de Regla, su espionaje se hizo intensivo y eficaz, por la sencilla razón de que a la reunión de Regla habían asistido dos o tres miembros de clubes, que eran espías del Gobierno, y ponían a éste al corriente de cuanto sabían.

A las pocas semanas de estar actuando Martí como presidente del comité central, fue preso. Y el recuerdo de esa circunstancia es el primero de los dos a que me refería al comienzo de este escrito.

2
Martí vivía en una casita, modesta, pero alegre y limpia, que aún existe: Amistad N° 42, entre Neptuno y Concordia. Una mañana en que habíamos trabajado mucho en su bufete, y debíamos seguir trabajando en el arreglo de asuntos de interés para Las Villas, me llevó a almorzar a su casa. Estábamos aún en la mesa, él, su distinguida esposa y yo, cuando sonó la aldaba de la puerta de la calle. Su esposa se levantó y abrió. La saleta de comer estaba separada de una mampara de la sala de recibo, así es que yo no vi al visitante; pero la señora de Martí dijo a éste en alta voz: "El señor que vino hace un rato a buscarte, y al que dije la hora en que te podía ver, es el que ha vuelto. Dice que termines de almorzar, pues no tiene prisa y te esperará". No obstante esto -lo recuerdo bien- Martí se levantó, y con la servilleta aún en la mano, pasó a la sala de recibo. Tras breves instantes, volvió a la mesa, y con calma absoluta, dijo a su esposa: "Que me traigan enseguida el café, pues tengo que salir inmediatamente", y siguió para su cuarto. Yo le vi abrir su escaparate, que estaba frente a mí, pues yo estaba sentado de espaldas a la sala; buscar de una gaveta unas cuantas monedas, llamar a la esposa, a la que dirigió unas palabras que no oí. Servido el café por la sirvienta en esos instantes, vino Martí a la mesa, y de pié sorbió de su taza unos cuantos buches de café, y dirigiéndose a mí me dijo: "Tome su café con calma: usted se queda en su casa, y dispénseme, pero es urgente lo que tengo que hacer". Me dio la mano, tomó su sombrero y se marchó con el visitante para mí hasta ese momento incógnito. Desde ese día y esa hora, no volví a ver a Martí.

En efecto, tan pronto como salió de su casa, su esposa, presa de una gran angustia, me dijo, con ojos llorosos: "Se llevan a Pepe; ese hombre que ha venido es un celador de policía. Yo lo ignoraba. Pepe me encarga que le diga a usted que corra y haga lo posible por ver a dónde lo llevan, y le avise a don Nicolás Azcárate".

Salí enseguida con toda la prisa que me era posible. Al entrar por la calle de Neptuno, acerté a ver a Martí con su acompañante, a cierta distancia. Ya casi iba a alcanzarlo, cuando vi que en la parada de coches que existía en la plazoleta de Neptuno y Consulado, entraban en un carruaje. Apresuré el paso, tomé otro coche yo, los seguí y los vi descender en la Jefatura de Policía, entonces instalada en el mismo edificio de Empedrado y Monserrate que ahora ocupa.

Cumpliendo el encargo de Martí, avisé a Azcárate. Para éste, que tenía grande influencia en el Gobierno, se levantó la incomunicación y se le permitió ver a Martí. Con Azcárate recibí unas llaves y el encargo de recoger en el bufete de Viondi, una pequeña maleta, para entregarla a don Antonio Aguilera, diputado provincial entonces, que quedó en lugar de Martí. A los tres días de su detención salía el vapor correo para España, llevándose a Martí para la metrópoli, pues tanto por los consejos de Azcárate, como por su propia inclinación a los procedimientos suaves, el general Blanco, capitán general de la Isla, prefirió deportarlo, a intentarle un proceso.

Lo repito: desde el día de su detención, no nos volvimos a ver más.

A las pocas semanas de la prisión de Martí, fue preso don Antonio Aguilera. Lo más singular del caso, es que éste, la víspera de su prisión, vino a encontrarme, en una noche lluviosa, abrigado por un gran capote, y trayendo debajo de este el famoso maletín que yo había recogido en el bufete de Viondi y que le había entregado a virtud del encargo que recibiera por conducto de Viondi.

"Tengo informe fidedigno -me dijo Aguilera- de que de un momento a otro me han de prender. No sé cómo ha podido ser, puesto que me he estado moviendo con mucha cautela. Pero es lo cierto que no solo se sabe mucho de lo que hago, sino que la policía está enterada de que en esta maletica poseo documentos de importancia, que pertenecieron a Martí. Pocos lo saben, y de esos pocos, no me cabe sospechar. Se la traigo, pues, para que busque un lugar seguro en que ocultarla. Tome la llave. Si me prenden, ábrala, entérese de los documentos que contiene. Además, si me prenden, hay que mandar a Santa Clara, con emisario seguro, estos otros documentos que le dejo."

¡Qué tiempos aquellos! Sin vacilar acepté el encargo. Aguilera y yo nos abrazamos fuertemente. Llevé la maleta a lugar seguro. Para mí, siempre ha habido, entre mis amigos, gentes en quienes he podido fiar, y que por su posición modesta y hasta pobre, como la mía, resultaban casi insospechables a las autoridades españolas.

