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Capítulo 5  Juicios sobre los Estados Unidos de América y sus relaciones con Cuba y América Latina.

En las páginas iniciales de este libro he analizado las pretensiones de dominio de los Estados Unidos sobre Cuba desde principios del siglo XIX , cómo estas se habían materializado tras su intervención en la guerra de independencia en 1898 y cómo la república nacida en 1902 vino al mundo con el estigma de dicha intervención.

He decidido por ello resumir en este capítulo aquellas ideas en las que Martí analiza directamente todo lo relacionado con este polémico tema así como mostrar su visión continental de las relaciones de los Estados Unidos con América Latina.

También aquí la incomprensión será su compañera de viaje a pesar de sus continuas advertencias y de sus profundos análisis. Las jóvenes repúblicas americanas siguieron un camino muy diferente y desoyeron las advertencias martianas tal y como hicieron un grupo de destacados cubanos.

En las citas que se exponen a continuación conoceremos el dolor de alguien que amaba profundamente a América y que veía cómo caía bajo el dominio de los nuevos romanos del siglo XIX. El tiempo le ha dado la razón. Los peligros eran reales y las naciones americanas fueron cayendo una a una bajo el influjo del país que un siglo después se ha convertido en el más poderoso del mundo y que trata de imponer sus dictados al resto del mundo por medio de todos los recursos a su alcance.

Hoy nuevamente los cubanos nos vemos avocados en la disyuntiva de la elección a tenor con la necesidad imperiosa de reconstruir democráticamente al país tras la caída de la actual tiranía. Sólo espero que esta vez las palabras del Maestro sean apreciadas en su justo valor.


1876
"No deduzco yo de los vítores que sean reconocidos por los Estados Unidos los derechos cubanos; tengo fe en que el martirio se impone, y en que lo heroico vence. Ni esperamos su reconocimiento, ni lo necesitamos para vencer. Sé por mi parte, que invitar como agrupación política, no es lo mismo que como a nación; pero es fuerza convenir que implica amor y respeto al pueblo cubano el deseo de que como pueblo figure en la fiesta de la independencia americana.

No una vez, mil veces, más de mil veces han oído las ciudades de América hurras en nuestro loor. Los pueblos constituidos tienen siempre el amor conservador que distingue, a la vejez, y que en mal hora les lleva al olvido de las nobles inexperiencias de su juventud." [1]
1886
"De un punto sí recuerdo que tratamos más a la larga en nuestra conversación, porque me tenía en aquellos días entre indignado y piadoso, siendo la indignación para con los entendidos, y la piedad para con los ignorantes, y fue de los rumores que por entonces corrían en Cuba sobre la anexión de nuestra patria a los Estados Unidos. Sólo el que desconozca nuestro país, o éste, o las leyes de formación y agrupación de los pueblos, puede pensar honradamente en solución semejante: o el que ame a los Estados Unidos más que a Cuba. Pero quien ha vivido en ellos, ensalzando sus glorias legítimas, estudiando sus caracteres típicos, entrando en las raíces de sus problemas, viendo cómo subordinan a la hacienda la política, confirmando con el estudio de sus antecedentes y estado natural sus tendencias reales, involuntarias o confesas, quien ve que jamás, salvo en lo recóndito de algunas almas generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más que posesión apetecible, sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñable; quien lee sin vendas lo que en los Estados Unidos se piensa y escribe desde la odiosa carta de instrucciones de Henry Clay en 1828, cuando los Estados Unidos 'estaban satisfechos con la condición de Cuba, y por el interés de ellos no deseaban cambio alguno', hasta lo que de sí propio dicen en su conversación y en su poesía, hasta el 'Somos los romanos de este continente', de Holmes: 'Somos los romanos, y llegarán a ser ocupación constante nuestra la guerra y la conquista': quien sabe de cerca que aquellas agitaciones periódicas de la prensa que pudieran sernos favorables, y en lo aparente lo son, responden lo mismo que los alardes patrióticos en España, al interés pasajero de los partidos políticos, que se sirven acá de la Isla, o de la probabilidad de comprarla, o de entrar en guerra por ella, como medio de impedir que triunfe en el Congreso el proyecto de rebaja de los aranceles, so capa de necesitar acaso en fecha no remota, fondos de sobra en el Erario público; quien ama a su patria con aquel cariño que sólo tiene comparación, por lo que sujetan cuando prenden y por lo que desgarran cuando se arrancan, a las raíces de los árboles, -ése no piensa con complacencia, sino con duelo mortal, en que la anexión pudiera llegar a realizarse; y en que tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas." [2]
1889
Carta reproducida íntegramente. (Vindicación de Cuba)

"Sr. Director de The Evening Post.

