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RECUENTO SOBRE LA ESTIGIA

Por Alfonso Hernández Catá


RECUADRO INTRODUCTORIO

De la Mitología de Martí, libro de A. Hernández Catá, recientemente editado, es este intenso capítulo.

Aparte de que la firma de H. Catá es una garantía de eminente significación, este fragmento de su última obra, seleccionado por él mismo de esa obra sobre Martí, la suprema personalidad de nuestras luchas libertarias y uno de los más grandes cerebros de la América -- es especialmente recomendable. (...) No tenemos que decir hasta qué punto nos honra que reanude su colaboración en BOHEMIA este antiguo amigo nuestro, tan legítimamente y ampliamente admirado en Cuba por sus brillantes méritos intelectuales.



Una orden en la noche, un descenso difícil a la barquichuela, unos sacos de provisiones que caen, y el bote que se aleja dejándonos solos con su destino en el vaivén del oleaje. El cielo es sombra, la costa es sombra. Y como toda guerra, hasta la más justa, es un trasunto del infierno, no es raro que al sentir salpicarle la boca el hervor fosfórico del mar, el viajero piense un instante en la laguna Estigia.

Cada hombre cumple su tarea. A él le ha correspondido llevar el remo de proa, y helo ahí de espaldas a la meta, sin ver siquiera que ahora sus puños, igual que antes su mente, van acortando trabajosas distancias. De tiempo en tiempo no puede reprimir la impaciencia y vuelve la cabeza para avizorar si puntean luces en la playa. Nada se ve aún. El esfuerzo rítmico perla su carne de gotitas tibias. Sólo se oye el aliento del mar y el de los hombres. Impelida por los aletazos de la determinación, la barca es, entre las negruras, saeta crujiente.

De tiempo en tiempo, alguna frase rasga el silencio. La excitación no se muestra en el tono de ninguna pregunta de miedo a ser tomada por cobarde. Los pechos se inclinan, los pies se apoyan contra las bancadas, y los bustos vuelven a echarse hacia atrás para impeler la embarcación entre las revueltas espumosas. Tiempo brujo, tiempo en el cual la mente, oreada por el viento, alcanza una acuidad cercana a la omnisciencia.

Y en ella su vida se le aparece ajena a sí mismo para que juzgue. Nada puede ya modificar de ella, mas tampoco siente tal deseo. Dio a su fe cuanto darle pudo. Pasó por la juventud y cerca de la riqueza sin mancharse, allegó voluntades, formo un haz flamígeo de lo que eran esparcidas pajuelas, nació pobre e ignorante y está en la barca fatal sin moneda impura y con un universo acentrado por el estudio dentro de sí. Ha subordinado a un deber no impuesto sus sentidos finísimos, sus potencias creadoras. Volvería a pasar lo mismo por todas las horas aciagas y por todos los minutos dulces. No, no ha estafado a los dioses. Paga su vida. Si los hombres a quienes tomó de ejemplo lo vigilan desde la sombra o si los precursores de la república cubana lo aguardan en la ribera, podrá mirarlos cara a cara.

A medida que se acercan, su visión se intensifica y solo piensa en Cuba, en Cuba de ayer y en la de hoy. En pelotón insigne aparécensele Ignacio Agramonte (el brillante con alma de beso), Joaquín de Agüero, Francisco Vicente Aguilera, Isidoro de Armenteros, Morales Lemus, Gaspar Betancourt, Honorato del Castillo, Carlos Manuel de Céspedes, Pedro Figueredo, "el Rouget de Lisle bayamés", Vicente González, Domingo de Goicuría, Miguel Jerónimo Gutiérrez, Heredia, el venezolano que para lavarse la afrenta de haber peleado contra los suyos fue a Cuba para realizar en ella el incumplido sueño de su paisano insigne, Antonio Lorda, don José de la Luz, Saco, Varela, Rafael González, Ramón Pintó, Manuel de Quesada, otros más. Y ve sus vidas y muertes, ya gloriosas, ya tristes. Y siente que la herencia espiritual recibida de ellos, ahora en sus manos y en las de otros varones a uno de los cuales conoce y a otros que no ha visto jamás, y que sin embargo como a hermanos quiere, va a ser transmitida ante el gran Notario que da fe de las intenciones de los hombres.