Como lo temía Aguilera, a los dos días de su entrevista, fue preso y enviado también a España, como Martí. Abrí la maleta, y me encontré con una nota de encargos, que asumía el deber de cumplir. Envié a Las Villas al emisario que me pareció más seguro... ¡cuando a los pocos días fui preso, conducido a la fortaleza del Morro y deportado a Ceuta! La maleta fatal desgraciaba a todo el que la poseyera. En víspera de mi salida para España, supe la causa del misterio: uno de los hombres más importantes de los clubes conspiradores, teniente coronel de la Guerra de los Diez Años, se había puesto, por venganza de lo que él estimó un desaire, al servicio del Gobierno. De él no nos ocultábamos. Él sabía a qué manos iba a parar la maleta dejada por Martí, y sabía que con arreglo a los documentos que contenía se dirigían los trabajos revolucionarios. Mientras yo podía pasar como uno de tantos, no tenía importancia mi papel. Depositario de la maleta, ya resultaba eficaz y peligroso. De ahí mi deportación.

Diez años permanecí en España: desde 1880 a 1890. Cuando a ella llegué, ya Martí había logrado escaparse y vuelto a América. Y cuando de ella salí, y regresé a Cuba, nuestros rumbos se habían distanciado tanto que no manteníamos siquiera correspondencia.

4


Al volver a Cuba, en 1890, yo traía un propósito deliberado: fundar un periódico para iniciar una propaganda franca y abierta de las ideas separatistas, que yo estimaba que no se podía impedir aquí por las leyes, como no se había podido impedir en España la propaganda republicana, declarada legal por el Tribunal Supremo de nuestra antigua metrópoli. Fundé el periódico La Fraternidad, netamente separatista. Denunciado (por)un artículo, titulado "Por qué somos separatistas", encarcelado durante ocho meses, condena(do) a una pena relativamente ligera por la Audiencia de La Habana, a pesar de la brillante defensa de González Lanuza, llevé el caso al Supremo de España, donde defendido por don Rafael María de Labra, obtuve con la casación de la sentencia, el reconocimiento de que era lícita la propaganda del ideal de la independencia.

Esto pasaba entre 1890 y 1891.

Martí, al conocer mi campaña, me escribió desde Nueva York, felicitándome. Cuando más tarde fundó el Partido Revolucionario Cubano, en los Estados Unidos, ya estábamos de nuevo en correspondencia, y, cosa más singular, ya había conspiradores en el Isla, que marchaban en inteligencia conmigo, como sucedía en Matanzas, donde el ingeniero Emilio Domínguez, el doctor Pedro Batancourt, los hermanos Acevedo, José D. Amieva y otros tenían constituido un club revolucionario.

Al acentuarse la acción del Partido Revolucionario Cubano, resulté, sin buscarlo, el intermediario natural entre los conspiradores de por aquí y Martí. Poco a poco, mi correspondencia con él se hizo semanal, bisemanal, casi continua. Los hechos, y su confianza, y la confianza de los que en Cuba laboraban, todo ello me dio el peligroso, pero honrabilísimo papel de llevar entre los nuestros la representación del que ostentaba el título de Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

De mi larga correspondencia con éste, algunas cartas se salvaron, sobre todo, algunas de las que recibí en los meses de noviembre, diciembre, enero y principios de febrero de 1895.

Tengo, sobre todo, la última. Está escrita la víspera del día en que salió para Santo Domingo a reunirse con el General Máximo Gómez, para venir a morir a Cuba. Después de encargarme de que me dirigiera, en lo sucesivo, a Gonzalo de Quesada, de quien me decía "mi hijo espiritual", terminaba su carta con estas frases nerviosas: "¿Lo veré...? ¿Volveré a escribirle...? Me siento tan ligado a usted, que callo... Conquistaremos toda la justicia".

Tal es el recuento de la última vez que vi a Martí, en 1880, y tal el párrafo, para mí inolvidable, de la última carta que me escribió en 1895.

(Revista Bimestre Cubana, 1933).

MIS RECUERDOS DE MARTÍ
Por ENRIQUE JOSÉ VARONA


Cuando Martí regresó a Cuba, en 1879, su nombre no me era extraño. Conocía de él ya un folleto político, que me había impresionado vivamente, tanto por el fervor y nobleza de las ideas, cuanto por lo insólito del estilo. Sabía que el autor, cuando lo escribió, era un adolescente; y no podía menos de sorprenderme el sello de vigorosa personalidad que se marcaba, a cada paso, en esas páginas, que parecía vibrar, como si las animara el eco de la voz de Lamennais.

Fue aquella, época de grande efervescencia de ideas, entre nosotros. La cátedra académica preludiaba lo que había de ser poco después la tribuna política; y traía un concurso ávido de la bella palabra y de nuevas doctrinas. Se aseguraba que el recién llegado poseía el don de elocuencia; y fácil, como lo he sido siempre, a dejarme encantar por la virtud de la oratoria, ardía en deseos de oírlo.