Señor:

Ruego a usted que me permita referirme en sus columnas a la ofensiva critica de los cubanos publicada en The Manufacturer de Filadelfia, y reproducida con aprobación en su número de ayer.

No es éste el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba. Es probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país unido a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones sólo excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter. Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus propias fuerzas en mejores condiciones políticas, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros; los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil; los que por su mérito reconocido como científicos y comerciantes, como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad poco común, se ven honrados dondequiera que ha habido ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto; ésos, más numerosos que los otros, no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan. Admiran esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad; pero desconfían de los elementos-funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de este país sus propios héroes, y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norte-Americana, como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting.

No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, junto con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido impacientes bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes, para ser libres; estamos atravesando aquel periodo de reposo turbulento, lleno de gérmenes de revuelta, que sigue naturalmente a un periodo de acción excesiva y desgraciada; tenemos que batallar como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita el extranjero, en el interior del país, donde la presa se escapa de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.

Pero, porque nuestro gobierno haya permitido sistemáticamente después de la guerra el triunfo de los criminales, la ocupación de la ciudad por la escoria del pueblo, la ostentación de riquezas mal habidas por un miríada de emplearlos españoles y sus cómplices cubanos, la conversión de la capital en una casa de inmoralidad, donde el filósofo y el héroe viven sin pan junto al magnífico ladrón de la metrópoli; porque el honrado campesino, arruinado por una guerra en apariencia inútil, retorna en silencio al arado que supo a su hora cambiar por el machete; porque millares de desterrados, aprovechando una época de calma que ningún poder humano puede precipitar hasta que no se extinga por si propio, practican, en la batalla de la vida en los pueblos libres, el arte de gobernarse a si mismos y de edificar una nación; porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar, como The Manllfacturer nos llama, un pueblo "afeminado"? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir --estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna- de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron como esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, echar a volar una cabeza, o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos "afeminados" tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.

Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen "aversión a todo esfuerzo", "no se saben valer", "son perezosos". Estos "perezosos" que "no se saben valer", llegaron aquí hace veinte años con las manos vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria: gustaban del lujo, y trabajaban para él: no se les veía con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes, y bastándose a sí propios, no temían la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto, a morir en sus hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la simpatía de raza. Un puñado de trabajadores cubanos levantó a Cayo Hueso. Los cubanos se han señalado en Panamá por su mérito como artesanos en los oficios más nobles, como empleados, médicos y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto de los ferrocarriles y la navegación de ríos de Colombia. Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto del Perú como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos, trabajando como campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas. En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasión diaria de ver a cien cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo en cómoda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos.

El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades ha sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos "perezosos", "que no se saben valer", de estos enemigos de "todo esfuerzo", llegaron aquí recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno: sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la "señora" se puso a trabajar; la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo: ¡éste es el pueblo "deficiente en moral"!

