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Introducción

José Martí. El gran desconocido.

José Martí es un gran misterio: todo en él lo es. Dice mucho cuando habla; quizá dice más cuando a veces calla: "¡Qué ventura, que no me entiendan! Y ¡qué dolor, si me entendiesen!" [1]

Pienso que el mayor encanto que ejerce Martí sobre todos los que nos acercamos al estudio de sus ideas es precisamente el misterio que le rodea, la sensación de que sus palabras, por insignificantes que parezcan, encierran un mensaje, oculto para quienes su obra es sólo objeto de curiosidad pasajera o simple modo de coleccionar frases que sustituyan al estudio metódico y ordenado. Y por eso mismo creo que fue precisamente él quien puso el mayor empeño en velar una parte importante de sus más profundas ideas.

Para quienes se acercan por primera vez a su obra a través de sus discursos o artículos lo primero que salta a la vista es el lenguaje tan cargado de símbolos y de metáforas que muchas veces deviene en obtuso creándose la impresión de que no habló para las mayorías. Queda la duda permanente de no haber entendido sus palabras aún en aquellos pasajes que aparentemente son fácilmente comprensibles. Encontraremos múltiples citas y frases que podrán ser empleadas en su sentido literal en las más disímiles situaciones, pero en la medida en que avanzamos en el conocimiento de su obra escrita, nos queda siempre la impresión de no haber llegado a conocer el espíritu que anida en su interior y que es la fuente de donde emana toda su fuerza.

En Martí se da la circunstancia de haber sido un hombre de su época y al mismo tiempo con capacidad de proyectar su mente al futuro y de expresar ideas que impresionan por la actualidad de sus conclusiones, como si hubiesen sido expuestas en el tiempo presente de cualquier generación posterior a él. Y no dudamos en calificarlo de contemporáneo.

Profundizó como pocos en el alma humana. Supo de sus alegrías y de sus penas, de sus bajezas y bondades. Conoció el amor y el odio, el bien y el mal. Sufrió los rigores de la cárcel, del destierro, de la muerte de amigos y de familiares, del desprecio y de la incomprensión de amigos y de enemigos. Tuvo el amor de los buenos, de los niños, de los hombres, de las mujeres, de los ancianos. Contó con muy buenos amigos y fieles colaboradores. Fue vitoreado y aplaudido a su paso por el mundo. Conoció de las bajezas humanas y de la traición. Fue criticado y cuestionado por algunos cubanos precisamente por ser fiel a sus convicciones. Pasó hambre y necesidades paradójicamente en la época en que fue depositario y guardián de importantes sumas de dinero que el exilio le entregó para financiar la guerra de independencia. Conoció la felicidad de la paternidad y el dolor de ver cómo su esposa le alejaba a su hijo querido, de su reyezuelo, de su Ismaelillo. Hay en Martí un profundo sentido de misión en su vida, vinculada fundamentalmente con la independencia de Cuba. Su pensamiento y acción estuvieron dirigidos hacia este fin y no se desvió de este camino a pesar de los múltiples campos del saber que abarcó. Y creo que fue precisamente este sentimiento de misión el que le abrió los corazones y la confianza de los cubanos.

Una de las tareas más arduas que tuvo que acometer fue la de lograr la unidad entre los cubanos que militaban en el campo de la independencia. Tuvo que enfrentarse a celos, desconfianzas, rencillas, odios, sentimientos de venganza, complejos de culpa, aspiraciones de mando, caudillismo, racismo, odio al español y a otros tantos sentimientos acumulados durante años de continuos fracasos en aras de la independencia de Cuba.

Martí fue en ese momento, si cabe el término, el sanador del maltrecho espíritu independentista. A todo prestó atención; a todos atendió y calmó: al sediento de justicia y al hambriento de patria. Se enfrentó al odio y logró vencerlo. ¿Sus medicinas? Amor, tolerancia, conciliación, perdón. Consoló a las viudas y a los huérfanos. Lloró él mismo a los muertos. Ayudó a los enfermos. Enseñó a leer y a escribir. Mostró mundos, abrió caminos, marcó sendas.

Él mismo fue objeto de la envidia, de los celos, de las conspiraciones, de las incomprensiones. Pero supo estar por encima de las miserias humanas y de las limitaciones de muchos que junto a él organizaban la nueva guerra y que quizás se hubiesen quizá asustado de la enormidad de la tarea que tenían por delante y que en ese momento sólo estaban dando los primeros pasos. ¡Qué ventura, que no me entiendan!

Contó sobre todo con el apoyo y el cariño de los humildes, de los trabajadores a quienes consideraba como sus hermanos, sin rechazar la ayuda generosa de los cubanos ricos que le apoyaron en su cruzada. En su labor patriótica contó con ricos y pobres, con cubanos y españoles, con americanos, europeos y representantes de otros continentes, con hombres y mujeres, con blancos y negros, con militares y civiles, con jefes y soldados, con gobernantes y ciudadanos en un avance de lo que sería su sueño de lograr una república con todos y para el bien de todos.

Se aprecia en Martí una constante búsqueda de significado que va más allá de la existencia física de la vida humana. Critica a quienes ven al hombre sólo como resultado de un proceso evolutivo fisiológico olvidando esa otra parte no tangible que a modo de alma le anima y le rodea. En su filosofía el espíritu es la fuerza que todo lo anima, tal y como queda expresado en su concepto muy peculiar del "ser compuesto", aunque destacando el papel activo de lo ideal. Por eso afirmaba que él estaba situado entre el espiritualismo, que es la exageración del espíritu, y del materialismo, que es la exageración de la materia.