A poco de su llegada, me ofreció la ocasión apetecida: una fiesta del Liceo de Guanabacoa. Nunca olvidaré el embeleso en que estuve todo el tiempo que habló Martí. La cadencia de sus períodos, a que solo parecía faltar la rima para ser verso, mecía mi espíritu como verdadera música y con el efecto propio de la música. Al mismo tiempo, pasaban ante mí, como enjambre de abejas doradas, como surtidores y canastillos de agua luminosa, como saetones de fuego que se abren por el éter en manojos de oro, zafiro y esmeraldas, sus palabras sonoras, en tropel de imágenes deslumbrantes, que parecían elevarse en espiras interminables y poblar el espacio del fantasma de luz. Era un arrullo continuado que me producía, en vez de somnolencia, deslumbramiento.

Cuando supe que había de contestarle, desperté bruscamente, y con no poco sobresalto, porque advertí que, cautivado por la melodía, poca atención había podido prestar a la trama lógica de las ideas. Mi impresión había sido artística y no intelectual. Supongo que de ello habría de resentirse la disertación con que le contesté. Todavía los primeros párrafos de ella revelan la suspensión en que me había dejado esa palabra y esa imaginación desbordadas y cautivadoras. Oí después a Martí otras veces, siempre con mucho gusto, pero con efecto más atenuado. Sucedió así, no porque el orador se mostrase inferior a sí mismo, sino, porque más habituado yo a su manera, mi gusto vaciado en otros moldes estaba ya prevenido y, sin poderlo remediar, a la defensiva. No tuve nunca oportunidad de escucharle ningún discurso político. Pero me doy cuenta del efecto maravilloso que debía producir, sobre todo en los emigrados soñadores, anhelosos de esperanzas, su palabra de vidente, desatada en torbellino por la vehemencia de su fe patriótica.

Nuestro trato fue breve, porque fue la estancia del tribuno en Cuba. Algunos años después me encontraba en Nueva York, primera etapa de mi infructuoso viaje a España como diputado a Cortes. A la mañana siguiente al día de mi llegada, estaba yo en el comedor del hotel, cuando vi adelantarse rápidamente hacia mí, con los brazos abiertos, a un hombre de nervioso andar y ojos chispeantes, que me llamaba por mi nombre, con acento regocijado. Era Martí, que desde ese momento me acompañó con frecuencia, hablándome sin cesar de Cuba.

Fue otra forma de hechizo la que ejerció sobre mí el orador del Liceo, pero más duradera. De Martí en la plática mano a mano, en la efusión espontánea de su pensamiento ardoroso, que brotaba por los labios, los ojos, y los ademanes, podía decirse con verdad lo que el Cosimo de D'Annunzio dice del escultor Gadi (sic): "Pertenece a la más noble de las castas humanas; es un vivificador". Sí; su palabra era algo viviente que trasfundía vida. Me parece verlo, el día que nos separamos, detenidos los dos en un ángulo de la reja que rodea el cementerio de Trinity Church. En medio del bullicio atronador de aquella parte, congestionada siempre, de la enorme ciudad, yo no oía sino su voz conmovida, que me conmovía; deslumbrado una vez más por su lenguaje fulgurante; enternecido por sus expresiones de afecto; confundido un instante con él en una misma tristeza por la incertidumbre que envolvía, cual pesada niebla, el porvenir de la Patria; admirado yo de verlo sacudir de súbito esos pensamientos sombríos, como si ya su visión interna se alumbrara con los lejanos resplandores de una nueva aurora.

Nunca más nos encontramos; pero nos escribíamos de cuando en cuando. Sus cartas, fuera el que fuese el asunto, tenían el mismo magnetismo de su conversación. Se le oía y se le veía al través de los amplios trazos de su letra nerviosa. Escribía a sus amigos como le hablaba; las imágenes florecían bajo su pluma como en sus labios; el corazón se le derramaba tras las palabras. "Increíble es que nos esperen mayores desdichas, me decía en una de ellas; pero parece de veras que nos están reservadas humillaciones y angustias más temibles, por menos remediables, que las que le tienen a usted atribulado el corazón, y a mí como muerto en vida. ¡Qué alegría verlo a V. Entre estas penas como una flor de mármol!"

En el verano del año 94 hice un viaje a Nueva York, para verlo. De acuerdo con algunos amigos, resueltos como yo a seguir a nuestro pueblo por el camino por donde se lanzara, pero que juzgábamos deber imperioso detenerlo cuanto fuera posible al borde del oscuro vía crucis, para que midiese bien sus fuerzas y los obstáculos de todo orden que habían de contrastarlo, quise intentar un supremo esfuerzo acerca de aquel hombre de gran corazón, que ya sabía de antemano mi modo de apreciar el problema y las circunstancias en que se planteaba.

Cuando desembarqué, hacía pocos días que Martí había salido para México. Me avisté con uno de sus lugartenientes, que era también mi amigo: Benjamín Guerra. Este me oyó cortésmente, sin desabrimiento; pero como quien desde luego sabe que no ha de ser persuadido. Me ofreció transmitir a Martí mis palabras; mas, cuando nos separamos, la visión que me persiguió por algunos momentos fue la de una gran oscuridad en cuyo seno se produce de súbito un gran incendio.