Estamos "incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía de un país grande y libre". Esto no puede decirse en justicia de un pueblo que posee -junto con la energía que construyó el primer ferrocarril en los dominios españoles y estableció contra un gobierno tiránico todos los recursos de la civilización- un conocimiento realmente notable del cuerpo político, una aptitud demostrada para adaptarse a sus formas superiores, y el poder, raro en las tierras del trópico, de robustecer su pensamiento y podar su lenguaje. La pasión por la libertad, el estudio serio de sus mejores enseñanzas; el desenvolvimiento del carácter individual en el destierro y en su propio país, las lecciones de diez años de guerra y de sus consecuencias múltiples, y el ejercicio práctico de los deberes de la ciudadanía en los pueblos libres del mundo, han contribuido, a pesar de todos los antecedentes hostiles, a desarrollar en el cubano una aptitud para el gobierno libre tan natural en él, que lo estableció, aun con exceso de prácticas, en medio de la guerra, luchó con sus mayores en el afán de ver respetadas las leyes de la libertad, y arrebató el sable, sin consideración ni miedo, de las manos de todos los pretendientes militares, por gloriosos que fuesen. Parece que hay en la mente cubana una dichosa facultad de unir el sentido a la pasión, y la moderación a la exuberancia. Desde principios del siglo se han venido consagrando nobles maestros a explicar con su palabra, y practicar en su vida, la abnegación y tolerancia inseparables de la libertad. Los que hace diez años ganaban por mérito singular los primeros puestos en las Universidades europeas, han sido saludados, al aparecer en el Parlamento español, como hombres de sobrio pensamiento y de oratoria poderosa. Los conocimientos políticos del cubano común se comparan sin desventaja con los del ciudadano común de los Estados Unidos. La ausencia absoluta de intolerancia religiosa, el amor del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos, y la familiaridad en práctica y teoría con las leyes y procedimientos de la libertad, habituarán al cubano para reedificar su patria sobre las ruinas en que la recibirá de sus opresores. No es de esperar, para honra de la especie humana, que la nación que tuvo la libertad por cuna, y recibió durante tres siglos la mejor sangre de hombres libres, emplee el poder amasado de este modo para privar de su libertad a un vecino menos afortunado.

Acaba The Manufacturer diciendo "que nuestra falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada por la apatía con que nos hemos sometido durante tanto tiempo a la opresión española", y "nuestras mismas tentativas de rebelión han sido tan infelizmente ineficaces, que apenas se levantan un poco de la dignidad de una farsa". Nunca se ha desplegado ignorancia mayor de la historia y el carácter que en esta ligerísima aseveración. Es preciso recordar, para no contestarla con amargura, que más de un americano derramó su sangre a nuestro lado en una guerra que otro americano había de llamar "una farsa". ¡Una farsa, la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creación de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos de un pequeño ejército de patriotas, sin más ayuda que la naturaleza! Nosotros no teníamos hessianos ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey que nos ayudaran: nosotros no teníamos más que un vecino que "extendió los límites de su poder y obró contra la voluntad del pueblo" para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad en que él fundó su independencia: nosotros caímos víctimas de las mismas pasiones que hubieran causado la caída de los Trece Estados, a no haberlos unido el éxito, mientras que a nosotros nos debilitó la demora, no demora causada por la cobardía, sino por nuestro horror a la sangre, que en los primeros meses de la lucha permitió al enemigo tomar ventaja irreparable, y por una confianza infantil en la ayuda cierta de los Estados Unidos: "¡No han de vernos morir por la libertad a sus propias puertas sin alzar una mano o decir una palabra para dar un nuevo pueblo libre al mundo!" Extendieron "los límites de su poder en deferencia a España". No alzaron la mano. No dijeron la palabra.

La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generación es digna de sus padres. Centenares de hombres han muerto después de la guerra en el misterio de las prisiones. Sólo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia."

Soy de usted, señor Director, servidor atento. José Martí. [3]

"... De los pueblos de Hispano América, ya lo sabemos todo: allí están nuestras cajas y nuestra libertad. De quien necesitamos saber es de los Estados Unidos; que está a nuestra puerta como un enigma, por lo menos. Y un pueblo en la angustia del nuestro necesita despejar el enigma; -arrancar, de quien pudiera desconocerlos, la promesa de respetar los derechos que supiésemos adquirir con nuestro empuje,- saber cuál es la posición de este vecino codicioso, que confesamente nos desea, antes de lanzarnos a una guerra que parece inevitable, y pudiera ser inútil, por la determinación callada del vecino de oponerse a ella otra vez, como medio de dejar la isla en estado de traerla más tarde a sus manos, ya que sin un crimen político, a que sólo con la intriga se atrevería, no podría echarse sobre ella cuando viviera ya ordenada y libre." [4]

