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José Martí. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892

Los Estados Unidos vistos con ojos de nuestra América.

Del periódico al ensayo

David Lagmanovich.

Como bien se sabe, José Martí vive en los Estados Unidos, específicamente en Nueva York, un período fundamental de su vida. Con algunos intervalos demandados por su actividad política, reside allí desde 1880 (su segunda llegada, el 3 de enero) hasta comienzos de ese mismo 1895 que sería el de su muerte en Dos Ríos.

Durante esos años escribe sin pausa; la cantidad de sus escritos es prodigiosa. Lo hace en publicaciones neoyorquinas en inglés (The Hour, The Suri), aunque no domine totalmente esa lengua; en órganos publicados en la misma ciudad pero en español (La América, El Latino Americano, Patria), a veces vinculados con el exilio cubano; y en revistas fundadas por intelectuales de otros países de América, entre ellas La Revista Ilustrada de Nueva York.[1] Y lo hace, muy especialmente, en periódicos de varios países hispanoamericanos, entre los cuales son de particular importancia La Opinión Nacional, de Caracas (desde agosto de 1881); La Nación, de Buenos Aires (desde julio de 1882), y El Partido Liberal, de México (desde mayo de 1886).

En esos órganos de prensa, y de manera especial en los grandes periódicos mencionados, Martí desarrolla un género tan nuevo y novedoso que aún no tiene nombre. "Correspondencia de José Martí" es la forma más frecuentemente usada por los periódicos mismos: "mis cartas", "esta carta", "la carta anterior", son expre-siones habituales del propio autor. Las referencias contextuales implican tanto el tradicional género epistolar cuanto la función del "corresponsal" en el periodismo moderno. Y por una parte está bien que sea así, porque tal es el honrado oficio al que se dedica: es un periodista o, como también se decía en el siglo XIX, un "publicista".

Martí es uno de los protagonistas del proceso de creación de un periodismo moderno en nuestros países. Se trata de un renacimiento del diarismo que coincide con el inicio del último tercio del siglo XIX y que ostenta, tanto en punto a criterios editoriales como en lo que se refiere a la materialidad de sus máquinas, la marca del gran periodismo europeo, especialmente francés. En ese movimiento, como lo señala Pedro Henríquez Ureña[2], figuran en forma prominente dos periódicos argentinos, La Prensa (fundado por José G. Paz en octubre de 1869) y La Nación (fundado por Bartolomé Mitre en enero de 1870): en este último periódico, ya dirigido por Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del fundador, habría de colaborar activamente Martí.[3] A ellos se agrega, en el panorama general del periodismo de nuestra América, el afianzamiento y modernización de periódicos como El Comercio, de Lima (fundado en 1839 por Manuel Ascencio Segura) y El Mercurio, de Valparaíso (1827) y luego también de Santiago de Chile, en el que años antes había publicado Domingo Faustino Sarmiento Civilización y barbarie (1845). Los periódicos de este tipo son un hecho importante en la cultura latinoamericana de la época. No siempre perduraron, pero por lo general desempeñaron un papel valioso en la consolidación de un nuevo orden de vida en nuestras repúblicas: son los tiempos de la "organización nacional" (Argentina), de la "Reforma" (México) y de la marcha del Brasil hacia la superación de su experiencia monárquica y esclavista.

En este contexto hay que Situar a Martí; a la vez, es preciso advertir su: condición de profundo renovador -de la prosa, de los géneros, de las ideas- y su capacidad proteica para elaborar alta literatura, como si dijéramos, cada vez que apoya la pluma en el papel. Esas "cartas", esas "correspondencias", son la realización de un género nuevo, que hoy llamamos la crónica modernista. Son muestras de un género que pertenece al mismo tiempo a la historia de nuestra literatura y a la de nuestro periodismo. Mejor dicho (para evitar todo dogmatismo en materia de clases discursivas), son textos que se pueden leer desde ambas vertientes: textos generados por la actividad de un escritor que se comunica con sus lectores a través del vehículo de la prensa.

De alguna manera esos textos son también un libro. No es ocioso recordar que algunos de lo que ahora nos ocupan recibieron del propio Martí el título general de Escenas norteamericanas. En su mente formaban un todo, respondían a un plan, aunque fuera tácito, de reproducción artística de una realidad: ¡lástima que el libro, o los libros, debieron ser armados por la posteridad! Y a este respecto siempre convendrá recordar las palabras justísimas con que Martí habla de sus escritos en la carta a Bartolomé Mitre y Vedia: "Es mal mío no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros, por lo cual no escribo con sosiego, ni con mi verdadero modo de escribir, sino cuando siento que escribo para gentes que han de amarme, y cuando puedo, en pequeñas obras sucesivas, ir contorneando insensiblemente en lo exterior la obra previa hecha ya en mí" (p. 1760). "Hacer los artículos de diario como si fueran libros": hay toda una poética en estas líneas, y un consejo posible para futuros escritores.