¿Fue Martí un místico? ¿Fue un nuevo profeta? ¿Fue el apóstol que tantos han querido ver en él? O, ¿fue simplemente un hombre genial que se propuso como misión en la vida el deseo de ver independiente a su patria? No lo sé. Ha pasado más de un siglo desde su muerte y estas son preguntas que aún permanecen sin respuesta y dudo que exista una respuesta única.

Martí escapa a cualquier encasillamiento o clasificación a una escuela, movimiento o doctrina. Sobresalió en múltiples esferas del conocimiento y asombra la profundidad de sus juicios. A diferencia de otras muchas personalidades que destacan en la historia por su inteligencia y por los aportes que hicieron a un campo dado del saber, en Martí llama la atención la amplitud y universalidad de su pensamiento.

¿Fue sólo maestro, político, periodista, dramaturgo, traductor, biógrafo, crítico de arte, poeta, filósofo, diplomático, revolucionario, conspirador, editor, publicista, ensayista, estadista? ¿O fue todo a la vez y más? En todo caso habría que buscar alguna referencia en los sabios griegos de la antigüedad que en sí mismos resumían todo el conocimiento de la época y eran los principales promotores del desarrollo científico, con la diferencia de vivir dos mil años después y en unas condiciones de desarrollo social totalmente diferentes.

¿Cómo Martí se veía a sí mismo? De entre sus múltiples referencias siempre me han llamado la atención las siguientes palabras:

"Yo nací de mí mismo, y de mí mismo brotó a mis ojos, que lo calentaban como soles, el árbol del mundo.- Ahora, cuando los hombres nacen, están en pie junto a su cama, con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, todas las Filosofías, las religiones, los sistemas políticos. Y lo atan, y lo enfajan -y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado. Yo soy caballo sin silla. De nadie recibo ley, ni a nadie intento imponerla. Me salvo de los hombres, y los salvo a ellos de mí. -Venzo a la preocupación, que viene de afuera, y a la ambición, que viene de adentro. Yo soy, pues, un hombre valeroso.
Pero sufro. No se vive más que en la comunidad.-&" [2]

¿Cómo definiríamos a Martí? O quizá sea mejor no intentar definirlo porque lo más importante no es tratar de ubicarlo en un sector dado de la actividad humana, contentamiento fácil de la mente que tiende siempre a organizar y clasificar hechos, personas y acontecimientos para su mejor dominio. Hace muchos años que se le acepta como el más universal de los cubanos y creo que la propia imprecisión del término se ajusta más a su verdadera personalidad.

Para tratar de entender a Martí en toda su complejidad se necesita estar en disposición de despojarse a la entrada de su obra de toda idea preconcebida y de abrir el corazón y la mente a las enseñanzas que indudablemente encierran sus palabras. Y de vibrar con la energía que emana de ellas. Y sólo después, mucho después, seremos capaces de analizar, comparar, definir y llegar a conclusiones propias aún cuando nos quede la duda, la eterna duda del misterio.

La tarea de siquiera asomarse al ideario martiano sobre el contenido, esencia y proyección de su ideal republicano en particular es sumamente difícil en parte por lo apuntado anteriormente y a lo que se une la dificultad de conocer en profundidad las ideas esenciales, rectoras que, a modo de columna vertebral de su ideario, estructuran todo el cuerpo teórico. Y este desconocimiento ha llegado hasta el punto de negarle un ideario republicano. No son pocos los investigadores martianos que afirman que Martí no dejó suficientemente argumentadas sus ideas sobre la república que soñara y de la que tantas veces habló.

Creo que este desconocimiento tiene su punto de partida en las propias condiciones en que Martí vivió y trabajó. Destaca la no-existencia de trabajos monográficos en los que dejase expresada todas sus opiniones. Sus ideas las iba reflejando de acuerdo a la necesidad del momento y a través de los medios de que pudiese disponer. Así, una fuente importantísima para conocer de cerca muchas de sus ideas se encuentra dispersa en las decenas de artículos que escribió para distintos periódicos y revistas de varios países; y hay fuertes indicios para suponer que en el futuro irán apareciendo nuevos materiales. Y habría que agregar otra circunstancia ya apuntada: lo complejo que se hace muchas veces tanto la lectura como la propia comprensión de sus escritos debido en parte al uso reiterado de un lenguaje metafórico y a veces enigmático.

Este conjunto de circunstancias condicionó el hecho de que aunque Martí, el hombre, era bastante conocido ya hacia 1890 por los cubanos radicados en los Estados Unidos, así como por otras muchas personas en el resto de América y en Europa, sin embargo, tal y como en su momento señalara el profesor Infiesto:

"Para muchos de sus contemporáneos, de aquellos que vivían junto con él la gestión afiebrada de la libertad cubana, José Martí era un orador. Su profusa y variada producción literaria les era, en general, ignorada." [3]

No puede pasarse por alto que algunos de los juicios más significativos sobre temas sumamente delicados de la política cubana fueron expuestos en cartas privadas desconocidas para el gran público. Y existe otra circunstancia. Martí comprendió que el triunfo de la independencia estaba condicionado por el modo en que se solucionasen a la vez varios problemas de primer orden y entre los que destaca hallar una solución eficaz al peligro real que representaban los Estados Unidos tanto para Cuba como para el resto de América.