No he vuelto a ver a Martí, sino ahora, sobre su blanco pedestal de mármol, glorioso desaparecido que ha entrado en la inmortalidad. No sé si será un sentimiento egoísta; pero más quisiera que su mano extendida pudiera aún calentar la mía; y que su ancha frente de iluminado pudiera todavía inclinarse sobre Cuba, para dar calor a su alma con las chispas de su noble pensamiento.

(El Fígaro, 27 de febrero, 1905).

JOSÉ MARTÍ
Por ENRIQUE COLLAZO


Era Martí un hombre notable y de condiciones excepcionales y poco comunes, tenía alientos para concluir como loco o como héroe y terminó mejor que como él había soñado: como héroe y soldado, cayendo en medio del combate, en el fragor de la pelea y con el ruido que sirve de salva a los héroes y a los buenos.

Su apoteosis la harán los cubanos más tarde, conservando su efigie y su memoria entre sus grandes hombres. Cuando todos desmayaban, Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de cubanos dispersos en la emigración creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva Revolución que debiera llevar a la práctica el general Máximo Gómez.

Era Martí pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; era vario y grande su talento; veía pronto y alcanzaba mucho su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente y tenaz, que había viajado mucho, conocía el mundo y los hombres; siendo excesivamente irascible, y absolutista, dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás, apoyo del débil, maestro del ignorante, protector y padre generoso de los que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos y costumbres, llevó su democracia hasta el límite; dominaba su carácter de tal modo que sus sentimientos y sus hechos estaban muchas veces en contraposición; apóstol de la redención de la Patria logró su objeto.

El día 15 de noviembre (1894) se embarcaba Collazo rumbo a New York para que, viendo a Gómez y a Martí pintara a ambos la verdadera situación y adelantaran el momento de la revolución, que creían imposible retardar sin ser presos, a la vez que demostrarles la necesidad de remitir dinero a Cuba, donde podrían conseguir el armamento y municiones con mayor seguridad y prontitud, aunque a más costo.

En Santiago de Cuba la espera era difícil, a pesar de la calma y aparente actitud de Moncada, que con astucia e inteligencia sobrellevaba con éxito la situación de Manzanillo. El apresuramiento de algunos a vender sus ganados había llamado la atención. Camagüey decía claramente que era reacio a la Revolución; el Gobierno realmente fiaba en él, creyéndolo la lleve del movimiento; la única entidad revolucionaria allí era el Marqués de Santa Lucía; Las Villas aparentemente en calma, pero resuelta; sostenido el espíritu allí por la presencia de Serafín Sánchez, Roloff y Carrillo. En Matanzas algunos alardes belicosos, aunque poca fuerza y entusiasmo reales. Vuelta Abajo en espera, y dispuesta para cooperar al movimiento.

Este era el estado real de la Revolución a la salida de Collazo para los Estados Unidos. Este pasó por Key West y Tampa, encontrando a Martí en Filadelfia, donde había ido a esperar al comisionado de Cuba.

El estado de la Revolución en el exterior revestía un carácter original y especial: nadie sabía nada, eran muy pocos los que creían en ella; pero la masa obrera daba, sin preguntar, su óbolo con absoluta confianza y con fanatismo ciego por su ídolo Martí.

Collazo no conocía a Martí; su entrevista en la estación de Filadelfia fue cordial, y un abrazo leal de ambos fue la línea de conducta para lo porvenir. Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa; dormía en el hotel más cercano del punto donde lo cogía el sueño; comía donde fuera mejor y más barato; ordenaba una comida como nadie; comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani; conocía a los Estados Unidos y a los americanos como ningún cubano, quería agradar a todos y aparecía con todos compasivo y benévolo; tenía la manía de hacer conversiones, así es que no le faltaban sus desengaños.

Era un hombre de gran corazón que necesitaba un rincón donde querer y ser querido. Tratándole se le cobraba cariño, a pesar de ser extraordinariamente absorbente.

Era la única persona que representaba la Revolución naciente; los demás eran instrumentos que él movía: Benjamín Guerra era la caja; Gonzalo de Quesada era parte de su cerebro y de su corazón; pero en realidad era su discípulo. Martí lo era todo, y ese fue su error, pues por más que se multiplicaba era imposible que lo hiciera todo él solo. Dormía poco, comía menos y se movía mucho; y sin embargo, el tiempo le era corto. Se puede concretar diciendo que el Partido Revolucionario Cubano era Martí.

Collazo, según sus instrucciones, debía seguir a Santo Domingo para ponerse al habla con el general Gómez; pero se esperaba en esos días un mensajero que enviaba el General desde Santo Domingo. A su tiempo llegó éste con poderes amplios del general Gómez. Era el brigadier José María Rodríguez. Con él vino la seguridad de que, a pesar de la llegada de Alejandro Rodríguez, comisionado de Camagüey, el General estaba dispuesto a la Revolución, y que José María Rodríguez estaba autorizado a determinar y representarlo en todo.