Tanto las palabras de Martí como cualquier lectura de los textos muestra que en su vasta producción hay mucho más que "diarismo": si en efecto es un periodista, lo es de lujo. Martí jamás deja de ser un pensador. Estas tribunas -La Opinión Nacional, La Nación, El Partido Liberal- son las cátedras donde desarrolla su pensamiento, lo expone y perfecciona. Y lo hace -es una primera aproximación- en el papel del observador. La realización de esta tarea establece una conexión clara entre el periodismo y el ensayismo. En nuestra realidad decimonónica, el ensayo está íntimamente ligado al desarrollo del periodismo, y muchas veces sería imposible intentar un corte minucioso entre ambas realidades. Como antes que él en Sarmiento, y como después de él en Martínez Estrada, en Martí la actitud predominante es la del ensayista. No importa que no haya llegado a escribir ensayos de extensión de libros. Martí no escribió ni Facundo, como Sarmiento, ni Radiografía de la pampa, como Martínez Estrada; pero, como he sugerido, trabajó con un admirable sentido orgánico, de tal forma que algunos de sus libros póstumos, ordenados por ajena mano, están al mismo nivel que aquellos en cuanto a la coherencia y perdurabilidad de su mensaje.

La más accesible materia prima del ensayista es la realidad inmediata. Ortega y Gasset llamó, a algunos de sus textos de este tipo, "notas de andar y ver". La denominación es apropiada, en la medida en que el contacto con determinados aspectos de la realidad pone en marcha un proceso mental que pronto se transferirá a la escritura, y que implica tanto la descripción de esos hechos reales como la meditación sobre ellos y la formulación de conclusiones o la elaboración de una construcción teórica. Todo esto no se hace dentro de los carriles de una estructura disciplinaria sino fuera de ella, de acuerdo con el esquema de tipo discursivo "desenmarcado" o "descentrado" a que se ha referido Walter Mignolo.[4]

En lo que sigue trataremos de discernir lo que pudiéramos llamar las "formas de la mirada" martiana en sus textos norteamericanos. Esta retícula, desde luego provisional y tentativa, reconoce tres grados; el de la observación de lo distinto, el del contraste, el de la generalización.

La diferencia.

En el periodista-ensayista ubicado frente a una realidad geográfica, social y humana que no es la suya propia, y sobre la cual ha de reportar a lectores de su país de origen o de otros estrechamente relacionados, es inevitable que se establezca un enfrentamiento automático entre el "aquí" y el "allá". Lo primero que se nota es lo distinto, y escribir sobre ello implica, sobre todo, acentuar sus caracteres diferenciales. Aquello que es distinto abarca los fenómenos naturales (la nieve, la inundación, el terremoto) y también las costumbres (la vestimenta, la crianza de los hijos, las actitudes ante la riqueza y el dinero). El escritor está diciendo: "esto, que ustedes aceptan como un principio universal porque así lo conocen en nuestros países, se da aquí de otra manera, y he de mostrarles puntualmente esa diferencia".

En este nivel de observación apenas si se insinúan elementos de comparación: en todo caso, ésta es tácita, y se supone que ocurrirá en la mente del lector como resultado de la presentación de esta realidad extraña, la de la vida norteame-ricana, Martí, que tiene bien definido para sí mismo el concepto que llamará "nuestra América", está aquí iniciando un mosaico de escenas de "la otra América". Lo cotidiano, lo de todos los días, es lo que ante todo le preocupa. Como cuando envía a La Nación las páginas que conocemos como "Un día en Nueva York", crónica de la cual citamos el comienzo:

¡Un día en Nueva York!.

Amanece y ya es fragor. Sacan chispas de las piedras los carros que van dejando a la puerta de cada sótano el pan y la leche. La campanilla anuncia que el repartidor ha dejado el diario en la caja de las cartas. Bajan los ferrocarriles aéreos, llamando al trabajo. Los acomodados salen de la casa, después de recio almuerzo de carne roja, papas salcochadas y té turbio con mucha lonja de pan y mantequilla. Los pobres van en hilera, desde muy mañanita, al brazo el gabán viejo, por si enfría a la vuelta, y de la mano la tina del lunch: -un panazo, de mano casera, con buen tajo de carne salada y un pepino en vinagre (N.º 216, p. 1124).