Los primeros juicios de Martí sobre los Estados Unidos fueron de elogio por el aporte hecho por este país a la causa de la libertad y de la democracia en el mundo, pero poco a poco van dando paso a juicios más críticos en la medida en que es capaz de penetrar en la esencia de la sociedad y descubrir las profundas contradicciones que provocan, en lo inmediato, serias injusticias sociales capaces de hacer necesaria "una revolución formidable de la clase trabajadora".

Las críticas que realizó sobre este país llegaron a granjearle animadversiones fuera incluso del movimiento revolucionario cubano. Es interesante cómo ya en 1887, en carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez, se lamenta de algunos criterios vertidos por el ilustre argentino Domingo Faustino Sarmiento:

"... No me conoce, y aun sospechaba, por mis opiniones sobre los Estados Unidos, no tan favorables como las suyas, que no era muy mi amigo." [4]

Esta incomprensión la hallará Martí en otros países y también entre los propios cubanos. Téngase en cuenta, sólo a modo de ejemplo, que Tomás Estrada Palma, el hombre que asumiría la máxima responsabilidad en la dirección del Partido Revolucionario Cubano a la muerte de Martí y que en 1902 fue electo como primer presidente de la República, fue uno de los muchos cubanos que apoyaron la intervención de los Estados Unidos en la guerra contra España.

Martí ya había alertado sobre este peligro, pero las circunstancias en que desarrollaba su labor le impedían un enfrentamiento innecesario con el poderoso vecino. Una de las tareas más delicadas a las que tuvo que enfrentarse fue la de lograr la unidad entre los propios cubanos, así como organizar a la emigración cubana que residía precisamente en los Estados Unidos y que por esta misma circunstancia les hubiese sido difícil entender la previsión martiana. Tampoco convenía enemistarse con el gobierno norteamericano ya que era en su territorio donde se desarrolló la mayor parte de su actividad conspiradora.

La política de los Estados Unidos hacia Cuba había sido expuesta en la Doctrina Monroe del 2 de diciembre de 1823 frente a las pretensiones europeas de intervenir en América. En su contexto se aplicó la estrategia de "la fruta madura", es decir, esperar a que madurasen suficientemente las condiciones en Cuba para que por su propio peso cayese bajo la influencia norteamericana. Y a ello se unen varios intentos fallidos de compra a España. Este es el motivo de la política asumida hacia Cuba durante las guerras de independencia: no apoyar a los insurrectos cubanos por cuanto la liberación de Cuba dificultaría la posibilidad de su dominio futuro y sí apoyar a España hasta que el desgaste de fuerzas ambos contendientes hiciese posible su entrada en el conflicto, que fue lo que hicieron en definitiva.

Ya Martí había alertado de este peligro en 1886:

"...tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas..." [5]

Martí enfatiza en la necesidad de dedicar el mayor esfuerzo a la preparación de una guerra que debería ser rápida y que llevase a la república dentro de manera que no diera tiempo ni justificación para una intervención. Paralelamente llevó a cabo una campaña de información entre el público norteamericano promoviendo el reconocimiento y apoyo a la beligerancia cubana en la misma medida en que rechazaba con argumentos sólidos algunas tesis expuestas por políticos y periodistas norteamericanos que cuestionaban la capacidad de los cubanos para auto gobernarse. [6]También llevó a cabo contactos con amigos y gobiernos latinoamericanos buscando su apoyo a la causa cubana alertando que si Cuba caía en manos de los Estados Unidos estos la utilizarían como trampolín para lanzarse sobre el resto de América. [7] Y fue más lejos aún. Conocedor de la contradicción entre los Estados Unidos y Europa por el dominio de América, llegó a afirmar que Cuba estaba en el fiel del mundo: la independencia de Cuba garantizaba el justo equilibrio internacional.

Hubo, además, otro tema polémico que tiene que ver con la esencia misma de su concepción revolucionaria, y que motivó serios desacuerdos tanto con los principales jefes militares de la guerra como con otros oficiales y conspiradores revolucionarios: me refiero a la dirección de la guerra.

Que esta polémica no quedó del todo resuelta lo podemos apreciar en las siguientes palabras del Mayor General Máximo, Gómez Jefe del Ejército Libertador, y superviviente de la epopeya bélica:

"Yo salí de Monte Cristy con el plan general de la campaña en la mente y en el bolsillo. A Maceo no se le ocurrió, ni pensaba en eso, hacerla del modo en que se hizo, y mucho menos pudo ocurrírsele a Martí que maldito si entendía mas que el mismo Collazo de cosas de la guerra." [8]

Similar juicio fue relatado por el martiano Miguel A. Carbonell, quien en un discurso pronunciado en 1958, señalaba:

"... El contemporáneo no le distingue a Martí la estatura, ni siquiera en el sacrificio de Dos Ríos. No se la distingue Máximo Gómez, quien, a los pocos días de su muerte, culminando con actos su apostolado, afirma, en carta a Tomás Estrada Palma, que Martí es un fracasado desde Fernandina hasta Dos Ríos." [9]

La afirmación de Gómez es válida, hasta cierto punto, en lo que a la conducción táctica de la guerra se refiere tomando en cuenta la inexperiencia de Martí en el combate. Las circunstancias de su propia muerte parecen demostrar que poseía más valor y espíritu de lucha que conocimientos prácticos en el arte de pelear.