"... Del Congreso, pues, me prometía yo sacar este resultado: la imposibilidad de que, en una nueva guerra de Cuba, volviesen a ser los Estados Unidos, por su propio interés, los aliados de España. Nada, en realidad, espero, porque, en cuestión abierta como ésta, que tiene la anexión de la Isla como uno de sus términos, no es probable que los Estados Unidos den voto que en algún modo contraríe el término que más les favorece. Pero eso es lo posible, y el deber político de este instante, en la situación revuelta, desesperada, y casi de guerra, de la Isla. Y eso estaba yo decidido a hacer. Y aún no sé si será mi deber hacerlo, acompañado, o solo." [5]

"... Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, -no del pueblo que es, propio y capaz,- sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo." [6]

"... De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia.

En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever. Sólo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo, puede libertar de una vez a los pueblos españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de desarrollo, en que les tendría sin cesar, con la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles, la política secular y confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso, que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia, o para obligarlos, como ahora, a comprar lo que no puede vender, y confederarse para su dominio.

De raíz hay que ver a los pueblos, que llevan sus raíces donde no se las ve, para no tener a maravilla estas mudanzas en apariencia súbitas, y esta cohabitación de las virtudes eminentes y las dotes rapaces. No fue nunca la de Norteamérica, ni aun en los descuidos generosos de la juventud, aquella libertad humana y comunicativa que echa a los pueblos, por sobre montes de nieve, a redimir un pueblo hermano, o los induce a morir en haces, sonriendo bajo la cuchilla, hasta que la especie se pueda guiar por los caminos de la redención con la luz de la hecatombe. Del holandés mercader, del alemán egoísta, y del inglés dominador se amasó con la levadura del ayuntamiento señorial, el pueblo que no vio crimen en dejar a una masa de hombres, so pretexto de la ignorancia en que la mantenían, bajo la esclavitud de los que se resistían a ser esclavos." [7]

"De una parte hay en América un pueblo que proclama su derecho de propia coronación a regir, por moralidad geográfica, en el continente, y anuncia, por boca de sus estadistas, en la prensa y en el púlpito, en el banquete y en el congreso, mientras pone la mano sobre una isla y trata de comprar otra, que todo el norte de América ha de ser suyo, y se le ha de reconocer derecho imperial del itsmo abajo, y de otra están los pueblos de origen y fines diversos, cada día más ocupados y menos recelosos, que no tienen más enemigo real que su propia ambición, y la del vecino que los convida a ahorrarle el trabajo de quitarles mañana por la fuerza lo que le pueden dar de grado ahora. ¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo, o de ganarle tiempo y poblarse, y unirse, y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones, antes de que ose demandarles la sumisión el vecino a quien, por las lecciones de adentro o las de afuera, se le puede moderar la voluntad, o educar la moral política, antes de que se determine a incurrir en el riesgo y oprobio de echarse, por la razón de estar en un mismo continente, sobre pueblos decorosos, capaces, justos, y como él prósperos y libres?" [8]

"... Tiene métodos muy sutiles la ambición poderosa, y sería preciso que estuviese Ud. aquí, y aún estando no lo vería acaso bien, para entender cuanto estrago hace, hasta en los más fieles, la esperanza funesta, y enteramente secundada por los mismos nuestros, por interés o fanatismo, de que a Cuba le ha de venir algún bien de un Congreso de naciones americanas donde, por grande e increíble desventura, son tal vez más las que se disponen a ayudar al gobierno de los E. Unidos a apoderarse de Cuba, que las que comprendan que les va su tranquilidad y acaso lo real de su independencia, en consentir que se quede la llave de la otra América en estas manos extrañas. Llegó ciertamente para este país, apurado por el proteccionismo, la hora de sacar a plaza su agresión latente, y como ni sobre México ni sobre el Canadá se atreve a poner los ojos, los pone sobre las islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre nosotros. Podríamos impedirlo, con habilidad y recursos; que los arranques y la claridad de juicio, pueden, con buen manejo, vencer a la fuerza. En la soledad en que me veo - porque cual más cual menos espera lo que abomino- lo he de impedir, he de implorar, estoy implorando, pongo al servicio de mi patria en el silencio todo el crédito que he podido irle dando en esas tierras hermanas a mi nombre. Con dos o tres leales haré cuanto pueda y acaso, como parte de estos trabajos, publique dentro de muy pocos días, en cuanto pueda hacerlo con decoro, una hoja donde con el alma que Ud. conoce, diga la verdad, y junte, sin miedo a tibios y a señores, a los que deben estar juntos. Del Cayo quiero ver surgir una admirable protesta. Que de allí nazca, porque de allí tiene derecho a nacer. Pero con propósito y pensamiento que no se queden allí. Es preciso que Cuba sepa quiénes y para qué, quieren aquí la anexión. De Cuba, en la desesperación, la anhelan los que guían: no la juventud, no la población mayor. La corriente es mucha, y nunca han estado tan al converger los anexionistas ciegos de la Isla, y los anexionistas yanquis. Para mí, sería morir. Y para nuestra patria. No es mi pasión lo que me dará fuerzas para luchar, solo, en la verdad de las cosas; sino mi certidumbre de que de semejante fin sólo esperan a nuestra tierra las desdichas y el éxodo de Texas, y que el predominio norteamericano que se intenta en el continente haría el mismo éxodo, en las cercanías sumidas al menos, odioso e inseguro." [9]

