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Carta abierta al pueblo cubano

© Ángel Luis Martínez Acosta

A pocos meses de haber salido de Cuba aprovecho esta oportunidad de expresarme libremente para referirme a lo que considero el obstáculo principal para el éxito en el enfrentamiento a la dictadura de Fidel Castro: la desunión entre los cubanos. Mi enfoque se basa en la visión que una gran parte del pueblo tiene del exilio a partir tanto de la información (fundamentalmente a través de la radio) que recibe del exterior como de la versión oficial que divulga el gobierno cubano apoyado muchas veces en informes de prensa de agencias internacionales.

El exilio cubano está integrado hoy por múltiples grupos, movimientos y partidos de muy heterogénea composición y objetivos. Pero la imagen que se proyecta en Cuba es la de aquellas organizaciones "ultras", asentadas principalmente en Miami, y que por su modo de operar se les califica de "mafia política". Se conoce que son las que más poder económico tienen y que están sumamente comprometidas políticamente con el gobierno de los Estados Unidos de quien reciben apoyo, además de permitirles el acceso a sus medios oficiales de difusión (radio y televisión). Así de claro. Así de sencillo. Hay noticias acerca de otras organizaciones, pero son muy vagas, ya que al existir tantos grupos no es posible delimitar claramente el objetivo de cada uno y porque en muchos casos estas organizaciones no han sido capaces de dar a conocer suficientemente su plataforma política. Idéntico destino tienen las que actúan dentro del país. Se comprenderá entonces porqué hay entre muchos de los cubanos que viven en la Isla un sentimiento de rechazo hacia el exilio en general, ya que se le identifica con aquellos que han hecho de la política un modo de vida enmascarando con frases patrióticas su intención de invadir Cuba alentados por aspiraciones de poder y de venganza.

Pienso que no se puede identificar a los que abogan por una línea "dura" contra el gobierno de Castro con las organizaciones citadas anteriormente, pero soy de la opinión de que es hora ya de hacer distinciones y marcar diferencias dejando a un lado recursos propagandísticos manidos o frases maximalistas en pos de la necesaria unidad que Cuba necesita, tanto de los cubanos del exilio entre sí que deseen honestamente un futuro mejor para su patria, como de toda la emigración con la otra parte del pueblo que vive en la Isla. Porque cubanos somos todos y todos por igual tenemos los mismos derechos y obligaciones en lo que al futuro de la patria se refiere. Hay que aclarar mucho en el panorama político cubano y destacar que así como los partidarios de la línea dura no expresan la unanimidad de las aspiraciones de los que luchan contra el gobierno, tampoco Fidel Castro es el único exponente de los anhelos de justicia social enarbolados por la Revolución en los momentos iniciales, ya que hoy Cuba es el resultado de años de poder de una camarilla gobernante subordinada a un hombre a quien desde hace mucho le importa más su aspiración de gloria personal que los destinos del país.

No critico a los que honestamente son partidarios del enfrentamiento y que durante años han mantenido vivo el espíritu de lucha. Lo que sí cuestiono es la tendencia a llevar esta posición hasta el extremo de considerarla la única opción viable y, en esa medida, rechazar de plano otras alternativas. Por esta vía se puede llegar al terrorismo que siempre provoca víctimas entre los inocentes, o a una agresión armada que llevaría a idéntico fin. Puede encaminar también (como ya ha ocurrido), a buscar apoyo en grupos de poder extranjeros que no tienen nuestros intereses, creándose compromisos de dudosa conveniencia. Pero, además, pienso que comete suicidio político la organización que, como en el caso de la Helms-Burton, promueva la aprobación de leyes por parte de gobiernos extranjeros, ya que una vez que Cuba sea independiente nadie podrá impedir que otros estados adopten medidas que lesionen nuestra soberanía nacional excusándose en este precedente. Comprometer el futuro de la patria a cambio de apoyo político a cualquier precio es crear condiciones para volver a los tiempos de la Enmienda Platt o al de los acuerdos de Fidel con la Unión Soviética. ¿O es que estará reapareciendo en la escena política cubana el viejo partido anexionista?