Pero Gómez se equivoca al negarle a Martí conocimientos de la guerra en un plano estratégico. Ya Martí había demostrado en varios artículos el profundo conocimiento que tenía de la guerra no sólo desde el punto de vista sociopolítico sino estrictamente militar, emitiendo juicios acertados sobre diferentes conflictos bélicos de Europa y América. Y lo volvió a demostrar durante la guerra en Cuba ya que fue él quien redactó algunas de las circulares más importantes sobre cómo organizar y dirigir la guerra. Gómez no tuvo en cuenta que estrategia es política y que la guerra que se llevó a cabo fue sólo el acto final de toda una preparación que se correspondía a una concepción estrictamente martiana. Tanto es así que muerto Martí la guerra perdió su dirección política inicial cayendo a la postre bajo la influencia de los Estados Unidos y de los sectores más acaudalados de la burguesía cubana más vinculados al poder colonial español y que en muchos casos habían apoyado las tesis del partido autonomista contrario a la independencia. [10]

Escapa al objetivo de este trabajo intentar un análisis del pensamiento político militar de los principales jefes de la revolución cubana por lo que me limitaré a mencionar sólo las diferencias esenciales entre los máximos dirigentes, diferencias que pudieron ser superadas a la postre precisamente por la coincidencia en el objetivo supremo de lograr la independencia.

La contradicción principal radicaba en la dirección de la guerra. Era de sobra conocida la amarga experiencia de la guerra del 68 cuando la subordinación de la dirección de la guerra quedó en manos de un gobierno civil integrado por buenos patriotas que no tenían experiencia de cómo llevarla a cabo unido a que las principales decisiones tácticas quedaban subordinadas a largos proceso burocráticos que hacían inviable la realización de acciones militares de envergadura y que entre otras causas condujeron al Pacto del Zanjón. [11]

Cuando Martí prepara la revolución el "fantasma de Guáimaro" reaparece en la escena política. Se enfrenta decididamente a la posición de Gómez, Maceo y otros jefes militares quienes se oponen rotundamente a que la dirección militar de la guerra esté subordinada al mando civil. La posición que ellos sostenían era que la guerra debía ser dirigida exclusivamente por el mando militar posición no compartida por Martí ya que en su criterio ello podría conducir a una nueva forma de caudillismo que, a la postre, abriría las puertas al establecimiento de una dictadura militar. [12]

¿Entendieron los principales jefes militares el sentido profundamente democrático de las ideas de José Martí acerca de la necesidad de evitar que la revolución pudiese de alguna forma dar paso al establecimiento de una dictadura? En lo que respecta a Máximo Gómez habría que destacar su peculiar modo de entender la dirección de una revolución.

"Porqué al lado de tanta miseria de recursos materiales, hay, i es lo peor, escasez de varonil resolución - pues hasta se le teme a la Dictadura revolucionaria; se podrá dar mayor candidez o más afeminado modo de pensar?
¿Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga su Dictadura? Muy débil y sin brios debe ser la que no revista este sello- de seguro que no habrá más que divertir y hacer reir al Gobierno que élla ataque por débil que este sea. Los hombres que tal piensan, no han nacido para ayudar a libertar hombres -porque no saben y no quieren aprender a armar el brazo del guerrero- porque tienen miedo. O es eso -o son resabios del Autonomismo- es que la sangre no está bastante depurada." [13]

En Martí hay otro temor: que de alguna manera pueda reeditarse el "terrible 89" en alusión directa a los sangrientos sucesos que transcurrieron durante la época de terror en la Revolución Francesa. En varios de sus escritos insistió en calificativos similares para referirse a este extraordinario acontecimiento. [14]

En una época en que predominaban el caudillismo y el regionalismo y en la que los hombres seguían a un jefe por su valor o debido a su influencia política o económica en una zona geográfica dada, Martí no tenía ninguna posibilidad de hacer la guerra. Los necesitaba y ellos lo sabían. Esta contradicción ha sido apuntada ya por Márquez Sterling: "... Sin Martí no había revolución, pero sin Máximo Gómez era imposible la guerra."

Otro de los grandes escollos que tuvo que salvar Martí en su labor preparatoria era la desconfianza de los hombres que habían peleado en la guerra del 68 hacia todos aquellos cubanos que no habían participado en la contienda o que se habían mantenido al margen por diversos motivos, desconfianza que se extendía, como ya hemos señalado, hacia los que defendían fórmulas democráticas en la dirección militar.

Martí no había participado directamente en la guerra pero desde los 16 años había sufrido prisión y destierro por su posición independentista. Y era él quien estaba, años después, organizando la nueva guerra. Márquez Sterling define el discurso pronunciado por Martí el 10 de octubre de 1891 con las siguientes palabras:

"... este discurso puede calificarse como su propia proclamación a la jefatura del movimiento revolucionario. Audazmente, sin la falsa modestia de otras veces, declaraba haber desentrañado los elementos necesarios de la guerra, juntando los factores que había dejado en franca hostilidad la dirección tibia y dispersa de la campaña anterior." [15]

El principal sostén de la causa revolucionaria lo encontró fundamentalmente entre los cubanos residentes en los Estados Unidos y, más específicamente, entre los tabaqueros emigrados a Tampa y Cayo Hueso. Y fueron los trabajadores del Cayo quienes se pusieron públicamente de su parte y le apoyaron durante el conocido incidente con el patriota cubano Enrique Collazo. Fue Martí quien a su vez se puso decididamente al lado de los obreros durante la huelga en La Rosa Española, en Cayo Hueso. Porque, como había repetido a lo largo de su vida, "El corazón se me va a un trabajador como a un hermano" [16]

El misterio de su vida le acompañó hasta sus últimos momentos. Las circunstancias de su muerte en combate han provocado las más disímiles hipótesis que van desde el suicidio hasta el sacrificio voluntario como expresión de una profunda convicción patriótica a pesar de que era consciente de sus limitaciones debido a la inexperiencia en el arte de pelear.