"... El interés de lo que queda de honra en la América Latina, -el respeto que impone un pueblo decoroso- la obligación en que esta tierra está de no declararse aún ante el mundo pueblo conquistador- lo poco que queda aquí de republicanismo sano- y la posibilidad de obtener nuestra independencia antes de que le sea permitido a este pueblo por los nuestros extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a todos:- he ahí nuestros aliados, y con ellos emprendo la lucha." [10]

" Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: ni maldad más fría. ¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!" [11]
1892
"Artículo 7_. El Partido Revolucionario Cubano cuidará de no atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales." [12]

"... La independencia de Cuba, y la de puerto Rico a que se propone Cuba ayudar, sólo estará garantizada definitivamente cuando el pueblo norteamericano conozca y respete los méritos y capacidades de las Islas." [13]

Martí "... describió la labor silenciosa de estos doce años (...) para reunir los elementos revolucionarios de manera que creen en Cuba una república pacífica e industriosa antes de que, maduro ya el vecino poderoso para la conquista disimulada, pueda alegar como excusa de ella ante el mundo la ruina irremediable y la incapacidad política de una Isla indispensable al comercio del mundo..." [14]

"Es cubano todo americano de nuestra América y en Cuba no peleamos por la libertad humana solamente; ni por el bienestar imposible bajo un gobierno de conquista y un servicio de sobornos, ni por el bien exclusivo de la isla idolatrada, que nos ilumina y fortalece con su simple nombre: peleamos en Cuba para asegurar, con la nuestra, la independencia hispanoamericana. Otros crecen, y tenemos que crecer nosotros. En los viveros de los pescadores, se ve cómo el pez recio y hambrón, cuando se le encaran juntos los peces pequeños, bate el agua con la cola furibunda, y deja en paz a los peces pequeños. Es cubano todo americano de nuestra América." [15]

"... el único modo de quitar razón a los cubanos, y a los españoles, que de buena fe creen en nuestra incapacidad para el gobierno propio, -aunque creen en la capacidad tan luego como nos liguemos con un pueblo diverso del nuestro, y que tiene sobre nuestro país miras distintas de las nuestras, miras de factoría y de pontón estratégico,- es demostrarles, con nuestra organización y victoria, que no todos los cubanos se contentan con fiar a Cuba al capricho del azar, o a la política de espera de una república que se declara ya agresiva, y nos comprende, como puesto de defensa necesaria, en su plan de agresión: que los cubanos saben disponer a tiempo el remedio inmediato a un mal inmediato..." [16]