A la salida de Collazo de Cuba, se convino que por conducto de Juan Gualberto Gómez, con quien estaba en relación directa Martí, se comunicarían José María Aguirre y Julio Sanguily, a quien últimamente se le había indicado el estado de la Revolución, y a quien el general Gómez había mandado el nombramiento de Jefe de Occidente, debiendo ponerse al frente del movimiento en Matanzas. A la llegada de Rodríguez y Collazo a Nueva York, nada pudieron averiguar del estado real de la conspiración, pues se concretaron a oír lo que Martí les quiso decir, que fue bien poco o nada. Respecto del dinero, menos aún, pues la caja revolucionaria era un pozo donde caía el dinero, sin que, fuera de Benjamín Guerra, nadie haya sabido el montante de lo ingresado ni de lo que se gastaba.

En los meses de diciembre y enero se movió Martí con rapidez inusitada. De noche no dormía, sino viajaba. De Cuba las correspondencias, cada día más exigentes, apremiaban el movimiento y pedíanse recursos; especialmente las cartas de Julio Sanguily, que parecían escritas por un loco y cuyas correspondencias no podían armonizarse con las noticias de Aguirre y Juan Gualberto Gómez, sensatas y claras.

Aislados y casi siempre escondidos, Rodríguez y Collazo permanecían en Nueva York, sin saber una palabra de lo que ocurría fuera, pues Martí, aunque cada día se movía más, cada día se mostraba menos comunicativo. Dispuestos como si fuéramos a salir de un momento a otro, acudíamos sin resultado, a frecuentes citas que se nos daban, siempre esperando el día de la partida, que no acababa de llegar.

Conociendo como conocíamos el estado real de las cosas en cuba, no queríamos precipitar una explicación con Martí que nervioso y sin un día ni una noche de reposo, veíasele constantemente taciturno y preocupado. Parecíanos increíble que los sucesos no se hubieran precipitado en Cuba. Hasta entonces no se nos había sorprendido una sola correspondencia, ni una sola indiscreción de nuestros hombres había puesto sobre la pista a la numerosa policía que tanto en la Isla como en el extranjero sostenían el Gobierno español.

No teníamos con quién enterarnos de la marcha de la conspiración. Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada nada sabían en realidad; aunque aparentaban que no querían hablar. El resto de la emigración esperaba y confiaba en Martí. Mayía Rodríguez y Collazo, si de algo pecaron, fue de sufridos y prudentes. Sabían lo que buenamente se quería que supieran; nada preguntaban y dejaban pasar el tiempo resignados al aislamiento a que los tenía sometidos Martí, que a veces parecía un loco, víctima de un delirio de persecución que lo hacía ver espías y detectives por todas partes.

Aún no se sentía escasez de dinero. La Revolución tenía cuatro núcleos importantes en el exterior: uno en Nueva York, dirigido personalmente por Martí, otro en Key West, con Roloff y Serafín Sánchez, otro en Costa Rica con Maceo y Flor Crombet, y el último en Santo Domingo con el general Gómez. Cada uno de estos centros se comunicaba directamente con Martí.

A fines del mes de diciembre salieron Rodríguez y Collazo de Nueva York con dirección a Jacksonville, recibiendo orden de permanecer ocultos, hospedándose con nombre supuesto en el hotel Duval hasta la llegada de Martí, que debía ser en la mañan del domigo próximo. Allí permanecieron seis días, y en el fijado se presentó Martí, quien les dijo que tenía muy malas noticias que comunicarles.

En efecto, a las once de la mañana llegó al hotel Charles Hernández, enviado por Martí para decirles que todo había frecasado, y que tanto él como los que los rodeaban estaban expuestos a todo géneros de peligros, que más que nunca se hacía necesaria una gran prudencia y que permanecieran en su habitación hasta la noche en que se verían en el hotel "Travellers", en que se hospedaba Martí, donde también se hallaban Hernández, Enrique Loynaz y Tomás Collazo.

Ante la noticia de aquel fracaso de algo que, excepto Martí, todos ignoraban, Mayía Rodríguez y Collazo lamentaron amargamente su anterior prudencia, que, de un modo indirecto, los hacía en parte responsables de lo ocurrido. Nada habían preguntado hasta entonces, pero comprendían que había llegado el momento de las explicaciones. En su consecuencia, se dirigieron, acompañados de Hernández, al hotel Travelliers. Allí encontraron a Martí presa de una extraordinaria excitación nerviosa. Revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación. Su escaso pelo estaba erizado, sus ojos hundidos, parecían próximos a llorar.

De sus labios no salían más que estas palabras repetidas con tenaz insistencia: "¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no tengo la culpa!"

A la vista de Mayía, que entraba en la habitación con el rostro alterado y duro, Martí corrió hacia él y se echó en sus brazos. Aquel dolor tan profundamente retratado en su fisonomía desarmó a los que, momentos antes, querían exigirle explicaciones claras y concretas de su conducta. Todos comprendieron que algo muy grave había ocurrido, y que aquel fracaso, de que se había hablado hacía un instante, era desgraciadamente cierto.

Sin pretender averiguar nada, Mayía y Collazo se limitaron a tranquilizar a Martí asegurándole su más completa adhesión. No había que perder la esperanza. Por rudo que fuera el golpe sufrido, era preciso seguir adelante y sin desmayar ni decaer un momento. Algo más tranquilo Martí con aquellas muestras de simpatía y respeto que de todos los presentes recibía, declaró que aun cuando todo se había perdido, aún cuando no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo.