Tengo la esperanza de que algún día seamos capaces de penetrar en lo más profundo del pensamiento martiano y de sacar a la luz el inmenso tesoro que guarda. Ese momento no ha llegado aún y creo que la generación actual no será testigo de ese acontecimiento. Lo descubierto hasta ahora de su pensamiento nos da la fuerza necesaria para confiar en la inteligencia y en el amor, únicos instrumentos para acometer la tarea.

El ideario republicano martiano.

El pensamiento revolucionario martiano se distingue del resto de los patriotas cubanos, en lo que a Cuba se refiere, en varias cuestiones esenciales. Ante todo hay que destacar que en la lógica de su pensamiento se integran los siguientes momentos: los principales acontecimientos históricos ocurridos en el mundo, fundamentalmente en el último tercio del siglo XIX, la experiencia de las primeras repúblicas americanas, las especificidades del movimiento independentista cubano desde 1868, la política de los Estados Unidos hacia Cuba a lo largo del siglo, así como la interioridades y proyección internacional de la política española.

Martí fue capaz de integrar en un todo orgánico estas realidades y, en consecuencia, elaborar una teoría de liberación nacional coherente y factible de realizar. Esta teoría se complementa con la idea de fundar un partido político que fuera capaz de organizar y dirigir todo el movimiento revolucionario hasta el momento en que el país diese vida a instituciones permanentes de gobierno.

El estudio de la realidad cubana de la época demostró que la única posibilidad de desarrollo para Cuba como nación estaba en la independencia y no en fórmulas reformistas, ante todo, por la propia incapacidad de España para garantizarlas. Prueba de ello es el incumplimiento de los principales acuerdos alcanzados tras el Pacto del Zanjón que puso fin a la primera guerra de independencia (1868-1878). La lucha contra esta corriente política y el partido político que la sustentaba, el Partido Autonomista, fue una constante en su actividad. La segunda conclusión que se deriva de esta realidad es que sólo por medio de la guerra se puede lograr la independencia. Y a su preparación se dedicó con fuerza durante más de 10 años.

La genialidad de Martí radica en que no se circunscribió sólo al conflicto entre España y Cuba. Él fue capaz de apreciar en toda su magnitud el contenido del mundo que le tocó vivir y en esa medida comprender la profunda transformación que a pasos agigantados se avecinaba para todos y cada uno de los pueblos. En correspondencia con ello pudo percatarse de que el problema real de Cuba, colonialismo aparte, era la contradicción entre explotados y explotadores, que bajo diversas denominaciones, se enfrentaban con fuerza en las postrimerías del siglo. De ahí una conclusión esencial: la certeza de que cualquier movimiento en Cuba sólo tendría éxito en la medida en que se ajustase a las exigencias de la época.

En otro plano de análisis Martí también analizó la situación de Cuba tanto en el contexto de su relación con América Latina como con los Estados Unidos en particular. En virtud de dicha exigencia dirigió sus objetivos hacia la total integración con el resto de los pueblos americanos en la medida en que denunciaba las intenciones de dominación de los Estados Unidos. Esta lucha incluía, además, el enfrentamiento, en lo interno, a la corriente anexionista que desde mediados de siglo había cobrado fuerza en Cuba y que tuvo un peso importante en los acontecimientos futuros.

Y aún había otro hecho más difícil: el propio campo revolucionario cubano. Los errores de la primera guerra, que dieron al traste con la independencia, habían creado un sentimiento entre los revolucionarios que ponía en peligro el éxito de la empresa. Uno de esos errores fue el ya señalado de la subordinación del mando militar al poder civil de la República en Armas lo que creó un sentimiento de rechazo hacia las instituciones civiles en la medida en que se fortalecía la tendencia al caudillismo, fenómeno este último que había contribuido, además, al fracaso de la guerra y que tan amargas experiencias había dejado en el resto de América. Y derivado de lo anterior las rivalidades entre los jefes además de otros fenómenos como el regionalismo, la desconfianza de los viejos luchadores hacia los nuevos, así como el temor de la incorporación de los combatientes negros que España había azuzado hábilmente tras los acontecimientos de la revolución haitiana de 1791.

Mientras que para muchos cubanos la cuestión principal radicaba en organizar una guerra de independencia, para Martí el asunto adquiría mayor alcance: su genialidad consistió en comprender que de que lo que se trataba era de fundar un pueblo nuevo a través de una república independiente mediante una guerra. Y a este ideal dedicó todas sus energías y muchas veces teniendo que luchar contra la incomprensión de los más prestigiosos jefes revolucionarios.