"Pero los hombres por el trato franco y largo conocen cuanto queda aún de república y humanidad en el yanqui embriagado por la victoria funesta sobre sus hermanos mismos y el crédito fácil que la siguió, y en el separatista meridional, que en la sumisión al triunfo del Norte, robustece su simpatía por los países oprimidos; los hombres que en el codeo desinteresado con la masa común y las estirpes cultas de los Estados Unidos advierten cómo es en todas ellas condición dominante el respeto de sus virtudes viriles, y el desdén de los que no las poseen; los hombres que, en el crisol de la guerra y en la fornalla del destierro, han visto fundirse, en lo que tienen de humano e idéntico, los factores distintos, y en apariencia opuestos, de la población de Cuba, y crearse por el esfuerzo del trabajo y el ejercicio gradual de las prácticas republicanas en los pueblos libres de una raza y otra; un cubano suficiente, padre de sí propio, celoso de sus ínfimos derechos, acostumbrado al roce del derecho de los demás, airado sólo cuando lo suponen incapaz los cubanos menos probados, fuertes en cuerpo y en alma para conquistar la libertad y para mantenerla, -ésos saben que hay un modo mejor, y único, de asegurar la ayuda y el respeto de los Estados Unidos, y la libertad local, que verían como propiedad suya desde que hubiera nacido de su concesión graciosa, en vez de nacer de nuestro esfuerzo.- Y este modo eficaz, demostrado en ocasiones solemnes y fraternales en la visita a un Estado de la Unión por revolucionarios francamente opuestos a la anexión imposible e innecesaria, en enseñarse ante los Estados con todo el coraje y toda la razón de hombres.- El hombre hecho, desestima al que no sabe hacerse. El pueblo que tiene fe en sí, desdeña al pueblo que no tiene fe en sí. Un pueblo que desdeña a otro, es amigo peligroso para el desdeñado.- Ni hay, para salvar del fuego propio el dedo, que echar el cuerpo entero en la ajena quemadura." [17]

"... Que no procuramos, por pelear innecesariamente contra el anexionismo imposible, captarnos la antipatía del Norte; sino que tenemos la firme decisión de merecer, y solicitar, y obtener, su simpatía, sin la cual la independencia sería muy difícil de lograr, y muy difícil de mantener." [18]
1893
"Por supuesto, que no hay razón de pena, como a primera vista aparece, en ver levantar tanta casa criolla en el país ajeno con que hemos de seguir después de la libertad en amistosa y preferente relación. Este es ensayo; y de la nulidad que éramos, y de los vicios e incapacidad de un pueblo criado a lomo de hombre, volveremos ya diestros en el arte de poblar, de crear por la asociación, de levantar entre todos, y para todos, lo que sólo vale por el esfuerzo de todos, de sembrar de ciudades sanas y alegres aquella maravilla de nuestro jardín. Acá, en New York, el cubano anda acogotado en su gabán, y pálido y murmurón, porque no halla cara que no sea pared, y la ciudad lo echa u olvida, y el clima lo azota; allá, en la Florida nueva, trabaja de obrero en la mesa y en su ciudad de explorador: echa pinos abajo: se guía a oscuras por la calle reciente: lee a prima noche, rodeado de la mujer y los hijos, en el silencio grande y puro de la naturaleza que acaba de despertar a manos del hombre. No se hinca el diente en la luz. El que dude de esto, vaya a verlo: o el que dude de sí. El cubano no duda de su pueblo por maldad, sino por ignorancia. Volverá a Cuba un pueblo de creadores. Por eso no se ha de ver con pena el nacimiento de un pueblo nuevo de cubanos; porque aprietan la amistad independiente y viril entre el cubano y el Norte, necesaria para el honor y la paz de ambos pueblos; porque en ellas se habitúa el cubano a las artes de producir y administrar que le veda España a Cuba, y sin las cuales podría ser infructuosa y muy turbada su independencia política; y porque, con el crédito de los desterrados, se limpia la casa para los que, en la hora próxima e inevitable del sacrificio fecundo, huyan a buscar en tierra agradecida, como la floridana, el hogar semejante y económico que hará más llevadero y útil el destierro." [19]