Horacio Rubens, el buen amigo de los cubanos, y Gonzalo de Quesada, que llegaron en aquellos momentos, contribuyeron con su presencia a reanimar los abatidos espíritus. Quesada, en nombre de su señora madre política, ofreció dar todas las fianzas que se necesitasen. Rubens puso a disposición de Martí sus servicios como abogado.

Preocupaba también a Martí lo que el general Gómez pudiera pensar de lo ocurrido, y demostraba con frases llenas de sentimiento el temor que sentía de que el General se negara a ir a Cuba, en circunstancias tan desfavorables. Tanto Rodríguez como Collazo aseguraron a Martí que Gómez, a quien conocían muy bien, iría a Cuba cualesquiera que fuesen las condiciones en que lo hiciera. Era preciso pensar en buscar pronto remedio al daño sufrido, en vez de abatirse y desconfiar tan pronto del éxito de la empresa.

Todos los presentes hicieron a Martí ardientes protestas de su lealtad y adhesión incondicional.

No había transcurrido una hora desde la llegada de Rubens y Quesada, y en estado de los ánimos había cambiado por completo. Al abatimiento producido por el golpe del fracaso tremendo e inesperado, había sucedido la fe que conforta y la resolución enérgica de seguir luchando hasta conseguir el éxito.

No había dinero, pero Quesada confiaba obtenerlo de las emigraciones de Sur América. Martí tenía seguridad de conseguirlo en México. Pero para ellos se necesitaban tres o cuatro meses, y los hombres de Cuba no querían o no podían esperar más tiempo, y por otra parte, era imposible explicarles la verdadera situación del Partido Revolucionario Cubano, porque ello traería como consecuencia inevitable, la ruina total del proyecto.

Por lo pronto lo más preciso era burlar a la policía que olfateaba el rastro de los conspiradores; y más tarde sacar a Manuel Mantilla y a Patricio Corona que estaban a bordo del Lagonda cuando fue sorprendido el barco, y a quienes Charles Hernández había escondido preventivamente en casa de una americano amigo suyo.

Entretanto la policía practicaba registros en algunas casas cubanas, mas por fortuna nadie conocía en Jacksonville ni a Martí, ni a sus compañeros, que por otra parte figuraban con nombres supuestos en los libros de los hoteles.

(Fragmentos del libro Cuba independiente. La Hababa, 1900).

IMPRESIÓN DE JOSÉ MARTÍ
Por RUBÉN DARÍO


Me hospedé en un hotel español, llamado el hotel América, y de allí se esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la noticia de mi llegada. Fue el primero en visitarme un joven cubano, verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada y Miranda, y es hoy ministro de Cuba en Berlín. Su larga actuación panamericana es harto conocida. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se verificaría en casa del famoso restaurateur Martín, y que el "Maestro" deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó, asímismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Hermand Hall, en donde tenía que pronunciar un discurso en una asamblea de cubanos, para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos, como La Opinión Nacional, de Caracas, El Partido Liberal, de México y, sobre todo, La Nación, de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta. Fui puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: "¡Hijo!"

Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía acompañarle en la mesa directiva; y cuando me di cuenta, después de una rápida presentación a algunas personas, me encontré con ellas y con Martí en un estrado, frente al numeroso público que me saludaba con un aplauso simpático. ¡Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano, de su cónsul general sentado en público, en una mesa directiva de revolucionarios antiespañoles!

Martí tenía esa noche que defenderse. Había sido acusado, no tengo presente ya si de negligencia, o de precipitación, en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso, que el núcleo de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta, hizo de mí una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse y defenderse de las sabidas acusaciones, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida, el éxito fue completo y aquel auditorio antes hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente.

Concluido el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba "¡ Don José! ¡Don José!". Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso. "Aquí le traigo este recuerdito", le dijo. Y le entregó una lapicera de plata. "Vea usted, me observó Martí, el cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre Patria". Luego fuimos a tomar el té a casa de una amiga suya, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus trabajos de revolucionario.

Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí. Él tenía que partir esa misma noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué preciosas disposiciones de organización. No le volví a ver más.

(Del libro Autobiografía)

LOS OJOS DE MARTÍ
Por ALBERTO PLOCHET


Yo conocí a Martí en la mañana de un día otoñal del año 1885. Estaban en la ciudad de Nueva York a la sazón Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet, rodeados de un Estado Mayor compuesto de los jefes y oficiales más destacados de la guerra del 68. Recorrían las emigraciones levantando fondos para llevar a cabo la intentona revolucionaria que tuvo tan ruidoso y triste epílogo en el Canal de Panamá con el fracaso de la célebre captura del vapor San Jacinto.

Desde la llegada de aquella "barcada de fieras", como la tituló Antonio Zambrana, cediendo a los impulsos de mi entusiasmo, y a pesar de mi juventud, pues solamente contaba con quince años de edad, me nombré, yo mismo, "cicerone" voluntario de Gómez, Maceo y Flor, motivo por el cual esa mañana a que aludo, había salido de la casa de Madame Griffou, situada al oeste de la calle Nueve, acompañado de estos tres caudillos, para visitar en la redacción del periódico The Sun, a su editor propietario Charles A. Dana, con el fin de alquilar los salones de Tammany Hall, para celebrar por la noche una junta magna patriótica.

