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Capítulo 2   Fundamentos ético-políticos de sus ideas sobre la República.

He tratado de resumir aquí las ideas que de una manera general expresan el ideario político y ético de Martí y que forman la base sobre la que se estructura todo el edificio de su concepción sobre la república. Se trata, por tanto, de aquellas ideas en las que Martí define a la política en su sentido más amplio así como las razones éticas generales que guían la solución de las cuestiones más específicas.

Cualquier intento de analizar el contenido de este ideario en su sentido más general presupone la expresión de un determinado enfoque filosófico del cual aquel no es más que resultado. Sus ideas reflejan sus más profundas convicciones acerca del mundo, de la sociedad, del hombre y de su papel, del conocimiento, del orden universal, de la relación entre espíritu y materia, de las leyes naturales, de la conciencia, del ideario religioso, del bien y del mal, de la interacción de fuerzas diferentes, de la causalidad, de las esencias y de lo fenoménico, de las contradicciones, de lo uno y lo múltiple, de lo universal y de lo singular, de la conciliación, de la tolerancia, y de su idea del ser compuesto como expresión medular de su propia concepción filosófica. [1]

Quiero llamar la atención acerca de una idea que Martí repite una y otra vez en el análisis de cada uno de los aspectos que conforman su ideario republicano. Me refiero a la exigencia de que la política sea expresión genuina de la naturaleza de cada pueblo y de que responda en su formulación a la acomodación de todos los intereses y anhelos.

Durante demasiados años los cubanos nos hemos preocupado más en aplicar fórmulas utilizadas con cierto éxito en otras tierras que en buscar soluciones genuinas. Y creo que esta es una de las cuestiones más importantes a tener en cuenta en la futura reconstrucción democrática del país.

Asimismo, y a pesar de los antagonismos existentes, hay que dar prioridad a la búsqueda de vías que permitan la participación de todos los cubanos, sin exclusiones de ningún tipo, en la vida política de la sociedad de modo que cada cubano se vea representado en las medidas políticas que se adopten y que no se sienta marginado en virtud de sus ideas políticas, económicas, religiosas o de cualquier otra forma de expresión de sus ideas.

Otra cuestión esencial a la que Martí se refiere una y otra vez es con relación a la honradez en la política, que abarca no sólo a la honradez personal de los políticos sino, además, a la propia actuación del gobierno en su conjunto y a la acción de los partidos políticos en particular, amén de los ciudadanos.

Hay un gran sentido ético en el ideario político martiano en parte heredado del pensamiento de los grandes filósofos griegos de la antigüedad, ante todo Sócrates y Platón, y también de los filósofos cubanos de la primera mitad del siglo XIX. Pero sobre todo este profundo sentido ético es expresión de sólidas convicciones internas forjadas y expresadas ya en su juventud como lo prueban diversos trabajos escritos en su etapa adolescente y que marcó todo su quehacer político hasta su muerte.

Pero en Martí hay -ya lo habíamos dicho- un sentido de misión en la vida que se expresa consecuentemente en cada uno de sus actos y en cada una de sus ideas. Y no se puede entender su ideario al margen de estas exigencias éticas tal y como ocurre con sus ideas del bien y del amor. Para Martí política es fundar y esta es la palabra clave para la comprensión de su ideario republicano. Pero fundar con amor, conciliando todos los intereses, solucionando los problemas todos del país y evitando con su acción la imposibilidad de tiranías y dictaduras que menoscaben los derechos democráticos de cada cubano en una república que se ha de fundar con todos y para el bien de todos. Las ideas del bien y de la justicia ocupan un lugar destacado en su pensamiento y en su acción unidas indisolublemente al amor y a la conciliación.

En toda su actuación a lo largo de su vida no hay una sola mención al odio o a la intransigencia -como él mismo reconociera en carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez- ni aún en los momentos en que tenía puestas las manos en la guerra. ¡Qué diferente a la política aplicada en Cuba desde 1959 que se fundamenta en el odio más visceral contra todo aquel que se opone a los designios del gobierno!

Porque el pueblo cubano ha sido educado en el odio, en el rencor, en la violencia. Basta asomarse con ojo crítico a los actos y manifestaciones que de una parte y de otra de la Isla realizan los cubanos en las incontables batallas que se suceden ininterrumpidamente desde casi el mismo triunfo de la revolución.

No importa que el odio se manifieste en Cuba contra los que intentan irse del país o que sea en Miami luchando porque no sea devuelto a su país un niño balsero. En ambos casos sólo cambia el decorado del lugar, de la ropa y de las consignas. Pero en el fondo son las mismas personas expresando el mismo odio. ¡Cuán dividida se encuentra la familia cubana hoy! Y pasará mucho tiempo antes de lograr la tan necesaria conciliación y el perdón mutuo.

Para ser verdaderos martianos no basta con repetir frases aisladas o aprenderse de memorias textos íntegros. Esto es lo que se ha hecho en Cuba desde 1959 y el resultado ha sido funesto. Porque para las actuales generaciones de cubanos Martí es un desconocido oculto tras las sucesivas capas de maquillaje con el que el gobierno cubano lo ha desfigurado para convertirlo en títere de sus propios intereses.


Relación de Notas.

[1] He decidido no profundizar en las ideas filosóficas de Martí porque requeriría de un grado de detalle en su exposición que rebasaría los objetivos de este libro. Subir
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