"... Sólo ese desasosiego del cubano colonial, a quien la preocupación y dependencia de su vida predisponen a desconocer las pruebas de acuerdo y vigor ya en su pueblo visibles, pudiera, unido al pánico inmotivado del español pudiente, buscar la salud de Cuba en el ingreso limosnero a una nación que debió a la sangre de los combates su libertad, que de su territorio ya distribuido ve desbordarse sobre la presa de los pueblos débiles su población agresiva y codiciosa, y que no ha sabido resolver para sí el problema mismo de que se irían a refugiar en ella los cubanos. Ni el español que defienda sus empresas y tiendas ha de querer, mientras sea hombre de razón, abrir la Isla a la horda avarienta que con el favor político y poder de la riqueza monopolizada, barrería de Cuba el comercio español; ni el cubano que teme, sin causa visible, el predominio de los libertos en la República, ha de procurar la anexión a un país que, por los labios mismos de su presidente mártir, tiene escogida a Cuba como la tierra propicia para vaciar en ella la población liberta que embaraza a los Estados Unidos. En vano desconocen los cubanos imprudentes que el respeto conquistado por la propia emancipación, y el comercio libre, son los únicos medios de mantener la paz cordial entre la colonia que sale convulsa e inexperta de un gobierno tiránico, y la nación adelantada e impaciente que, en el conflicto de los caracteres y los métodos, arrollaría en la anexión las fuerzas que estimará, y llegará a amar, en el goce del comercio pleno que se le ha de abrir con la independencia." [20]

"... Por la emancipación de la patria trabaja el Partido Revolucionario; por la concordia de los hijos de Cuba, que pudieran luego ensangrentarla con sus odios; por extirpar, desde la guerra inicial, los peligros que amenazasen a la República; por levantar una nación buena y sincera en un pueblo que habría de parar, si se le acaba el honor, en provincia ruinosa de una nación estéril o factoría y pontón de un desdeñoso vecino." [21]

"... El mejor modo de hacerse servir, es hacerse respetar. Cuba no anda de pedigüeña por el mundo: anda de hermana, y obra con autoridad de tal. Al salvarse, salva. Nuestra América no le fallará, porque ella no falla a América.

Pero la sustancia no ha de sacrificarse a la forma, ni es buen modo de querer a los pueblos americanos crearles conflictos, aunque de pura apariencia y verba, con su vieja dueña España, que los anda adulando con literaturas y cintas, y pidiéndoles, bajo la cubierta de academias felinas y antologías de pelucón, la limosna de que le dejen esclavas a las dos tierras de Cuba y Puerto Rico, que son, precisamente, indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente, donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el itsmo, y apretar luego con todo ese peso por el Sur. Si quiere libertad nuestra América, ayude a hacer libres a Cuba y Puerto Rico." [22]
1894
"Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y achica, que, en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres, nos tiene como a gente jojota y femenil, que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido criando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república, no nos les mostramos como somos. Ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra. Ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora prontos y viriles. Hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos. En su lengua hay que hablarles, puesto que ellos no entienden nuestra lengua." [23]

"... Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante.- No son meramente dos islas floridas, de elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de sus factores presentes, menos apartados que los de las sociedades rencorosas y hambrientas europeas, asegure, frente a la codicia posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y que la historia abre a la libertad en el instante en que los continentes se preparan, por la tierra abierta, a la entrevista y al abrazo. En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, -mero fortín de la Roma americana;- y si libres- y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora- serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio -por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles- hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. -No a mano ligera, sino como con conciencia de siglos, se ha de componer la vida nueva de las Antillas redimidas. Con augusto temor se ha de entrar en esa grande responsabilidad humana. Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar." [24]

"... De nuestra sociología se sabe poco, y de esas leyes, tan precisas como esta otra: los pueblos de América son mas libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos." [25]

"... A la significación y curso estamos aquí de las fuerzas sociales, que, por el enconado apetito del privilegio, y el hábito y consejo de la arrogancia, y la docilidad de las preocupaciones naturales en Cuba, pudieran impedir, aun después de la independencia, el equilibrio justiciero de los elementos diversos de la isla, y el reconocimiento, ni demagógico ni medroso, de todas sus capacidades y potencias políticas, sin el cual vendría la patria, desmigajada en la continua guerra, a parar en el yanqui aniquilador y rapaz, retardando acaso -por culpa que de otro modo puede ser gloria útil- la distribución natural y conveniente de los pueblos del mundo." [26]
1895
"... Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo." [27]

"Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.

Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin." [28]

Relación de notas.