La crónica se encaminará en otras direcciones: las fortunas que se hacen y se pierden en la Bolsa, el suicidio de un financista, las carreras de caballos y otros entretenimientos colectivos, la feria del maíz en Sioux[5], una procesión de inválidos de guerra y el trato preferencial que éstos reciben... "Y todo eso se ve en un día" (N.º 216, p. 1127). La crónica, tan fácil de leer, está artísticamente estructurada. En efecto: como todo lo que se muestra cabe desde la mañana hasta el atardecer en el país descomunal que Martí está retratando, el párrafo final incluirá, con excelente visión de las proporciones y la simetría, también imágenes crepusculares.

Pero no todas ellas, sin embargo, son sombrías: en las últimas líneas, surge un rayo de luz. Este es el final de ese breve texto:

Y cuando los vendedores del diario de la tarde se desgranan, como un puñado de arroz que echan los amigos al carruaje de la novia, voceando el alcance que da la noticia de haber confirmado Cleveland la ley que prohíbe con nueva energía la inmigración de chinos; cuando ya se juntan los politicones ansiosos, en la primera taberna o club a mano, para contar los votos que los demócratas ganarán de seguro con este agasajo a la gente del Oeste, que les anda quemando a los chinos las colas, y antes quiere ver sierpes que ver chinos -cien niñas esperan, cuchicheando en la sombra del portal, a que se abra la escuela gratuita de artes (N.º 216, p. 1127).

Aun en la brevedad de esta crónica -poco más de cinco páginas de la edición moderna: las hay que duplican o triplican esa extensión- se pueden estudiar los rasgos esenciales del escritor, entregado a la tarea de descubrir la realidad de la otra América. Como decíamos, un aspecto constructivo, o de buena retórica, que inmediatamente resalta es el sentido de la simetría.

A las menciones de modestas actividades mañaneras (el reparto del pan y la leche, la llegada del periódico matutino) corresponde una escena similar en el cierre (la venta callejera del periódico vespertino), de modo que ambos juegos de referencias adquieren valor simbólico. En medio, el vivir y desvivir de la gran ciudad, que de pronto se extiende a otros ámbitos del país. Allí, el drama humano de quienes sólo procuran la riqueza: "¡jugó a la baja del trigo y el trigo ha subido! ¿Dónde acaba el negocio en las bolsas, y empieza el robo? ¿O todo es robo, y no hay negocio?" (N.º 216, p. 1124). Irrumpe la historia, con todo su peso, en el desfile de los veteranos de la última guerra, que es la de Secesión; y Martí saca la cuenta de los veteranos que quedan vivos, y a los que el Estado atiende, que son de tres guerras: todavía algunos de la guerra de 1812 con los ingleses, muchos más de "la guerra rapaz e impía contra México en 1848" (N.º 216, p. 1126), y centenares de miles de veteranos de la guerra del Norte contra el Sur.

Todo lo que se ve, a través de la crónica de Martí, aparece como en una película de ahora, dramatizado por el movimiento, por la captación del instante justo; y por la simbolización. El suicida queda con "la mano sobre el retrato aplastado de la tragavidas"; el cura McGlynn, para sus labores a favor de los humildes, es secundado por "cien limosneras bellas" que "despueblan bolsas" y le son apasionadamente leales[6]; pasa la actriz desairada por el público la noche de un estreno, porque "el teatro no soporta" cosas que se aceptan en la novela (N.º 216, p. 1127)... Hasta el delinquir, siempre que no sea el terrible derramamiento de la sangre del hermano, es visto en forma plástica y cinética, como cuando relata los pedidos de pensión de falsos inválidos de guerra: "a menudo solicita pensión, porque diez años después de la guerra le atacó la malaria, un héroe desconocido que cargaba a una legua de la pelea la parrilla del capitán, y una vez que oyó fuego la dejó detrás para que se asara la carne el enemigo" (N.º 216, p. 1127).

Todo es movimiento, imagen: pero no la imagen vana del calidoscopio (que puede ser uno de los motivos recurrentes del Modernismo), sino la que va anunciando conceptos. Tras el disparo del suicida dice Martí: "Así mueren los pueblos, como los hombres, cuando por bajeza o brutalidad prefieren los goces violentos del dinero a los objetos más fáciles y nobles de la vida: el lujo pudre" (N.º 216, p. 1125). iEl sentimiento ético no puede andar lejos de la mirada de Martí!.

Muchas otras crónicas martianas muestran similares características: por ejemplo, "Nueva York bajo la nieve" (N.º 188, pp. 1014-1017), "Cartas de Martí" (N.º 74, pp. 407-414), o la muy conocida "Coney Island" (N.º 12, pp. 82-86). Están llenas de bellezas, y no difieren sustancialmente, en su enfoque, de la que acabamos de comentar. Son las crónicas del testigo que percibe la incisión de lo distinto; las "notas de andar y ver" de José Martí.

El contraste.