El historiador cubano Sergio Aguirre ha señalado que la revolución de 1895:

"... entró en liza con una postura definitivamente popular, buscando una liberación nacional que se encuadraba en un marco democrático-burgués avanzado" [17]

Llegamos así al concepto de revolución como un proceso totalizador que abarca tanto la independencia como la formación de una nación nueva. En su concepto toda revolución provoca cambios de determinada intensidad necesarios para romper el equilibrio ya roto, pero esencial en la restauración de ese propio equilibrio: revolución y evolución se complementan en la lógica martiana a partir del concepto de equilibrio que considera como natural. Hay presente en su concepción del mundo una marcada dialéctica a partir del reconocimiento de la existencia de contradicciones como factor de desarrollo y condicionado por la propia existencia de contrarios. Dicha apreciación se corresponde en su lógica interna con el poder tan significativo que le otorga a lo causal como condicionador de todo proceso en la medida en que reconoce la existencia de leyes como elemento directriz de este proceso.

Para Martí revolución es sinónimo de desarrollo en tanto y en cuanto es el medio que permitirá a Cuba materializar la necesidad de la independencia tal y como reclama el derecho de nación abocado a la vida libre. La revolución es necesaria para Cuba ya que es el único medio para hacer valer su derecho de nación. De lo que se trata es de crear las condiciones para que este proceso se realice de manera tal que sea capaz de emerger con la suficiente organización y madurez que le permitan su aceptación como a un igual y no dar motivos a vecinos inescrupulosos a intervenir aduciendo nuestra incapacidad para autogobernarnos.

La revolución así entendida se manifiesta como un proceso que abarca dos fases orgánicamente integradas al menos en su praxis. Primero, como revolución que en lo inmediato persigue el logro de la independencia política de España a través de una guerra. Segundo, como revolución que en lo mediato consolida el logro de la definitiva independencia y la formación de una nación libre de las lacras de la colonia y en cuyo proceso actuaría la república como medio de consecución. La república como medio y como fin en un todo que es la revolución.

Un intento de presentar de manera esquemática la teoría martiana de revolución daría el siguiente resultado:

Teoría martiana de la revolución de independencia de Cuba

Objetivo inmediato Medio
Lograr la independencia de España y la instauración de la república como tipo de estado. La Guerra

Objetivo mediato Medio
La independencia total -política y económica- y la formación de una nación nueva con identidad propia. La República

Esta primera aproximación al ideario martiano nos conduce al reconocimiento del valor que la república como concepto tiene para Martí en la medida en que se perfila en su doble papel como resultado final de un proceso y punto de partida de otro y en el que ambos están indisolublemente unidos como un todo y donde la república, además, actúa como hilo conductor de toda su concepción. Así entendido pienso que no se puede profundizar en la concepción revolucionaria de Martí al margen de sus ideas sobre la república so pena de lograr un conocimiento incompleto. La incomprensión de esta visión de conjunto es la que limita el conocimiento del ideario martiano sobre todo en aquellos que se empeñan en afirmar que lo que Martí menos definió fueron sus ideas republicanas.

Esta última afirmación tiene a mi juicio su explicación -ya lo habíamos dicho- en el hecho de que Martí no dejó un estudio diferenciado de sus ideas sobre la república creo que en parte motivado por la necesidad de la inmediatez de la guerra y, en tanto, el imperativo de dedicarle todos sus esfuerzos. En este sentido habría que recordar las múltiples contradicciones que existían entre los principales jefes militares antes y durante el estallido del conflicto bélico, situación que obligó a Martí a prestarle una mayor atención personal hasta el momento de su muerte. [18]

El concepto de república de Martí se acerca al ideal de Montesquieu de república democrática donde el pueblo ejerce el poder y la virtud actúa como poder cívico: la facultad de cada ciudadano de hacer pasar el interés colectivo por encima del interés personal. Toda su labor revolucionaria se fundamenta en el más profundo respeto al pueblo. De igual manera se opone a cualquier intento que no reconozca la voluntad popular o que trate de instaurar cualquier tipo de dictadura. Todo el proceso de organización y existencia del Partido Revolucionario Cubano fue un ensayo de aplicación de métodos republicanos de dirección, proyecto que aplicaría después ya en la guerra a través de la proyectada formación de la República en Armas, intento que la muerte le impidió ejecutar.

Su ideal de república democrática se expresa en la fórmula "con todos y para el bien de todos". No admite ningún tipo de exclusión o de discriminación ni aún de aquellos que se opusieran a la revolución, reconociéndole igual derecho a todos los cubanos, además, para participar en la edificación de una sociedad justa, equitativa y trabajadora donde sólo la virtud sería quizás el único distintivo entre los cubanos.

Pero no sólo piensa en los cubanos. En su república tienen cabida los españoles que amen a Cuba y que quieran trabajar y vivir en el país. Martí no olvida a sus padres ni a otros tantos miles de españoles que vivían en el país y que habían constituido una familia. Como tampoco olvida la participación de decenas de patriotas que, provenientes de otras partes del mundo, lucharon al lado de los cubanos, así como a las decenas de trabajadores extranjeros radicados en el país.