[1] Artículo "A la colonia española". Revista Universal. México, 8 de septiembre de 1876. Tomo 1. Página 138.
[2] Carta a Ricardo Rodríguez Otero. Nueva York, 16 de mayo de 1886. Tomo 1. Páginas 195 a 196.
[3] Artículo "Vindicación de Cuba"¹. Publicado por "The Evening Post" de Nueva York el 25 de marzo de 1889. Tomo 1. Páginas 236 a 237. [La nota de introducción y la carta "Vindicación de Cuba" los escribió Martí en respuesta a los artículos "¿Queremos a Cuba?", publicado en The Manufacturer, de Filadelfia, y "Una opinión proteccionista sobre la anexión de Cuba", publicado en The Evening Post, de New York. Consideró Martí tan importante dar a conocer dichos artículos que los publicó con su respuesta en un folleto editado en "El Avisador Americano", Publishing Co, 46 Vesey Street, 1889 con el título "Cuba y los Estados Unidos."]
[4] Carta a Gonzalo de Quesada. Nueva York. Octubre 29, 1889. Tomo 1. Página 250.
[5] Ídem. Páginas 250 a 251.
[6] Ídem. Página 251.
[7] "Carta al Director de "La Nación"". (I) Congreso Internacional de Washington. Nueva York, 2 de noviembre de 1889. Tomo 6. Páginas 46 a 47.
[8] Ídem (II). Tomo 6. Página 56.
[9] "Carta a Serafín Bello." Nueva York, 16 de noviembre de 1889. Tomo 1. Páginas 255 a 256.
[10] "Carta a Gonzalo de Quesada." Nueva York, 16 de noviembre de 1889. Tomo 6. Página 122.
[11] Ídem. 14 de diciembre de 1889. Tomo 6. Página 128.
[12] "Bases del Partido Revolucionario Cubano." Proclamadas el 10 de abril de 1892. Tomo 1. Página 280.
[13] "A los presidentes de los clubs del Partido Revolucionario Cubano, en el cuerpo del Consejo de Key West". Nueva York, 13 de mayo de 1892. Tomo 1. Página 447.
[14] Artículo "La primera conferencia". De "Patria". Nueva York, 18 de junio de 1892. Tomo 2. Página 32.
[15] Artículo en "Patria", 18 de junio de 1892. Tomo 5. Páginas 375 a 376.
[16] Artículo "El remedio anexionista". De "Patria". Nueva York, 2 de julio de 1892. Tomo 2. Páginas 49 a 50.
[17] Artículo "Carácter". De "Patria". Nueva York, 30 de julio, 1892. Tomo 2. Página 77.
[18] "Carta a Gerardo Castellanos." 4 de agosto de 1892. Tomo 2. Página 86.
[19] Artículo "Casas nuevas". De "Patria". Nueva York, 10 de abril de 1893. Tomo 2. Páginas 290 a 291.
[20] Artículo "El Partido Revolucionario a Cuba". De "Patria". Nueva York, 27 de mayo de 1893. Tomo 2. Páginas 346 a 347.
[21] Ídem. Páginas 348 a 349.
[22] Artículo "Otro cuerpo de consejo." De "Patria", Nueva York. 19 de agosto de 1893. Tomo 2. Página 373.
[23] Artículo "La protesta de Thomasville." De "Patria". Nueva York, 27 de enero, 1894. Tomo 3. Páginas 62 a 63.
[24] Artículo "El tercer año del Partido Revolucionario Cubano." De "Patria". Nueva York, 17 de abril, 1894. Tomo 3. Página 142.
[25] Artículo "Las guerras civiles en Sudamérica." De "Patria". Nueva York, 22 de septiembre de 1894. Tomo 6. Páginas 26 a 27.
[26] Artículo " El lenguaje reciente de ciertos autonomistas." De "Patria". Nueva York. 22 de septiembre, 1894. Tomo 3. Página 264.
[27] "Carta a Federico Henríquez y Carvajal." Montecristi, 25 de marzo, 1895. Tomo 4. Página 111.
[28] "Carta a Manuel Mercado." Campamento de Dos Ríos. 18 de mayo, 1895. Tomo 4. Páginas 167 a 168. Subir
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