En otros casos, sin embargo, la comparación se hace explícita, y el contrapunto entre "nosotros" y "ellos" deja los tonos asordinados para constituirse en mecanismo retórico fundamental. Se nota también lo distinto, pero la actitud es mucho más opinante; se levanta la mirada de Martí casi hasta el nivel de la mirada de un juez.

En la experiencia de quienes han vivido fuera de su tierra, como exiliados o por otros motivos, hay una zona de fractura o fricción que es la de los usos sociales, desde los más simples y cotidianos hasta los más imbuidos de significados trascendentes: desde la forma de reaccionar cuando se es presentado a alguien, pasando por ritos sociales como la invitación a salir que un hombre formula a una mujer, hasta qué hacer frente a la muerte, el trato con la policía y la justicia, y otras calamidades. Cuesta acostumbrarse a esas zonas de tránsito. Al comienzo, las convenciones son misteriosas, inexplicables; más adelante, su comprensión y manejo pueden llegar hasta el nivel del biculturalismo. Pero los primeros años de contacto con una civilización ajena traen sorpresa tras sorpresa. De ahí el valor que tradicionalmente han asignado los escritores a tales características diferenciales en los relatos de viajes, desde los de Marco Polo hasta los contemporáneos. El inculto, el hombre inseguro de su propia cultura, adopta los usos extraños -sin lograrlo nunca del todo, por lo general- y deja desvanecerse los propios. En cambio, quien conoce bien el mundo cultural del cual procede, o tiene un nivel de intelección mayor, puede manejar más o menos simultáneamente dos registros, considerando el uno y el otro desde una perspectiva crítica.

Esto ultimo es precisamente lo que hace Martí en un grupo importante de escritos, en donde se desarrolla con mayor acuidad la oposición entre "nuestra América" y "la otra América". Basta tomar un ejemplo: la "Carta de Nueva York" dirigida a La Opinión Nacional fechada el 24 de diciembre de 1881 -en plena temporada navideña-, aparecida en Caracas el 7 de enero de 1882 (N.º 17, pp. 125-130). El tema es, precisamente, el de las Pascuas navideñas.

La mirada se tiende primero alrededor, observando el panorama, planeando sobre las calles, casas y tiendas de la ciudad; ya habrá tiempo para explicar de manera más minuciosa el tema puntual. Se trata de las Pascuas, pero esto no se menciona desde el comienzo, sino que se ofrece un vistazo vertiginoso a la ciudad en los días decembrinos en que la crónica se escribe:

Ciérranse el Congreso, las casas de gobierno, los colegios; parecen las calles calzadas de romería; las tiendas rebosan; los hogares se conmueven; los hombres graves se animan; las madres se afanan; hay rostros muy tristes, y rostros muy alegres; se venden por la calle coronas y arbolillos; gozosos, como pájaros libres, dejan su pluma el escritor, su lápiz de apuntes el mercader, su arado el campesino; la alegría tiene algo de fiebre -iy la tristeza!- Los desterrados vuelven con desesperación los ojos a la patria; los pequeñuelos los ponen con avaricia en los mercados llenos de juguetes: todo es flor, gala y gozo; todo es pascuas (N.º 17, p. 125).

Observemos este comienzo. Se trata de un párrafo de algo más de cien palabras, que en la edición que seguimos ocupa diez líneas. En su textura interna se pueden distinguir dos momentos o fases. La primera de ellas, unas siete líneas, está formada por diez oraciones yuxtapuestas, que van dando de manera vivaz la descripción del estado de la ciudad. En su mayor parte, los verbos implican movimiento o actividad, o bien el resultado de emociones (cerrarse, rebosar, conmoverse, animarse, afanarse). Cuando esa carga semántica no es soportada por el verbo, transmiten similares valores algunos sintagmas nominales ("calzadas de romería", "pájaros libres"). Los ámbitos a los que se refieren estas acciones cubren casi la totalidad de la ciudad: instituciones públicas, hogares, calles, comercios. La actividad es signo de alegría, y ésta predomina, pero también se menciona la tristeza: el mundo es vario, multánime, contradictorio.

Faltan tres líneas, ocupadas por cuatro oraciones -cuatro pinceladas- más, que en verdad se ordenan de dos en dos. Las dos primeras contraponen la pena del desterrado, en quien estos momentos de gozo general avivan nostalgia por la patria, y la inocente alegría de los niños pequeños, centrada en los juguetes. Las dos últimas oraciones, ambas con el mismo sujeto genérico, "todo", son como una síntesis definitoria del párrafo: "todo es flor, gala y gozo" resume las impresiones apuntadas en las líneas anteriores; la oración final, "todo es pascuas", ubica en forma definitiva las circunstancias que motivan la observación.