Hicimos el recorrido a pie porque ellos querían conocer esa parte de Broadway; cruzamos con alguna dificultad a Park Row, y al llegar al edificio de The Sun nos encontramos parados y charlando junto a la puerta, a Juan Fraga, presidente del Club Los independientes, y al pedigüeño más tenaz que tenía Cuba: Gonzalo de Quesada, que había venido expresamente, no recuerdo de dónde, para conocer a los caudillos; y Benjamín Guerra.

Después de los saludos y abrazos consiguientes y cuando nos disponíamos a entrar, Juan Fraga exclamó: "Ahí viene José Martí". Entonces, todavía no le llamábamos Maestro.

Como es sabido, Martí no apadrinó aquella intentona, se oponía a todas esas revoluciones importadas sin que previamente se preparara al pueblo de Cuba para recibirlas; pero a pesar de esto, Martí y los tres jefes se abrazaron con desbordante efusión y cariño.

Yo, que me encontraba en el interior, que estaba algo oscuro, me volví y me encaminé hacia ellos, y cuando llegué a la claridad, me fijé en Martí, de quien había oído hablar vagamente. Los ojos, que a veces cometen el imperdonable error de apreciar equivocadamente el valor de una persona al primer golpe de vista, esta vez no me engañaron, me agradó sobremanera el aspecto general de Martí. Cuando hube apreciado contornos y traje, elevé la vista, fijándome detenidamente en su cara, y entonces fue que vi sus ojos; esos ojos, fueron lo que más me llamó la atención de toda su personalidad, jamás los había visto iguales, acaso en tamaño, pero no en expresión.

Los que conocieron a Martí y lo trataron íntimamente, y llegaron a fijarse en este detalle, me ayudarán a recordar la expresión tierna y melancólica de sus ojos; a veces, muy raras veces, eran vivaces, lanzaban destellos luminosos; pero nunca, nunca miraron iracundos, ni aun cuando piadosamente anatematizaba a los réprobos y austriacantes.

Y esto lo puedo asegurar con el altercado que surgió esa misma noche en el meeting celebrado en Tammany Hall, entre él y Antonio Zambrana. Acontece, que enojado Antonio Zambrana por el retraimiento de Martí, en el discurso que pronunció, fustigó implacablemente a su actitud pasiva, calificándolo de pusilánime, y llegando al extremo de decir, "que los cubanos que no secundaban ese movimiento debían usar sayas".

Yo cito este caso porque fue cuando más colérico vi a Martí, y para poder extenderme en cuanto a la expresión de sus ojos. Yo estaba parado junto a la plataforma o escenario brillantemente iluminado y desde donde hablaban los oradores. Presidía el meeting Máximo Gómez, ocupando asientos a su alrededor Antonio Maceo, Flor Crombet y los demás jefes y oficiales que los acompañaban.

Martí estaba parado junto a la entrada del gran salón, y cuando se oyó aludido se encaminó precipitadamente hacia el escenario. Había un público desbordante, de todas partes habían acudido los cubanos para conocer a los jefes mambises y para contribuir con su óbolo. Los pasillos estaban llenos de gente, así es que Martí tuvo que empujar y apretujar a los que le estorbaban el paso para llegar al escenario. Yo recuerdo perfectamente bien aquel espectáculo grandioso. Lo que salió de aquel rincón, fue un bólido. Martí llevaba su bombín (derby) agarrado con ambas manos y apoyado sobre el pecho, y se abrió comino como un proyectil lanzado por una catapulta.

Me habían causado tanta impresión sus ojos, que cuando él llegó a la escalinata junto a la cual me encontraba yo parado, me fijé en su cara encendida como una grana, miré a sus ojos, y entonces los vi más rasgados que por la mañana, velados por largas pestaña negras, semicerrados, y noté de lo poco que se veía de ellos, que no lanzaban miradas fulgurantes, que miraba a Antonio Zambrana de hito en hito, lanzándole miradas de compasión como si se apiadara de su error. Así miraban los ojos de Martí.

Cuando subió al escenario le dijo a Máximo Gómez, interrumpiendo al orador, que había sido aludido y que quería hablar. Flor Crombet se levantó y le brindó su asiento, mientras Máximo Gómez le decía, que esperara a que terminase de hablar "el cubano que estaba en el uso de la palabra".

Y habló Martí, y ni aun cuando le decía a Antonio Zambrana, vuelto hacia él mirándolo cara a cara, que "era tan hombre que apenas si cabía en los calzones que usaba; y eso lo pruebo yo aquí y donde quiera", ni aun en ese momento tan agudo de su grandilocuente discurso, pude notar en los ojos de Martí, que entonces estaban abiertos en toda su extensión, ni un solo fulgor de rabia o encono, ni un solo centelleo de irancundia; sus ojos, compasivos, irradiaban el inmenso dolor que le causaba "el sacrificio estéril, de tanto cubano útil, de tanto cubano bueno".