Es imposible entender a Martí por simple comparación mecánica de la ejecutoria de otros políticos anteriores o contemporáneos a él. Para comprenderlo hay que valorar la originalidad de su pensamiento y sobre todo la influencia de sus concepciones éticas en la estructuración de su ideal político. Ante todo hay que ser capaz de interpretar su sentimiento de amor y la idea del bien tan arraigadas en él y su consecuente oposición al odio. Porque aún cuando se ve obligado a preparar la guerra, lo hace bajo la perspectiva de que sea lo menos dolorosa posible, que sea breve y generosa, y que sea capaz de actuar como forja de la república venidera. Llama a una guerra que tuviese como resultado esencial el surgimiento de un pueblo, porque un pueblo no es el mismo de antes que después de una guerra. Y casi al final de sus días se regocija porque al echar la vista atrás no ha expresado en toda su vida una palabra de odio.

En su república Martí presta una especial atención al trabajador. Hay múltiples referencias que lo sitúan al lado de los pobres, de los obreros, pero sin llegar a posiciones paternalistas o populistas, o que manipulen las siempre justas aspiraciones en aras de un protagonismo político. En este sentido concibe su república como modelo de justicia social, equilibrada, donde el obrero y el capitalista convivirán en una relación de mutuo respeto y donde ninguno llegaría a cometer excesos sobre el otro.

La única arma que admite para restaurar cualquier derecho perdido o para alcanzar determinada aspiración es la del voto en las urnas. A todo presta atención: desde la pureza en las elecciones hasta la ética del gobernante. Nada escapa a su vista. En sus magníficas crónicas de Europa y de los Estados Unidos no es un simple observador que se le limita a recoger impresiones: es un profundo analista con criterio propio que expresa juicios de valor sobre cada uno de los temas tratados. Un estudio detenido de estos juicios nos da la medida de su criterio, independientemente de que estuviesen o no relacionados directamente con Cuba.

Creo que el momento culminante de su concepción revolucionaria es la comprensión del papel de la república como elemento educador del hombre nuevo. Martí es consciente de que una vez alcanzada la independencia el país será libre pero la población seguirá actuando en virtud de una conciencia y una cultura heredadas de siglos de dominación colonial. Es consciente de la necesidad de educar a la sociedad en los nuevos valores y de crear condiciones para que aparezca el hombre nuevo que se corresponda con la nación nueva. Cada uno de los elementos que forman la república (gobierno, cámara, partidos, escuelas, etc.) son partes de un todo mucho más importante en lo que a la formación de este hombre nuevo se refiere y que se caracteriza por su cultura, capaz de ofrecer soluciones propias a los problemas del país en el marco propicio de la más absoluta libertad de expresión y de la convivencia pacífica con los demás hombres y del respeto a toda teoría, creencia religiosa o forma de pensamiento; un hombre educado en el amor al trabajo que es lo mismo a decir a valerse por sí mismo en el marco de unas relaciones económicas justas sin tener que ver rebajada su dignidad para obtener el sustento diario en un país que sería capaz de explotar adecuadamente sus recursos naturales, fomentando industrias nacionales y comerciando con todos los países del mundo: un hombre, en fin, que sea capaz de labrarse su camino por propio mérito y destaque ante el mundo por la fuerza de su talento y de su honradez.

Como bien ha señalado el historiador Julio Le Riverend:

"... Para Martí, no hay revolución sin creación de una nueva conciencia ética, en que la persona desempeña un papel primordial." [19]

Esta conciencia ética penetra todas las esferas de la vida social. Martí presta especial atención a todos los factores que componen la sociedad desde los gobernantes hasta el ciudadano más simple pasando por las instituciones del gobierno, los partidos políticos, el voto en las elecciones, la educación en las escuelas, el papel de la prensa, las funciones de los magistrados y los órganos encargados de administrar justicia. Y lo hace a través de múltiples referencias a lo largo de toda su obra en la misma medida en que narra o analiza hechos concretos.

Estudia la composición y fines de los partidos políticos precisando cuál debe ser su papel en la vida republicana. En su opinión la oposición no debe ser enemiga jurado del gobierno sino su contrapartida en el justo equilibrio de las fuerzas democráticas.

Los acontecimientos políticos ocurridos en los Estados Unidos le permiten profundizar en varios temas que considera esenciales: la ética de los gobernantes y la exigencia de la honestidad al frente de los destinos del país; la exigencia de la transparencia en el voto y su denuncia contra la compra-venta de votos; la necesidad de crear condiciones para que los ciudadanos expresen en voz alta sus opiniones; el papel educador de la prensa; la relación de armonía que debe existir entre el trabajo y el capital; la necesidad de educar al hombre para la vida de acuerdo a las necesidades del país y la necesidad imperiosa de que las niñas tengan pleno acceso al mismo nivel de instrucción que reciben los niños. A todo presta atención. Y poco a poco va tomando cuerpo su ideal republicano. Este ideal republicano existe. Y en las citas que se reproducen a continuación he tenido cuidado de seleccionar aquellas que mejor reflejan las ideas aquí apuntadas, las que han sido distribuidas en capítulos de acuerdo a un criterio personal de ordenamiento. Y ojalá que haya sido capaz de siquiera acercarme a este ideal. Al menos este ha sido mi propósito.