El segundo párrafo, aún mucho más extenso (treinta y siete líneas), continúa con la descripción de escenas características de la temporada (definida en la última palabra del párrafo anterior como "pascuas", en plural, o sea el tiempo que va desde la Natividad hasta el día de Reyes, y no como "Navidad", que es específicamente el 25 de diciembre). Al comienzo no hay una mención del nombre de la fiesta: se habla de "estos días", "fiesta de ricos y de pobres", "días de fineza"... Transcurridos ya dos tercios del párrafo, aparece por primera vez la palabra inglesa que designa esta fiesta: "cuelgan los padres en las horas de la noche, por no ser vistos de los hijos candorosos, de bujías de colores y bolsillos de dulces y brillantes juguetes, el árbol de Christmas" (N.º 17, p. 125). Y nuevamente, en el final mismo del largo párrafo, se entrelazan los motivos de la alegría y la tristeza: "Y dispónense a baile suntuoso los magnates de la metrópoli, -y los alegres, que son otros magnates. La alegría es collar de joyas, manto de rica púrpura, manojo de cascabeles. Y la tristeza- ¡pálida viuda! Así son en Nueva York las pascuas de diciembre" (N.º 17, p. 126). En unas cuarenta líneas, que son las que ocupan estos dos primeros párrafos, se ha dado una descripción completa de la modalidad con que los norteamericanos se comportan en este momento del año: en sí, es una viñeta que podría recortarse, dejando de lado el resto de la crónica, para coleccionarla por sí sola bajo el marbete de "Escenas norteamericanas".

El tercer párrafo comienza con una negativa: "No son, como aquellas de España, fiestas de pavo y lechoncillo, ni días de siega de lechugas y aderezo de atunes y besugos" (N.º 17, p. 126). Todo este párrafo está destinado a describir la celebración de las Pascuas en España. Así como en Nueva York la mayor parte de las imágenes son de agitación y de movimiento, en Madrid la fiesta tiene características propias: muchos sonidos musicales (chirimías, dulzainas, tambor, zampona), niños disfrazados para la ocasión, los nacimientos o retablos y, sobre todo, comida, ¡mucha comida! A transposición literaria de bodegón flamenco suena el deleite con que Martí va enumerando los manjares:

Vense debajo de las espaciosas capas descomunales prominencias, y son pavos; y asoman por la cesta repleta, como diablillos retozones, los rábanos frondosos. El duque y el teniente cenan a la vez y la costurera y la chulilla, y con igual afán se acicalan en la taberna de Botino los conejos famosos; como se salpican de rojo pimentón en la tienda de pasteles y chorizos que está junto al teatro del Príncipe, cual la vieja España bajo el ala de la nueva, los embutidos extremeños y las farinetas salmantinas; como el suntuoso Fornos saca de su bodega los añejos vinos, y deja en las botellas señales del polvo nobiliario, a que luego la viertan manos blancas sobre trufas de Perigord, gustosas y aromadas, y el hígado de ganso de Estrasburgo. La fiesta es la escena que remata en misa (N.º 17, p. 126).

Estás últimas palabras, "La fiesta es la escena que remata en misa", son prácticamente la única referencia de tipo propiamente religioso en este texto (excepción hecha, más adelante, de las descripciones del Januká judío y de la celebración de los puritanos). Lo que se comenta y compara son dos modalidades de celebración vinculadas con un periodo específico del año; y el énfasis está puesto no sólo en la descripción de la escena neoyorquina, sino muy especialmente en el contraste entre la modalidad norteamericana y la hispánica. Los encabezamientos de los párrafos tercero y cuarto son harto elocuentes: el uno, como se ha dicho, comienza "No son, como aquellas de España, fiestas de pavo y lechoncillo" (N.º 17, p. 126); el otro, aún más rotundamente, "No son las Christmas del yanqui como las Pascuas del hidalgo" (N.º 17, p. 126). Y de aquí en adelante, toda vez que es preciso nombrar la festividad estadunidense usará la palabra inglesa, "Christmas": porque parece decirnos, "Christmas" y "Pascuas" no son una única realidad nombrada de dos maneras, sino dos realidades distintas.

La contraposición, sin embargo, no trasunta animosidad, sino simplemente registro de peculiaridades. Para Martí, éstas son "las fiestas del dar y del recibir" y "de hacer donativos al pariente pobre"; "las fiestas de niñas casaderas", "las fiestas de los padres" que gozan con la alegría de sus hijos; y, sobre todo, "la fiesta amada de los pequeñuelos" (no 17, p.j 126). En ningún momento del año se regalan tantas joyas como en estos días. Pero no sólo joyas se dan entre amigos, familiares y amantes, sino todo género de objetos: "De todo se hace regalo en estos días: de lo de lujo y de lo de uso" (N.º 17, p. 128); y "Todo el día es comprar y vender" (N.º 17, p. 128).