Hubo otro momento esa misma noche, en que vi a esos ojos húmedos, por unas lágrimas que apenas si iniciaron su salida, y que no llegaron a brotar. Sucede que un tabaquero, cuyo nombre no recuerdo, había iniciado la colecta de prendas y dinero en una bandeja grande que había cogido del bar del salón, y cuando llegó a donde estaban sentados Antonio Maceo, Flor Crombet y demás jefes y oficiales, estos se despojaron de cuanta prenda y dinero llevaban encima y las echaron en la bandeja que ya estaba colmada; le tocó el turno a Máximo Gómez, y éste dijo: "Yo no tengo encima más que cobre y hueso, pero no quiero salir abotonado de aquí". La bandeja llegó frente a Martí, que estaba sentado junto a Máximo Gómez, y yo, que iba ayudando a ese tabaquero, noté que Martí se había levantado como para abrazar a Máximo Gómez, pero la bandeja le estorbó en su intención, se quedó parado, y noté la mirada de infinita ternura, mezcla de admiración y de respeto, que le lanzó a Máximo Gómez; y fue entonces que vi aquellos párpados húmedos, las pestañas pegadas las unas a las otras; pero, abriéndolos repentinamente cuan grandes eran, vi que esos ojos, de negrísimas pupilas, ya no miraban con ternura; se habían trocado en focos luminosos que lanzaban destellos refulgentes como expresando el deseo ardiente del sacrificio de la propia inmolación, y mirando a Gómez y a Maceo, murmuró: "Yo tampoco puedo salir de aquí abotonado, cuando Gómez y Maceo salen desabotonados".

Así era Martí y así eran sus ojos.

(Revista Bimestre Cubana, 1932).

RECUERDOS DE MIS PRIMEROS QUINCE AÑOS
Por MARÍA MANTILLA


¡Qué grato es vivir con recuerdos tan vivos y llenos de cariño como los que llevo yo en el alma! Viví junto a Martí por muchos años, y me siento orgullosa del cariño tan grande que él tenía por mí. Toda la educación e instrucción que poseo, se la debo a él. Me daba las clases con gran paciencia y cariño, y cada vez que tenía que hacer un viaje, me dejaba preparado el itinerario de estudios que había que hacer en cada día, durante su ausencia. En medio de todas la agonías y preocupaciones que llevaba sobre sí, nunca le faltaba tiempo que dedicarme.

El francés me lo enseñó de manera sencilla y fácil de comprender; pero su mayor afán eran mis estudios de piano. Su deseo era que yo llegara a ser una buena pianista que nunca logré serlo, pero sí pudo lograr tocar lo suficiente en aquellos años de niñez, para proporcionarle a él muchos ratos de placer. Siendo yo aún niña, se empeñaba siempre en llevarme a las reuniones e La Liga, una sociedad de cubanos de color, todos hombres de gran talla, de más de seis pies. La idolatría de estos hombres por Martí era cosa admirable. Lo veneraban.

De Martí, el caballero, quedan grabados en mi mente tantos detalles de delicadeza y galantería con las "damas", como decía él. Para él, la mujer era cosa superior. Siempre tan fino, y con alguna frase de elogio en los labios. Cuando se daba alguna reunión, en que se citaban las familias cubanas para celebrar algún santo o alguna otra ocasión, había música y un poco de baile, y Martí siempre sacaba a bailar a las señoras y señoritas menos atractivas y luego yo le preguntaba: "Martí, ¿por qué es que usted siempre saca a bailar a las más feas?" Y él me decía: "Hija mía, a las feas nadie les hace caso, y es deber de uno no dejarles sentir su fealdad". Como éste, muchos otros detalles de su caballerosidad.

Cuando, a veces, mi hermano Ernesto nos hablaba con rudeza, o alzaba la voz, Martí le decía: "¿A qué tú no le hablas así a la niña vecina; y por qué lo haces con tus hermanas, que merecen más delicadeza y finura que las extrañas?"

Recuerdo también, que cuando yo tenía siete años, un día que yo iba con Martí por el campo -pues estábamos de temporada en Batch Beach- y sentados los dos bajo un árbol, me picó una abeja en la frente y en el instante Martí la trituró con los dedos; de ese episodio resultó el verso sencillo que dice:
Temblé una vez en la reja/ la entrada de la viña/ Cuando la bárbara abeja/ Picó en la frente a mi niña"
Cuando él escribía algún artículo o carta o lo que fuera, su cerebro trabajaba con tal rapidez que las ideas le venían más ligeras de lo que la pluma le permitía escribir, y al concluir me llamaba y me decía: "Mira, lee esto y dime qué dice aquí", porque él mismo no entendía lo que había escrito; pero yo sí lo entendía. Siendo su discípula, yo conocía cada rasgo de su letra. Él me decía que yo era su secretaria. A veces me dictaba mientras se paseaba por el cuarto, y yo tenía que escribir muy ligero para no perder una frase.

Mi último recuerdo de Martí es del día que se despidió de nosotros, cuando salió para Santo Domingo.

(El Mundo, jueves 2 de marzo de 1950).

Relación de notas.

Publicado en BOHEMIA en la edición del 25 de enero de 1963 GV/YB/cpl Subir
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