Por otra parte, apoyar la continuación de la línea dura como única opción, trae consigo otros resultados que cuestionan su efectividad. A la larga estas medidas coercitivas a quien más afecta es a la población civil y, paradójicamente, es el gobierno de Cuba el más beneficiado. Este enfrentamiento directo contribuye a que Castro pueda ir por el mundo representando el papel de "víctima del imperio" recabando simpatías y apoyo material y político con lo que se desvirtúa la verdadera esencia de su autocracia y desfigura la imagen de Cuba y de su exilio ante el mundo. Y, por otro lado, estas medidas sirven para incrementar la represión interna haciendo más difícil la subsistencia diaria, ahogando cualquier intento de la oposición interna, además de mantener bajo la influencia del gobierno a los indecisos y temerosos. La familia cubana, núcleo esencial de nuestra patria, dividida y descabezada ya por la propia revolución, no tiene posibilidades reales de reunificación si tanto en Cuba como en el extranjero vive en medio de un clima político hostil y temerosa al sentirse en peligro por los mismos que le hablan de salvarla.

No pueden rechazarse las ideas que aporten una solución al drama cubano de hoy sólo porque vengan del exilio, de la oposición interna e incluso de aquellos que piensen en soluciones factibles desde posiciones cercanas a los que algunos denominan un "socialismo democrático". Creo que hay que escuchar a todo el que pueda aportar su "grano de arena" en la reconstrucción democrática del país. Hay que conciliar intereses y deponer todo tipo de aspiración personal. Hay que ganar voluntades y para ello tienen que ocupar un lugar central el amor, la conciliación y la tolerancia y dejar a un lado a los que se empeñan en acusar como "agentes de Castro" a los que no piensan como ellos ya que en el fondo utilizan el mismo recurso del dictador cubano que siempre califica de "agente de los EE.UU." a los que no coinciden con él.

Y habría que preguntarse en virtud de qué puede considerarse que tanto el cubano que emigró como el que quedó en la Isla, por este solo hecho, tiene el derecho exclusivo a opinar sobre el destino de Cuba. Quien así piense está haciendo una división simplista y falsa del pueblo además de cometer una gran torpeza histórica y política. Porque ni todos los que emigran son moralmente superiores, ni lo son tampoco todos los que viven en el país. Y lo más triste es que esta división artificial del pueblo sólo beneficia al gobierno cubano.

Es tiempo ya de rechazar todo pensamiento que no busque con sinceridad la unidad de los cubanos. La política -como decía José Martí nuestro Héroe Nacional- no puede ser sólo la vía de alcanzar el poder. La política, tanto ayer como hoy, tiene que ser el medio capaz de aglutinar a todos los cubanos sin ningún tipo de discriminación en aras de fundar una patria "con todos y para el bien de todos", y donde el hombre tenga la posibilidad de realizarse como ser dotado de derechos y de vivir y trabajar con respeto a su dignidad. Si provocamos algún tipo de exclusión estaremos sembrando nuevos odios que se sumarán a los existente y que más tarde o más temprano estallarán poniendo en peligro nuevamente la libertad.

Los demás países reconocerán nuestra beligerancia política en la lucha contra la dictadura de Fidel Castro sólo cuando el pueblo cubano se haya cohesionado en un frente común de objetivos bien definidos y cuando sea capaz de aceptar y de respetar la individualidad de cada una de las organizaciones que la integren, actuando con absoluta independencia de todo gobierno, incluyendo tanto al de los Estados Unidos como al de Cuba.

Esta es, en síntesis, mi apreciación de la problemática actual con respeto a cualquier otra consideración; posición que es lo suficientemente flexible como para aceptar las decisiones que el pueblo cubano adopte en aras de su libertad. Dejémosle hablar.

Barcelona, enero de 1998.

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