Martí ha trazado una descripción maestra de la modalidad navideña en los Estados Unidos, pero lo ha hecho desde un punto preciso de referencia, que es su posición de extranjero, su pertenencia a "nuestra América". La visión implica necesariamente un contraste, una cierta distancia entre enunciador y enunciado; es, en consecuencia, más personal que una crónica que intentara solamente "reportar".

Esta personalización del despacho periodístico en manos de Martí, para llevarlo al nivel del ensayo personal, se puede observar bien si se advierten sus gestos de apertura y clausura del texto. Las primeras líneas de la crónica mencionan el Congreso, las oficinas públicas, los colegios; es decir, el mundo "oficial". Las últimas, en un giro que hoy percibimos como típicamente martiano, se van a referir a las flores, es decir, al mundo "natural". Conviene leer este párrafo final:

iVed! Aquí pasa un árbol de Christmas: es de bálsamo, porque son tenidos por vulgares, y se dejan para gente modesta, los de pino y los de cedro. ¡Ved, cuánta corona de flores y hojas secas que vienen de Alemania! ¡Cuánta estrella, hecha de mirtos y siemprevivas! iCuánta guirnalda, hecha de laurel y acebo! ¡Cuánto adorno valioso, que se colgará luego en las paredes del comedor engalanado, y en puertas y ventanas! ¡Ved el muérdago, la rama sagrada de los galos, ante la cual juraban las sacerdotisas y los druidas eterno odio a César, y cuyas palmas verdes, a los acentos bélicos de la magnífica Velleda, postraban en el bosque misterioso, en la pálida luz de noches tibias, frente a los mudos y divinos dólmenes! ¡Ved estas violetas, que son de Napóles y Parma! ¡Ved esos cestos de rosas, grandes rosas de Francia; de claveles encarnados; de inmortales amarilis, que vienen de Italia; de jacintos romanos; de camelias japónicas! ¡Y tomadlas y ponedlas junto a la cuna de vuestro último hijo, que es mi don de Pascuas! (N.º 17, p. 130).

De la aparente impersonalidad del periodista a la intimidad del escritor que se expresa a través de una carta, va este ensayo; y también del Congreso solemne a la maravilla de las flores, es decir, de las imperfectas instituciones humanas a la permanente vigencia del mundo natural, traspasado por igual de humanidad y de historia. Ahí está Martí de cuerpo entero, escribiendo a finales de 1881 una "crónica" (nombre quizá inadecuado, pues sugiere lo transitorio) que hoy seguimos leyendo con admiración y placer.

La idea.

Muchos son los temas que abordan estas cartas de Martí: casi podría decirse que son una enciclopedia de la vida norteamericana de aquellos años. Un aspecto notable es la oscilación o equilibrio permanente entre lo rigurosamente cotidiano y lo más amplio o intemporal, entre lo puntual y lo vasto. A veces el episodio del día conduce a una teorización de mayor alcance; otras el camino es inverso. Pero siempre hay una búsqueda de compensación y equilibrio; por eso los textos no se agotan en su lectura inmediata, sino que siguen viviendo entre las páginas del libro.

Entre los muchos temas que se tratan, hay algo así como una sección especial de artículos centrados en personas eminentes por distintos conceptos, eviden-temente vistas por Martí como representativas de la cultura norteamericana. Son escritores, políticos, reformadores sociales; a veces personajes pintorescos, como los bandidos de Jesse James o Buffalo Bill. Hoy reconoceremos sobre todo los nombres de Emerson (N.º 27, pp. 186-195), Whitman (N.º 156, pp. 855-863), Louisa May Alcott (N.º 184, pp. 999-1001), LongfeUow (N.º 25, pp. 175-179) y, por otro lado, Édison (N.º 256, pp. 1357-1359). Estos textos, desde luego, son mucho más que una galería de retratos: el criterio de selección, y lo que de ellos dice Martí, merecen ser estudiados cuidadosamente; pero quizá no sea oportuno hacerlo aquí mismo, pues eso nos apartaría de la línea central que hemos venido siguiendo.

La observación de lo distinto, la formulación de la diferencia, dan paso al establecimiento de contrastes; simultáneamente, la consideración de lo vario lleva, en la mente del intelectual, a las tentativas de síntesis. Lo sintético, muchas veces revestido de fuerza apodíctica, está presente en muchos -o en prácticamente todos- los textos de Martí. Ahora bien: en lo que se refiere al contraste entre "nuestra América" y "la otra América", que resume la meditación norteamericana de José Martí, hay dos textos ineludibles. Son, creemos que sin discusión posible, "Nuestra América", de 1891, y "La verdad sobre los Estados Unidos", de 1894.