Tras esa falange de estrellas ve también, una a una, las estrellas secundarias y la nebulosa del pueblo, compuesta por los héroes anónimos, por los peldaños oscuros de la escalera por done el mundo asciende, por los miles y miles de seres a quienes la desgracia no dispensó siquiera el funesto honor de señalarles. Piensa en sus amigos de New York, en los que para bien del mañana, conviene economizar. Los dos Maceo, luminosos y oscuros, le sonríen. Calixto García, con su carta de noble hecha cicatriz en la ancha frente; Máximo Gómez, injerto de acero y de austeridad generosa que va allí a su lado; Varona, frío, exacto y sabio, en quien ni los sueños se salen de la lógica nunca; Manuel Sanguily, gran caballero de la inteligencia y de las acciones; Lanuza, que gusta de vestir de sonriente escepticismo su fe; Salvador Cisneros, grandeza antigua que ha cambiado por una ciudadanía inquieta un marquesado.

La lista se alarga, y caracteres y méritos trénzanse en arco iris. Hasta aquellos siempre separados de él por la contumaz esperanza en los emolientes, los ve a luz nueva: Montoro, mezcla de hidalgo español y de personaje de Dickens, orador insigne formado por las mejores disciplinas, caballero sin tacha, pero con algo infortificablemente blando en las vértebras; Giberga, híspido selvático casi en todas las expresiones, y otros, cruzan. Piensa en cuán difícil será la aclimatación de los desterrados de tanto tiempo: Zambrana, Estrada Palma, varios aún.

Y no le inquietan --tal es la nobleza que percibe en sus rostros-- la actitud de los militares que dejando tempranos estudios van a adquirir de la fuerza idea idolátrica. La distancia que lo separa del logro es larga todavía y ha de sembrarse de cadáveres. Con penetración instantánea, ve caer a los dos Maceo y a Flor Crombet --los que señalan los cizañeros como futuros peligros, por su raza--, y los ve caer puros. Ve caer a otros también y ve levantarse, en cambio, nuevas fuerzas. Tras de ellas, una masa confusa, luminosa, presta ser materia dúctil bajo buenas manos: el pueblo.

Y, de súbito, ya no ve más. Atento, como siempre, a los otros, no ha podido, al mirar por esa grieta instantánea abierta en el pasado y en el porvenir, verse a sí mismo. La gloria de Finlay, la de Casal, la de Manuel de la Cruz, la caída casi al trasponer el umbral de la paz de los dos grandes caudillos supervivientes, son entrevistas en esa luminación honda y breve del milagro óptico. Pero de sí nada miró y nada sabe, porque nada le importa. Se ha dado, y no es hombre de retirar la puesta del gran juego.

Cuando la sal amarga de una ola le toca los labios y la frente y oye sofocados gritos de júbilo, sus pupilas tornan a la finita realidad y perciben, ya muy cerca, en la playa, luces. Unas brazadas más y la proa del bote besará tierra inmensa. ¡Ah, con qué vigor aprieta contra el remo sus manos doloridas!

Ya está: he aquí el premio. Este choque ha sido el esperado beso brusco en la sombra. ¡A tierra! Dos brazos recios lo alzan mientras dos piernas se sumergen. Él quiere mojarse también, desembarcar igual que todos, pero no lo dejan. Puesto que a su mandato la isla se enciende, ha de mostrar que sabe obedecer también. La llama no debe tocar el agua. Es imperativo superior que llegue a Cuba sobre humano pedestal. Ya lo sueltan sobre la playa. Ya ha estrechado el pecho fornido sobre el cual se sintió un poco niño en el desembarco. De la aventura, como del recuento, le ha quedado un regusto jubilar.

En torno son negruras, silencio; y él siente albas y voces en el corazón. Las voces no son las conocidas, sino otras, infinitas, de ayer y de mañana: la de los hombres y las multitudes que hace poco viera al asomarse a la fisura hecha en el muro del tiempo por los dioses para permitirle ver a uno y otro lado de los lindes de hoy. Vienen del ayer consumido y del mañana no creado aún, y son tantas, que parecen una ebullición de la arena. Brazos y almas lo buscan. Y la sensación es tan exacta, que sus labios responden:

--Aquí estoy... Aquí.

Entonces una mano ase su diestra y lo lleva isla adentro. Y nunca pudo saber si aquel lazarillo, en la noche, era un espectro o uno de sus compañeros de aventuras.

Relación de notas.

Alfonso Hernández Catá. Castilla, España, 1885 - Rio de Janeiro, Brasil, 1940). Vivió hasta los 14 años en Santiago de Cuba y después en Toledo y Madrid, España. Volvió a Cuba en 1905. Fue lector de tabaquería. Cultivó la novela, el cuento y el periodismo. También incursionó en el teatro. En 1966 se publicó en nuestro país una recopilación de su cuentística.

(Tomado del libro Mitología de Martí, 1929)

2 de febrero de 1930 Subir
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