Relación de Notas:

[1] Cuadernos de Apuntes No. 9 (1882) Tomo 21. Página 256.
[2] Cuaderno de Apuntes No. 5 (1881) Tomo 21. Página 167 a 168. (En el prólogo que escribió al "Poema del Niágara" de Juan Antonio Pérez Bonalde aparece de nuevo esta idea.
[3] Ramón Infiesto. "El pensamiento político de Martí." Universidad de La habana. Cátedra Martiana (III Curso). Imprenta de La Universidad de La Habana, 1953. Página 53.
[4] José Martí. Carta a Fermín Valdés Domínguez del 7 de abril de 1887. Tomo 28. Página 382.
[5] Carta a Ricardo Rodríguez Otero. Nueva York, 16 de mayo de 1886. Tomo 1. Páginas 195 a 196.
[6] Sobre este tema puede consultarse el artículo (carta) de Martí "Vindicación de Cuba" que aparece reproducido íntegramente en la cita 3 del capítulo 5 de este libro.
[7] Es muy elocuente la carta inconclusa que escribiera a su amigo Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895 donde explica con detalle estos propósitos y donde enfatiza que "en silencio ha tenido que ser".
[8] Esta cita fue dada a conocer por Cosme de la Torriente y Pedraza en "Martí y su guerra. 24 de febrero de 1895". Discurso leído el 24 de febrero de 1953. Academia de la Historia de Cuba. Imprenta El Siglo XX. La Habana, 1953. Página 30. Afirma Cosme de la Torriente que el General Gómez "... preparó de su puño y letra, una nota, que figura entre papeles donados al Archivo Nacional últimamente por el Dr. Vidal Morales y Calvió (...) refiriéndose al capítulo VI del libro del General Enrique Collazo titulado "Cuba Independiente." (La Habana, 1900, página 213).
[9] Miguel A. Carbonell y Rivero. "Presencia de Martí en la guerra. Discurso leído el 27 de enero de 1958." Academia de Historia de Cuba. Imprenta el Siglo XX. La Habana, 1958.
[10] El historiador cubano Sergio Aguirre describe cómo el Presidente Cleveland en 1896 "... comprendió que podía contar en la Isla, como base social para los planes del Norte, con los elementos acaudalados." Señala seguidamente que en junio de 1896: "Recibió un largo escrito remitido por el cónsul norteamericano en La Habana, General Lee, y firmado por casi un centenar de cubanos prominentes, hacendados en su mayor parte." (Sergio Aguirre. "Frustración y reconquista del 24 de febrero." Revista Cuba Socialista. Año II. Febrero de 1962. No. 6. Páginas 10 y 11).
[11] En abril de 1869, seis meses después del inicio de la primera guerra de independencia contra España, los principales jefes y representantes de los revolucionarios cubanos se reúnen en el poblado de Guáimaro con el propósito de organizar y legitimar jurídicamente el levantamiento armado. En dicha reunión se proclamó la República en Armas así como la Constitución que la regiría. Fueron aprobados asimismo los principales símbolos patrios (la bandera, escudo y el himno) y fue electo el primer gobierno, siendo electo como Presidente de la República en Armas, el insigne Carlos Manuel de Céspedes quien había dirigido el levantamiento militar el 10 de octubre de 1868. En dicha Asamblea se produjo un profundo debate en relación con el tema de la dirección de la guerra ya que mientras Céspedes era partidario de la necesidad del mando único, Ignacio Agramonte, representante de los revolucionarios camagüeyanos, defendía la tesis de un mando militar subordinado a la aprobación de sus acciones por el Gobierno, tesis esta última que finalmente fue aprobada.
[12] Consultar la carta de José Martí al General Máximo Gómez del 20 de octubre de 1884 que aparece en las Obras Completas, en el tomo 1, páginas 177 a 180. También la pueden encontrar en el Capítulo 4.3 de este libro donde se ha reproducido íntegramente.
[13] Máximo Gómez. "Diario de Campaña." Instituto del Libro. La Habana, 1968. Páginas 192 a 193. (Se ha respetado la ortografía del original)
[14] Recomiendo al lector que preste atención a las citas expuestas en el Capítulo 1 de este libro.
[15] Carlos Márquez Sterling. "Nueva y humana visión de Martí." Editorial Lex. La Habana, 1953. Página 535. (El discurso al que se hace referencia fue pronunciado por Martí en Hardman Hall, Nueva York. Se encuentra en las Obras Completas. Tomo 4. Páginas 259 a 266)
[16] José Martí. "Carta a Serafín Bello." 16 de noviembre de 1889. Tomo 1. Páginas 253 a 254.
[17] Sergio Aguirre. "Frustración y reconquista del 24 de febrero." Cuba Socialista. Año II. Febrero de 1962. No. 6. Página 6.
[18] En este sentido sería bueno apuntar, sólo a modo de ejemplo, cómo se ha manifestado esta incomprensión en el calificativo de "guerra necesaria" para identificar a la guerra del 95 preparada por Martí. Afirmar que esta guerra era necesaria es cierto pero insuficiente como elemento distintivo ya que necesaria fue también la del 68. En todo caso es sólo un rasgo que define como no casual a un acontecimiento y sería, por tanto, una definición más filosófica que política. Porque si de calificativos se trata se ajustaría más a la realidad el de guerra republicana o el de guerra de independencia de contenido republicano, conceptos que se ajustan más al ideario martiano, ideas que aparecen ya de manera explícita en varios de los documentos que redactara como apoyo al desembarco en Cuba del General Calixto García Íñiguez durante la malograda Guerra Chiquita.
[19] Julio Le Riverend. "Martí: ética y acción revolucionaria." En "José Martí: pensamiento y acción." Colección de Estudios Martianos. Editora Política. La Habana, 1982. Página 73. Subir
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