En 1891, en "Nuestra América"[7], había advertido Martí: "El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe"[8]. Pero, como "no hay odio de razas, porque no hay razas"[9], Martí previene también que no debe suponerse, "por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras"[10]. Los años de contacto con la realidad norteamericana lo han puesto muy al tanto de las "lacras políticas" de ese país, permanentemente mencionadas en sus crónicas; al mismo tiempo, confía en la posibilidad de un entendimiento entre las dos Américas.

El texto de 1894, "La verdad sobre los Estados Unidos"[11], publicado originariamente en Patria (23 de enero de 1894), es más rotundo; pero es que el anterior está centrado en el autoanálisis de la realidad norteamericana, y este segundo, en la percepción que de los Estados Unidos tenemos en nuestros países. Una percepción muchas veces basada en el desconocimiento del país real, que no es totalmente uniforme, de manera que las tendencias observables en una región o Estado pueden no aplicarse a los demás. "Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería"[12]. Y, por otra parte, hay que huir de las actitudes irreflexivas, tanto de encomio como de crítica, si ellas conducen a juicios lapidarios y totalizadores: "Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes"[13]. En el fragmento que transcribimos a continuación, ofrece Martí una síntesis magnífica de los problemas que los latinoamericanos tenemos o podemos tener con los Estados Unidos; la peculiar mezcla de adhesiones y rechazos que nos han provocado a lo largo de nuestra historia:

Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al Sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice.[14]

La franqueza en el conocimiento y reconocimiento de la verdad es esencial. "Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro; y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro"[15].

Pero ¿a qué se debe el deslumbramiento con los Estados Unidos, la adhesión aerífica, la pleitesía que le rinden muchos latinoamericanos? Martí enumera no menos de cuatro causas, que glosamos libremente: 1) la impaciencia por llegar al nivel de progreso alcanzado por los vecinos del Norte, sin tener en cuenta la necesaria evolución de nuestras propias instituciones; 2) una experiencia insuficiente, que debería compensarse con mayor contacto vital, hasta llegar a estar en condiciones de opinar, "con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos"[16]; 3) la moda del desdén de lo nativo, de que ya había hablado elocuentemente en "Nuestra América"; 4) el deseo de encubrir los propios orígenes mestizos, como si hubiera motivo para avergonzarse de ellos. Como siempre, los mejores resúmenes de los textos martianos están dentro de los textos mismos: "Sea la causa cualquiera -impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada-, es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América la verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino"[17]. Y por eso es que, como dos veces se dice con la mismas palabras, en este texto, "es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos".[18]

Esa verdad es -en un Marta que está casi al cabo de su experiencia norteamericana, poco más de un año antes de su muerte- un concepto que resume sus años de vivir, trabajar, pensar, soñar y escribir bajo el cielo de Manhattan. Él conoce a Estados Unidos por dentro. Ama en el gran país todo lo que es digno de ser amado, como el amor a la libertad en los mejores de sus hijos, o como la labor creadora de sus artesanos, sus escritores y sus artistas. Rechaza, por otra parte, cuanto en la vida interna del país trasunte decadencia moral y vicios políticos, así como, en lo exterior, el anexionismo y las intenciones hegemónicas que con frecuencia ha manifestado la Unión Americana, en su tiempo como en el nuestro.

En el contexto general de la obra martiana, este análisis de los Estados Unidos es la otra mitad de la tarea iniciada con sus textos sobre "nuestra América", porque ni ésta ni "la América sajona" son conceptos unilaterales, colgados en el vacío. El amor a una América y a la otra requieren de la crítica, aunque ésta parezca incisiva y hasta impiadosa; a Martí se le podrían aplicar aquellas palabras que gustaba de repetir Paúl Groussac, según las cuales "vale más la espada del que ama que el ósculo del que aborrece".

Las últimas palabras del ensayo formulan este concepto con toda crudeza. Allí se dice que es necesario difundir "las dos verdades útiles a nuestra América: el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos, y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos"[19]. Ni la crítica cerril a lo ajeno, ni la tolerancia desmañada con respecto a lo propio, es el mensaje martiano. Y, ante todo, justipreciar el talante moral, la búsqueda de la justicia, el deseo de servir a los demás: pues ésta es la auténtica esencia de la política.

Palabras finales.

Martí es el testigo, el observador, el que ve y registra la diferencia; no es un testigo hostil, pero podría definírselo como un testigo externo, a pesar de su década y media de residencia en Nueva York: externo, porque llega a esa ciudad ya formado, fogueado en la luchas por la libertad de su patria, y poseedor de un sistema de pensamiento basado en la meditación sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra América. No es el viajero ocasional, de modo que sus observaciones no serán apresuradas. No está escribiendo su autobiografía ni su retrato, a pesar de lo mucho que en ese sentido dicen sus páginas, y por ello escapa a los riesgos de una subjetividad excesiva. Está impresionado por los Estados Unidos, pero no deslumbrado; Es, en suma, un testigo ideal para darnos una imagen de la vida estadounidense, apreciada desde nuestra propia tesitura vital, en las décadas de 1880 y 1890.

Si frente a esa tarea enorme la primera reacción es la del establecimiento de la diferencia, la filiación de lo distinto, bien pronto eso no basta: No todos los lectores pueden elaborar mentalmente todo lo que va implícito en las observaciones de Martí. De ahí que se note también en las crónicas norteamericanas una búsqueda del paralelismo, del contrapunto: una percepción del contraste. Hay un "acá", que es el de los Estados Unidos, y un "allá" hispánico; un "acá" sajón (aunque Martí tiene siempre presente la mezcla de elementos étnicos distintos, y no pocas veces contrapuestos, que se dan cita en el país del Norte) y un "allá" latino; un "allá" que es el de nuestra América (lejana en la geografía, inmediata en el pensamiento y los afectos) y un "acá" que es el de la América de los otros. Esa comparación está latente siempre, 'ya sea que se exprese en párrafos íntegros que van estructurando el texto, ya sea que aparezca en el giro de una frase o en el uso de una palabra. Porque Martí, el testigo, no es un visitante sino un desterrado: como tal sigue viviendo su patria en el exterior, que es una de las formas más dolorosas de vivir la patria propia.

Estos dos pasos llevan inevitablemente, casi en la culminación de la vida de Martí, a la formulación de ideas capaces de abarcar las observaciones parciales dentro de un sistema homogéneo. Así surgen algunos textos definitorios y definitivos, textos verdaderamente cardinales, suma y resumen de conocimientos y experiencia, que siguen iluminando el camino de nuestros pueblos.

El testigo, el analista, el pensador: eso es Martí en sus escritos desde y sobre los Estados Unidos. Y sus textos norteamericanos, destilación de vida y escritura, creados en su mayor parte como crónicas de lo cotidiano, hoy merecen ser cotidianos en otro sentido, que es el de nuestra admirada frecuentación.

Relación de notas.

[ 1] Cf. Vernon A. Chamberlin e Ivan A. Schulman, La Revista Ilustrada de Nueva York: History, anthology, and index of literary selections, Columbia, University of Missouri Press, 1976. No son muchas las colaboraciones de Martí en esta revista (dirigida por el venezolano Nicanor Bolet Peraza, 1838-1906), pero es significativo que ellas incluyan dos de sus textos funda-mentales, como son "Nuestra América" (enero de 1891) y "La conferencia monetaria de las repúblicas de América" (mayo del mismo año). Señalan Chamberlin y Schulman (pp. 24-25) que la publicación neoyorquina de "Nuestra América" es anterior (por cuestión de días, agregamos) a la de El Partido Liberal (30 de enero de 1891), considerada tradicionalmente la primera. En la reciente edición crítica de Textos marcianos (La Habana, Editora Política, 1995), nota 47, p. 30, Cintio Vitier deja constancia de estas circuns-tancias de publicación.
[ 2] Historia de la cultura en la América Hispánica, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1947, p. 111.
[ 3] La notable carta de Martí a Bartolomé Mitre y Vedia, fechada en Nueva York el 19 de diciembre de 1882 (pp. 1759-1762 de esta edición), debe leerse para comprender la disposición de ánimo con que Martí acomete esta serie de "cartas" -como él las llama- dirigidas a La Nación.
[ 4] "Discurso ensayístico y tipología textual", en: Textos, modelos y Metáforas, Xalapa. Universidad Veracruzana, 1984, pp. 209-222.
[ 5] Seguramente Sioux City, lowa, población establecida en 1848 en la confluencia de los ríos Big Sioux y Floyd con el Misuri, y desde entonces centro agrícola de importancia.
[ 6] Martí dedicará el espacio en otras crónicas a este sacerdote católico, perseguido por las autoridades eclesiásticas debido a sus ideas de reforma social. Véase en especial "La excomunión del padre McGlynn" (N.º 165, pp. 903-910).
[ 7] José Martí, Obras completas. Editorial Nacional de Cuba y otras, La Habana, 1963-1973, VI, 15-23.
[ 8] Ibíd., p. 22.
[ 9] Ibíd.
[10] Ibíd.
[11] Apéndice II pp. 1753-1756
[12] Ibíd., p. 1754.
[13] Ibíd., p. 1753.
[14] Ibíd., p. 1754.
[15] Ibíd., p. 1756.
[16] Ibíd.
[17] Ibíd.
[18] Ibíd., pp. 1753 y 1755.
[19] Ibíd., p. 1756.
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